El despertar – Reed.

 

Por Joan Antoni Fernández

Un buen día, sin previo aviso, se me despertó la conciencia. Fue como un súbito fogonazo; hasta aquel mismo instante no había nada, reinaba el negro absoluto y, de repente, ¡paf!, ahí estaba como si tal cosa. Debo reconocer, en honor a la verdad, que no resultaba una conciencia ni enorme ni majestuosa; más bien era pequeña, casi diminuta, hasta el punto de asemejarse sospechosamente a un vendedor de seguros en malas horas o, tal vez, un componente de alguna extraña secta religiosa, obligado por sus superiores a realizar proselitismo domiciliario. No era de extrañar, pues, que en un principio yo no prestara demasiada atención a su inesperada presencia.

—Ejem, ejem —carraspeó ella, molesta por mi apática actitud hacia su aparición repentina.

—¿Cómo dice? —inquirí sorprendido mientras alzaba mi cabeza por entre el mar de papeles que había desparramado ante mi escritorio.

— He despertado.

— Me alegro mucho —murmuré bajando la vista.

—¡Pero, bueno! —ella se alzó amenazadora ante mí, tiesa como un poste y manoteando con furia incontenible— ¿Qué clase de recibimiento es éste? Llevo durmiendo desde que tenías doce… no… once años; me quedé traspuesta aquel día que te emperraste en coger un trozo de pastel de la alacena de tu tía Enriqueta, ¿recuerdas?

— Si, pero… —me mostré confundido.

—¡Soy tu conciencia, hombre! —se me presentó al fin—. Claro, después de tanto tiempo ya no te acordabas de mí, ¿verdad?

—Sí, ahora caigo. Bueno, pues ha sido un placer; ya nos veremos un día de estos y tomaremos unas copas. Adiós.

No pude volver a bajar la cabeza sobre mi mesa de trabajo. Ella se movió con inusitada rapidez para alguien que ha dormido tanto tiempo; estiró el brazo y cerró su huesuda mano sobre mi oreja, tirando del cartilaginoso apéndice hacia arriba y obligándome a alzar la vista.

—¿Qué manera de comportarse es ésa? —me regañó con cierta dureza.

—¡Me haces daño! —grité dolorido.

—Te repito que soy tu conciencia —me amonestó, liberando la presión que ejercía sobre mi oído—.  Por lo que aprecio, he estado durmiendo demasiado tiempo y tus costumbres se han relajado un tanto. Será mejor que me pongas al corriente cuanto antes; veamos qué trastadas has cometido durante mi ausencia.

—No tengo tiempo para tonterías ahora —me excusé con cierta impaciencia, mientras me acariciaba mi dolorido apéndice—. Debo acabar estos informes en el acto; la empresa donde estoy trabajando va a sufrir una inspección fiscal mañana a primera hora y tengo que poner en orden sus libros, ocultando algunas partidas un tanto irregulares.

—¿¡Qué!? —mi conciencia rugió como un tigre furioso—. ¿He oído bien? ¿Me estás diciendo con la mayor tranquilidad del mundo que ayudas a realizar un fraude fiscal y no se te cae la cara de vergüenza?

—¡Eh, poco a poco! —a aquellas alturas yo también empecé a soliviantarme—. ¿Se puede saber quién eres tú para venir a estas alturas a decirme qué es lo que tengo o no tengo derecho a hacer? Vamos a ver, ¿dónde diablos has estado todos estos años, eh? ¿Por qué no hiciste acto de presencia cuando me tocó hacer la mili? Entonces podrías haberme aconsejado que me declarase objetor de conciencia, en vez de tragar y pasar por el tubo como todo quisqui.

— Bueno, me había adormilado —trató de justificarse ella.

—¡Y un cuerno! —bramé, ya en vena— Y cuando me casé, ¿qué? ¿Por qué no me insuflaste el coraje suficiente para decir «no» en el altar y largarme con Juanita, que era quien me gustaba de veras? No, señor; me las he tenido que arreglar sin tu ayuda todos estos años. Así que no vengas ahora a marcarte faroles.

Mi conciencia calló, mientras meditaba mi pequeño discurso con el ceño fruncido.

— De acuerdo —admitió al fin—, no he cumplido con mi deber muy bien hasta ahora, así que no puedo reprocharte nada. Pero las cosas van a cambiar desde este mismo momento; volvemos a formar equipo, muchacho. Ya nada ni nadie podrá detenernos.

—Vale, pero ahora estoy ocupado —atajé con firmeza—. Vete a dar una vuelta por ahí y déjame trabajar tranquilo.

De nuevo sus fuertes dedos atenazaron mi oreja, zarandeándomela con inusitada violencia.

—¿No has entendido lo que te decía? —me espetó en tono duro— Vuelvo a estar despierta, muchacho, así que no voy a permitir ni un instante más que cometas alguna mala acción o te comportes de forma poco ética. Te prohíbo terminantemente que falsees libro de cuentas alguno; es más, tu deber consiste en denunciar ante los inspectores a esta empresa tan fraudulenta para que sea sancionada como corresponda.

Aquellas palabras me dejaron sin aliento durante un buen rato. Al fin pude articular algún sonido, mientras me desasía con brusquedad de sus tirones. La aparté de un empujón y me incorporé, rojo como la grana.

—¿Has perdido la razón? —exclamé lleno de horror—. ¿Quieres que me juegue mi futuro, el pan de mis hijos? ¿Acaso has venido con la aviesa intención de complicarme la vida hasta llevarme a la muerte? ¿No sabes la cantidad de gente sin empleo que hay en la calle y quieres que yo también me quede igual? O peor aún, tal vez desees que me metan en la cárcel acusado de difamación.

—Pero… sin duda la justicia… habrá unas leyes a las que apelar.

—Se nota que has estado durmiendo demasiado tiempo y se te ha reblandecido el cerebro. Si insinúo una sola palabra de este asunto, automáticamente me encontraré cesante. Y ya veríamos si lograba probar una sola de mis acusaciones ante nadie. ¿Quién iba a prestarme crédito y dónde estarían las pruebas? No poseo ningún tipo de influencias ni me respalda nadie en absoluto. En cambio, la empresa cuenta con gente muy bien colocada en los escalafones del poder y sabe a quién recurrir de entre los de arriba. No vuelvas a decir más disparates como ése, si no quieres provocarme un infarto.

—Pero sin duda tus propios compañeros de trabajo ratificarían tus palabras…

—Estás como una cabra, de verdad. Mis compañeros sólo se preocuparían de escurrir el bulto o de demostrar a la empresa que están por completo de su parte, esperando un futuro agradecimiento de sus superiores.

Mi conciencia guardó un hosco silencio, mientras rumiaba para sí toda aquella información que yo la había facilitado. Estuvo varios minutos reflexionando y, por fin, parecióadoptar una firme decisión, pues me miró con aire decidido.

—Me parece que he comprendido todo a la perfección —dijo en un susurro—. Buenas noches.

Y se volvió a dormir.

© Copyright de Joan Antoni Fernández para NGC 3660, Junio 2017

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