La caja de música

Por Carmen Rosa Signes Urrea

María y yo habíamos llegado a un acuerdo. Aficionados a las antigüedades, nos faltaban tanto los medios como los recursos para adquirir cuanto nos apetecía, así que el trato consistía en comprar objetos que no sobrepasaran nuestro ajustado presupuesto.

—¿Dónde está el truco? —Preguntó María—. Seguro que te ha costado más.

Su forma ovalada escondía una mariposa metálica que parecía real; bajo ella, una llavecilla, y tras el llavín, la cerradura que ocultaba el resorte que, precedido por un silbido, avivada el insecto y disparaba la música persistente que acompañaba sus movimientos.

Conseguí la caja de música en un rastrillo. Aquella delicada pieza encerraba un secreto que posiblemente había pasado inadvertido. Temí que fueran a pedirme una fortuna por tan extraordinario artilugio, pero no fue así. Era tal su encanto que dejabas cualquier cosa que tuvieras en mente para entrar en un estado de relajación perfecto. Por tal cualidad decidimos acomodarla en la habitación de nuestro bebé.

Despertamos con el llanto de la pequeña y el sonido ralentizado de la caja de música, que había caído a tierra. Sabedores de su cualidad pacificadora, le dimos cuerda y regresamos a la cama. Un segundo después, el llanto desconsolado volvía a acompañar al sonido desacorde del ingenio. En esta ocasión, María decidió quedarse con la niña.

Pasado un rato, resolví intercambiarme con ella. Caminé despacio para no hacer ruido; aquella musiquilla sonaba dulce. A pocos pasos de la habitación, los sones se tornaron tétricos. Entré. María, con la tez blanca estaba paralizada viendo cómo la niña, suspendida en el aire, era zarandeada por un engendro mecánico, surgido de las entrañas de una caja irreconocible, que había mutado tanto de tamaño como de forma. La mariposa había metamorfoseado a gusano. El cuerpo de la pequeña, que se agitaba nerviosa mientras lloraba, volvió a caer sobre la cuna. Como pude, la tomé en brazos y junto a Maria huí de la casa espantado.

Regresé con el día esperando que al terminar la cuerda la caja hubiese vuelto a su estado primigenio, pero había desaparecido.

Durante más tiempo del esperado, no nos sentimos con ánimo de dejar sola a la pequeña. Hacíamos incluso guardias nocturnas hasta que comprendimos que había desaparecido el peligro. Ese mismo día, la prensa destacó en titulares la misteriosa desaparición de un bebé. La foto que encabezaba el artículo mostraba, sobre la cómoda situada al lado de su cuna, una caja ovalada.

© Copyright de Carmen Rosa Signes Urrea para NGC 3660, Enero 2018

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