Reunión de consorcio – Reed.

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Por Néstor Darío Figueiras

4:00 PM

La música del combinado (como llamaban al armatoste, una gran caja de madera ya sin lustre que hacía las veces de cómoda) diluía la espesa cortesía de las conversaciones casuales. Los viejos chismosos, bulliciosos y medio sordos charlaban animadamente. Nadie me miraba, pero los diálogos enmascaraban mensajes secretos acerca de la jovencita rubia y pecosa para unos; de la minita de turno del sesentón mujeriego para otros.

Estar atenta al chisme me resultó casi tan efectivo como sondear. Ellos no lo comprendían, pero una satisfacción mórbida los llenaba cuando encontraban un oído dispuesto.

Querían saber tanto de mí como yo de ellos. Y esto era comprensible en ambas partes. Ellos, por tener una nueva vecina y un nuevo miembro del consorcio. Yo, porque una vez descubierto el paquete, quería saber más, quería conocer el impacto causado en la congruencia de la trama. Necesitaba más datos para el informe final.

Miré mi reloj. El telepod colgado en mi cintura me había anunciado que tenía tiempo hasta las seis de la tarde.

La reunión de consorcio aún no había comenzado. Faltaban Andorregui, del 5º C, y el asqueroso de Gómez… mi vecino sesentón, el del 6º A, a quien, según las órdenes que me habían dado, tuve que «persuadir a cualquier precio» para poder acceder al departamento del sexto piso y participar de aquel consorcio.

Todavía sueño con el viejo. Entonces temblaba cada vez que oía su risita intolerable. Lo único que me ayudaba a soportarlo era saber que faltaba poco.

Mientras llegaban Gómez y Andorregui, los demás celebraban una especie de tertulia. Era un cambalache de objetos vitales, tan valiosos como la vida misma: audífonos, pastillas de colores, marcapasos, bastones, anteojos. A través del aire húmedo y viciado se abrían paso la música —melosa, extraña, torturada por la rasposa púa—, las risas, los cuchicheos, las ironías, los silencios. El tintineo de las cucharas golpeando los pocillos de porcelana pintada completaba la rica textura sonora del lugar.

La dueña de casa se acercó renqueando hasta un sillón estampado con flores violetas, ayudada por un bastón de madera. Su mirada escrutaba a los invitados por encima de los anteojos gruesos con marco de carey. Unas treinta personas atiborraban el living de la vieja polaca Enriqueta Kascheburskyj, una habitación amplia, empapelada con flores hasta el techo, minada de retratos de otros tiempos. La sala se había llenado milagrosamente con sillas de madera y con banquetas maltrechas que dejaban caer pedacitos de gomaespuma enmohecida.

Nota mental: recoger una muestra de aquella gomaespuma cuando todo terminara. El entrenamiento que una recibe antes de una bajada ayuda a disimular el asombro frente a tantas menudencias sorprendentes, pero no me habían dicho nada de la gomaespuma. No existe nada parecido en Ro-Junk, ni tampoco en la Estación.

La anfitriona era la presidenta del consorcio. Sentada sobre el sillón era el eje indiscutible de todo ese arrugado grupo. Una vieja ceñuda con unos ojos de un verde lavado donde podía verse cómo asomaba la telaraña de unas cataratas incipientes. Debajo del pelo pajizo, que en otro tiempo debía haber sido rubio, se extendía una maraña de arrugas verticales. En un primer momento supuse que ese rostro había sido curtido por la amargura. Teoría que resultó válida cuando le sonsaqué a doña Rosa, del 1º A, la vieja más chismosa, que la polaca era superviviente de Auschwitz. Los secretos de palier se decían en voz baja, entre miradas recelosas y, en este caso, con el «orgullo lógico de tener semejante celebridad en el edificio». Sin embargo, a pesar de su adustez, Enriqueta Kascheburskyj sonreía cuando era preciso, y escuchaba atentamente las palabras obsecuentes de los ancianos que la rodeaban como una corte de canijos dóciles y complacientes. Su mirada, siempre dura, sólo traslucía afecto al mirar a Olga, la vieja silenciosa que vivía con ella, y que recorría el círculo de ancianos una y otra vez, bandeja en mano, sirviendo incansablemente té y café.

4:51 PM

Sonó el timbre. Olga se apresuró a abrir la puerta, no sin antes atisbar por la mirilla. Andorregui entró, quitándose la boina sucia a modo de saludo. Le siguió el cerdo de Gómez, engominado y sudoroso, quien en contraste con la polaca, estaba arrugado horizontalmente, la frente como una persiana americana, seguramente de tanto sonreír. El viejo no podía decir dos palabras sin barbotar por el costado de la boca manchada su «je, je» irritante. Repartió saludos y piropos zalameros por todos lados, siempre ignorados. Entonces me vio, e inevitablemente se sentó a mi lado. En voz baja y chasqueando la lengua, me dijo:

—¡Hola, Patri! No he podido dormir desde la otra noche… ¿No te pasa lo mismo, bombón? Je, je… —Señaló mi seno izquierdo—. ¡Extraño tanto ese lunar…! —E intentó besarme en la boca. Esquivé esos labios repugnantes. El viejo cerdo me daba asco, pero las órdenes son órdenes.

Todos sabíamos el motivo de la reunión. No era para darme la bienvenida como nueva propietaria. Yo había usado el ascensor, y así, por casualidad, había descubierto lo que buscaba. Después de cuatro días de intentos frustrados, había confirmado las sospechas de Zepeda, el jefe de Ajustes y Misiones Especiales. Él mismo pilotaba, monitoreándome y operando los haces, lo que dejaba en claro la importancia de la misión. Las coordenadas en las que me había bajado eran las correctas.

Sucedió cuando iba al departamento de la vieja Kascheburskyj para encararla. Una vez dentro del ascensor apreté el botón para ir al tercer piso. El display de números rojos empezó a titilar. 6, 5, 4… Cuando esperaba que se detuviera en el tercero, hubo una trepidación muy leve, y entonces el ascensor se volvió loco. Subió. Se detuvo. Luego descendió rápidamente. El display mostraba una sucesión incoherente de números y letras. De pronto hacía calor, un calor asfixiante, y reconocí el fuerte olor a ozono.

Estaba cerca. Muy cerca. Me vi reflejada infinitas veces en los espejos encontrados bajo esa la luz lechosa, irradiada desde todas partes a la vez. La transpiración me chorreaba por la cara. Pasó una eternidad. Se abrieron las puertas con un leve siseo.

Lotería.

Desde la oscuridad me golpeó una amalgama intensa y acre de olores: sudor, humo, excrementos y orina. Unas lenguas de luz fluctuante se movieron, mostrándome un irregular techo de roca. Entonces escuché las voces. Era un idioma desconocido, hablado a gritos, y el volumen de las voces iba aumentando. Una llama se acercó rápidamente flotando en el aire. Resultó ser una tea que parecía venir cabalgando sobre el brazo de un hombre hirsuto, semidesnudo, que corría hacia mí apenas erguido. Lo secundaban dos o tres mujeres sombrías, demasiado peludas, y con grandes senos colgantes, última impresión ésta que se acentuaba por la posición encorvada. Todos los gritos iban dirigidos a mí, y aunque ininteligibles, sonaban muy amenazadores. Llevé mi mano derecha al estilete que pendía en mi cinturón por reflejo. Lo pensé mejor y apreté el botón de cierre. Los violentos golpes sobre la chapa de la puerta acerada me recordaron que debía salir de allí. Me dirigí al sexto piso. Salí del ascensor y verifiqué que las puertas estaban abolladas.

Por telepod, me ordenaron aplicar la décima acción correctora. Eliminación de vestigios. El método sugerido era provocar una explosión, de acuerdo a la línea probabilística más segura, la hebra más fuerte del tejido del continuo. Esa misma noche, cuando finalmente Gómez se hubo ido de mi departamento, instalé los explosivos en el edificio, tratando de mantener mi mente anestesiada.

Ahora sólo restaba averiguar cuán profundos eran los daños. Obviamente, todos los ancianos del edificio ya sabían que yo había «usado» el ascensor.

5:00 PM

Clap, clap, clap. Las palmas de Kascheburskyj pedían silencio.

—Bien. Ahora que estamos todos, comenzaremos la reunión de consorcio.

Como si estuviera ensayado, cesó la música del combinado, y las voces cascadas se apagaron súbitamente.

—Bueno, dïevochka, ahora usted comparte nuestro secreto —me dijo Kascheburskyj, mientras se alisaba la pollera marrón y se acomodaba el pulóver verde escote en «v». Bajo él amarilleaba una camisa otrora blanca, abotonada hasta el cuello.

—Usted, Miller, pudo comprar el 6º B gracias a Gómez, quien logró que aceptáramos vendérselo.

¡Cerdo! Más le valía que los convenciera, después de lo que había tenido que hacerle.

—Es la primera persona en muchos años que accede a un departamento en este edificio —siguió la polaca—. Y tengo entendido que Gómez le informó detalladamente sobre las reglas del consorcio —La mujer se inclinó hacia delante y me clavó la mirada—. Hay una que explícitamente restringe el uso del ascensor en cierto horario. Usted violó esa regla.

La polaca se volvió hacia Gómez, quien se hurgaba despreocupadamente la nariz. Había reproche en esa mirada. Yo era la protegida de Gómez frente a los demás, él era responsable por todo lo que yo hiciera.

—Je, je, je… Patricia, primor, te pedí que me avisaras si querías usar el ascensor.

Con un movimiento diestro de índice y pulgar arrojó la bolita de moco distraídamente… Inmundo.

—Ahora debemos hacerla partícipe de este juego —se lamentó la vieja—. Dígame, Miller, ¿qué vio cuando se abrieron las puertas del ascensor?

Todos los viejos me miraron con sus ojos cansados. Por un momento me sentí como si estuviera rindiendo cuentas frente a mis treinta abuelos malhumorados por una travesura de nieta consentida.

—Pues… realmente no estoy segura.

Crucé las piernas, y me rasqué el mentón, fingiendo reflexión.

—Sólo cuéntanos —dijo Gómez—. Sin temor, bebé.

—Una cueva prehistórica— dije.

¡Non lo posso credere! —vociferó Brignardello, un viejo calabrés menudo y enjuto, que disimulaba la calvicie bajo un peluquín pintoresco y gesticulaba exageradamente—. ¡Arribó al inicio del ciclo!

Kascheburskyj ignoró al italiano, que no cesaba de murmurar, y me siguió interrogando.

—¿Vio a alguien? —La voz de la vieja denotaba impaciencia.

—Pues… Sí. Al menos parecían personas. Un hombre con una antorcha y dos o tres mujeres. Eran peludos, estaban casi desnudos, y gritaban en un idioma extraño. Supongo que así se verían y oirían los hombres primitivos. Antes de que las puertas del ascensor se cerraran, pude ver a la luz de la antorcha unos dibujos sobre las paredes de la caverna. Figuras rupestres que representaban escenas de caza, o algo por el estilo.

—¡Mujeres prehistóricas! ¡Eso sí sería algo nuevo! Je, je, je…

—¡Buiet, Gómez! Te recuerdo que tú insististe en meter a la joven en el edificio. Y espero que no intentes hacer lo que estás pensando con ese cerebro pervertido.

A Andorregui se le escapó una risita aguda, mientras miraba cómo su boina grasienta giraba entre los dedos. Dos viejas desdentadas que estaban sentadas junto a la ventana murmuraron escandalizadas por la desfachatez de Gómez.

La polaca no se inmutó. Continuó con las preguntas.

—Miller, ¿salió usted del ascensor?

—No tuve el valor…

—Entonces usted no trajo nada de ese sitio, ¿verdad?

—No, claro que no.

—Bien.

El alivio se pintó en la cara fruncida de la vieja polaca. Y como si se hubiera abatido sobre ella un agotamiento repentino, pidió:

—¿Podría usted, Blatter, explicar a la jovencita de qué se trata todo esto? Gracias.

Ahora venía lo bueno. Sentía gran curiosidad por escuchar la explicación que me iban a soltar.

Don Cristóbal Blatter, del 2º A, mordisqueó nerviosamente su pipa. Amagó levantarse, como si lo hubieran llamado a dar lección, pero desistió.

—Verá usted, este ascensor es una suerte de máquina del tiempo.

Esperó unos segundos, a ver si yo acusaba recibo de la novedad. Fingir incredulidad o asombro me hubiera hecho sentir estúpida, por lo que permanecí impasible.

—Una vez por día —prosiguió— durante un lapso de, digamos… aproximadamente una hora, el ascensor puede trasladar a sus ocupantes a otro tiempo y a otro lugar. Pongámoslo así. Durante esa hora el ascensor echa a correr un fragmento de tiempo pasado que se reproduce a gran velocidad. Es como si se tratara de una película que se pasa en avance rápido. Sólo hay que elegir el fotograma de la película donde caer.

Curioso que usara esa palabrita. En la Estación también decimos «caer» o «bajar», pero no siempre se trata de llegar desde arriba.

Cristóbal chupó la pipa, y el humo espeso arrancó unas toses terribles de algunas gargantas.

—¡Catzo, Blatter! ¡Apague esa cosa!

El aludido miró al calabrés mientras se mesaba la barba descuidada, con ese desprecio del que sólo son capaces los viejos y los niños.

—Je, je, je…

A Gómez no le importaba en absoluto lo que se hablaba. Sólo me miraba el busto por el rabillo del ojo.

—¡Buiet, señores! —Kascheburskyj intentaba ocultar su impaciencia sin resultados.

Blatter le dio otra bocanada a su pipa y continuó con la explicación:

—Sabemos que ese segmento de tiempo pasado comienza en algún día perdido en la prehistoria y se extiende hasta hoy. Por lo tanto, por cada día que transcurre en el presente el ciclo crece también veinticuatro horas. Entonces ese lapso de una hora que mencionaba antes, va aumentando proporcionalmente por cada día que pasa. Unas milésimas de segundo diariamente. Es como si la cinta sin fin de esta película se fuera estirando. Cada vez la película es más larga y hay más imágenes para mostrar.

Buena analogía la de la película.

Me explicaron que se utilizaba la botonera para marcar el «dónde-cuándo» elegido, que un error de segundos en el «tiempo real» podía costar años enteros en el «tiempo comprimido» del ascensor.

La vieja polaca se levantó de su sillón estampado, caminó bastoneando hacia mí y me explicó:

—Creemos que se trata de un artefacto que ha sido olvidado por alguna civilización muy avanzada. Todo esto lo ha deducido don Cristóbal, que es físico y matemático aficionado, descifrando las intrincadas ecuaciones y las instrucciones que hemos hallado en una placa de titanio oculta en un panel del ascensor.

Nuevamente un silencio teatral. Supongo que todos ansiaban ver en mí alguna reacción apropiada. Sorpresa. O incredulidad. Me puse en pie y me acerqué todo lo que pude a la polaca. Pregunté:

—¿Qué esperan de mí, al contarme todo esto?

—Cómo usted comprenderá, nadie fuera de este consorcio debe saber qué uso le damos al ascensor. Hasta hemos sobornado al técnico de mantenimiento. Esperamos su complicidad para seguir conservando el secreto.

Miré de reojo mi reloj por enésima vez.

—¿Qué uso le dan a esta máquina del tiempo?

—¿Nunca se ha preguntado, Miller, por qué somos todos ancianos en este edificio?

Yo tenía algunas ideas al respecto. Pero ya no había más tiempo para seguir conversando.

5:59 PM.

El telepod empezó a emitir un chirrido agudo y oscilante.

Abracé a la polaca y me arrojé hacia atrás. Ella gritó. Caímos ambas sobre Gómez. La banqueta sobre la que él estaba sentado se rompió, y los tres nos desplomamos en el piso, la vieja y yo aplastando el vientre del cerdo. Gómez emitió un quejido desinflado. Me desasí de esa maraña de miembros y me puse en pie rápidamente. Con la palma abierta de mi mano derecha tracé un arco en el aire lo suficientemente amplio. Justo a tiempo. A las seis en punto, poderosos chorros de energía vinieron desde otro tiempo para detener toda la materia, enquistando el living de la polaca y todo su contenido dentro de un glóbulo acrónico. El olor a ozono nos azuzó. Kascheburskyj estaba dolorida y asustada. Se quejaba al mismo tiempo que tapaba sus oídos para soportar el ruido vibrante. El aire picante le escocía la nariz y la hacía lagrimear. Me pregunté si se habría roto algo. Pero mi preocupación era absurda. Gómez resoplaba y trataba de sacarse de encima a la vieja. Puteaba con ganas. Lo golpeé en las sienes con odio. Se desmayó. Me alegró saber que muy pronto me desquitaría.

Un instante antes de que Zepeda disparara los haces, yo había activado mi glóbulo personal, confinándonos a los tres en un aura de tiempo subjetivo. En ese trance uno puede morir. Si hubiera activado el aura al mismo tiempo que Zepeda enquistaba la porción de espaciotiempo elegida dentro del glóbulo, nunca me habría enterado. El cataclismo habría sido atroz. «Explosión» no es una palabra adecuada, no alcanza a ilustrar lo que sucedería. Cuestión de fases y singularidades. La medida preventiva habitual es aislar toda una «región» del tramado espaciotemporal durante cada bajada. Me sigue fascinando que manipulemos tal poder inconcebible para realizar este tipo de ajustes. Es como practicar cirugía al tejido del continuo.

A pesar de que el fluir temporal estaba reducido a cero, la luz de la habitación seguía moviéndose normalmente. Los fotones nunca quedan cautivos dentro de un glóbulo acrónico. Por eso la materia se ve realmente congelada. Ahora, la imagen del living de la polaca que penetraba a través de la translúcida pared globular de mi aura era como una pintura. Fuera de la burbuja opalina los viejos cronosuspendidos parecían momias. Porque estar cronosuspendido es lo mismo que estar muerto. Sólo que la materia no se corrompe. Se detiene. El humo de la pipa de Blatter se había convertido en una nebulosa estática, en una mortaja marmórea que rodeaba a las momias. Eso aumentaba el carácter surrealista del cuadro. La cronosuspensión siempre genera esa sensación onírica en el observador.

Kascheburskyj había dejado de gimotear. Me miró con desconcierto y temor. Empezó a balbucear un interrogante, pero no le di tiempo. Puse mis anulares sobre su frente antes de que lograra hablar y empecé a sondearla. Recordé que había seis pulmones dentro de mi aura. El tiempo era tres veces más escaso que lo habitual.

Su mirada decía que estaba asustada. Su mente subyugada era como un ratón desquiciado rebotando en las paredes de una jaula estrecha. Sé que es duro ser sometido al sondeo. Estaba violando su mente. Y presenciar una cronosuspensión sin el entrenamiento adecuado puede resultar muy perturbador para los sentidos. Pero la vieja era fuerte, resistiría.

Yo necesitaba saber.

Cerré los ojos. Las imágenes empezaron a fluir velozmente por mi cerebro. Demasiado rápido. Presioné suavemente sobre las órbitas de la vieja. Me relajé. Entonces el flujo aminoró. Y empecé a escuchar la monocorde voz interna de la polaca.

Enriqueta Kascheburskyj había muerto en Auschwitz en 1943. Osvaldo Lepori, en la ESMA en 1977. Andorregui había sido un ex policía asesinado en un asalto en 1955. Elena Gregorio, una de las viejas de la planta baja, había sido atropellada por un ómnibus sin frenos en 1962. El asqueroso de Gómez había sido baleado en un cabaret en 1935. El calabrés Brignardello había muerto de peste negra en 1891. Y la lista continuaba. Más de la mitad de los viejos del edificio eran cadáveres, oficialmente hablando.

Seguí sondeando, seguí sondeando, hasta que en lo profundo hallé un núcleo luminoso. Me sumergí en él:

Olga, mi querida hija…

Abrí los ojos y miré a través de la pared globular de mi aura. Ahí estaba Olga Kascheburskyj, sentada junto al combinado con la bandeja sobre el regazo. Sus ojos eran verdes como los de la vieja polaca. La hija se veía tan anciana como la madre.

Volví a cerrar mis ojos antes de que el flujo se debilitara. Presioné un poco más sobre las cejas de la vieja, y entonces también gusté, palpé y olí. Logré entonces una empatía casi completa, pero ahora, a través del estrecho vínculo madre-hija, yo podía ser Olga Kascheburskyj:

 

…hacía calor en el ascensor, mucho calor. Temblé al regresar al campo de concentración, al infierno en el que habían transcurrido los únicos años de mi niñez que sólo recuerdo en sueños. Las puertas se abrieron y me metí en la cámara de gas. Sabía que afuera estaba yo, la niña de cuatro años, llorando desconsoladamente porque la habían separado de su mamá. Ese pensamiento me dio fuerzas. La visión dentro de la cámara era espantosa, horrenda. Me abrí paso entre los cuerpos flacos y desnudos que se aferraban a mis piernas y pedían ayuda desesperadamente, boqueando. Recuerdo que clamé a Dios que me ayudara a encontrarla. Pero los gritos de horror ahogaban mi oración. De pronto la encontré, ya medio asfixiada. El rostro de mi madre estaba demacrado y huesudo…

Hubo un destello, y fui expulsada del núcleo. Estaba llevando a la vieja al límite de su resistencia psíquica. Insistí un poco más. Ahora yo era Enriqueta Kascheburskyj:

 

¡Boj moi! ¡Qué pesadilla para mi chiquita! Volver a Auschwitz, al horror del que había salido con vida, sólo para buscarme. ¿Lo vio, Miller? Y ahora usted tiene el privilegio de conocerme…

 

Me sobresalté. Por un momento pude sentir cómo la figura borrosa que tenía frente a mí oprimía mi cabeza con sus dedos. Era rara la sensación de desdoblamiento. Eso sólo podía significar una sola cosa: me había sobrepasado. La había matado, y las trazas de su energía psíquica discurrían ahora sin sufrir las distorsiones de una plataforma orgánica: la liberación del alma. Su cuerpo había dejado de funcionar, y entonces, instintivamente y sólo por un segundo, el mío tendió a cobijar esa energía residual. Por un instante fui Patricia Miller sondeando a la vieja, y a la vez fui Enriqueta Kascheburskyj confesándose ante la jovencita, la dïevochka, rubia y pecosa. Tenía que aprovechar esa última inercia del flujo. Apreté con más fuerza sobre sus cejas, ahora sin vida, y me dolió la frente, pero la vieja me habló:

Ya ve, dïevochka, todos nosotros hemos infringido las leyes del destino. Mire a mi hija. Tiene cincuenta años, pero parece una anciana. Es el precio que pagó por cruzar esas puertas y rescatarme. Esos minutos de tiempo comprimido en Auschwitz significaron varias décadas para su cuerpo. Yo tenía veinticinco cuando estaba muriendo en la cámara de gas, han pasado más de catorce años desde mi rescate. Por lo tanto hoy tengo treinta y nueve años. Pero también luzco como una anciana. El traspaso por las puertas del ascensor me avejentó casi instantáneamente. Blatter intentó explicarme los motivos del fenómeno, pero nunca lo entendí completamente. A todos nos pasó lo mismo. Pero estamos vivos, al fin de cuentas. Y en cierto modo, hasta podríamos decir que somos felices. Todos en este consorcio podríamos contarle una historia parecida. Salvo el brillante Cristóbal, que sólo quiso charlar unos minutos con Einstein. Nuestros hijos, sobrinos, y nietos hallaron la placa en el ascensor, y ayudados por Cristóbal, pusieron en marcha el dispositivo. Ellos nos rescataron, dïevochka. Porque nosotros deberíamos estar muertos. Antes de mi rescate hubo varios intentos fallidos. Algunos no regresaron jamás al edificio. Pero luego del primer éxito se planificaron más incursiones. Todos estaban dispuestos a sacrificar varios años de su vida. Aún alguien tan desagradable como Gómez puede ser amado a tal punto. Pero no queda nadie en el edificio lo suficientemente joven como para intentarlo nuevamente. Somos todos muy viejos, y contamos cada minuto. La necesitamos. Por eso le permitimos comprar el departamento. ¡Boj moi, Miller! ¡Le sorprendería saber que siempre hay alguien a quien queremos traer del pasado! Siempre hay alguien…

 

Y el flujo se agotó, diluyéndose suavemente, y el ente que había sido Enriqueta Kascheburskyj se integró al tejido universal del continuo; como si una paz infinita se abatiera sobre ella y por fin la absolviera del pecado de entrometerse en los designios del destino, o de Dios… O de Boj, como lo llamaba ella.

Retiré mis dedos de su cabeza, y el cuerpo inerte se desplomó sobre la pared de mi aura. Había averiguado todo lo que necesitaba saber. El daño era grave, aunque controlado a causa del hermetismo del consorcio. De todos modos las órdenes habían sido claras: eliminación de vestigios. No había otra acción correctora para subsanar las paradojas creadas en la trama espaciotemporal. Algunas habían anudado las hebras, otras, las habían desgarrado.

El aire dentro de mi aura estaba viciado. Pude ver a través de la pared globular que todos los viejos seguían petrificados. Ahora todo dependía de la pericia del jefe de Ajustes y Misiones Especiales. Zepeda empezó a «cavar el túnel» a través del cual iba a extraerme. La pared siseaba y rechinaba. La materia quieta gemía. Los átomos casi habían agotado su inercia y se resistían al avance de mi aura. De pronto, comenzó a moverse lentamente, como una burbuja flotante. Me volví y miré por última vez a los viejos. El living de Kascheburskyj parecía un museo de cera.

Tuve que refrenar las lágrimas al pensar en la vieja y su hija; y en las otras historias, que no conocía, pero que podía entrever. Los viejos que habían muerto, y sus hados que los rescataron de la muerte inexorable usando el ascensor; aún sometiéndose al envejecimiento precoz producido por el disloque cronológico. Zepeda, Katrian y las autoridades de Ro-Junk tendrían que descubrir quién diablos había dejado funcionando un transpositor espaciotemporal de lazo comprimido en el hueco de un ascensor primitivo.

Mi burbuja salió del living penetrando la materia suspendida. La atmósfera de la sala, el metal, la madera, los ladrillos y el revoque; todo se «disolvía» al paso del aura removida por Zepeda. Recuerdo que descubrí con alivio que ningún viejo suspendido se interponía en mi camino. De todos modos Zepeda no hubiera reparado en tan insignificante eventualidad. Por último, el aura atravesó estrepitosamente la pared del glóbulo acrónico que encerraba el living. Entonces el telepod emitió un pitido entrecortado y disonante. Podía desactivar el aura sin peligro. La trepidación nos sacudió. Nuevamente el intenso olor a ozono. El cadáver de Kascheburskyj, Gómez y yo estábamos en el palier, junto a los fragmentos de una banqueta despedazada. Zepeda era un cirujano muy preciso.

Actué rápidamente. Abrí el panel de la cabina del ascensor y retiré la pesada placa instructiva de titanio. Las indicaciones estaban escritas en varios idiomas, y también en la jerga técnica de la Estación.

Entonces Gómez recobró la conciencia. Tosió, resopló, las arcadas le humedecieron los ojos. Era tiempo de ocuparme de él. Intentó incorporarse. No lo dejé. Con toda la furia de la que fui capaz le aplasté la cabeza con la placa de titanio.

—¡Hijo de puta, viejo asqueroso…!

No satisfecha aún, tomé el estilete del cinturón y le acuchillé la entrepierna hasta que el puño se me hundió en una pulpa sanguinolenta.

Qué más daba, si todas las momias iban a morir en minutos. Pensé que de esa forma algo pesado se desataría de mí. La sangre empapó sus pantalones como una flor que se abría.

Tomé unos cuantos pedacitos de gomaespuma de la banqueta rota y me los guardé en el bolsillo. Envolví la placa con el pulóver verde de la polaca. Bajé corriendo por las escaleras.

© Copyright de Néstor Darío Figueiras para NGC 3660, Marzo 2017

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