Los recuerdos quedan tras las cenizas

 

Por Begoña Pérez Ruiz

Tras mi resolución de los Edificios muertos tenía las manos teñidas de sangre. Desde luego no era la primera vez que me sentía así, pero no por ello se me hacía más fácil soportar ese sentimiento desolador. Necesitaba reencontrarme con algo de mi lado humano, ese que cada vez se alejaba más de mí recordándome que mi destino era otro. De haber estado en México hubiera acudido sin dudarlo al padre Pedro para que él aliviara los pecados que caminaban conmigo. Pero estaba en España y solo había una persona que podía abrirme los brazos y recordar mi verdadero nombre, ese Manuel que ya tan ajeno se me hacía. Necesitaba escuchar que alguien me llamara así con cariño y ese alguien se reducía a mi hermana. Por eso, tras tantos años de ausencia, decidí volver a Orense para visitar a mi familia.

Alquilé un coche y partí con la idea de alejar los pensamientos más turbios mientras conducía. Ya había caído la noche cuando el coche se detuvo en una pequeña carretera comarcal a unos sesenta kilómetros de mi destino. Se trataba de una autovía rural, tan propiedad del ganado como de los automóviles, aunque en el momento que mi coche decidió averiarse no pasaban ni los unos ni los otros. Cuando bajé para comprobar el posible problema del motor me percaté de que la soledad se hacía aún más manifiesta en aquel entorno de pleno bosque. A ambos lados de la estrecha carretera crecía, en todo su esplendor, un bosque lleno de pinos. Una parte de mí, la sencillamente humana, se alegró de poder estar allí contemplando esa naturaleza que me acercaba a mi infancia. Pero la parte ligada a mi profesión olfateó la esencia de todo aquello y percibió la presencia de algo extraño. Entonces lo vi, cerca del arcén, mirándome con ojos suplicantes. Ni me molesté en comprobar qué fallaba en el motor de mi coche, qué lo había hecho pararse en medio de aquella soledad. Ahora, mientras observaba al implorante mastín sabía que él era el motivo y que yo solo podía acudir a su llamada.

Le seguí a través del bosque, tras tomar una linterna y mi pequeña bolsa de mano con mis escasas pertenencias. No nos tuvimos que internar demasiado entre la vegetación salvaje para llegar a una casa, toda ella de piedra rústica y madera. No era una vivienda muy grande, aunque sí parecía antigua. El perro se detuvo un momento en la puerta y se volvió para comprobar que yo seguía sus pasos. Luego se internó en su hogar y yo fui tras él. Nada más entrar me acogió el fuego de la lumbre del salón y la mirada apacible de un anciano que estaba sentado cerca de este.

—¡Padre! Al fin ha venido. Es un poco tarde, pero aún podemos jugar una partida al dominó. —Yo, sin aparentar sorpresa ante aquel recibimiento, respondí con una amplia sonrisa llena de cordialidad.

El anciano se levantó con mayor agilidad de la que pudiera atribuírsele y se sentó en una mesita cercana, invitándome a hacer lo propio para comenzar el juego. Me ganó tres veces al dominó, antes de quedarse dormido allí mismo en lo que yo supuse como algo habitual en él.

Saqué entonces mi relicario, noté un ligero temblor en mis manos al acariciarlo, recordando que la última vez que lo había usado había sido para matar a un demonio. Pero ahora no se trataba de nada parecido y yo no podía dejar de cumplir con mi misión. Recé con él todas las oraciones que el padre Pedro me había enseñado para estos casos. Reconducir bondadosas almas perdidas no entrañaba apenas problemas ni escenas desagradables. En realidad, lo odioso vino tras terminar mi trabajo, cuando comprobé que el anciano, su perro y su casa ya no estaban allí. Yo me hallaba sentado en el suelo de las ruinas de todo aquello. Solo quedaban cenizas, escombros ennegrecidos. Ni siquiera el hermoso bosque por el que había caminado era tal. Ahora me rodeaba un erial de cenizas y aunque el fuego que había provocado esa devastación estaba muy lejano en el tiempo, aún olía a quemado. Lejos quedaba el fresco olor de la humedad salvaje de la flora norteña.

Pese a haber hecho bien mi trabajo, me sentí vacío y atormentado. Lloré, lloré como un niño por el anciano, por el perro y por todo cuanto les rodeaba. Estuve un buen rato permitiendo que las lágrimas apagaran mis propios fuegos internos, antes de desandar mis pasos hasta el coche. No me molesté tampoco entonces en mirar el motor, tenía claro que se pondría en marcha sin problemas, yo ya había solucionado la única razón para detenerse en medio de aquel terreno muerto.

© Copyright de Begoña Pérez Ruiz para NGC 3660, Enero 2019

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