Corazones salvajes – Reed.

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Por Rubén Serrano

La Isla era todo un mundo, poblado por una naturaleza viviente y rodeada de una inmensa frontera de aguas verdosas que la aislaba del resto del universo. Durante todo el año reinaba en ella un clima tropical que permitía el desarrollo de una exuberante vegetación y la existencia de numerosas aves multicolores.

El sol se había puesto ya cuando una luna tímida y muy pálida hizo su aparición en el horizonte, iluminando La Isla con su luz lechosa y reflejándose en un mar azul, inmenso y tranquilo.

Egeo se aproximó al borde de la enorme roca y allí se detuvo. Durante un breve instante –apenas unos segundos– contempló sonriente a la joven que estaba abajo, en la playa, y al niño que ésta apretaba suavemente contra sus menudos pechos. Después saltó al agua y nadó sin prisa, con brazadas fáciles, hasta la orilla.

La muchacha, sentada sobre la arena, le observaba con atención mientras la leve brisa marina enredaba sus largos cabellos decolorados par la acción del sol. Su piel morena contrastaba con aquella maraña de finos hilos de oro…

El niño, que hasta ese momento había permanecido dormido entre sus delicados brazos, despertó y comenzó a llorar. Entonces, ella le ofreció una de aquellos redondos y sensuales pechos, y el llanto cesó.

Egeo, que ya habla salido del agua, llegó hasta donde estaba sentada la joven, se puso en cuclillas delante de ella y la besó en la frente. Luego, con gran delicadeza, posó su mano sobre la cabeza de aquel niño, que era el fruto de su amor.

El bebé, prendido del pezón de su madre, dejaba oír ávidos chupeteos. Ella sonrió, le cambió de pecho y, cuando lo supo satisfecho, se lo entregó a Egeo…

Los dos jóvenes se pusieron en pie y se adentraron en la espesura de la cercana selva, al tiempo que una veloz llamarada blanquecina cruzaba la constelación de Perseo, desintegrándose unos segundos después a la altura de las Pléyades.

Todo era hermoso y mágico… El ser humano había encontrado la forma de vivir en armonía con la naturaleza y el planeta Tierra —la vieja madre Tierra– se había convertido en un paraíso para él, en un auténtico jardín del Edén donde el corazón humano se dejaba guiar por sus instintos y pasiones. Y allí, bajo la Vía Láctea, las criaturas humanas seguían los impulsos de la naturaleza con plena libertad, mientras la eterna Estrella de Verano, con su azulada luz, encaminaba sus pasos hacia el universo del amor inmortal.

© Copyright de Rubén Serrano para NGC 3660, Marzo 2017

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