Camino de ida y vuelta

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por Carlos Romeo

1 – TRES GENERACIONES DESPUÉS DEL HECHO

En el presente, Guini recuerda aquello que le pasó cuando era un niño fruto de la curiosidad propia de su edad. Estaba cerca del final de la carretera que llevaba hacia Yotoó, ya que vivían en sus inmediaciones desde la época en que hacerlo daba dinero por los negocios que allí existían. Eso fue hace tiempo, antes del Hecho desde luego, tanto que él no lo podía recordar. Aquella mañana estaba al lado del borde del mundo.

Los niños duermen mucho y él también lo hacía, pero parecía descansar siempre lo justo, ya que se levantaba pronto, caminaba, corría incluso, siempre en ayunas hasta sentirse diferente de alguna forma. Entonces la realidad más allá de la apariencia parecía como si estuviera a punto de serle revelada. La luz, los aromas que transportaba el viento, el frescor del amanecer… Todo indicaba la inminencia de algo, de la llegada de una comprensión que no terminaba nunca a realizarse del todo.

Así que allí estaba él. Sabía que la lluvia atravesaba la frontera invisible, que para el viento no existían límites y que no parecía haberlos para los insectos y los pájaros que los cazaban. Sentado en la calzada, en su línea media, tenía en sus manos unos guijarros que había recogido. Al otro lado del confín se encontraban los restos de un coche abandonado que debió arder hacía mucho tiempo, con su carrocería y chasis oxidados. Guini iba tirando con parsimonia las piedras hacia los restos metálicos y éstas atravesaban el borde sin dificultad mientras que, una a una, iban dando en el blanco. El jovencito era ya un experto en estos juegos de soledad con los que mataba el tiempo. Era un niño especial, de la familia del hataali, el hombre medicina. Ya sin guijarros se levantó para caminar en dirección al coche. Lo hizo con las manos adelantadas ya que esperaba encontrar aquello que se le había descrito en innumerables ocasiones. Así sucedió, ya que se topó con un obstáculo blando, invisible y fresco al tacto. Miró al suelo y a sus pies encontró una china. La recogió para tirarla hacia la chapa oxidada del automóvil que tenía tan cerca. Acertó con fuerza y el metal corroído por la intemperie resonó por un instante como una campana rota. Entonces empujó de nuevo con las manos para encontrar ante sí aquella misma oposición, gomosa y fría, que ya conocía.

Tras un breve instante sin saber qué hacer, tuvo una intuición y se dio la vuelta para apoyar su espalda en la pared fláccida tras de sí. Entonces empujó con todas sus fuerzas. Nada consiguió al principio hasta que en el momento en el que iba a desistir lo que paso, inopinadamente y como si cayera de espaldas, quedó inmerso y paralizado en una gelatina translúcida. Delante de él ya no estaba la carretera que era el camino de vuelta a casa. Lo que veía era una gran sala con dos puertas. Las dos se abrieron a la vez y por su izquierda penetró en la estancia un hombre de ojos rasgados y aspecto exótico vestido con un uniforme blanco, adornado con un emblema formado por tres estrellas en la parte alta del pecho. Por la derecha, apareció un ser extraño de complexión humanoide cubierto por unas ropas de colores chillones, rojos, ocres y naranjas, y con un aspecto remotamente similar en cuanto a factura a los kimonos. Éste tenía un aspecto feroz, en lo que todo parecía ser una colección de fauces, garras y espolones. Se dirigió al hombre con gestos, ruidos y chasquidos. El ser humano se enfrentó después a Guini.

—¿Qué quieres, niño? —le preguntó en la lengua común con aparente tranquilidad.

—Quiero saber —le respondió el jovencito mientras se ahogaba, ya que apenas podía respirar al estar embuido en el gel, justo antes de perder el conocimiento.

Guini despertó en un hogan. Junto a él estaba su tío abuelo, el hataali.

—¿Cómo te encuentras? —le dijo el hombre mayor.

—Estoy cansado —replicó.

—Has dormido un día entero, al menos desde que te encontramos junto al límite. Estabas desnudo y cubierto por una gelatina translucida. Los insectos se la estaban comiendo, las moscas revoloteaban y se posaban en tu nariz y tu boca. Te trajimos aquí para lavarte y cuidarte. ¿Qué te pasó?

—Quería cruzar el borde del mundo. No lo lograba, pero se me ocurrió hacerlo de espaldas y entonces aquello me absorbió. De repente, estuve en otro lugar.

—¿Como era ese sitio? —preguntó el hataali.

—Era una gran sala blanca en la que entraron un benalitsosi y un yee naaldlooshii. Luego, el monstruo le dijo algo al hombre en su lengua ininteligible y éste me preguntó que qué quería.

—Ya veo, Guini, te habló el llachae de un chindi. ¿Qué le respondiste?

—Que quería saber —contestó el jovencito antes de enmudecer.

—Has llamado su atención, niño. Si te han olvidado, por insignificante para ellos, nada volverás a saber de esta gente. Pero si han visto algo en ti, vendrán los llachae y te llevarán para ser como ellos, para convertirte en un benalitsosi sin serlo. No intentarás cruzar el borde el mundo de nuevo, ¿verdad? —el jovencito negó con la cabeza.

—Pero… ¿qué me pasará si me voy con ellos? —preguntó el niño.

—Nadie lo sabe, porque nadie ha vuelto. Lo que sí es seguro es que nunca te convertirías en hataali aunque seas de mi familia. Además, creo que nunca volverías a vivir con los Dinéh. Aquí no nos alcanza la maldad de los chindi, pero allí no estarás a salvo…

El jovencito rompió a llorar. Amaba a su tierra y a su gente, era querido y cuidado por sus tíos y abuelos, así que nunca sufrió por haber sido huérfano. Había aprendido lo que un joven debía saber aunque en lugar de iniciarse como guerrero se estaba preparando para ser un hataali, tenía esa predisposición en su sangre. La sola idea de abandonar a los Dinéh para siempre era demasiado dolorosa para encajarla y quedarse impasible. Un adulto puede esconder sus emociones, un niño no.

Llegó un nuevo día, y luego otro, y unos cuantos más. Pasó una luna y entonces el jefe del clan acompañado por su tío abuelo se presentó en el hogan donde vivía el niño.

La expresión del rostro de aquellos hombres era de una gran tristeza contenida.

—Guini, si recuerdas la conversación que tuvimos al despertar, te acordarás de lo que te dije. Resulta que ellos no te han olvidado y han venido por ti. Nos esperan en el borde del mundo y estamos obligados a obedecer —es lo que le dijo el hombre medicina.

Todos quedaron en silencio hasta que el jefe le habló:

—Prepárate, no te demores mucho por favor, que te esperamos fuera con un caballo para ti.

Reinaba un silencio total en el poblado. Guini salió del hogan y se subió a la montura que le estaba esperando, de una envergadura apropiada para su tamaño. Cuando se les perdió de vista, las mujeres y niñas de su clan, sus abuelas, tías y primas rompieron a llorar y lamentarse. Los hombres se mantuvieron estoicos un tiempo compadeciendo la suerte del huérfano. Tras verles ir volvieron a sus faenas.

Siguiendo la carretera de Yotoó los tres jinetes llegaron a la frontera. Más allá del coche oxidado había un vehículo y tres benalitsosi que salieron de éste al verles. Uno de ellos tenía un aparato de pequeño tamaño en su mano que aplicó al muro invisible. Una sección circular de unos dos metros de diámetro se tornó opaca para formarse a continuación en ésta un orificio que se abrió como un diafragma. Otro de aquellos desconocidos le hizo un gesto con la mano al niño.

—Ven aquí —le dijo en el idioma común.

Así lo hizo Guini bajando de su caballo. Sin mirar atrás se dirigió a la abertura en el muro y la atravesó. Entonces sí se dio la vuelta para despedirse del hataali y del jefe, que era hermano de su padre. Lloró al alejarse de sus parientes, quizá para siempre. El primer benalitsosi cerró el diafragma mientras el niño entraba en el vehículo.

Los jinetes no volvieron al poblado hasta que aquel coche sin ruedas se perdió en el horizonte.

2 – CINCO GENERACIONES DESPUÉS DEL HECHO

En el presente, Guini llega al lugar donde estaba el borde del mundo tal y como lo llamaban los Dinéh. Lo hace montado a caballo, ya que desde hacía algunas jornadas lo llevaba haciendo. En realidad no le quedó más remedio ya que en cuestión de unas pocas semanas, todo había terminado de repente. Los chindi se habían ido y con ellos toda su tecnología dejando a sus colaboradores en la estacada. Al desaparecer ya nada funcionaba lo cual causó un impacto tremendo entre los benalitsosi, que supieron en ese instante que habían sido engañados y utilizados como servilletas desechables. La primera reacción que ellos tuvieron fue armarse y luchar entre sí por lo poco que pudiera rescatarse, pero lo único que consiguieron fue acelerar su final.

Guini, un hombre ya en su cincuentena, salió de la ciudad donde vivía situada en la ribera occidental de un gran río, aprovisionado con armas y alimentos. Lo hizo en su vehículo hasta que a éste se le acabó la energía ya bien entrado en el territorio de Yotoó. Las carreteras automáticas habían dejado de funcionar así que tuvo que conducir manualmente mientras pudo hacerlo. Temiendo encontrarse con grupos de benalitsosi armados transitó por carreteras secundarias, restos de la antiquísima Route 66, ya que éste era el mejor camino. Afortunadamente había ensayado con simuladores y la experiencia de la conducción real no le resultó difícil. Una vez sin vehículo, Guini siguió su camino. Sabía lo que tenía que hacer ya que había aprendido de niño cómo sobrevivir en la intemperie, buscar agua, cazar y montar a caballo. Dejó de poder usar su vehículo cerca de lo que había sido Alburquerque, antes del Hecho y que desde entonces era una ciudad fantasma, y allí lo abandonó. Avanzó muchos kilómetros andando hasta encontrar la reserva de los indios Laguna. Estos no conocían el idioma Dinéh ya que hablaban Keres pero sí la lengua común lo que le permitió negociar. Se mostraron reticentes hasta darse cuenta de que él en realidad no era un benalitsosi, pese a llevar su uniforme con el emblema de los tres soles. Intercambió con ellos parte de sus armas y tabaco por un caballo. Así, consiguió un mesteño domesticado y desde aquel lugar cabalgó desde allí en dirección noroeste para buscar la vieja carretera que le llevaría a su hogar.

Ha llegado a su destino y reconoce el límite al encontrar unos restos herrumbrosos a su derecha. Habían pasado alrededor de cuarenta años desde que siendo niño tiró guijarros contra la chapa, pero aquel montículo de herrumbre ya no recordaba apenas la estructura de un automóvil. Desciende del caballo y se acerca a los restos, que remueve con la punta de su bota derecha hasta encontrar una piedra, la recoge y la arroja en dirección al borde del mundo. No pasa nada. A continuación coge el ronzal y tira de su montura para atravesar juntos y andando el límite. Comprueba entonces que nada impide el paso de hombre y animal. Vuelve a montar su caballo y cabalga hacia su poblado sin prisas.

Éste está algo cambiado después de tanto tiempo transcurrido desde su marcha, pero ciertas partes permanecen más o menos iguales aunque más viejas, algo inevitable. Se cruza con paisanos que no le reconocen pero que murmuran entre sí. Observa cómo alguno de ellos sale corriendo. Mientras tanto, Guini se dirige al hogan de su tío abuelo, a quien no cree poder encontrar aún con vida. Llega a esa tienda, sujeta el caballo a la rama baja de un árbol y se introduce en la misma.

Tras acostumbrarse a la penumbra, ya que sólo hay una pequeña lumbre donde una mujer mayor cocina, se encuentra con que un anciano está allí recostado y en un momento de duermevela. Guini se llena de ternura al comprobar que el hataali que conoció en su niñez está vivo todavía aunque tenga algo más de cien años de edad. Ha aguantado sin marchitarse hasta llegar a estos días. Se arrodilla a su lado y le llama por su nombre con suavidad. El anciano abre los ojos y le observa sorprendido.

—Guini. ¡Estás vivo! ¡Has vuelto! —le dice preso de una gran emoción.

—Sí, he podido volver a casa porque todo ha cambiado de nuevo y lo he hecho para quedarme con vosotros.

El hombre se dispone a seguir hablando cuando entran en el hogan dos personas. Una de ellas es claramente un hataali y Guini le reconoce como Misu, un primo suyo de su misma edad y nieto del anciano. Junto a éste está Hosa, su hermano menor. Los tres se abrazan por el gran regocijo que les provoca su reencuentro. Los ojos del anciano brillan de felicidad al verles así.

—He traído tabaco y quiero que fumemos los cuatro antes de que os cuente las noticias del mundo exterior —les dice Guini.

Asienten mientras Misu busca una pipa en un rincón del hogan. La encuentra y se la pasa al anciano, que también recibe el tabaco de su sobrino nieto. Arma la misma y la prende. Aspira el humo y lo espira con parsimonia. Luego cede la pipa a Guini que también fuma de ella para pasársela después a sus primos.

—Es un buen tabaco, ¿dónde lo encontraste? —le pregunta el anciano.

—Lo conseguí en la ciudad donde vivía, pero no me preguntes dónde se cultivaba porque no lo sé. Procuré tenerlo para poder negociar por si era necesario. Ahora hablemos del mundo y de los chindi —responde Guini.

Los tres hombres se le quedan mirando en silencio mientras el retornado medita cuánto y cómo les va a contar. No quiere ocultarles nada pero eso también lo saben ellos sin necesidad de que se les diga. Guini se dirige a su tío abuelo.

Hataali, ¿qué sabes del Hecho? Tú naciste poco tiempo después.

—Hijo, sé lo que me dijeron. De repente un día apareció el borde del mundo y nada supimos de lo que pasaba en el exterior. Pasó un tiempo, quizá unos meses, y nuestro pueblo procuró adaptarse, dada la situación. Entonces fue cuando llegaron los primeros emisarios de los invasores. Era un grupo de benalitsosi fuertemente armados que abrieron el borde y pidieron hablar con nuestros jefes. Así supimos que eran seres humanos y que habían sido enviados por los chindi. Había habido una guerra y ya no existía el estado que rodeaba por completo nuestro territorio. De hecho, se nos dijo que ya no había hombres blancos en el mundo. Aún me pregunto si esto era verdad o un farol de jugador de póker. Dínoslo tú, Guini, que lo sabrás. Nos dijeron acto seguido que necesitaban explotar parte de nuestras tierras y así se fueron sin darnos más explicaciones. Aquellos benalitsosi nunca volvieron por aquí. Poco tiempo después el borde cambió y el perímetro que rodeaba se hizo más pequeño. Esto sí lo recuerdo, ya que ya tenía uso de razón cuando sucedió. Pasaron unos años y cuando tenía la misma edad que tú cuando vinieron a por ti, el borde se amplió y quedó fijado en la extensión que tenía desde el Hecho y que se ha mantenido hasta hace poco. Fuimos a explorar los territorios de los que habíamos estado separados hasta ese momento y vimos que estaban completamente destrozados. Encontramos inmensas minas a cielo abierto que se habían excavado de forma intensiva rompiendo los montes, cambiando el curso de las aguas y destruyéndolo todo mientras tanto. Además, dejaron allí los restos de unas instalaciones, con carteles en la lengua común que informaban sobre lo peligroso del lugar. En ellos estaba escrito que había radiación. Como todos sabéis, hemos evitado esos lugares desde entonces.

—Es así, es cierto. Conozco esta historia particular y mucho más desde el punto de vista benalitsosi. Sí, ellos son seres humanos como nosotros, de una nación muy alejada de la nuestra, ya que son Inuit. Vi cómo eran siervos fieles de los chindi a los que obedecían en todo. Viví entre y como ellos, me educaron para ser un técnico así que en mi trabajo, en una pequeña ciudad construida en la ruinas de una mayor en la orilla occidental del gran río, era uno entre muchos. Por cierto, no me llevaron a un orfanato como esperaba o temía, sino que me asignaron a un matrimonio mayor sin hijos. Así, fui escolarizado y lo hice en el idioma común ya que nunca pretendieron enseñarme Inuit. Aunque era uno más, de hecho no pertenecía a su gente, siempre estuve un tanto aislado. De todas formas, algo aprendí de su lengua por mi cuenta.

—¿Y los chindi? ¿Quiénes son y qué quieren ellos? —le pregunta Hosa a su primo.

—Sería algo bastante largo contar toda la historia. Los chindi son miembros de una civilización alienígena muy antigua, que busca en otros mundos los recursos que no tienen en el suyo. La Tierra tiene (o tuvo) mucho de lo que ellos precisan. No sé cómo se desplazan por el cosmos, pero tienen un portal, así lo llaman, para hacerlo. Muy pocos de ellos viajan personalmente ya que suelen delegar la mayor parte de las decisiones operativas en Inteligencias Artificiales que están a su servicio. Pero aprecian el trabajo de los seres humanos. Dicen que somos un tanto impredecibles pero capaces de encontrar respuestas originales e improvisar. Ellos son extremadamente sistemáticos pero saben que pueden aprovecharse de estas cualidades.

—Entonces… y resumiendo. Ellos vinieron aquí para robarnos las riquezas de nuestro mundo, ¿no? —insiste Hosa.

—Sí, sólo para eso ya que jamás tuvieron la intención de quedarse. Además, no pueden.

—¿Cómo que no pueden? —interviene Misu extrañado.

—Su mundo de origen es similar al nuestro pero es diferente. Su atmósfera no es igual, ya que tiene una composición lo bastante distinta como para necesitar un concentrador de oxígeno. Pero la dificultad más importante no es esa. Nuestro mundo tiene vida y debido a ella los chindi enfermarían sin remedio si bajaran aquí sin un aislamiento completamente eficaz. Necesitarían una estanqueidad absoluta.

—Ya veo, por eso existen los benalitsosi, ¿no? Para hacer por ellos lo que no pueden realizar por sí mismos, ya que no todo lo pueden delegar en robots, ¿verdad? —repone Misu.

—Exacto, primo, fue así. Cuando los chindi llegaron aquí después de explorar nuestro sistema solar, mientras construían el portal definitivo raptaron seres humanos para estudiarlos. Finalmente se decantaron por miembros de los Inuit para educarlos y convertirlos en sus ojos, oídos y brazos en nuestro mundo, prometiéndoles que lo heredarían todo cuando ellos se fueran. Pero no han cumplido su palabra.

—Se han ido para siempre, ¿no es así? —preguntó el joven hataali.

—No me cabe duda de que a estas alturas ya no les interesa la Tierra. Supongo que ahora estarán en la base que tienen en la Luna y que desde allí se dedicarán a explotar el resto del sistema solar. Empezaron por nuestro mundo porque era más sencillo para ellos.

—Los chindi son como los hombres blancos, ahora lo veo con claridad —intervino el mayor—, como aquellos que fueron capaces de matar a millones de búfalos en las praderas sólo por su piel, los que enviaron leñadores para talar todos los árboles de los montes que rodean los valles y no dejar ni uno, los que incumplieron todos los tratados y las promesas que nos hicieron.

—Es verdad, hataali, son como otros fueron antes de ellos —respondió Guini.

Se quedaron un rato en silencio antes de que Guini siguiera hablando.

—Lo que es cierto —dijo—, es que el Hecho supuso una guerra que fue rápida y aniquiladora. Fue entonces, desde el primer momento de la invasión y por motivos sobre los que sólo puedo hacer conjeturas, cuando establecieron los bordes del mundo rodeando a ciertos pueblos, ya que siempre protegieron a los aborígenes. Las pequeñas minorías instaladas en zonas aisladas. Más allá de estos lugares resguardados la devastación fue total. Por lo que yo sé, y se limita a nuestro continente, los hombres blancos y sus ciudades ya no existen. Lo vi en St. Louis, en cuyas ruinas he vivido ya que allí construyeron los benalitsosi una ciudad nueva, y en Alburquerque, que acabo de conocer y que está completamente arrasada.

—¿Qué haremos ahora, nosotros, los Dinéh? —pregunta Misu.

—Creo que tenemos la oportunidad de recuperar nuestra historia. Me parece que los chindi no volverán y para los benalitsosi nosotros somos menos que nada.

—Veo que tienes algo que no nos has dicho aún. Te conozco, no has cambiado tanto, ¿qué propones para nuestra nación? —dice el anciano.

Guini deja pasar un instante en el que coge aire antes de responder alto y claro, con solemnidad.

—Que nuestro pueblo vuelva a Dinéhtah.

Dicho esto todos callaron, visiblemente emocionados.

—No viviré para ver esto —susurra el anciano hataali conteniendo sus lágrimas—, soy muy viejo y si con mis dedos temblorosos ya no puedo hacer los dibujos de arena, ¿de qué serviría? Sería una carga allí, éste no es mi destino.

—Pero para muchos Dinéh nuestro hogar es éste, el que tenemos desde hace generaciones, ¿tú crees que habrá gente que seguirá tu idea? —pregunta Hosa.

—Tengo un plan. Iré a Tségháhoodzání, a la sede del consejo nacional para proponer la idea, montar una expedición y ver las posibilidades. Si es necesario iré a cada sala capitular para explicarlo bien a todo el mundo. Seremos libres, volveremos al momento previo a la llegada de los españoles, pero con caballos, con armas y con tecnología. Le daremos la vuelta a la Historia, desandaremos la Larga Marcha —es la vehemente respuesta de Guini.

—Pero no me respondes, ¿habrá gente que seguirá tu idea? —vuelve a indagar el jefe local.

—Habrá quién quiera ir a Dinéhtah, entre las cuatro montañas sagradas, y habrá quien se quede en nuestra Naabeehó Bináhásdzo, donde vivimos ahora. Sí esto es así, seremos un mismo pueblo con dos naciones.

—Primo, te veo muy exaltado —le dice Misu.

—Siendo un niño aprendí nuestra historia aquí, entre nosotros. Luego, viviendo junto a los benalitsosi conocí también aquello que sabía el hombre blanco de nosotros. Supe de los hechos y hacerlo me afirmó en mi decisión. Cuando todo acabó hace días, cuando se fueron los chindi, es lo primero que pensé.

—¿Y si nadie te sigue? —comenta el anciano.

—Si fuera necesario haré un primer viaje solo, aunque no creo que sea así. Avanzaré por Hoozdo, visitaré Dinéhtah y si veo que lo podemos habitar buscaré compañeros para esta nueva aventura. Si lo logro, dejaré de llamarme Guini, que es un nombre adecuado para un niño pequeño. Si planto mi hogan allí, desde ese día seré Sike.

De nuevo todos quedan en silencio, el viejo hataali se da cuenta de que la pipa está apagada. La limpia y la carga de nuevo. Tras encenderla y darle una larga calada se la ofrece a su sobrino nieto.

—¿Fumamos? —le dice.

 

Escrito en Madrid, entre el veintidós y el veintinueve de agosto de 2016

© Copyright de Carlos Romeo para NGC 3660, Septiembre 2016