Cuna del Oro

 

Por Antonio Castro Balbuena

—Para cantar así más le valdría haber cerrado la bocaza.

Los clientes empezaron a aplaudir mientras el tabernero servía una jarra de cerveza. Con un mohín, el muchacho de pelo rapado y vestimenta del color del barro tomó el pichel y se encorvó aún más sobre la barra sin apartar la mirada del fondo del local.

—No, en serio, es que ni siquiera ha afinado. —En el pequeño escenario, un hombre alto y moreno mostraba su sonrisa nacarada al público—. Debe de haber contado esa estúpida historia como mínimo cuarenta veces. ¿Y los grititos después del estribillo? ¿Y esos gemidos? Más que un trovador parece un gato moribundo.

Soltó la jarra con un golpetazo, pese al ceño fruncido del tabernero. Sin prestarle atención, el chico bizqueó los ojos y aflautó la voz:

—Miradme todos, pobres diablos, soy el gran Fintas y me huele el pelo a florecillas. ¡Psé! —resopló, enrojecido—. Valiente imbécil, podría sacársela delante de todos, mearles en la cerveza y ellos aún le aplaudirían.

El tabernero se inclinó sobre la barra. Los bordes de su frondosa barba casi rozaban la pulida superficie.

—Todas las noches dices lo mismo, Dáin, y todas las noches acaban igual.

—¿Cómo? ¿Con ese cabrón tirándose a cualquier loca del público? O a una de tus camareras, qué más le da.

—No, así no.

Dáin giró el rostro con los ojos entrecerrados; tenía el bigote lampiño manchado de espuma de cerveza.

—Ilumíname, sabio tabernero: ¿cómo acaban mis noches?

—A él lo aplauden después de su canción y tú te vas a casa borracho. Sin cantar nada. Sin contar nada.

—¿Que no cuento nada? Cuento las reverencias que le hacen. Maldito cabrón. —Cogió la jarra y bebió dos grandes tragos antes de soltarla con más fuerza que antes.

El tabernero alargó una mano y apartó la jarra del alcance del muchacho. Antes de que pudiera quejarse, le dijo con voz suave:

—Conoces historias y el público las aprecia, pero gastas el tiempo en sentarte ahí, golpear mi barra y mirar. Como un aprendiz. ¿Eres un aprendiz, chico?

Los labios del muchacho se movieron sin pronunciar palabra, desconcertado, hasta que reunió la concentración necesaria para apuntar al posadero con un tembloroso dedo índice.

—¡En realidad la culpa es tuya! —le espetó.

Al erguirse, el tabernero apoyó los puños en las caderas. Su pecho, ancho como un tonel, parecía a punto de estallar frente al ruborizado chico.

—¡Sí, tuya! —insistió Dáin, como si el hombre le hubiese llevado la contra—. Me voy un par de semanas y ¿qué me encuentro al volver? A ese idiota en mi escenario, a un público que apenas me reconoce y… —Miró a ambos lados y bajó el volumen de voz antes de añadir—: Y a la mujer de mi vida, que no para de babear mirando a ese mamonazo.

Después de un instante durante el que lo fulminó con la mirada, el tabernero cabeceó con cansancio, cogió un plato y lo frotó con un trapo de color indefinido.

—Ilia no es la mujer de tu vida —masculló, concentrado en una mancha rebelde.

Dáin resopló de nuevo.

—Claro que lo es. El problema es que nadie lo sabe aún.

—¿Ni siquiera ella?

—Los asuntos importantes van despacio, Rem —gruñó el chico, que se aupó sobre la barra para alcanzar su jarra, de la que dio un generoso trago—. Antes de marcharme hice grandes avances…

—Si de verdad fuesen grandes aún estarían ahí, con Fintas o sin él.

Al resoplar, varias gotitas de saliva y cerveza salieron despedidas de entre los labios del muchacho. Una vez se limpió la barbilla con la manga, centró la mirada de nuevo en el local atestado.

—No sabes nada de mujeres, tabernero —masculló.

—En efecto, no sé nada de mujeres, pero lo que sí sé es que mi hija no te conviene. Así que búscate a otra. No me puedo creer que en tu viaje no conocieras a nadie…

—¡Conocí a mucha gente! —estalló otra vez Dáin, acribillando con sus ojos a Rem.

—A alguna mujer —concretó—. Aquí no encontrarás grandes novedades, chico, todos nos tenemos muy vistos. Necesitas aire fresco.

—Ese es el problema, Rem: en este tugurio siempre se huele lo mismo, se ve lo mismo… y se oye lo mismo. —Dáin se quedó quieto, con los ojos muy abiertos y la mano en el aire a un centímetro de la jarra.

—Chaval, cuidado con las palabras que usas —terció Rem, con más agotamiento que enfado—. Heredé este local de mi padre, y él de su padre antes… Así que no es ningún…

—¡Calla, Rem, calla! Creo que ya he encontrado la solución.

—¿La solución a qué, por todos los dioses?

—¡A todo!

En ese instante, una de las camareras resbaló a un lado de la barra y los tres picheles que llevaba en cada mano derramaron la mitad de su contenido sobre el suelo de piedra.

—Esta noche no acabará como las demás, Rem. Te lo aseguro.

Rem chasqueó la lengua, lanzó una última mirada de desconfianza al muchacho sonriente y, cargado con una pequeña torre de trapos, se marchó para arreglar el estropicio. Nada más alejarse, Dáin saltó del taburete y trotó entre las mesas, donde los clientes hablaban con emoción.

—… dulce y melodiosa, ¿y qué me decís de Fauriel? Oh, pobre chica, ese giro de los acontecimientos siempre me sorprende cuando…

—… ese palacio, creo que podría escucharlo mil veces más, ¡pero no creo que me canse!

—Ojalá recitara aquella sobre el jarrón y la cebolla, ¿os acordáis? Ha sido tan placentero…

El muchacho subió a la tarima de un salto y con las manos sobre la cabeza dio tres palmadas. Solo algunos de los ocupantes de las primeras mesas lo miraron con el ceño fruncido.

—¡Eh! ¡Taberna! ¡Eh! —Dio un par de saltitos y más palmadas.

Cada uno de sus bruscos movimientos atraía más curiosos. Desde la barra, Rem alzó la mirada del suelo manchado de cerveza e inmediatamente arrugó el ceño. Más atrás, junto a la ventana principal, Fintas acariciaba el pelo de la camarera que se entretenía agachada sobre su mesa.

—¡Eh! ¡Eh! —Dáin carraspeó, se alisó la ropa desgastada y se irguió cuanto le permitió su exigua estatura—. ¡Ejem! ¡Eh!

—Se te ha colado un grillo en el escenario, Rem —dijo alguien entre el público.

El comentario levantó algunas risitas, pero después todos guardaron silencio. Dáin cruzó las manos tras la espalda.

—Bien, esto… ¡Buenas noches! Hemos disfrutado del recital de Fintas…, buen trabajo, amigo mío, me ha encantado… Pero creo que la noche aún es larga y que hay tiempo para otro relato, ¿no creéis?

—¡Tiene razón!

—¡La segunda parte!

—¡Que vuelva Fintas!

Algunos aplaudieron. Dáin chasqueó la lengua.

—No, yo me refería a… —Luchó por no fruncir el ceño—. Bueno, tengo una historia para vosotros. La escuché durante mi último viaje al sur. En Verlaria son aficionados a las historias como esta… Es una historia sobre la lucha, el honor y también la traición y la pérdida. Es épica, es magnífica. Quienes oían el cuento conmigo arrancaron a llorar, ¡yo mismo derramé algunas lágrimas! Así que espero ser lo suficientemente hábil como para transmitiros la misma sensación.

—Entonces no esperéis gran cosa —se oyó entre las mesas.

Más risas.

Dáin tomó aire, llevó un taburete hasta el centro de la plataforma y se sentó. Más abajo, los clientes de la taberna cuchicheaban. Las camareras servían algunas bebidas y platos. La mirada del muchacho rebuscó entre ellas y también en la barra… hasta que la encontró: aquella melena cobriza, aquellos ojos de miel y aquellas mejillas pecosas la delataban. Junto a uno de los criados, Ilia ayudaba a Rem a secar la cerveza del suelo. Al fin, Dáin centró la mirada en el público, se aclaró la voz y empezó a hablar. Las conversaciones del local disminuyeron hasta desaparecer.

 

***

 

—Las Siete Antiguas Urbes de la Hárade no eran más que siete pequeñas aldeas cuando sucedió esta historia al otro lado del mar, en el nuevo reino conocido como Cuna del Oro. El nombre no era baladí ni tampoco una fanfarronada, pues allí se acumulaban la gloria, el esplendor y la riqueza adquiridos gracias al comercio justo y las sabias alianzas. Cuentan que los mismos dioses forjaron una corona magnífica con el metal de una estrella fugaz para Vaartis, su rey, quien además del favor divino disfrutaba también de la bendición que ansía cualquier gobernante: el amor del pueblo. Entre ellos había una mujer, Luz, con quien siempre lo había unido un poderoso enlace. Desde jóvenes habían compartido experiencias, ratos al atardecer y cientos, miles de conversaciones junto a los campos de cereal, sin que jamás importara que él estuviese destinado a ser rey o que ella fuese huérfana, sobrina de un curtidor. Quienes los conocían solían decir que Luz era el calor que abrigaba el corazón de Vaartis por las noches, y que Vaartis era la mano que guiaba a Luz en los días de tormenta.

»Más de doscientos reyes y cincuenta emperadores acudieron al casamiento de Vaartis y Luz. Tras la maravillosa celebración siguieron meses de sol y abundante lluvia, que propiciaron unas extraordinarias cosechas. La ciudad era rica y sus gentes, felices. Pero la prosperidad aún fue mayor cuando otra bendición se sumó a todas las demás: ¡la reina Luz estaba embarazada! Para celebrarlo se organizaron fiestas y banquetes para todo el pueblo durante cuatro días y cuatro noches. ¡Qué algarabía recorría las calles de Cuna del Oro! ¡Cuánta emoción…!

»Y pese a la fiesta, no todos se divertían.

»Encerrado en sus aposentos, Vaartis hacía recuento del tiempo que faltaba para que por fin naciese su primogénito, el encargado de continuar con el legado que los mismísimos dioses le habían conferido tiempo atrás como heredero de aquella magnífica ciudad. La madre del rey, Faeria, acudió en su ayuda para aconsejarle: «Ve con mil ojos, mi pequeño —le dijo—. No te fíes de la criatura que porta tu esposa en el vientre, pues será más fuerte y más inteligente de lo que tú podrás ser jamás».

»Conforme pasaba el tiempo, el viento y las nubes oscuras se cernieron sobre Cuna del Oro. En los valles los ríos se desbordaron e inundaron con gran furia los campos de trigo y de cebada. De los bosques manaban bandidos que saqueaban las aldeas y pasaban a sus habitantes por la espada. El rey ordenó nuevas levas: centenares de hombres y mujeres acudieron a su llamada, dispuestos a sacrificarse por él y por el reino. A lomos de su garañón de batalla, Vaartis los comandó en persona, adentrándose en los extensos pinares y robledales en persecución de los bandidos. A aquellos que arrestaba les ofrecía un juicio justo, pero más adelante, hastiado por la cantidad de tiempo que aquello consumía, decidió actuar con más rapidez. El monarca ajustició a todos por igual y luego incendió los bosques. Ningún enemigo sobrevivió.

»Cuando regresó victorioso a Cuna del Oro, encontró a la reina Luz indispuesta en sus aposentos. Había llegado la hora. El niño estaba a punto de nacer y el rey había tomado una decisión. Ya todo estaba preparado.

»El parto fue corto y sencillo. Se dispuso una cámara junto a sus aposentos, donde el niño descansaría al cuidado de una matrona mientras Luz dormía y reponía fuerzas. Durmió toda la noche sin despertar, como ella jamás solía hacer. Con la primera luz del alba, el grito de la reina retumbó entre las paredes del palacio, seguido por los lloros y aullidos de dolor. La matrona contó que el niño había dejado de respirar a mitad de la noche; el cadáver se retiró con discreción antes de que la reina pudiera verlo. Ella imploró que la dejaran abrazarlo por última vez, pero ya no era posible. El rey dio orden de ejecutar por su negligencia a la matrona, que enfrentó la muerte sabiendo que sus descendientes eran un poco más ricos aunque aquello le costara la vida.

»Tras el ajusticiamiento, Vaartis fue a los aposentos de su madre, tomó al bebé del regazo de la anciana Faeria y lo observó con atención. El pequeño lo miraba y movía sus piernas regordetas, sin llorar. Tembloroso, Vaartis buscó en sus ojos… y lo que vio lo dejó acongojado. En las brillantes pupilas del bebé vislumbró el destello cegador del triunfo, la alegría que confiere la gloria, la riqueza obtenida tras mil victorias, el amor de sus súbditos, el respeto de sus aliados… Al fondo, entre la maleza, se vio a sí mismo: un viejo desdentado que, hecho un ovillo, olvidado por todos, se abrazaba a una corona de ramas. La visión fue esclarecedora para Vaartis: si crecía, el pequeño acumularía cien veces más poder que él. No solo le aterrorizó lo que vio en los inocentes ojos de la criatura, a través de los designios del tiempo, sino que además quedó prendado de la riqueza y el esplendor, de la fama y la gloria que él, aunque poderoso, jamás había alcanzado. Una vez apartó la mirada del bebé, el rey dijo casi sin voz: «Tenías razón, madre… Pero no puedo acabar con esta criatura, es mi sangre, es… ¡Es mi hijo! Hazlo tú, te lo ruego». En silencio, Faeria tomó al pequeño y despidió al monarca.

»Por primera vez en veinte años, la reina madre no pidió ayuda para reponer el tiro de la chimenea. Esa noche no necesitaba leña. El humo manó de su torre hasta el alba, negro y hediondo.

***

 

En la primera mesa una mujer tragó saliva, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de escapar de sus órbitas. Junto a ella, un hombre menudo y muy delgado masculló:

—¿Dice que la vieja quemó al bebé?

—Calla, patán, no quiero pensar en ello de nuevo —logró responderle la mujer, con voz estrangulada.

A su alrededor se sucedían otros susurros, cuchicheos y comentarios secos, mientras Dáin contenía una pequeñísima sonrisa. Su mirada, en cambio, estaba fija en Ilia; la muchacha lo contemplaba desde el fondo de la taberna, con rictus serio.

«Ya tengo su atención. Esto marcha».

Dáin se crujió los nudillos y prosiguió el relato.

 

***

 

—Todos en Cuna del Oro lloraron la muerte del heredero durante los siete días de ritos fúnebres al mismo tiempo que las nubes oscuras se cernían una vez más sobre la ciudad. El rey Vaartis preparó una nueva campaña militar, esta vez contra los emperadores y reyes que hacía apenas unos meses habían acudido a su boda como amigos. Cuando se aproximó a sus tierras ellos quisieron recibirlo con vino y carne asada, como era costumbre entre ellos, pero en cambio él les dio acero, sangre y fuego. Vaartis subyugó los reinos que lo rodeaban, y los que no se dejaron adiestrar fueron reducidos a cenizas. Con los miles de prisioneros que tomó, ordenó levantar gigantescas murallas de piedra en Cuna del Oro, y a su alrededor se instalaron cientos de talleres y fundiciones que, siempre forjando las armas del rey, cubrieron el cielo con una masa gris de apestoso humo. Los siervos seguían las instrucciones de Vaartis azuzados por el miedo y el temor más que por el amor o la fidelidad, aunque pocos eran los que se atrevían a reconocerlo. Quienes habitaban en la grotesca ciudad se referían a ella como Cuna del Odio, puesto que su anterior nombre había perdido ya cualquier significado para ellos.

»Una vez finalizó la campaña militar, aún con las manos manchadas de sangre, Vaartis regresó a la fortaleza. El consejo de la ciudad y la reina lo recibieron con sumo respeto y pleitesía, pero él los despidió a todos salvo a Luz, con quien se encerró durante dos días y dos noches en un torreón. Al tercer día de cautiverio, el heraldo real anunció que el nuevo heredero vería pronto la luz del sol.

»Hastiada y recelosa ante aquel hombre que apenas reconocía, Luz quiso hablar con él, comprender cuanto sucedía. Pero Vaartis ya solo se reunía con las extrañas gentes que lo habían acompañado durante su última y sangrienta campaña: chamanes, brujos, adoradores de dioses extranjeros… Las malas lenguas murmuran que el rey Vaartis pactó con el dios oscuro Ahvaárad, quien, a cambio de blasfemos sacrificios, le entregó una gran fuerza y vitalidad. Fue entonces cuando murió la reina madre Faeria, a cuyo sencillo funeral solo acudieron el rey y su hermana Emaegina.

»La princesa Emaegina siempre se había mantenido al margen de los quehaceres de su hermano, pero tras la muerte de su madre la muchacha decidió intervenir. Guiada por la congoja y el temor, Emaegina rezaba en los doce templos de Cuna del Odio para que el soberano recobrase la cordura. Sin embargo, y preocupados siempre por otros asuntos, los dioses no la escucharon: ¿habían abandonado la ciudad que tanto habían amado? Al no obtener resultados Emaegina cambió la divinidad de los templos por la mundanidad de los cuarteles, donde conoció al general Ascal: a él le entregó todo el oro y las joyas que poseía a cambio de una sublevación contra el rey, pese al amor que tenía por su hermano. «No debes matarlo», le suplicó. «Muéstrale tan solo cuán equivocado está». Pero el oro y los diamantes se agotaron demasiado rápido, y después la princesa debió emplear su propio cuerpo para conservar la amistad del general. Saciada su ambición, Ascal aceptó la súplica de la princesa.

»Llegó el día acordado para la sublevación, pero ningún soldado abandonó los barracones, ninguno atacó el palacio real. Los guardias del rey asaltaron los aposentos de la princesa… pero ella ya no estaba allí. Alertada por sus propios espías, Emaegina abandonó la ciudad el día anterior, y solo así evitó contemplar en el centro de la ciudad la plataforma donde Vaartis ordenó despellejar, castrar y quemar vivos a quienes habían pretendido derrocarlo. Los aullidos del general Ascal resonaron durante una jornada entera, mientras los perros del rey buscaban por todo el reino a la princesa Emaegina.

»Tras meses de tensión y angustia en los que se sabía vigilada por los siniestros acólitos de su esposo, Luz se puso de parto. Encerrado en su torre, consciente de cuanto se avecinaba, Vaartis ordenó el secuestro del pequeño. Ya no hubo estratagema, el rey ya no se escondía, ni tampoco lo hizo en los dos siguientes partos. Sin embargo, aún no era capaz de asesinar a los pequeños: eran sus herederos, el fruto de su ser, aunque en sus ojos todavía vislumbrara tan aciago destino… Algunos de quienes cuentan esta historia dicen que el rey hacía cocinar a los niños para luego devorarlos siempre a solas, en una celda oscura. Otros, en cambio, dicen que durante la noche podían oírse desesperados llantos por todo el palacio, y que el espantoso ruido provenía de la pared de mármol donde descansaba el trono real. Nadie sabe ya la verdad.

»Pese al terror que la atenazaba, durante el cuarto alumbramiento la reina se hizo rodear por dos de sus guardias y cinco cortesanas; todos ellos temían al rey tanto como los demás, pero aún consideraban a la reina como garante de la antigua y divina naturaleza de Cuna del Oro, y por tanto decidieron auxiliarla. El parto transcurrió entre lloros y blasfemias; cuando el dolor la empujaba ya a la inconsciencia, las puertas del dormitorio se abrieron y los demoníacos seguidores del rey entraron en tropel. Pero ella había dado instrucciones y, mientras que las criadas y uno de los guardias se enfrentaban a los brujos, el otro soldado tomó al bebé y, junto a la nodriza, desaparecieron por un pasadizo. Vaartis, que en ese momento se encontraba lejos de la ciudad siguiendo el rastro de su desaparecida hermana, regresó de inmediato. Sus secuaces le contaron lo sucedido sin demasiada preocupación, puesto que el recién nacido era una niña y no un varón. Aun así el rey montó en cólera y los hizo castigar con dureza.

»Vaartis confinó a Luz en un ruinoso y oscuro palacio, donde acudía todas las noches para poseerla no como el amante que un día fue, sino como la bestia en que los celos y el miedo lo habían convertido. Durante el día, los acólitos del rey se aseguraban de que la mujer no se lastimase, pues gritaba y aullaba pidiendo la muerte. En cambio, la alimentaban por la fuerza y la mantenían impecable para que, a la caída del sol, el rey la encontrase en perfecto estado. Oscuros y sucios relatos se cuentan sobre el sufrimiento que vivió esta reina, mas no repetiré ninguno de ellos aquí. Sí diré, en cambio, que en aquella despreciable situación la mujer parió a dos hijos más. Como si supiera lo que le esperaba, el primero de ellos nació sin vida, pero el segundo…

»El segundo parto fue horrible. Una lluvia sucia embadurnaba las paredes del ruinoso edificio donde la reina lloraba y suplicaba la muerte, mientras el bebé se aferraba a sus entrañas. Cuando lo arrancaron de la madre entre sangre y alaridos de dolor, los sirvientes del rey contemplaron al recién nacido: un ser de miembros doblados y cortos, con cabeza abultada a la que faltaba un oído; los labios, uno leporino y el otro cubierto de un extraño eccema; y los ojos, dispares, uno de ellos sin pupila. Tenía la barriga hinchada, y entre las piernas escondía los sexos de un niño y una niña. Cuando lo llevaron ante el rey, Vaartis lo observó durante horas, en silencio.

»Esa misma noche, bajo la espantosa tormenta, los heraldos reales comunicaron el nacimiento del primer heredero sano de Cuna del Odio. Al día siguiente, los criados de palacio hicieron correr la voz de que Luz había muerto durante el parto, y solo así pudo el pueblo llorar la muerte de su reina. Según cuenta la historia, después de aquel día no volvió a brillar el sol en Cuna del Odio.

»Aunque Vaartis se aferraba a los días con furia y desesperación, los años pasaron uno tras otro. El reino, que había crecido tanto tras las últimas campañas militares, afrontaba entonces los males de la irresponsable civilización: la atroz hambruna, que había agotado las ya exiguas reservas de víveres tras las sucesivas tormentas; la enfermedad, que se cebaba con los desnutridos y los más débiles; y el crimen, perpetrado por un mendrugo de pan enmohecido o una moneda de cobre. Pero Vaartis se refugiaba de todo ello en su fortaleza, desde donde dirigía ofensivas en el extranjero, la caza de rebeldes en su reino o la búsqueda de su hermana desaparecida. Junto a él permanecían sus acólitos, quienes se esforzaban por educar al príncipe Ylreas, que apenas podía moverse o hablar con claridad. Al principio hubo quienes sugirieron que debían referirse a él como princesa, ante la dualidad que escondía entre las piernas, pero Vaartis lo prohibió bajo pena de muerte.

»La crisis de Cuna del Odio se acrecentó con la aparición al norte de un ejército hostil, en cuyos estandartes se apreciaba una cabeza de lobo sobre campo de gules. Nadie detuvo el avance de los lobos, pues el ejército del rey estaba ocupado en sofocar las revueltas civiles. Cuando el enemigo asedió la capital, Vaartis se atrincheró en el castillo con los suyos, pero no hubo muro ni regimiento capaz de detener al comandante de los lobos, que penetró en Cuna del Odio como una exhalación. Cuando la guarnición quiso plantarle cara, el comandante se descubrió el rostro y exclamó con voz de trueno: «Soy Lanaé, princesa de Cuna del Oro, legítima heredera de la reina Luz y del monstruo Vaartis». Ante la magnífica aparición, que muchos señalaron como el milagro divino que tanto esperaban, los soldados del rey se rindieron de inmediato. El hambre y el miedo habían devorado el amor y la lealtad que antaño sintieron por su rey. ¡Por fin los dioses les habían devuelto su atención!

»Lanaé irrumpió en el fuerte en busca de su progenitor, al que halló en la sala del trono. Allí, el viejo rey, abandonado por sus fieles y acompañado solo por el príncipe Ylreas, la contempló aterrorizado. Ella dio un paso adelante, desenvainó la espada y exclamó: «¡Soy Lanaé, tu hija, y hoy vengaré la cruel muerte de mi madre y mis hermanos!». Vaartis fue incapaz de responder a aquella joven esbelta, fuerte y de cabellera de nieve; su armadura brillaba más que cualquiera de las que se habían forjado en Cuna del Odio, y su espada parecía demasiado grande incluso para el más fuerte de sus soldados. El rey supo de inmediato que, pese a todos los esfuerzos, su visión se había cumplido. ¡Cuánto debió de arrepentirse por haber olvidado a la niña fugada!

»En la sala del trono nadie se colocó entre el padre y la hija…, nadie, salvo Ylreas. El extraño ser, que había escuchado las palabras de su hermana mayor entre lágrimas, tomó el lapicero con que lo obligaban a practicar los números y se lanzó contra el monarca, quien apenas pudo resistir el ímpetu de la torpe criatura. Vaartis murió atragantado por su propia sangre mientras el deforme Ylreas lloraba sobre su pecho, abrazado al tosco utensilio con el que había apuñalado la garganta del viejo.

»El ejército de lobos repartió comida entre el pueblo. Los gobernadores del vasto reino tomaron la única decisión posible, pues la general de los lobos era la heredera legítima por encima del disminuido Ylreas. Cuando Lanaé aceptó la corona ordenó el cese de las hostilidades con los antiguos aliados, al menos los que aún continuaban con vida, y aunque trató de encontrar a su tía Emaegina no logró dar con ella. La joven reina ajustició también a los malvados brujos por las atrocidades que habían cometido, para alegría y regocijo del pueblo.

»Más tarde, Lanaé visitó el palacio ruinoso donde murió Luz. Fue en solitario, por lo que nadie sabe qué sucedió allí. Al día siguiente, sin despedirse de nadie, los lobos y su líder se marcharon de Cuna del Oro. Algunos se preguntan qué fue lo que llevó a Lanaé a arrepentirse de ostentar la corona, la cual abandonó antes de su partida, o qué fue lo que encontró en aquellas ruinas. Sea lo que fuere, ella nunca volvió.

»Apenas unos meses después, conscientes de la debilidad que acuciaba a sus opresores, los antiguos súbditos de Vaartis se rebelaron, sedientos de venganza tras años de humillación. Cuna del Oro fue saqueada primero, subyugada después y prostituida luego como cualquier ramera, hasta que, con el paso del tiempo, sus murallas se volvieron polvo y sus ciudadanos, ceniza.

***

 

Los clientes se miraron entre sí. Dos de ellos se reclinaron en sus sillas para intercambiar algunos susurros; más allá, junto a la barra, dos camareras permanecían cabizbajas. Uno de los sirvientes recogía los platos con rostro pálido, sin apenas parpadear.

Dáin se levantó del taburete en medio de aquel silencio. Cuando ya bajaba las escaleras de la pequeña plataforma oyó algunas palmadas. Apoyado contra la pared del fondo, Fintas aplaudía, sonriente. Poco a poco, otras manos secundaron el gesto del bardo, aunque los aplausos se extinguieron casi de inmediato. Dáin pasó entre las mesas con el ceño fruncido, sin detenerse ante las hoscas miradas o los gestos entristecidos de cuantos lo rodeaban.

—Si todo iba a acabar así, ¿qué sentido tiene la maldita historia? —oyó que susurraba una anciana a su paso.

—Qué final más horrible e improvisado —masculló otro.

Cruzó el salón sin apartar la vista de la barra y sorteó a las inmóviles camareras en su camino hacia la puerta de la trastienda, por donde acababa de desaparecer la corpulenta figura del tabernero. Al entrar, el olor a salmuera, cerveza y carne en salazón le asaltó las fosas nasales. Los botes y jarrones cubiertos de polvo se acumulaban en estanterías sobre los cuatro grandes barriles de madera oscura.

Dáin miró al tabernero, que le daba la espalda encorvado sobre un baúl.

—¿Crees que le ha gustado?

La voz del muchacho sonó cascada y reseca entre las atestadas paredes de piedra. El otro le contestó sin girarse.

—¿A quién? Hay mucha gente ahí fuera.

—Por los dioses, Rem, ¿a quién crees? ¡Ilia, tu hija! ¿La has visto? ¿Te ha dicho algo?

El tabernero exhaló un amplio suspiro antes de incorporarse. Llevaba un paquete alargado entre los brazos.

—Ha sido una historia interesante. ¿Dónde la has oído?

—Qué más da eso ahora… Ni siquiera estoy seguro de que esos zoquetes la hayan comprendido. Mientras la contaba vi que Ilia me miraba, me… escuchaba. Creo que voy a buscarla y a hablar con ella. Creo… que ya es hora.

Rem se dirigió hacia la puerta y la cerró con suavidad. Dáin arqueó una ceja.

—Escucha, Rem, sé que es tu hija, pero debo hablar con ella…

—Pues háblame.

El muchacho dio tal respingo que chocó con uno de los barriles y se golpeó la cabeza con la estantería de arriba. La vasija del extremo se tambaleó hasta estrellarse en el suelo, junto a los pies de la camarera. Una marea de aceitunas en salmuera se desparramó por la trastienda. Dáin miró con desconcierto al tabernero, pero el hombre, de brazos cruzados, ocultaba la puerta con su voluminosa figura. Poco a poco, el chico giró el rostro hasta enfocar a Ilia, que había salido de entre las sombras del fondo de la habitación.

—No le has respondido, Dáin. ¿Dónde escuchaste la historia?

—Yo… Escuchad, siento si no os ha gustado, pe-pero… —Dáin tragó saliva. Apenas era capaz de sostener la dura mirada de la muchacha—. Yo solo quería… quería… llamar tu atención, Ilia. Me gustas.

Ilia intercambió una breve mirada con Rem. Luego suspiró.

—¿Dónde, Dáin?

—Yo… En Verlaria, sí. En una de las… termas. Allí los bardos y los trovadores tienen más… más… público. ¿Te ha molestado mi historia?

—¿Molestarme? No. Es solo que no estoy acostumbrada a oír parte de mis recuerdos en boca de otra persona. Sobre todo si se trata de una versión tan… exacta.

Dáin cerró los labios con fuerza. Miró a Rem, luego a Ilia, después al tabernero de nuevo. El hombre lo contemplaba con los ojos entrecerrados, sin soltar el paquete alargado. De golpe Dáin empezó a reír; las carcajadas histéricas lo sacudieron hasta doblarlo sobre el barril, que palmeó con fuerza un par de veces.

—¡Va-vaya broma, joder! —dijo, entre risas—. ¡Joder, no tiene gracia, sois unos… unos…! Venga, no era necesario esto. Ya sé que es una historia tétrica y tal, pero de ahí a hacerme creer que eres… ¿Quién dices que eres, Ilia?

—La hermana del rey Vaartis. La princesa Emaegina.

Las risotadas volvieron a encoger al muchacho, por cuyo rostro pálido resbalaban las lágrimas. Ilia y Rem permanecieron en silencio hasta que Dáin se serenó un poco. Al incorporarse, el chico se secó la cara, sonriente.

—Venga, ya está bien. Creo que por esta noche he bebido más que suficiente… Me iré a dormir, ya no te molestaré más, Ilia. No te gusto: lo capto. ¿Me permites, Rem? Me voy a mi casa. A dormir.

—No te permito nada.

Y antes de que pudiera apartarse, el hombretón desenvainó una espada del paquete que llevaba entre los brazos y le colocó la afilada hoja bajo la barbilla. Dáin abrió mucho los ojos al mismo tiempo que un gritito escapaba de su amenazada garganta.

—¡Joder! —chilló—. ¡Joder, que esto no tiene gracia! ¡Parad ya! ¡Parad! He captado la indirecta, ¿vale? Rem, dejaré tranquila a tu hija, yo solo quería… ¡Joder, quítame esta mierda del cuello!

Ilia, que se había acercado hasta ellos, apoyó la mano en la hoja de acero y la apartó lentamente. Rem ahogó un gruñido.

—No hará falta esto, amor —masculló la muchacha, antes de volver a fijar su mirada en Dáin—. Escucha, no queremos hacerte daño. Solo tenemos… miedo. Miedo de que nos descubran. Han sido muchos años de huida, de terror…

—No, no, no, no… Yo he bebido mucho hoy, eso es todo… Sí, mucha cerveza, eso es. Me voy a dormir, ¿vale? Haré como que esta conversación no ha existido… ¡no!, la noche entera no ha existido. Buenas noches, ¿vale?

Dáin esquivó a la muchacha y trató de escabullirse detrás de Rem, pero el hombre le propinó un revés que lo volvió a estampar contra la estantería. Varios botes cayeron al suelo; Rem pisoteó los añicos de cerámica en su avance hacia el chico, al que sujetó de los ropajes y lo sentó sobre uno de los barriles más altos, como si se tratara de un muñeco. Paralizado, Dáin se obligó a tragar saliva. Los ojos del tabernero ardían: un extraño fuego rojo rodeaba las pupilas dilatadas.

—¡¿Qué?! ¿Qué cojones te…? ¡¡Joder, Rem, qué coño eres!! —chilló Dáin, fuera de sí.

Ilia siseó débilmente entre los labios mientras apoyaba su mano en la del chico, que la miró de hito en hito, sin rehuir sus suaves dedos.

—Mi hermano no fue el único que cedió ante las misteriosas artes —repuso la camarera, en voz baja; sus ojos azules como el hielo, antaño del color de la miel, se clavaban en los de Dáin como las garras de un ave rapaz—. Tanto Ascal como yo tuvimos que recurrir a los dones prohibidos de los dioses para vivir la vida que nos impidieron disfrutar…

—Ascal —susurró Dáin, con una mirada hacia el tabernero—. ¿El… general?

—Así es —repuso la muchacha, que aún acariciaba la mano del muchacho—. Él me ayudó a escapar de la ciudad, no murió allí. Mataron a otro en su lugar, un criminal cualquiera. Mi hermano tenía que ejecutar a alguien, no podía dar a entender que la huida era posible… En ese caso, muchos nos habrían imitado. Aunque entiendo que haya diferentes versiones de la historia —terció, con una fugaz sonrisa.

—Pero…

—¡Nosotros solo queremos vivir! —le interrumpió ella, que ahora le apretaba la mano con fuerza—. Solo queremos ser libres… Nos ha costado mucho sacrificio, hemos perdido tantas cosas que… Al principio eran muchos los que hablaban de Cuna del Oro, los que temían hasta pronunciar el nombre de mi hermano; ni siquiera aquí, tan lejos de la ciudad, estábamos a salvo.

—Pero Vaartis murió —dijo Dáin, con un hilo de voz—. El final de la historia dice… Oh, por todos los dioses, ni siquiera puedo creer que seáis…

—Lo somos —gruñó Rem—. Escucha, chico: hemos superado muchos obstáculos, y tú eres el más pequeño de todos ellos. Solo queremos que olvides esa historia para siempre. Sabemos que en Verlaria la cuentan, pues allí fue donde la oíste… Ya nos encargaremos de eso. No dejaremos que el rastro de la verdad nos delate.

—¿Os encargaréis de…? —Sacudió la cabeza, miró otra vez a Ilia—. Entonces ¿sois vosotros de verdad? ¿La princesa y el general, los dos fugados? Yo entendí que… que el general se había aprovechado de la muchacha, que la había obligado a entregarle todo…

—Ambos tuvimos que entregar todo cuanto poseíamos. De lo contrario, habríamos muerto. Solo así conservamos esta vida, más o menos tranquila, gracias a esta taberna. Ahora solo somos Rem e Ilia, padre e hija. Ascal y Emaegina no tienen cabida en este mundo. Él no lo permitiría.

—¿Él? ¿Quién?

—El heredero —dijo Rem, que había vuelto a envainar la espada.

Ilia asintió, despacio, sin soltar la mano de Dáin.

—Tu historia no dice toda la verdad. Mi sobrina Lanaé encontró a su llegada una conspiración que ya estaba en marcha. Su reinado fue tan corto porque Ylreas se hizo con el poder. No sé qué sucedió con ella… Ylreas ansiaba seguir los pasos de mi hermano y, más aún, superarlo. Supongo que la corrupción de los acólitos de Vaartis lo afectó a él también… o quizá el mal ya anidaba en su monstruosa naturaleza.

—Pero… Él ya estará muerto, ¿no? La historia sucedió hace tanto que… Aunque vosotros aún estáis… —Dáin tragó saliva.

—Aún vive. Se alimenta del poder que los brujos de mi hermano consiguen para él. O ella. Es un monstruo, Dáin. La ciudad no pereció, tan solo sucumbió a sus vicios… Se volvió más negra, más turbia, más dañina… Cuna del Odio es un lugar tan peligroso… Pero no te preocupes. Está al otro lado del mar, lejos, muy lejos de aquí. Nos protegeremos entre nosotros, ahora que sabes la verdad.

—¿Te parece buena idea, Ema? —masculló Rem, ceñudo—. Es un cuentacuentos, lo he visto emborracharse por no ser capaz de encontrar una historia adecuada… y esta lo es. Podría repetirla en cualquier tugurio. Podría traicionarnos.

La camarera y el tabernero se miraron en silencio.

—¡No, no, no! —saltó Dáin, de inmediato—. ¡No, en serio! ¡Me callaré! ¡No diré nada! Yo solo quería…

—Él solo quería impresionarme, Ascal —repuso la chica, con una sonrisa. Luego volvió a mirar a Dáin—. Ni siquiera sabías que era cierto. No te vamos a hacer daño, más allá del que pueda producirte conocer nuestro secreto. Pero es mejor así. Ahora que conoces el valor de esa historia sabrás cómo evitarla. Ellos nos buscan aún, nos siguen a través de los relatos que cuentan quienes una vez vivieron allí…, relatos como el que has contado tú hoy. Nos has puesto en riesgo. Es una historia que nadie más debe oír.

—¡Por supuesto! ¿Qué historia? ¡Si ya ni siquiera me acuerdo de lo que he contado! Oh, gracias por la charla, de verdad… Me voy a dormir. Os juro por todos los dioses que guardaré vuestro secreto, como si no tuviera lengua, ¿eh? Yo…

Dáin emitió una nerviosa risita al bajar del barril, caer al suelo con piernas temblorosas y echar a andar hacia la puerta. Sin embargo, Rem volvía a impedirle el paso. El tabernero lo miró desde su aventajada altura, con los ojos entrecerrados.

—Ya te dije que para ti esta noche acabaría como todas las demás —masculló.

—Gracias, general, digo Rem, digo… Gracias, a los dos, muchas gracias. Yo me… voy. Me muero de sueño.

Caminó hasta la puerta, la abrió un ápice y luego se escabulló a la carrera.

 

***

 

Con un suspiro, Ascal pasó sobre los restos de los botes rotos y abrazó a la mujer. Emaegina se relajó entre sus brazos.

—Ha sido… horrible —susurró ella—. Tener que oírlo de nuevo, saber que aún hoy el mundo recuerda a…

—Ya ha pasado, mi amor. No tendrás que escucharlo más. Aunque no estoy seguro de que el chico vaya a guardar el secreto.

—No va a contar nada. Estaba encaprichado conmigo, tú lo has visto.

Ascal ahogó una risita.

—Solo tenía ojos para ti. Y lo entiendo. La mentira de camarera te favorece tanto…

La muchacha le golpeó el pecho, sonriente. Luego suspiró.

—Me gustaba esta vida, Ascal. Ojalá pudiéramos conservarla.

—No es posible, Ema. Todos lo han escuchado. Quizá quieras confiar en él, pero ¿ellos? Son demasiados.

—Lo sé, lo sé. ¿Cómo quieres hacerlo?

—Una pelea de taberna. He visto entre el público a varios veteranos de guerra, van armados. El alcalde los recibió esta tarde. Sabe que están aquí.

—¿Ellos matan a los demás?

—Tal vez. Y luego prenden fuego al local.

—Me encanta la taberna, Ascal, ¿es necesario?

—Totalmente.

—En fin… ¿En qué puedo ayudar?

—Encárgate de las puertas. ¿Estás segura de que quieres que el chico viva? Todo esto ha empezado por su culpa. Ellos morirán por él.

—Ellos morirán por mí, Ascal. Él solo quería impresionarme.

El hombre gruñó, al tiempo que negaba con lentitud. Luego rebuscó detrás de los barriles; algo tintineó. Al sacar la mano llevaba un hacha doble. Con un gesto de la otra mano desenvainó la espada, antes de señalar la puerta. Emaegina se puso de puntillas, le rozó los labios con los suyos y después salió de la trastienda. Él la seguía de cerca.

Mientras la muchacha se alejaba con paso decidido hacia el fondo de la taberna, Ascal salió de detrás de la barra. Quienes ocupaban las primeras mesas se giraron. Algunos sonrieron y lo señalaron mientras se acercaba.

—¡Vaya, Rem! ¿Eso que es, el nuevo cuchillo para el jamón?

Aunque el comentario arrancó un par de carcajadas, no todos rieron. Hombres y mujeres contemplaban a aquel hombre que se aproximaba. Era el cuerpo de Rem: su rostro, su pelo, sus manos. Pero nada más. En los ojos le ardía un fuego salvaje, un fuego eterno. Cuando quisieron gritar ya era demasiado tarde.

De madrugada, la taberna comenzó a arder. Pero para aquel entonces Dáin ya estaba en casa, rendido sobre el catre, sumido en un nervioso duermevela provocado por el alcohol, la noche de historias y una conversación que jamás podría olvidar.

© Copyright de Antonio Castro Balbuena para NGC 3660, Enero 2018

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