Vosotros tenéis la culpa de todo

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por Roberto J. Rodríguez

Desgajo la realidad como si fuera una mandarina y siento el regusto amargo de la sangre cuando aprieto la mandíbula y mis dientes vuelven a horadar la piel. Me interno por un corredor fantasmal que se retuerce en espirales imposibles y no lleva a ningún sitio en concreto. Camino hasta que la experiencia de andar se torna un sinsentido. Una cabeza anónima se desprende del cuello y, después de golpear el suelo, rueda como un viejo balón de cuero deformado por las patadas recibidas. Odio tener que pedir perdón al mundo por ser quien soy. ¿Qué culpa tengo? ¿Debería fingir ser otro? No puedo doblegar mi voluntad. Los años me han hecho comprender y aceptar que la naturaleza no puede domesticarse. Una manzana se desprende de un árbol y mis ojos se centran en el humo de un cigarrillo mal apagado. No puedo refrenar el instinto que me impulsa a hacer todo tipo de cosas. ¿Qué cosas?, me pregunta un chaval dos segundos después de sentarse sin permiso a mi lado y de pedirme papel. Yo miro a un perro que corre libre por el parque, y sonrío. Ese tipo de cosas y no tengo papel, le digo. ¿Pero qué cosas?, insiste. Una mujer flaca que hace deporte pasa a mi lado y su rostro se convulsiona en una mueca de asco. Cosas, respondo por fin. La mujer flaca sigue moviendo el culo y pienso en que los peces del estanque parecen horribles mutaciones genéticas. Escupo en el suelo sin alardes. Cosas, vuelvo a decirle. Él chaval por fin empieza a comprender. Yo no tengo la culpa de ser así, me apetece decirle. Pero no le digo nada. NADA. El chaval ya no está, hace rato que se ha ido, aburrido o asustado, no lo sé… pero sigo hablando igual. Vosotros tenéis la culpa de todo, murmuro, mientras doy gracias a Dios por no haber tenido un punzón en el bolsillo hace un momento. Idos todos. Marchaos. Desaparecer de una vez. Dejadme en paz. Una pelota de goma cruza por delante de mi coche, de regreso a casa, y a pesar de que sé qué va a pasar a continuación no aprieto el pedal del freno. La sangre ensucia la luna delantera y lo único que me preocupa es que tendré que limpiarla. Quería cenar lo antes posible e irme a la cama. La desesperanza me lleva por lugares que no recordaba haber transitado nunca, pero todo está exactamente igual que lo dejé. Corro hacia atrás sin la necesidad de mirar contra qué cargo. Enseguida noto cómo mis huesos crujen y siento un dolor asfixiante. Jadeo y río entre dientes mientras me retuerzo en el suelo. Creo que me estoy volviendo loco, y cada vez me gusta menos la gente. Miro mi reflejo en el espejo y siento repugnancia. Otro más, pienso. Salto y mi cabeza choca violentamente contra una lámpara de araña. La sangre ha dejado de causarme impresión. Mirar una herida es como observar una pared blanca durante horas. Coloco un clavo en mi lengua y la muevo con la intención de girarlo para que la punta perfore el músculo. No logro más que escupir espumarajos y llorar, incapaz de alcanzar mi objetivo. Últimamente, lloro muchísimo. Estoy sumido en una especie de trance hipnótico. Contemplo mi vida como si fueran fotogramas de una película deteriorada. Cuando no quiero sentir, simplemente, cierro los ojos o aparto la mirada y el mundo deja de tener, sino importancia, al menos sentido. Aprieto ambos pulgares y siento algo gomoso deslizarse por las yemas de mis dedos mientras oigo un chapoteo. Hablo con quienes fueron mis amigos y percibo un deje de preocupación en sus voces. No les culpo. Los entiendo mejor que nadie. Debe de ser duro asistir a la destrucción. Nadie quiso que esto pasara. Culpad a la naturaleza, si queréis culpar a alguien o algo. Miro la televisión y mi cabeza sólo es capaz de captar ruido. Siento cómo pasa el tiempo. Inútil. Monótono. Me arranco la piel y descubro que mi rostro no está sobre mis hombros. Estoy soñando que ardo, abrasado por un fuego ancestral, y no sé por qué, me viene a la cabeza que tengo que hacer una llamada importante, pero no sé a quién. Visto un traje de seda y mi brazo es un dragón que se quiebra como los huesos de la cabeza de aquel humilde señor que no sabía dónde estaba una calle que yo jamás olvidaré. Escupo sangre, y miro desconcertado cómo oscila el mundo. Llueve como en una película de miedo y la luz es tan azul que me planteo si no estaré muerto o sentado en la barra de un bar… o simplemente, es que no me he quitado las gafas. Cuántos días llevo sin dormir. Uno, cinco, ¿un mes? ¿Es eso posible? Una silla se abalanza sobre una anciana que tardó demasiado en abrir una puerta. Mi mente no deja de acosarme con ideas macabras y mis manos rodean el cuello anónimo de personas que osaron cruzarse en mi camino. Tiro una piedra sobre la cabeza de alguien y ni siquiera le miro sangrar. Recordad la pared blanca. Las cosas se mueven de forma irreal. Corro a cámara lenta entre la gente que grita y me acusa de haber tirado un vaso en la cabeza de un chico que escuchaba música y me enfada más que no se den cuenta de que fue una piedra que de que se me señale como si fuese un monstruo. Escucho varias detonaciones. Mi cuerpo sale despedido hacia adelante y caigo de bruces. No entiendo lo que sucede. Me entran ganas de decirles que se jodan, pero mi boca es un globo sanguinolento a punto de reventar. Miro un rostro conocido asomado entre la multitud. ¿Ya está? ¿Estoy solo? El silencio se hunde bajo la presión de voces aflautadas y mesas que vuelan de un sitio para ir a parar a otro. El café quema y las mujeres de al lado murmuran demasiado alto. Hablan de mí y de las pintas que llevo, y eso me da que pensar. Me entran ganas de decirles que sigan hablando de lo que se supone que las personas normales hablan, y que me dejen en paz. Cada uno debe ejercer su rol en el mundo. La pared blanca y la naturaleza son responsables de todo lo demás. No recuerdo haberme vestido hoy, aunque sí sé que estuve toda la noche llevando bolsas de basura al contenedor y sentí frío en la planta de los pies. Un policía me pide que haga el favor de acompañarle. Le digo que si alguna vez ha tocado la cabeza de un elefante, que resulta áspera al tacto, que no es como la imaginas cuando eres niño y los ves en los dibujos animados. Él suelta una retahíla de palabras y noto cómo mis ojos giran más de la cuenta. ¿Se habrá dado cuenta alguien de que mi cabeza está en el lugar incorrecto? Siento cómo mi cráneo ha vuelto a caerse al suelo y las personas cuelgan de los pies; pero no es mi cabeza, sólo es la coliflor que yace en el interior de la joven que no podía abrir la puerta del ascensor porque iba demasiado cargada o los cuerpos desangrándose de cinco hombres anónimos que nadie echará de menos. El policía desaparece y en su lugar veo un cefalópodo con astas de toro que finge ser una jirafa, sin darse cuenta de que en realidad el misticismo y la simbología no son más que cuentos que nos contamos para no aburrirnos. La cartera no es mía, se lo juro agente, sino del hombre que subió al coche y me dijo que fuera a donde quisiera porque los dos estábamos muertos y él tenía que hacer una llamada importante, pero no recordaba a quién. Salto sobre la cama y solo me detengo cuando escucho el golpe. Miro con miedo, acuclillado, y debajo no encuentro a ningún monstruo. Experimento cierto alivio y me pregunto qué será eso que tiene ojos y me mira con la boca torcida. Un laberinto de cuerpos orquestan una trillada melodía bajo la arboleda. Realmente moldeo el mundo a mi antojo. Cavo con una pala, en medio de la noche, para que nadie me vea y sepa lo que estoy enterrando y luego solo muevo cosas de un lado a otro. La noche nunca es tan oscura como debería serlo. El policía no se fue en realidad, las mujeres no estaban sentadas a mi lado, solo quedaban sillas vacías. Paso una tarde entera clavando clavos en una pared blanca y media noche tratando de darme cabezazos contra los clavos. La rutina forma parte también de la naturaleza; tanto o más, que las paredes desnudas. Una cometa vuela en el horizonte, y dejo de cavar. Las mujeres mueren de forma más triste que los hombres en mi cerebro machista. Veo un niño en la loma, corriendo tras la cometa, ¿o es al revés? Me doy cuenta de que es de día y de que miles de ojos me miran cavar. Ayer vino un amigo a verme y me preguntó qué tal estaba. Yo le dije: ya no soy escritor. Él dijo que tenía que ver a un psicólogo, que yo nunca había escrito nada. Le respondí que daba igual. Él me dijo que no sabía quién se había marchado de mi casa, que no lo soportaba más, que estaba asustado. Y yo le dije que no era escritor y que era incapaz de verter leche sin manchar la mesa. Él insistió en que no sabía juntar dos frases coherentes y que necesitaba ayuda y se fue y descubrí que estaba a punto de llorar; mi amigo no, yo. Me hubiera gustado sentir pena para variar. ¿Os he dicho ya que lloro mucho, pero que en realidad no siento nada y que tampoco soy escritor? Sí, seguro que os lo he dicho hace poco. Lo de ser escritor, no lo de llorar; eso fue hace más. El niño se detiene y la cometa cae en picado. Le miro y siento un molesto escozor en mis ojos. Estoy sudando a borbotones. Limpio mi frente con una camiseta empapada de sangre. Entonces el niño se queda muy quieto. Alguien grita un nombre y el pequeño me mira asustado. Lo saludo con la mano y sonrío. El niño ya no está. Ahora hay una silueta difusa, pienso que quizá sea Dios, y después me doy cuenta de que no creo en él, y deshecho esa idea. Sigo mirando en la misma dirección, hasta que el sol se oculta tras una loma informe y las luces azules lo inundan todo. Recuerdo que una vez miré a un animal que iba a morir y sentí que se despedía de mí. ¿Es eso posible? Tropiezo, cuando me doy cuenta de que hay hombres detrás del humo. El bosque está ardiendo. ¿Lo he quemado yo o el niño de la cometa? Retrocedo. El fuego siempre me asustó, ahora no es más que otra pared blanca. Me engancho con algo y me precipito hacia atrás. Miro los cadáveres de gente que recordaba viva, tirados en el suelo, muertos del todo. El negro es un color que pega con todo y la muerte es el mejor final posible para una historia. La oscuridad absorbe cualquier resquicio de existencia y lo hace a una velocidad increíble. El corredor se retuerce como en aquella serie de dibujos animados que iba de coches de carrera y que tanto me gustaba de pequeño. Quisiera empezar de nuevo y haber entendido antes cómo funciona el mundo. Vuelvo a llorar, pero esta vez ciego. La existencia no es más que las cosas que te pasan mientras vives, me dijo una vez un elfo que en realidad era un señor enfermo, incapaz de aceptar su enfermedad y la muerte que le pisaba los talones. No se puede luchar contra molinos de viento ni contra cuchillos de cocina…

© Copyright de Roberto J. Rodríguez para NGC 3660, Enero 2017

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s