El centinela de rostros – Reed.

 

Por Magnus Dagon

El Hombre de Acero atravesó el desierto a gran velocidad, como una mancha multicolor que destacara en mitad del cielo vacío. Deceleró poco a poco y se detuvo en la superficie pedregosa, esperando a sus otros compañeros. Al cabo de un rato, el avión negro llegó hasta su posición y aterrizó sin muchos problemas a la hora de encontrar un llano despejado donde hacerlo. Su carlinga se abrió y de su interior salió el Señor de la Noche. No tenía sombras donde esconderse en aquel lugar, pero su aspecto resultaba tan amenazador como si estuviera entre callejones.

—¿Estás seguro de que éste es el lugar? —dijo el Hombre de Acero explorando a su alrededor con su visión de rayos X.

—Completamente. Me ha llevado días enteros de investigación el descubrirlo. Si la fuente de nuestros males está aquí, es el mejor escondite que he visto jamás.

—¿No reparten aperitivos en este vuelo? —oyeron de repente proveniente de la nave. Miraron debajo del ala y se encontraron con el Lanzarredes, que había hecho todo el viaje como polizón.

—Si lo hubieras pedido simplemente te hubiera dejado venir dentro —comentó el Señor de la Noche con indiferencia.

—¿Y arruinar tu reputación? Ni que quisieras un ayudante con mallas de colores.

—Lo tuve. Y murió —se limitó a añadir mientras andaba por el desierto.

Los tres héroes comenzaron su andadura por el vacío del desierto, siempre siguiendo las indicaciones del Señor de la Noche. El Hombre de Acero podía ser el más fuerte del mundo, y el Lanzarredes el más ágil, pero a la hora de la investigación nadie era rival para su guía, tan meticuloso que algunos de sus enemigos le llamaban El Detective.

—¿A ti también te ha ocurrido? —preguntó el Hombre de Acero al Lanzarredes. El Lanzarredes se pudo de repente más serio de lo habitual, y su preocupación era evidente aunque no se pudiera ver su rostro.

—Sí. De repente mi identidad ha dejado de ser un secreto, y no porque yo lo haya deseado así. Un día estás a salvo de todo el mundo y al siguiente eres como una gran diana de una barraca de feria.

—Lo peor para mí ha sido la reacción de mis seres queridos. Me adoraban como héroe, pero al enterarse de quién soy en realidad… me miran como si me hubiera burlado de ellos todos estos años.

—Os envidio —comentó el Señor de la Noche—. Al menos vosotros tenéis familia y una vida privada que echar de menos. Mi vida ha sido una mentira que he construido para poder ser esto —señaló al emblema de su pecho.

—Tío, recuérdame que te invite para las futuras fiestas de mis hijos, eres único para animar el…

—Ya hemos llegado —interrumpió el Señor de la Noche.

En mitad del desierto había un contenedor. Si estuviera a bordo de un barco sería como muchos otros miles que tan a menudo viajan entre continentes llevando mercancías legales y clandestinas. En mitad de aquel desierto no dejaba de resultar cuanto menos peculiar.

El Hombre de Acero miró fijamente en su dirección.

—Como suponía, es de plomo y no puedo saber lo que hay en su interior —comentó.

—Siempre tenemos la opción de forzar la cerradura.

—No —dijo el Hombre de Acero mientras la fundía con un láser que salía directamente de sus ojos. El metal líquido cayó de su posición y fue absorbido por el suelo poroso.

De repente el Lanzarredes notó que algo iba mal.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo nervioso, mirando a todas partes.

—¿Por qué dices eso? —preguntaron los otros al unísono.

—Sé lo que me digo, creedme. Debemos irnos ya. Hacía años que no sentía un peligro tan intenso.

De repente la puerta del contenedor se abrió y, a contraluz, los tres héroes sólo pudieron distinguir una silueta negra y amenazadora. No hacía falta el sentido del peligro del Lanzarredes para comprender que estaban ante un poderoso enemigo.

El primero en atacar fue el Hombre de Acero. Nada más intentar golpear al adversario, éste resistió los golpes sin siquiera tambalearse y descargó uno sobre el héroe que lo lanzó de bruces contra la superficie pedregosa y creó un cráter allá donde cayó.

Viendo que por medio de la fuerza no parecía haber ninguna posibilidad, el Lanzarredes trató de inmovilizar al enemigo con su telaraña, pero éste se soltó al momento y lanzó una telaraña gemela sobre el sorprendido saltimbanqui.

—Aún quedo yo en pie —proclamó el Señor de la Noche.

—Lo sé —dijo la figura igualmente calmada—, pero no me atacarás sin antes escucharme.

—Descubre tu rostro.

—No puedo. No tengo rostro.

—¿Qué quieres decir con eso? —respondió el Señor de la Noche, dando tiempo a sus compañeros mientras se recuperaban y se ponían de nuevo en pie.

—Lo único que se puede entender. Mi nombre es el Excluido, y no os esperaba aquí tan pronto.

—Pues aquí nos tienes, malvado —interpeló el Hombre de Acero. Eres tú el que ha jugado con nuestras vidas y ha revelado nuestras identidades, ¿no es así?

—Me haces gracia, superhombre. Tantos años y sigues sin comprender la verdad.

Los héroes callaron. Estaban acostumbrados a dejar hablar de más al villano.

—¿De verdad os creéis que vuestras identidades están bien protegidas? Tú —miró al Señor de la Noche— un millonario que apenas tiene vida social pero que pretende hacer creer a los otros que está plagada de compromisos banales y mujeres desenfrenadas. Tú —se volvió hacia el Lanzarredes—, un fotógrafo que se gana la vida haciendo instantáneas de sí mismo y haciendo creer a los demás que la mala calidad de las fotos se debe a que nunca has sabido usar bien una cámara, a pesar de llevar años haciéndolo. Y tú —se fijó por último en el Hombre de Acero— que tu ingenuidad llega a tales extremos que crees que por el hecho de ponerte unas simples gafas ya nadie se da cuenta de quién eres en realidad. Por favor, no me hagáis reír.

—De modo que conoces las identidades de todos nosotros —comentó el Lanzarredes más para sí que para los demás—. Incluso la del Vengador Dorado o la del Supersoldado…

—¿A dónde quieres llegar en realidad, Excluido? —interpeló el Hombre de Acero.

—A la verdad, héroes. Hubo uno que siempre estuvo ahí para protegeros y para custodiar el secreto de vuestras identidades. Él es mi mayor enemigo, el Centinela de Rostros. Posee unos poderes de sugestión tan poderosos que es capaz de convencer a la humanidad en bloque de que nunca podrá averiguar vuestro secreto.

—¿Cómo es que nunca hemos oído hablar de él? ¿Ni de ti, ya puestos? —protestó el Lanzarredes.

—El alcance de su poder llega incluso a vosotros mismos. En cuanto a mí… yo no poseo mente ni rostro ni alma, por lo que nunca podrá someterme al mismo engaño que a los demás. Durante años hemos mantenido una guerra secreta a un nivel distinto al vuestro, una guerra en la que vosotros sois sus soldados y vuestros enemigos los míos.

—¿Nuestros enemigos? —dijo sin más el Señor de la Noche.

—¿Acaso nunca os habéis planteado que vuestra vida está llena de infortunios? ¿No habéis sentido que es como si fuerais un imán para las desgracias y que vuestros seres queridos siempre están en constante peligro a pesar de que vuestro verdadero nombre está protegido? Ésa es la señal de mi presencia. Con un gran esfuerzo anulo los planes del Centinela de Rostros y doy a vuestros enemigos una vaga intuición del camino que deben seguir. Siguen sin saber quiénes sois en realidad, pero el resultado acaba por ser el mismo.

—¿Estás diciendo que eres responsable de que nuestras peores pesadillas se hayan hecho realidad? —gritó el Lanzarredes con los puños cerrados.

—Por mi culpa uno de vosotros perdió a un alumno y un amigo, un joven que murió a manos de un payaso asesino y psicópata. Por mi culpa la mujer de uno de vosotros está constantemente acosada por su peor enemigo, un hombre calvo que carece de poderes pero posee un intelecto privilegiado. Por mi culpa tú —miró al Lanzarredes— perdiste a la que fue tu amor de juventud cuando la intentaste salvar de que cayera desde lo alto de un puente…

—¡Monstruo! —dijo el Lanzarredes enguantándose las manos con telaraña y lanzándose a por él presa de la ira ciega. Los otros dos héroes se sorprendieron de que su aparentemente despreocupado compañero pudiera albergar tanta furia y odio acumulados en su interior.

—No puedes herirme, por mucho que lo intentes —proclamó el Excluido.

—Pero lo intentaremos hasta que nos quedemos sin aliento —dijo el Señor de la Noche uniéndose a la pelea.

El Hombre de Acero estaba a punto de incorporarse al nuevo combate cuando se vio sorprendido por una silueta cercana pero sólo al alcance de su visión aumentada. Se acercó allí a toda velocidad y vio a un anciano que llevaba un bastón metálico y fino con el dibujo de una máscara grabado en su extremo superior.

—Cuánto tiempo sin vernos —dijo cuando el Hombre de Acero se aproximó a él.

—Eres el Centinela de Rostros, ¿no es así? —dijo reparando en el hecho de que el anciano no poseía sombra.

—En efecto. Lo que mi enemigo os ha contado es cierto. Pero no hay tiempo. Debemos ir donde él está y, ahora que estáis conmigo, podremos hacerle frente.

El Hombre de Acero cogió al anciano y, mientras éste le explicaba el plan, lo llevó junto a los demás, que detuvieron la pelea al momento. El Excluido le miró inquieto.

—Por fin sé dónde estás… —dijo, como si llevara mucho tiempo esperando ese momento.

—Fui débil mientras estuve solo —habló el Centinela— pero ahora ha llegado el momento de que te escondas. Es tu turno, amigo —dijo al Hombre de Acero.

—Atrás —se limitó a pedir éste. Se acercó al contenedor y, haciendo gala de su inmensa fuerza, arrancó el techo del mismo. La luz del desierto entró por todas partes.

—¡No! —gritó el Excluido, que empezó a perder la silueta y se refugió en las sombras de una mesa que había en el interior.

Los demás comprendieron lo que hacer y empezaron a destrozar todo objeto que pudiera servirle de cobijo con su sombra. El Hombre de Acero agarró la nave del Señor de la Noche y la levantó dispuesto a alzarla al firmamento, lejos de la Tierra. Antes de que lo hiciera el Excluido se manifestó en la sombra que había debajo de ella.

—Os habéis interpuesto esta vez al igual que otras, héroes —dijo en un tono de voz helador—, pero no siempre estaréis ahí para proteger al Centinela de Rostros.

El Hombre de Acero lanzó la nave y la sombra, con el Excluido dentro, se hizo cada vez más pequeña y desapareció.

—Lo siento por el vehículo —se limitó a añadir tras realizar la titánica hazaña.

—¿Soy el único que va a remarcar lo obvio? —dijo el Lanzarredes señalando a su propia sombra.

—No tienes por qué preocuparte —respondió el Centinela de Rostros—. El poder del Excluido es mayor cuanto más grande es la sombra que le cobija. Él, además, nunca se reduciría a la humillación de tener que manifestarse en la sombra de sus enemigos, pues de ese modo podrían llegar a manipular sus acciones como las de una marioneta. El Excluido es un digno adversario y nunca antes había llegado tan lejos, y contaba con que, al deshacer mi trabajo, vosotros mismos podíais llegar a localizarnos a ambos e interponeros en nuestras batallas. Es posible que esperara vuestra intervención, pero no tan pronto.

—Nos hemos visto antes, ¿verdad, anciano? —dijo inquisitivo el Señor de la Noche.

—Así es, pero no te lo indica tu memoria, sino tu intuición. No tenía este rostro, pero sí esta vara, la misma con la que ahora haré que me olvidéis.

—¿No sería más seguro que contaras con nosotros como aliados? —sugirió el Hombre de Acero.

—Es una oferta tentadora, pero no puedo aceptarla. Si queréis que vuestras identidades estén a salvo, nadie, ni siquiera vosotros, debe conocer mi existencia. La guerra que hay entre el Excluido y yo es una guerra personal, es casi la lucha misma entre el Bien y el Mal. Ninguno de los dos contamos con aliados, de hecho, porque si él los poseyera entonces vosotros podríais llegar a saber de su existencia sin saber de la mía, y eso me otorgaría aliados a mí. Sin contar, además, con que puedo hacer que olviden haberle conocido.

—¿Y qué pasa si decidimos que queremos revelar nuestra identidad? —preguntó el Lanzarredes. Yo mismo he pensado hacerlo a veces, cada vez más a menudo.

—En ese caso no me interpondré, pues otra de las razones de mi anonimato es que dispongáis de libre albedrío. Pero si os arrepentís y decidís cambiar de idea, haré todo lo que esté en mi mano para dar marcha atrás a los acontecimientos. Ahora ha llegado el momento de la despedida. Buscaré otro lugar donde ocultarme del Excluido ahora que está débil y volveremos a vernos, pero tendré que volver a presentarme de nuevo.

Se acercó a cada uno de los héroes y les tocó con el extremo de la vara.

—Ya está. En cuanto volváis a vuestro entorno habitual olvidaréis haber visitado este desierto y todo lo que en él ha ocurrido.

—¿No podrías hacer que recordáramos, aunque fuera intuitivamente, cómo derrotar al Excluido en caso de que volviera a aparecer? —propuso el Señor de la Noche.

—Tal poder, de hecho, le corresponde a él, no a mí.

—Gracias por todo, anciano.

El Señor de la Noche ató uno de sus dispositivos a un pie del Hombre de Acero y el Lanzarredes se agarró con su telaraña al otro pie.

—Eh, tíos —dijo este último—, espero que el viaje dure menos de dos horas, porque de lo contrario mi telaraña se disolverá, tendré que hacer un paracaídas improvisado y descubriré en mitad de la caída que no me quedan cartuchos de repuesto…

—Tranquilo —dijo el Hombre de Acero—, llegaremos en unos minutos. ¿Dónde te dejo?

—Ya que vas a olvidar quién soy en realidad, ¿te importaría dejarme en casa?

—A mí déjame en cualquier callejón de mi ciudad —dijo con seriedad el Señor de la Noche.

—En serio, orejudo, tienes que hacer algo con tu sentido del humor, como engancharte a los capítulos atrasados de Friends —comentó el Lanzarredes mientras los tres se alejaban en el horizonte.

El Centinela de Rostros se quedó mirando cómo desaparecían y una vez lo hicieron tomó el sentido contrario y empezó a atravesar con calma el desierto. En el camino se quedó pensando lo que había dicho el Lanzarredes acerca de que un día tal vez revelara su rostro, y concluyó que ese día podría llegar. Eran muchos los héroes, y podían hacer frente a la amenaza común. Muchas cosas cambiarían, pero la vida para ellos seguiría su curso.

—Ese día —dijo en voz alta— ya no seré necesario. Y entonces podré descansar al fin.

Siguió caminando, sin tener aún claro su destino final. Mientras tanto, su aspecto cambió al de un viajero típico de aquellas tierras secas y solitarias.

© Copyright de Magnus Dagon para NGC 3660, Julio 2017

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