Incidente Chelyabinsk

 

Por José Luis Díaz Marcos

Un gran meteorito cae sobre la Tierra y siembra el pánico en los Urales
EFE. 15/02/2013

 

1

 

Convocado de urgencia el Estado Mayor General, el ministro ruso de Defensa se dispuso a dar buena cuenta de lo sucedido:

—Señor presidente, señores, como ya saben, como todo el planeta ya sabe, a las nueve horas, veinte minutos del día de hoy, un asteroide ha penetrado en nuestra atmósfera sobre la región de Chelyabinsk. Con toda lógica, se preguntarán por qué nuestros sistemas de vigilancia y defensa no han sido capaces de detectar su llegada. Varios motivos lo justifican: su aproximación, desde el lado del sol; su extraordinaria velocidad, más de cincuenta veces superior a la del sonido; y su reducido tamaño, supuesto en unos quince por diecisiete metros.

»La fortuna ha querido que sus aproximadas once mil toneladas hayan explotado a unos veinte mil metros de altura liberando una energía de quinientos kilotones, la bomba atómica de Hiroshima multiplicada por treinta. Parte de esa energía ha generado una onda de choque cuya potencia ha reventado cristales y derribado muros siendo percibida en un radio de doscientos kilómetros. ¡Rusia no veía nada semejante desde el bólido de Tunguska[1], en los tiempos del zar Nicolás II!

Salvo el presidente, figura impertérrita, los demás miembros del consejo militar se removieron, incómodos, en sus sillones.

—Nuestros expertos —siguió el ministro de Defensa— calculan que cerca de las tres cuartas partes del asteroide se han evaporado en la explosión. Su masa restante se ha convertido en polvo o ha llegado al suelo en forma de meteoritos. Precisamente uno de éstos, de grandes dimensiones, se ha hundido en el lago Chebarkul, ochenta kilómetros al oeste de la misma ciudad de Chelyabinsk. Descartada toda actividad radiológica en la zona, ya ha sido recuperado y viene hacia Moscú.

»Señor presidente, señores, debemos verlo con nuestros propios ojos. Aun siendo correcta la información que me transmiten, solo así, doy fe, creeremos la existencia y el extraordinario alcance del objeto que lo acompaña.

»Sí, han oído bien: he dicho… «objeto».

 

2

 

Colocado sobre un podio, la forma del enorme meteorito, aunque irregular, recordaba a la proyección de un triángulo rectángulo: uno de sus lados se levantaba, más o menos perpendicular a su base, para luego descender en una escarpada diagonal hasta el extremo roto de aquella.

Encima, las dos terceras partes de un cuerpo, este sí perfectamente rectangular, prolongaban en el vacío el plano ascendente de la pétrea hipotenusa quedando unido a ella, solo y en consecuencia, por el tercio restante. Su bruñida superficie, sin desperfectos ni rendijas que delataran posibles divisiones, parecía ser de algún cuarzo negro.

—¿Qué es? —preguntó el mandatario ruso al otro lado del cristal de seguridad, en uno de los laboratorios subterráneos.

Se adelantó uno de los científicos presentes:

—Señor, el conjunto pesa seiscientos tres coma setecientos veinte kilos. Sin actividad radiactiva, química ni bacteriológica. En cuanto al bólido, se trata de una condrita. Es una roca que

—¡Sé lo que es una roca! —cortó el primero, tajante.

—Perdón, señor. Le aseguro…

—¡Vaya al grano, maldita sea! ¡¿Qué es esa cosa?!

—N, no… no lo sabemos, señor…

—¡¿No lo saben?! ¡¿Cómo que no lo saben?! ¡Es sólida, tiene forma, estará hecha de algo, cumplirá alguna función…!

—El objeto mide cuarenta centímetros de largo por treinta de ancho y otros treinta de alto. El material con el que ha sido fabricado es desconocido y virtualmente indestructible. Como ve, ha resistido la entrada en nuestra atmósfera y el posterior choque y hundimiento en el hielo del lago Chebarkul sin sufrir ni un solo rasguño. ¡Ni siquiera los rayos X, tras una tomografía, han conseguido penetrarlo!

»Predicha la trayectoria del asteroide o antes de desviar esa trayectoria hacia nosotros, hipótesis ambas perfectamente posibles, no fue anclado a aquel, como cabría pensar, sino adherido de algún modo. La explosión, ya atmosférica, habría volatilizado todo rastro de ese… superpegamento junto con la roca.

—Ministro de Defensa, ¿podría ser algún tipo de arma?

El aludido se cuadró en el acto:

—No parece probable, señor. Por sus dimensiones: la potencial carga agresora sería insuficiente para producir daños significativos a gran escala y eliminaría, además, el factor sorpresa para futuros ataques. Estratégicamente hablando, no sería un movimiento demasiado hábil.

El presidente asintió, valorativo.

—Quiero verlo de cerca. Un asombrado murmullo recorrió a la comitiva.

—Señor presidente, a pesar de nuestras comprobaciones y teorías, desconocemos si el objeto es totalmente inocuo. Ya se expone demasiado estando aquí. Sugiero

—¡Sugerencia denegada!

 

3

 

La luz artificial arrancaba tornasolados reflejos al oscuro y pulido cuadrilátero.

—Es bonito… —reconoció el presidente contemplando su propia imagen en la faceta superior de aquél. Alargó la mano, curioso.

—D, disculpe mi insistencia, pero…

El mandatario fulminó al ministro con la mirada.

Todos recularon temiendo, casi por igual, las dos consecuencias subsiguientes: la reprimenda furiosa y el impredecible desenlace del toque.

El gesto interrumpido concluyó, como La Creación de Adán en la Capilla Sixtina, con el encuentro sublime, quién sabe si primero, entre la biología humana y la inteligencia ultraterrestre.

Tensa expectación.

Y de súbito, cuando el eventual peligro empezaba a diluirse en el tiempo, una débil y creciente luz interna encendió el poliedro aclarando la negrura de sus paredes.

—¡Cuidado!

—¡Atrás! ¡Atrás!

—¡¡Por Dios, señor presidente!!

El mandatario apenas retrocedió negándose, orgulloso, a admitir recelo alguno.

Nítidas rendijas, brillantes perfiles, dividieron el espejo superior en sendas ¿tapas? longitudinales.

Y estas, en efecto, también sin previo aviso, se separaron: el cristal, hasta entonces inquietante enigma, se convirtió así en un extraordinario envase. Literalmente, en una excepcional caja…

…¿de Pandora?

El presidente de Rusia, ya intrépido cosaco para la posteridad según él mismo supuso, se asomó. De manera involuntaria, «¡Por todo el hielo de Siberia!», quedó detenido, desconcertado, perplejo. Sin volverse, ordenó:

—¡Acérquense! ¡¿Esto es… lo que parece ser?!

 

4

 

—¡Ha ocurrido!

—¡Increíble! ¡Absolutamente increíble!

—¡Demonio de yanquis…!

El presidente extrajo una placa de aspecto dorado[2] y amplitud sensiblemente inferior[3]a la de un folio. Sus esquinas habían sido redondeadas y lucía sendos orificios en sus márgenes más cortos. En cuanto a la información (esencialmente gráfica) cincelada en ella…

Leída en sentido horizontal, de izquierda a derecha y de arriba abajo, la placa mostraba, en síntesis, dos círculos unidos por un segmento, catorce haces ¿luminosos? partiendo de un mismo origen, una pareja humana (varón y mujer, desnudos) ante el esquema de una supuesta ¿antena? y, finalmente, la ruta cósmica seguida por esa… sonda desde el tercer planeta de un evidente sistema solar.

—Señor presidente —habló por primera vez un segundo científico—, salvo que las oportunas comprobaciones luego lo desmientan, está en lo cierto: es una de las dos placas Pioneer.

»La NASA lanzó las sondas Pioneer-10 y Pioneer-11 en los primeros años setenta del siglo pasado[4]con el fin de explorar, respectivamente, Júpiter y Saturno. Ambas, también botellas estelares, podríamos decir, fueron provistas con idénticas placas, esta y otra, cuyo mensaje fue diseñado por Linda Sagan, esposa del popular astrónomo y divulgador científico Carl Sagan.

»Y, como es evidente, señor, al menos una de las dos… “botellas” ha sido encontrada.

—¿Cuál de ellas?

—Imposible saberlo. Consumidas sus respectivas misiones, las Pioneer se adentraron en el espacio profundo: la primera hacia la constelación de Tauro y la segunda hacia la constelación de El Águila.

—Señor —intervino el ministro de Defensa—, se trate de la sonda de que se trate, creo que deberíamos preguntarnos quiénes la han encontrado y, sobre todo, cuáles son sus intenciones.

El aludido, meditabundo, volvió a fijarse en el interior de la caja.

De este modo, el intrépido, y ahora también intuitivo cosaco, halló respuesta a la primera duda planteada.

 

5

 

Aunque en un primer instante la confundió con el fondo demasiado próximo del envase, los brillos del oscuro perfil pronto aclararon su errónea apreciación inicial.

Se trataba de una segunda plancha. Sus dimensiones, similares si no idénticas a las de su predecesora, encerraban, sin embargo, una diferencia básica con aquella respecto al material de fabricación: era supuesto cuarzo alienígena.

Evidente contestación al mensaje terrestre, aquella también ofrecía información (fino trazo blanco sobre el negro) esencialmente gráfica: un planeta rodeado por tres inconfundibles hongos atómicos equidistantes entre sí del que partían veintiún haces luminosos, la misma pareja de la placa Pioneer y, finalmente, la ruta seguida por una roca (meteorito aún intacto con caja incluida) desde el quinto planeta (entre dieciséis) de un evidente sistema solar.

Quedaron boquiabiertos, sobrecogidos.

Y no solo por el desgraciado final, según parecía, del planeta que albergaba, o había albergado, a la civilización comunicante.

 

6

 

En esta segunda ilustración, los brazos de la mujer ya no pendían, inertes. Ahora acunaban, maternales, la esplendente (así lo sugerían varios asteriscos) caja. Tras la fémina y el hombre, este amable saludo, había sido incorporada una… tercera figura.

Sólo una.

Suficiente, sin embargo, asumida su existencia, para resolver por sí misma la eterna incógnita.

Situada tras la pareja Pioneer, una enorme criatura bípeda (medio metro superior a aquella), antropomórfica y de atlética constitución masculina abrazaba, amistosa, los hombros humanos. A pesar de vestir algunas protecciones metálicas a modo de escueta armadura, podían apreciarse, no obstante, las manchas de su piel (oscuros trazos paralelos), sus palmeadas falanges/garra, su voluminosa y horripilante cabeza…

Su cabeza…

La mitad superior, frente ancha de aspecto sólido, recordaba al caparazón de un crustáceo flanqueado, además, por una abundante «cabellera» de largos y lisos tentáculos.

La mitad inferior exhibía una cara repulsiva: ojos diminutos y profundos, ausencia de apéndice nasal, enormes mandíbulas retráctiles cuyos pliegues cutáneos, abiertos en una espeluznante ¿sonrisa? de afilados colmillos, permitían ver el interior de la boca.

—¡Santo cielo: son horribles!

 

7

 

—¿Y todo… esto…?

Políticos, militares e investigadores se asomaron al interior de la caja con temerosa cautela, preguntándose cuántas increíbles e insospechadas sorpresas más contendría:

El fondo estaba sembrado por filas de diminutos y planos… ¿botones?

—Señor presidente, ¿da su permiso para…? —preguntó el científico que había identificado, de manera preliminar, la placa Pioneer.

—Permiso concedido.

El hombre dudó un instante y se dispuso a manipular uno de los aparentes pulsadores. De manera casi involuntaria, acabó extrayendo un fino tubo de ensayo cuyo contenido, líquido transparente, enturbiaba una nube de partículas.

—Parecen restos biológicos… La caja debe tener algún sistema de conservación.

Escogió un segundo sello y extrajo otro tubo.

—Visto lo visto, ya sabemos qué o quiénes encontraron la sonda Pioneer y cuáles son, o fueron, sus intenciones respecto a la Tierra.

—Explíquese.

—Señor presidente, no creo descabellado afirmar que esta civilización alienígena nos confía…

—¡¿El qué?! ¡Hable!

—…la supervivencia de su especie.

El mandatario ruso abrió los ojos como platos. Al margen de la comunidad internacional, semejante hipótesis implicaba una abrumadora, inmediata e indelegable consecuencia: allí y entonces, dependía de él, solo de él, la posible continuidad de toda una inteligencia extraterrestre. Contempló la enorme figura de la segunda placa. A pesar de la actitud amigable, pose política al fin y al cabo, se preguntó si la feroz apariencia de aquel ser, de aquellos seres, no encerraría una naturaleza verdaderamente peligrosa para la humanidad. ¿Consentía su recreación científica, la demoraba o, en el peor de los casos, la impedía para siempre? ¿Qué decisión debía tomar? Inaudito dilema. Sintió el peso de la historia sobre sus hombros.

Inspiró antes de dirigirse a los presentes:

—Señores, la decisión está tomada.

 

[1] Explosión aérea ocurrida cerca del río Podkamennaya en Tunguska (Evenkía, Siberia) el día 30 de junio de 1908. Arrasó dos mil kilómetros cuadrados de tundra.

[2] Aluminio anodizado con oro.

[3] 22,9 x 15,2 centímetros.

[4] Ambas desde Cabo Cañaveral, la primera fue puesta en órbita el 3de marzo de 1972 y la segunda el 5 de abril de 1973.

© Copyright de José Luis Díaz Marcos para NGC 3660, Septiembre 2017

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