Criptobot

 

Por Magnus Dagon

La mujer se acercó y el Criptobot se elevó hasta llegar al cielo. Era una tecnotorre, uno de los androides más perfectos existentes en el Universo. Para la mujer, mirarlo era como tratar de abarcar el infinito.

La mujer se arrodilló con devoción animal.

—Mi señor —masculló, incapaz de continuar.

«Dime lo que deseas, pequeño ser». —escuchó la mujer dentro de su cabeza. Se levantó y sus pulmones se llenaron de aire. El momento había llegado.

—Mi señor, soy un ser humano. He de suponer que aún tenéis recuerdos de mi especie.

—Os recuerdo —dijo el Criptobot hablando su mismo idioma, rayos de tormenta incidiendo sobre su estructura colosal—. Seguid.

—He viajado desde muy lejos para poder encontraros. Han sido muchos megaparsecs de viaje pensando que nunca llegaría a veros. A bordo de mi nave he tenido que superar muchos peligros y atravesar numerosos supercúmulos de galaxias.

—No me cabe duda. Mis datos estiman que vuestro planeta está en la otra punta de la Esfera Universal, y por ello supongo que no habéis venido hasta aquí solo para admirar mis dimensiones. Pero antes dejad que os haga algunas preguntas. ¿En qué estado se encuentra la Liga de Galaxias?

—Se disolvió hace millones de años. Guerras, tensiones. Ahora todo son cataclismos, explosiones de supernovas y agujeros negros no neutralizados, mi señor. El Universo se muere, se suicida.

Un estruendo sacudió la superficie rocosa. El Criptobot retumbó como un gigante al borde de la derrota.

—¿Qué hay de mis constructores? Hace siglos que no vienen por aquí.

—Los barakan se extinguieron, mi señor, así como la mayor parte de sus tecnotorres. Usted es una de las pocas que se mantiene en pie.

El Criptobot rugió con un eco múltiple como de miríadas de insectos. Qué quería decir aquel sonido, la mujer no fue capaz de deducirlo.

—No haré más preguntas, entonces. Dime qué es lo que te trae ante mí.

—Mi raza se extingue también, mi señor. Nos apagamos como las estrellas en nuestro sistema.

—¿Y qué quieres de mí?

—Solo quedo yo y otro compañero. Sin embargo, no hablamos el mismo idioma. Le ruego nos unifique otra vez.

Vapores ardientes emanaron del Criptobot. Empezaba a hacer mucho calor.

«Eso no es posible —escuchó la mujer de nuevo en su cabeza—. Soy un Robot del Equilibrio. Es mi misión que habléis distintos idiomas».

—Por favor, mi señor. Solo quedamos dos seres en toda mi especie.

«Aprende a hablar su idioma. O que él aprenda el tuyo».

—Nadie queda para enseñarnos, ni holodisco alguno para aprender.

Lejos, en el horizonte, el suelo estalló en llamas y se abrió vomitando escoria y rocas. Nacieron volcanes en cuestión de un momento.

«Mi tiempo se acaba, ser humano, pero no puedo ir en contra de mi programación. Es mi deber dificultar las comunicaciones entre seres racionales, como ya hice en el pasado tanto con tu especie como con otras que poblaban la galaxia».

—Por favor, mi señor, necesito su ayuda. Ya no tiene que obedecer a los barakan.

‘Sus ideas aún dominan mis actos. Puedo juzgarlos, pero no ir en contra de ellos. No considero que tu raza represente ya un peligro para el Equilibrio Universal, pero no puedo arriesgarme a ello: no estoy permitido a arriesgarme a ello. Ya en el pasado tuve que intervenir, cuando aún no conocíais el viaje espacial. En vuestro orgullo pensasteis que vosotros me habíais creado, y me quisisteis usar como instrumento de venganza de un metaser al que adorabais con convicción irracional. Babel me llamasteis, y tuve que intervenir. Confundí vuestros centros del habla, y en nanosegundos os dividí en múltiples lenguajes. Acto seguido volví a las estrellas. Tiempo atrás quedan esos días, pero la historia bien puede repetirse. Incluso con solo dos de los tuyos para llevarla a cabo».

—Aquello ya son leyendas olvidadas, mi señor. Hemos aprendido mucho. Hemos dominado el viaje espacial, nuestra sociedad es… era próspera y justa.

«No te gastes, pobre criatura. De nada sirven tus súplicas, pues la decisión nunca estuvo en mis manos. No podéis hablar un idioma común. Así lo ordenaron mis maestros, y así debo cumplir. Tanto creían en la necesidad de dividir a las especies para evitar el surgimiento de tiránicos imperios galácticos que se aplicaron sus propias teorías, y las llevaron a tales extremos que incluso entre tecnotorres hablamos distintos lenguajes simbólicos».

—Pero ahora todo son cenizas, mi señor. Los barakan, las tecnotorres, las tiranías.

Un terremoto sacudió las entrañas del planeta. La mujer miró fijamente al Criptobot y se sintió abrumada por su gargantuesca presencia.

«Debes irte. Yo también me iré, viajaré al corazón de la estrella en la que fui forjado y me arrojaré a su núcleo de hidrógeno. Esto es todo lo que puedo darte».

El Criptobot abrió una exclusa y aparecieron dos anillos barakanianos.    «Cuídalos bien. Ya conocerás su función».

—Gracias, mi señor —dijo ella cogiéndolos. La exclusa se cerró.

«Buen viaje, valiente ser».

La mujer volvió corriendo a su nave entre erupciones y estertores finales del planeta. Cuando salió de su atmósfera comprobó cómo el Criptobot huía a su vez de aquella bola incandescente, y pensó que lo hacía solo para sucumbir ante un calor más abrasador. Miró los anillos y, con ellos en la mano, entró en hibernación.

Cuando regresó a la desolada Tierra, tras circunvalar la Esfera Universal, comprobó que el hombre, de quien ni sabía el nombre, aún la estaba esperando, hibernado. Lo descongeló, se acercó a él y lo abrazó.

—Anamaran mirntyia wirl lya —dijo el hombre afligido.

—No sé lo que dices, pero creo entenderlo —dijo ella hablando más para sí que para él—. Tras tanto tiempo solo he podido obtener esto.

Se puso uno de los anillos y le dio el otro. El hombre lo miro y se lo puso también.

«Te he echado de menos» —escuchó ella de repente en su cabeza. Miró al hombre, igual de sorprendido.

«Puedo entenderte» —pensó sin más.

«Gracias a los anillos. ¿De dónde los has sacado?»

«Me los dio el Criptobot».

«Pensé que su misión era dividir a las razas».

«Sólo en el lenguaje» —matizó ella mirando al cielo purpúreo y sintiendo, por primera vez en años, que no estaba sola en el Cosmos.

Lejos, en un sistema abandonado, el Criptobot se derretía hasta morir.

© Copyright de Magnus Dagon para NGC 3660, Enero 2019

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