Centenario

 

Por Iván Mayayo Martínez

«… cada especie tiene un sistema propio de transmitir su sabiduría a través de los tiempos».

Ken Liu

 

 

Taara Kellum, nieto del emperador, espera en una sala vacía a ser recibido por el arconte Maruo, gerifalte del pueblo sapientívoro. Pese a ser el cuarto en la línea dinástica y portar el sello imperial, debe aguardar a que la máxima dignidad sapientívora le conceda audiencia. El Guardián del Conocimiento no tiene fama de ser amistoso con las visitas.

El joven mueve varios de sus tentáculos golpeando el suelo, nervioso, aún sorprendido de que le hubiera sido encomendado este encargo tras el escándalo que supuso la liberación de los humanos, pertenecientes a los representantes electos de Terra III. ¿Por fin su abuelo confía en él? Es la primera vez que abandona su planeta natal, Wantoo la minúscula y polvorienta roca que se ha convertido en el centro del Imperio, y solo ha tratado con sapientívoros una vez en su vida. Bípedos, de aspecto esquelético, sin vello en el cuerpo salvo lo que parece un poblado bigote, encargados de atesorar la sabiduría de todas las especies conocidas, vivas o muertas.

Un mayordomo entra en la sala de espera.

—El arconte Maruo le recibirá ahora.

El joven se yergue demasiado rápido, por lo que el asistente le lanza una mirada de reprobación y lo sigue a un pequeño despacho en el que, tras una mesa, se encuentra un ser escuálido con un gran mostacho rosa pálido.

—Siéntese, por favor.

El mayordomo cierra la puerta al salir abandonando a Taara a su suerte.

—Es un honor…

—No es habitual recibir visitas de la capital —le interrumpe el arconte señalando sus tentáculos— y menos aún de un miembro de la familia imperial.

—Se me ha asignado con motivo de la conmemoración del centenario del emperador…

—Ya sé, ya sé… En su misiva el emperador me sugiere que colabore con usted y que realicemos un registro de la variedad de formas de celebración del natalicio entre los diferentes seres del Imperio. Pues bien…

—Realmente, en los archivos capitalinos los registros antropológicos presentan severas lagunas. Todo fue borrado con el ascenso al trono de su Majestad. Necesitamos actualizarlos… de paso…, perdón por la interrupción.

La dura mirada del arconte clava a Taara en su silla.

—Es la primera vez que recibo en este despacho a un miembro de la familia imperial y pasaré por alto su evidente falta de modales. Empecemos cuando quiera.

Aliviado, respira por fin. Disgustar al arconte hubiese sido inaceptable. Mucho más relajado, los tentáculos se desparraman por la silla mientras saca un cubo grabador.

—Registraré la conversación. ¿Puedo?

—Por favor —le invita con un gesto de su mano a colocarlo sobre la mesa.

—Muy bien. Este estudio se centra en las especies imperiales que han demostrado poseer inteligencia. Comencemos entonces por las comunes a todos los planetas del Imperio. Déjeme ver. En los registros capitalinos solo aparecen los redundantes. ¿Es correcto?

            El arconte Maruo habla despacio, paladeando las palabras.

—En efecto. La especie redundante, microscópica, habita en el polvo en suspensión y es común a todos los planetas imperiales. De ciclo de vida acelerado, nacen, celebran su nacimiento y mueren casi en el mismo instante, repitiendo el proceso una y otra vez. Se descubrió que este ciclo libera una pequeña carga de energía que se puede emplear para crear combustible biológico, como el que permite navegar a las naves imperiales a través del espacio, o armas. De ahí la importancia de las granjas de redundantes de Wantoo —añade con una sonrisa.

—Bien, empecemos por los series oriundos de los planetas imperiales —continúa Taara Kellum que no parece haber apreciado el último comentario del arconte—. En Eleusys habitan eternos y eleutas.

—Aquellos denominados eternos, siempre han sido y siempre serán. Existen desde el principio de los tiempos y permanecen en su morada ajenos al mundo externo. No conmemoran su natalicio ya que ninguno recuerda el momento de su nacimiento. Los eleutas, una raza de pólipos terrestres, los adoran como dioses, aunque los llaman tanyos. Los tanyos se diferencian por sexo y están construidos a imagen y semejanza de los eleutas. Cada uno de ellos tiene un falso día de nacimiento, que se celebra con bailes y ofrendas. A los eternos, lejos de molestarlos, los divierte y les dejan hacer.

            Los eleutas conmemoran sus aniversarios con festines a los que acuden amigos y familiares. La comida se presenta en abundancia encima de una mesa donde se celebra el banquete y parte de ella se aparta y se ofrece en honor a los tanyos. No viven más de cien años y en el último cumpleaños invitan a todo el pueblo del que se despiden en una última gran comilona tras la que perecen.

—¿Qué hay de Gaaria?

—Los pobladores del planeta Gaaria son los pacíficos anuos. Seres hermafroditas que viven una calmada vida dedicada a las tareas agrícolas y a la meditación. Cuando se sienten plenos deciden procrear, entregando su vida en el proceso. El recién nacido es criado por la comunidad y cada cumpleaños recuerda a su progenitor fallecido postrándose ante una columna de piedras coronada de flores. Solo es un recordatorio del difunto, no existen tumbas entre los anuos. Los cadáveres se tratan para convertirse en abono enriquecido y fertilizar la tierra.

—El siguiente es Terra III.

—El planeta Terra III es la cuna de los amos, raza esclavista y belicosa. Tras su integración en el Imperio fueron obligados a liberar a todas las especies esclavizadas provenientes de los planetas imperiales a cambio de privilegios. La única especie que se les permitió mantener es la humana, pues de otro modo hubiera supuesto la extinción de la misma.

Entre la nobleza de los amos es costumbre celebrar los cumpleaños regalando una cría de humano. Esta práctica se ha ido extendiendo entre la incipiente burguesía mercantil, que ha ido copiando los modos de vida aristocráticos. La clase baja o no celebra cumpleaños o regala animales de compañía obtenidos en cualquier rincón del Imperio.

Los humanos han ido olvidando sus costumbres, que se confunden habitualmente con la de los amos. Ambas especies son morfológicamente idénticas y solo el color de la sangre los diferencia, siendo la humana roja y la de los amos puros azulada. No existen humanos entre la alta sociedad de Terra III, pero sí se encuentra algún caso aislado de manumitidos formando parte de la burguesía terrana.

—¿Y qué sabe de la familia Imperial, del planeta Wantoo?

—Emparentados genéticamente con los eleutas, pero mucho más evolucionados y algo más longevos. Naturales del diminuto planeta Wantoo. La optimización de recursos naturales, creando tecnología, y los pactos con Terra III, su brazo ejecutor, han convertido al planeta en la cabeza del Imperio. Los miembros de la familia viven aislados en el palacio imperial del que no salen, excepto en contadas ocasiones. Por los datos de los que dispongo celebran a través de la comida, de un modo similar al de sus «primos» de Eleusys. Quizá luego quiera aportar algo más a este registro.

—Será un placer —contesta Taara halagado y divertido—. ¿Y cómo celebran su cumpleaños los sapientívoros de Kaarnak?

—Umm. Mi pueblo no cumple años. Solo yo, la máxima dignidad, lo hago. Como ve ya va perdiendo color —mesándose el espeso bigote—. Cada vez que desde algún lugar del universo se me envía un regalo, cumplo años. Hoy Wantoo me lo ha enviado.

—¿Su regalo?

—Sí, querido. Todas las familias tienen algún miembro superfluo, indeseable. Entonces recurren a nosotros, los guardianes del conocimiento. Ya puede ser el hijo rebelde de un viejo eterno, el hermanastro bastardo de un importante aristócrata terrano, o un joven, capaz y contestatario, que está peligrosamente bien situado en la línea de sucesión imperial. Cualquiera capaz de enfadar a su familia, o a aquellos que la sustentan, se convierte en un presente.

—¿Qué está diciendo?

—Debe estar orgulloso. Su mente contribuirá a cimentar el conocimiento. La obra que vamos a crear será un hito, un manual de referencia. Al menos hasta que una nueva dinastía borre, en el futuro, los datos. Aunque siempre recurrirán a nosotros. Puede decir: ¡Felicidades! —los bigotes se levantan y estiran, como lianas, atrapando e inmovilizando al joven. Unas fauces imposibles sustituyen la boca del sapientívoro y, atrayéndolo hacia sí, lo engulle lentamente.

 

Un poco mareado, como siempre que adquiere nuevos datos, el arconte mira en un pequeño espejo cómo su bigote se ha vuelto más cano. Metódicamente se limpia la comisura de los labios mientras saca un cubo grabador del cajón de su escritorio. Con voz pausada, firme, comienza a dictar su obra, queriendo olvidar los desagradables gritos que aún resuenan en su cabeza:

«Heterogeneidad en la conmemoración del natalicio entre las diferentes especies del Imperio…».

© Copyright de Iván Mayayo Martínez para NGC 3660, Septiembre 2017

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