Colagris


Por Carlos Pérez Jara

A Ulises (2003-2018)

 

Colagris no pudo descubrir el sitio hasta su tercer año de existencia. Por aquel entonces, solía pasar las noches en el antiguo reino. Para él y para tantos otros de su casta era el espacio al que siempre regresaban, por muy lejos que fueran o por muchas vueltas que diesen por otros lugares: el reino era su casa. Por eso lo defendían con uñas y dientes cuando la lucha era inevitable. Sobre un enorme cartel que presidía la extensión de aquellas fronteras, donde habían nacido y muerto muchos de sus moradores, Colagris observaba el rostro de la Dospasos que sonreía desde arriba, a bastante distancia. Pero el cartel había sido castigado por las lluvias y el viento de varias estaciones, y apenas era ya visible.

En el reino Colagris se había hecho mayor. Había perdido con orgullo media oreja en un combate con un Colablanca de los alrededores; se había internado por los senderos explorando esquinas y árboles, y había huido muchas veces de varios apestosos sueltos, de los que había tenido que refugiarse debajo de algún monstruo inmóvil o encima de alguna fachada rota. Bajo la lluvia de una noche no muy lejana, con los bigotes cubiertos de perlas diminutas, Colagris había visto a su hermano Colamarilla dejar de moverse, iluminado por los ojos de una de esas cosas que iban de un lado para otro por las lenguas grises, dejando siempre hileras de humo negro. Un Dospasos se acercó enseguida a Colamarilla, que apenas temblaba con el morro contraído; lo tocó un poco, y luego otros Dospasos lo metieron en el monstruo: nunca volvió a saber nada de su hermano.

Pero, aunque Colagris se hubiera hecho mayor, no tenía la menor noción de serlo. En su memoria no había rendijas para el pasado, o al menos no lo acumulaba para saber lo que había hecho. No, para Colagris solo había un tiempo verdadero, el único posible: ahora. Y todo giraba sobre ese ahora, ya fuese en el reino o en las afueras, peleando a muerte con algún intruso o huyendo de monstruos y apestosos; o de Dospasos que pretendían atraparlo, tal vez para llevárselo como a Colamarilla. Bebiendo de un charco de agua turbia o sobre la cornisa de un muro medio derruido, para Colagris la vida siempre acababa de empezar justo en ese instante. Siempre ahora.

A veces disfrutaba de la caza furtiva de alguna voladora al amanecer. Ayudado por alguno de sus hermanos, volvía al reino con su trofeo en la boca. Por lo general, no solía compartir su comida con nadie, como los demás no compartían la suya: debía ser una norma ancestral que ya nadie evocaba pero que todos cumplían con una obstinación admirable. En el fondo nadie recordaba nada que no fuera el pasado más inmediato. En ese pasado había destellos, impresiones que a Colagris lo aturdían como un escalofrío, tanto dormido como despierto: veía Dospasos a la carrera, apestosos que escupían baba blanca de sus bocas llenas de colmillos, e intrusos de su casta que llegaban para perturbar la calma en el interior del reino.

Pero, sobre todo, veía a Colamarilla iluminado por el monstruo, quieto bajo la lluvia, y de alguna forma era posible recordarlo al distinguir uno de aquellos objetos enormes que recorrían las lenguas grises a toda velocidad. En algún lugar de su consciencia, Colagris tenía la sensación de que aquellos monstruos lo buscaban a todas horas, en cualquier momento, siempre bajo el oscuro propósito de llevarse a los de su casta para siempre o de dejarlos inmóviles. Era probable, incluso, que cada monstruo buscara a uno en especial de los suyos. ¿Quién sabe? Si eso era así, desde alguna de las lenguas grises, esperando, estaba el cazador con humo en la cola que un día vendría a por él, tarde o temprano.

A la luz de una mañana de primavera, mientras la sonrisa de la Dospasos se había perdido del todo, abierta como una página rota, Colagris dormitaba en lo alto de un neumático. Una semana antes había cumplido dos años de existencia, pero eso Colagris lo ignoraba. En realidad, es posible que tampoco le hubiera importado mucho, dadas las circunstancias: ¿significaría algo en su ahora? No mucho. El reino se había vuelto más poblado por las nuevas camadas de Colaspardas, y pese a algunos ataques del exterior procedentes de otras castas, era un territorio asentado, seguro. Ya existía antes de que Colagris naciera, cuando algunos Dospasos montaron las vallas que los defendían de los intrusos. Sin embargo, era un reino sin rey definido, porque el último Colanegra viejo había dejado de moverse un día, enrollado como un ovillo. Pero era su casa, al fin y al cabo.

De pronto llegaron unos ruidos atronadores. Muchos de sus hermanos huyeron hacia las columnas de chapas de metal para refugiarse, mientras otros corrían por la llanura sin conocer bien el origen de aquel caos. Entonces Colagris pudo verlo en la distancia: una valla había caído bajo una nube de polvo, y ahora entraba un gigante mucho más alto que los cazadores de las lenguas grises; una docena de Dospasos aparecieron en su reino con el temblor de la tierra. Eran intrusos demasiado grandes para ellos, y de algún modo la memoria le servía para advertirle de algunas precauciones del instinto; por eso saltó del neumático y se refugió bajo un arbusto. El gigante levantó sus brazos para recoger con ellos los arbustos y las piedras; luego los fue acumulando en una montaña de escombros, sin demasiada prisa.

Ese día apenas pudieron sentirse tranquilos, porque los Dospasos pasaban muy cerca, pero sin mirarlos, como si se hubieran vuelto invisibles. Pero con la noche la paz volvió a lo que quedaba del reino; confusos, muchos de sus hermanos regresaron olisqueando las huellas de botas de los Dospasos que habían cometido aquella ofensa, pero como no encontraban ninguna respuesta, y como el pasado tampoco era demasiado importante para ninguno, quisieron creer que todo había vuelto a ser como siempre. Pero no lo era; ni siquiera en ese ahora, porque un día más tarde el gigante y los ruidosos Dospasos entraron de nuevo como enemigos, arrancando el viejo tronco de un álamo y otras pertenencias del reino. Ahora eran muchos más, e incluso uno dio una patada en el lomo a un Colaparda; otros dos se entretuvieron en lanzarles cáscaras de naranja a unos hermanos jóvenes tan incautos como hambrientos.

Así comenzó su exilio. Colagris viajó por los bordes de las lenguas resecas huyendo del monstruo que lo buscaba y evitando a otros que tal vez persiguiesen a sus hermanos. Ahí fuera todo era más improbable que nunca, y el ahora más y más incierto; las noches más largas, y los días más difíciles, porque no había un neumático cálido donde dormir o un muro derruido donde protegerse de los apestosos ni de cualquier otro enemigo. Pero también había descubierto algo de gran importancia: mientras no hiciesen ruido los monstruos no eran peligrosos. Descansaban en largas hileras a lo largo de los caminos, sin emitir un solo murmullo de furia o de hambre.

Al principio, había supuesto que todos los inmóviles eran como los suyos cuando dejaban de moverse. Por eso había tenido que recurrir a refugiarse bajo alguna de sus barrigas, ya fuera de la lluvia o de la llegada de un Dospasos alocado. Con la panza del monstruo como protección salvadora, Colagris veía a los apestosos con la certeza de estar a salvo. Pero una mañana, en medio de un sueño sobre cierta muralla que ya no existía en su mundo, sintió que algo lo despertaba de golpe: un calor inaudito le quemó la pelambrera del lomo derecho. El dolor encogió sus patas como una sacudida, pero a duras penas pudo salir del agujero del monstruo en el que se había metido. Las tripas oscuras empezaban a moverse, temblando, primero despacio y luego más y más rápido: ¡había despertado! Colagris corrió todo lo que pudo por la lengua reseca, seguro de que había escapado por los pelos.

El verano fue eterno. El calor y la falta de comida lo adelgazó tanto que sus miembros parecían de alambre. Hasta sus ojos se achicaron, con una película viscosa en el izquierdo que le dificultaba la visión nocturna. Otros enemigos del exterior se cebaron en su exilio y su desgracia: la sed y las heridas de sus marchas sin regreso a ningún refugio. También la desorientación lo había llevado muy lejos: ni siquiera tenía la menor idea de dónde estaba. Acostumbrado a vivir siempre cerca del reino, aquellos lugares eran no solo desconocidos, sino también indeseables: era tierra indómita de Dospasos y de sus amigos, los apestosos. Por las noches tenía que recurrir a los Carros de comida a cuyo alrededor se acumulaban algunos alimentos esparcidos de Dospasos; a veces era posible encontrar algo que mereciera la pena, un fragmento de carne o de pescado en descomposición.

Colagris no volvió a ver a ninguno de los suyos. En algún momento pudo encontrar a individuos de otra casta, deambulando por las esquinas; supuso que podrían ser exiliados de otros reinos, pero debía existir un pacto muy antiguo para no preguntarlo ni tampoco querer saberlo. Un día de principios del otoño logró volver a un espacio familiar, esquinas y objetos reconocibles en su ahora; de nuevo podía distinguir ciertos olores en ciertos lugares, pero las vallas habían desaparecido. De hecho, el reino de la llanura había sido ocupado por una mole blanca con muchos ojos o huecos, rodeada de monstruos muy altos. Un reino de Dospasos, supuso. Cojeando, observó la mole durante toda una noche: el cartel tampoco estaba, ni las matas ni los neumáticos. Solo la mole y sus ojos.

Durante el largo invierno y parte de la primavera lo vigiló como quien vigila a un viejo enemigo. Pero en el fondo no podía ser tan viejo porque ni siquiera recordaba haberlo encontrado antes. Sin duda aquello había invadido el espacio de su antiguo reino obligando a sus hermanos a vivir fuera: solo algo así podía ser un rival tan implacable y tramposo como los cazadores que echaban humo por la cola o algunos apestosos crueles, empeñados en darles caza. Sin embargo, a diferencia de los anteriores, la mole estaba quieta como una montaña de piedra. Los monstruos altos desaparecieron de los alrededores, como el polvo que solía rodearlos en medio del ruido. Poco a poco vio Dospasos por los huecos, en diferentes momentos: se asomaban para luego esconderse en el interior, como si aquello formara parte de alguna clase de nueva ceremonia. Definitivamente aquellos seres eran muy extraños, incomprensibles para Colagris: siempre les gustaba desplazarse o vivir en cosas más grandes que ellos mismos.

El Enemigo, el Gran Intruso, empezó a ejercer sobre Colagris una atracción inexplicable. Lo despreciaba por haberlo echado fuera de su reino, pero al mismo tiempo le parecía asombrosa su presencia en la noche como un gigante dormido, o en el día, como una piedra enorme de muchos ojos acusadores. Era un objeto que causaba miedo y curiosidad; odio y cierto grado de nostalgia. Desde luego Colagris no aceptaba algunos hechos. Buscaba, sin encontrarlo, su neumático preferido, o algún fragmento del muro donde había sesteado soñando con monstruos ansiosos o chorros de agua fresca cayendo de una pared solitaria.

Sin embargo, alrededor de la mole o en sus propias cercanías recuperó algunas viejas sensaciones del pasado: amodorradas en el amanecer, las voladoras de cierta esquina volvieron a ser su dieta indispensable. Había ideado algunas estrategias casi infalibles, pero la antigua lesión por la quemadura del monstruo le impedía una máxima eficacia ante sus presas. Por eso repetía sus intentos muchas veces antes de conseguir un trofeo entre una nube de plumas.

Amparado en las sombras, el Gran Intruso parecía vigilar cada uno de sus movimientos. A veces, por alguno de sus huecos iluminados salía algún olor suave y sabroso, una nube de aromas agradables. Una noche, débil por varios días sin voladoras, Colagris pudo oler algo que dilató su hocico. No sabía bien qué era, pero le resultaba irresistible, como ciertos pedazos que había llegado a encontrar en algún Carro de comida para Dospasos. Procedía de un hueco bajo, junto a una pequeña tapia amarilla: fiel a su costumbre, se acercó con sigilo echando hacia atrás sus orejas. Dio dos saltos por una cornisa, y desde un tubo de apoyo volvió a olisquear el aire y sus emanaciones: se relamió con la lengua sin darse cuenta. La luz del hueco proyectaba sombras misteriosas, pero Colagris no estaba dispuesto a huir en aquel instante.

Se asomó como pudo, y solo entonces pudo reconocer a una Dospasos. Estaba echada sobre lo que le parecía un neumático verde muy ancho, delante de un extraño objeto que emitía luces y destellos, como las de los monstruos cazadores. Pero lo que observó enseguida, reduciendo sus pupilas en silencio, fue el plato humeante que descansaba sobre la barriga de la Dospasos en reposo: pescado. Era el mismo pescado que había encontrado en los Carros, salvo que este olía mucho más fresco. De pronto, la Dospasos giró la cabeza hacia Colagris; en un segundo dio la vuelta sobre sí mismo tan deprisa que estuvo a punto de desplomarse al vacío. A duras penas corrió como pudo, y en dos o tres saltos ya se deslizaba por aquel nuevo recinto: ahora era él el intruso.

Durante los siguientes días Colagris pareció decidir no volver a ese sitio. Como en las lenguas resecas por donde corrían los cazadores, es posible que también allí hubiera trampas invisibles, ocultas, dispuestas a atraparle en cualquier momento. Como a Colamarilla. En consecuencia, se dedicó a cazar voladoras en otras partes, y aprovechó las delicias de espinas podridas de un Carro abierto una noche por un Dospasos apestoso. Refugiado bajo las panzas de los monstruos dormidos en la noche, el tiempo pasaba muy, muy despacio incluso para su memoria: el ahora era siempre un ahora que no conducía a gran cosa, salvo a esa sensación de hormigueo entorno a una amenaza constante, por frágil que fuera, unas vibraciones que recorrían sus bigotes como ondas de sonido. Definitivamente se resignó a no recuperar su neumático.

Una tarde de principios del nuevo otoño, mientras la lluvia iba cayendo sin descanso sobre sus bigotes, Colagris se encontró de nuevo en la cornisa. Ni siquiera lo había planeado con antelación. Con cuidado, se asomó al hueco: la misma Dospasos estaba ahora andando ajena a su presencia; atravesaba su territorio con lentitud, envuelta en esas pieles tan raras que no eran nunca las suyas propias. Llevado por una curiosidad mayor que su miedo, se desplazó con sus pies de goma a través de la cornisa hasta encontrarla por el siguiente hueco, un ojo iluminado.

La Dospasos era grande, pero no demasiado, y su pelo rubio, como el de Colamarilla; acababa de sentarse al borde de una plancha mullida, y ahora se encogía emitiendo unos ruidos asombrosos. De sus ojos brotaba un fluido como agua: ¿qué le estaba ocurriendo?, se dijo, y permaneció largo rato estudiándola protegido por el cristal de aquel mismo hueco. Luego, la Dospasos volvió a mirarle, como si hubiera adivinado que estaba allí. O como si le hubiera estado esperando. Pero sus bigotes se pusieron tensos como escamas, y de nuevo volvió hacia las zonas bajas, donde controlaba mejor sus movimientos que en aquellas alturas.

A mediados de su cuarto año de existencia, Colagris luchó a muerte con un Colanegra errante que pretendía discutirle el dominio de cierta esquina. Más escuálido y frágil que en aquellos tiempos, ya olvidados, en los que vivía en el reino con sus hermanos de casta, recibió varias heridas profundas en el cuello y un rasguño que estuvo a punto de sacarle un ojo. Vencido y enfermo, durante un día entero permaneció agazapado bajo la tripa de un monstruo deseando que no despertara con la luz del sol. Como estaba muy débil para ir a por alimento, se limitó a cerrar su ojo sangrante mientras el mundo de los Dospasos seguía a su alrededor como de costumbre: ruidos y confusión, y una red de olores cambiantes, entre comidas y grasas, y humo.

La mañana que pudo salir al fin de debajo del monstruo quieto, Colagris no parecía Colagris. Medio tuerto, se deslizó como pudo a lo largo de una fachada en sombras hasta esconderse durante un rato detrás de un árbol. Al fin, miró arriba: ahora todo, incluso aquel hueco de la mole, estaba demasiado alto. Demasiado peligroso. Las cosas se habían vuelto demasiado grandes al caer en desgracia, y le faltaban las fuerzas… necesitó varios intentos para subir a la cornisa, confuso, manteniendo el equilibrio como un acróbata borracho.

Delante del hueco principal la vio de nuevo: la Dospasos volvía a estar sentada, o agazapada sobre su neumático verde, pero esta vez sin ningún plato de comida. Sin embargo, como si pudiera oír sus pasos en el exterior, giró el cuello con lentitud. Colagris quedó paralizado: durante muchos segundos se contemplaron sin hacer ningún movimiento; luego la Dospasos siguió observando el objeto que emitía luces delante suya. Aturdido, Colagris se desplazó en la dirección equivocada, hacia la siguiente esquina de aquella mole: desde arriba el suelo parecía estar a tanta distancia que le resultaba imposible bajar como lo había hecho en otras ocasiones.

El sol calentó su pelambrera, gris con algunas vetas amarillentas. Recostado, Colagris se lamió como era propio de sus rituales, mientras su lengua rascaba las costras de sangre seca de sus heridas. Estaba claro que nunca podría descender de nuevo sin partirse el espinazo. En un instante, el hueco principal se abrió con un chasquido sordo. Luego, unas garras sacaron un plato para dejarlo sobre la cornisa: comida. El cristal del hueco se volvió a cerrar desde dentro, pero Colagris no pudo dar un solo paso. Si algo le había enseñado el mundo del ahora era que estaba lleno de trampas y de objetos que parecían ser una cosa cuando eran otra, o de cosas que solo traían dolor a su barriga o al resto de su cuerpo. Casi sin pretenderlo, aguzó el hocico: olía a algo delicioso que encogió su estómago con el murmullo de una protesta. Como media hora más tarde se desplazó con calma hacia la comida. Asomado al cristal no vio ningún rastro de la Dospasos; como si hubiera desaparecido. Comió en silencio, sin pausa, y solo al cabo de un rato tuvo fuerzas como para bajar de dos saltos al suelo sin muchas molestias.

A partir de aquel momento, Colagris deambuló por los alrededores de la mole como un fantasma. Evitaba a los apestosos, a los monstruos rodantes de las lenguas grises, a los Dospasos del exterior, al Colanegra que lo había expulsado de su propio territorio, pero sobre todo mantenía una cierta cautela a la hora de subir a la cornisa. Siempre que lo hacía, ya fuera día o noche, encontraba un plato con comida; por lo general era pescado fresco, pero en alguna ocasión probaba carne roja en tacos. Muy pocas veces veía a la Dospasos a través de alguno de los huecos: o bien estaba sentada en el neumático verde, o bien tendida con un objeto pequeño entre sus garras; en una ocasión pudo verla con otro Dospasos en la plancha, mientras se movían como si estuviesen luchando en la oscuridad: al fin, su Dospasos se subió encima del otro, supuso que un intruso en su territorio. Le alegró que al final ganase la lucha.

Con el tiempo, sus heridas sanaron sin secuelas y sus ligamentos volvieron a ser elásticos como antes. Una tarde, el Colanegra fue atrapado por un cazador en una de las lenguas de aquel lugar, no muy lejos de la mole. Un Dospasos lo recogió del suelo, sobre un charco de sangre caliente; Colagris supuso que también el Colanegra había sido víctima de su propio monstruo. Cada Colagris, negra, rubia, blanca o parda tenía uno: uno solo que deambulaba sin descanso por las lenguas esperando la oportunidad de llevarse a su presa, su trofeo. ¿Pero dónde? Eso Colagris lo ignoraba: en su espacio del ahora no había demasiadas posibilidades para pensar más allá de ese instante.

A principios de su séptimo año de existencia, Colagris ya dormía en el alero de la cornisa durante largos ratos. Con sus patas recogidas y sus ojos cerrados, recibía la luz del sol sin disgusto, mientras su plato de comida descansaba a su lado, como de costumbre. Muchas veces, lo único que podía ver de la Dospasos eran sus garras sosteniendo un cuenco para luego meterse de nuevo en el interior de la mole. A veces la vigilaba desde alguno de los huecos: otros Dospasos habían vivido dentro de su territorio pero, al fin, siempre solía verla sola; mirando el objeto de luces o tendida en la plancha. Su pelo rubio era ahora algo blanco en algunas partes, y su cuerpo se había vuelto más fofo y blando, cubierto de pliegues, como cierto Colablanca con collar que había encontrado una vez por un sendero; uno de esos esclavos de Dospasos, gordos y cobardes que no querían más que dormir a todas horas.

Ya fuera porque no deseaba ser aquello que tanto había despreciado, o porque de hecho olvidase a cada momento el pasado más reciente, una tarde Colagris bajó por la tapia en dos saltos y se alejó tanto como pudo de la mole blanca. Caminó a lo largo de las lenguas sin destino, esquivando los peligros que lo habían acechado desde sus primeros años, allá en el reino; y durante un tiempo decidió residir en una zona cubierta de arbustos donde la basura de los Dospasos le permitía alimentarse sin demasiadas dificultades. Hasta dio con un árbol cómodo que escogió como su lugar de descanso y vigilancia favorito.

Durante esa larga época, Colagris olvidó toda su vida anterior.

Pero una tarde unos Dospasos pequeños empezaron a lanzarle objetos al árbol, haciendo mucho ruido. Huyó por los senderos, hasta que en una esquina un apestoso golpeó sus mandíbulas contra su lomo, a un dedo de hundirle los colmillos. Bajo una carrera frenética, Colagris se golpeó contra un muro, astillando un hueso de su pata izquierda, pero al girar ni siquiera pudo evitarlo: las luces de un monstruo, del suyo, del que le había estado esperando con paciencia, lo cegaron de golpe. De refilón, el impacto lo despidió hacia otro monstruo quieto en una hilera de cazadores durmientes. Cuando ya se acercaban varios Dospasos para recogerlo y llevárselo, se escondió a rastras debajo de un Carro de comida. Esa misma noche, cojeando y malherido, caminó por las lenguas de aquel mundo del ahora. Las patas le ardían en cada zancada, y cuando vino a darse cuenta, estaba de nuevo en un lugar reconocible.

Le llevó un rato sin fin y una cadena casi interminable de dolores subir a la cornisa. Cuando lo logró apenas podía respirar sin que algo le lacerase las costillas o el lomo. El viento corría por su pelambrera como si quisiera derribarlo; conducirlo de nuevo a las lenguas anchas donde su monstruo le esperaba con paciencia, en algún rincón oculto. En las tinieblas de aquella noche, Colagris se sintió extrañamente vivo: había logrado huir de su propio cazador.

Pronto miró por el hueco principal, que ahora estaba abierto, pero allí no había nadie. Tampoco figuraba ningún plato. Con la pata casi rota, cojeó hacia el último hueco, antes de acceder a la esquina donde en otro tiempo dormitaba soñando estar aún en el reino de sus hermanos. Tendida en la plancha con uno de esos objetos que siempre sostenía entre sus garras, la Dospasos lo miró un instante para luego desviar la vista.

Necesitó mucho tiempo para decidirlo. En su mundo del ahora, el ayer se volvía cada vez más y más nebuloso, como la bruma de ciertos amaneceres, como el neumático del reino o los ojos de Colamarilla mientras jugaban entre las ruinas. Pero cuando al fin tomó la decisión ni siquiera tuvo dudas ni temores. Entró por el hueco, sigiloso como siempre, y de un pequeño salto cayó sobre un suelo de madera confortable. La Dospasos no se movió de donde estaba: su rostro permanecía oculto por el objeto de esa noche. A Colagris la pata trasera derecha le ardía casi tanto como el costado, pero eso no le impidió sentarse al fin junto a una silla. La dueña de aquel espacio describió entonces un gesto incomprensible para su futuro compañero.

—Lo sé —dijo ella—. No vas a decirme dónde has estado. Pero dame un minuto y te pondré la cena.

© Copyright de Carlos Pérez Jara para NGC 3660, Julio 2018

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