El próximo combate – Reed.

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Por Hernan Domínguez Nimo

Lo veo salir al ruedo y se me ocurre: quizá hoy me toque morir.

Dyoll parece más preparado que nunca. Más fuerte. Me sonríe, seguro de sí, mientras el rugido sintetizado de miles de gargantas brota de algún lugar que ya no me interesa precisar. Las paredes de vidrio espejado me devuelven decenas de cuerpos dispuestos a la lucha. Mañana, algún mañana, la gente verá gradas repletas de fanáticos en su lugar.

Dyoll se ha puesto el yelmo otra vez, previniendo un ataque que vuelva a partirle el cráneo como una manzana. Pero salvo la malla de metal, nada ha variado en su atuendo. Ninguna defensa o armadura extra que pueda crear la sospecha, en quienes vayan a ver el combate, que la victoria no dependió solo de su propia destreza.

Observo sus movimientos, buscando diferencias sutiles en su modo de pararse, de empuñar la espada, de desplazar los pies; algo que me diga cuánto ha aprendido desde la última vez.

Su cuerpo permanece de costado, en lugar de avanzar de frente; de esta manera oculta el flanco derecho, el más vulnerable a mis ataques. Ya las últimas dos veces Dyoll corrigió este error. La memoria perdura de algún modo.

Sin quitarle la vista de encima advierto, simplemente por el peso, de que mi propia espada es de hoja más ancha esta vez. No puedo evitar una sonrisa ante el recuerdo —muy reciente— de mi arma penetrando por una de las aberturas oculares de su yelmo.

Sí hay algo diferente. Intento precisar qué es y me doy cuenta de que Dyoll aún no ha avanzado: está a la expectativa, esperando a que yo haga el primer movimiento.

Eso es mucho más que algo. Ha aprendido a dominar su orgullo.

Doy un paso hacia él y amago un mandoble. Dyoll prepara la guardia pero no intenta devolver el golpe. Bien.

La siguiente vez mi espada termina el movimiento descendente pero por el otro lado. Dyoll lo detiene y aleja mi espada con firmeza, sacando chispas al acero. Mantiene su postura defensiva. Lanzo una estocada contenida y la esquiva, a medias con la espada, a medias con un juego de cintura.

Y retrocede. Pareciera que quiere aprender más, que apuesta a largo plazo. Su seguridad no proviene de sus posibilidades de ganar. No cree que pueda vencerme hoy. Pero está dispuesto a conseguirlo algún día y sabe que si aprende lo necesario lo logrará. Su meta de hoy es durar, obligarme a mostrar, de a poco, todo lo que soy capaz de hacer.

Ataco dispuesto a terminarlo rápido, a no mostrarle nada. Su espada detiene mis golpes uno a uno.

Para enfurecerlo, desvío un golpe que parece destinado a sus costillas y le hago un corte en el brazo. La sangre empieza a manar. Le sonrío, mostrándole los dientes, pero no reacciona. Quiere controlar sus emociones hasta el final.

Por primera vez siento que ya no se trata del combate de siempre. Poder contra habilidad; el poder de las armas, de la medicina, de la tecnología, del dinero. Hoy no quiere imponerse por la fuerza, por el peso de ese poder. Quizá porque hasta hoy le he demostrado que no puede. ¿Pero por cuánto tiempo más? ¿Qué tan delgada es la línea que nos separa, a él de la victoria y a mí de la muerte?

Vuelvo a atacarlo, pensando que esta vez Dyoll no guarda ninguna sorpresa. Mi espada es más rápida que la suya pero el filo choca contra la malla metálica. En lugar de rebotar, la espada queda pegada y un látigo de dolor recorre mi brazo y salta del hombro hasta mi cerebro. Obligo a mis dedos a no aceptar el reflejo de soltar la empuñadura.

Sin darle tiempo a aprovechar la sorpresa, le doy una patada en el torso mientras tiro con todas mis fuerzas de la espada. El filo se despega en medio de un chisporroteo casi invisible. Dyoll aprovecha para golpear con su espada y salta hacia atrás.

Mi brazo derecho cuelga a un costado, aferrando la espada que apunta al piso. Un hormigueo constante es la única señal de vida. Con la mano izquierda intento inútilmente tapar un tajo recién abierto entre mis costillas, que deja escapar la sangre a escupitajos rítmicos.

¿Tan mala será la muerte? ¿Tan terrible sería no levantar la espada y dejar que la suya me hunda en la oscuridad? ¿Por qué? ¿Por qué no escapar a esta rueda interminable, a ésta, mi propia maldición de Sísifo? Solo hay un final posible. El que la historia va a contar. Yo no lo puedo evitar, solo retrasarlo.

Una sonrisa feroz enciende el rostro de mi contrincante. Es la proximidad de la victoria. La seguridad de que esta vez no tengo escape. La euforia de saber que dentro de unas horas la imagen triunfal del emperador derrotando al rebelde con sus propias manos podría recorrer, por fin, todo el sistema solar.

La historia dirá que Dyoll destruyó el ejército de Belzder, atrapó a su líder y lo derrotó en combate público. Así habrá demostrado su valor, que está hecho —que nació— para gobernar el destino de trillones de seres humanos desparramados por la Vía Láctea.

Se adelanta, empuñando en alto su espada.

La historia no va a hablar de los combates anteriores. Ni de los millones de muertos en las guerras separatistas. Ni del hambre y miseria de los mundos de la periferia. Mundos tan distintos y tan iguales a mi Belzder. Ese es su verdadero poder. El poder de un emperador: el de escribir la historia.

Tarda demasiado. Tendría que rematarme ahora, pero duda. El miedo a la derrota lo carcome. Si es verdad que la memoria persiste, debe ser el recuerdo de tantas muertes, el dolor que antecede a cada una de ellas, lo que lo detiene. Aún no está preparado para sacrificarse por el próximo. Quiere ser él mismo.

Apenas de pie, lo miro fijo y sonrío una vez más. Su propia sonrisa mengua. Ya está. La inseguridad se instaló y crece. Dyoll se obliga a seguir caminando a pesar del temor pero ralenta imperceptiblemente el avance.

El hormigueo en mi brazo se intensifica; aflojo levemente los dedos y vuelvo a apretarlos en torno a la empuñadura. Dyoll está tan concentrado en dominar su miedo que no lo percibe.

En lugar de ello, da un grito violento y con ambas manos descarga la espada sobre mi cabeza. Adivinando el movimiento, me arrojo hacia atrás y le pateo con fuerza el estómago que el movimiento de ataque deja al descubierto.  Algo en su interior revienta como una bolsa de agua. Dyoll se dobla en dos y suelta el arma. De un salto me paro a un costado y lanzo con furia el filo de mi espada sobre su cuello. La cabeza se separa con el chasquido de la columna al partirse y cae con el yelmo aún puesto. El cuerpo se derrumba sobre un charco de sangre que crece rítmicamente.

Me dejo caer al piso. Otro charco se forma a mi alrededor. Mi espada está tirada unos metros más allá. Los guardias imperiales ingresan al ruedo. Los genetistas rodean el cuerpo de Dyoll para tomar las muestras de células vivas.

La rueda sigue girando. Mi piedra está arriba de la colina lista para caer. La historia no podrá ser escrita hoy. Un médico atiende mi herida. No van a permitir que muera desangrado antes del próximo combate.

© Copyright de Hernan Domínguez Nimo a para NGC 3660, Mayo 2017

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