En buena compañía

 

Por Mauricio del Castillo

Roxana se levanta y prepara café. Luego de arrojar los granos molidos en la cafetera, se vuelve y proyecta hacia la habitación:

―Mi madre quiere una estufa nueva para Navidad, pero no creo que sea buena idea. ¿Tú qué piensas?

George está sentado en la mesa como un insecto inanimado, una mantis religiosa al borde de una hoja. Sus ojos carecen de párpados.

―Su casa es un horno ―continúa ella―. Cada vez que voy a verla tengo que abrir las ventanas para que entre un poco de aire y refresque. Ella piensa que la quiero matar de una pulmonía.

―Lo sé.

Roxana lanza una carcajada.

―No seas tonto, George. No pienso hacer nada de eso. Pero en ocasiones me exaspera.

George camina con suma lentitud hasta llegar a la puerta de la cocina. Mantiene los brazos ligeramente separados de su cuerpo. Espera con paciencia a que Roxana sirva el café en su taza. Es entonces que ella lo mira a los ojos. George por fin responde:

―Lo sé.

Roxana bebe su café. No emite ningún gesto. Rodea con su vista el apartamento; la sume en un ambiente apacible y lleno de paz.

―Te quiero, George ―dice Roxana. Besa a George en la mejilla y se prepara para salir a trabajar. Es una pena que George no pueda darle un hijo. Sin embargo, Roxana tiene la esperanza de que algún día logre formar una familia con él―. No tardaré mucho, amor. Tú sabes cómo se porta mi jefe si llego tarde.

George dice:

―Lo sé.

 

***

 

Diez horas después, Roxana regresa a casa. Azota la puerta, molesta. Arroja el bolso hacia el sillón y maldice con fuerza. Del interior aparece George. Ella lo abraza y dice:

―¡George! ¡Oh, George! Si lo hubieras visto. Un hombre me llamó gorda en la calle. Es que no podía moverme con mi bolsa. Nadie dijo nada, nadie me defendió; solo me miraban. ¡Fue humillante!

―Lo sé. ―George la abraza casi de forma automática; cumple su cometido de tranquilizar a Roxana. Ella limpia sus lágrimas con la manga de su suéter. Sus mejillas se hinchan todavía más a pesar de no sentirse ya tan desconsolada.

―Haré ejercicio y dieta, George. Vas a ver que sí. Tendré bonita figura. Estarás orgullosa de mí.

―Lo sé.

―Me inscribiré a clases de flamenco. ¿Te acuerdas, George? El sábado vimos el anuncio de las clases de baile, junto a la panadería. Sí, lo sé: dije que sería muy buena idea tomar clases de flamenco, pero nunca me animé. En cambio devoré esos bísquets de chocolate en el mostrador.

George vacila unos instantes. Después relaja su inmenso cuerpo. Agita la cabeza, fingiendo un aire de preocupación.

―Pero no más panes, George. No más carbohidratos. A partir de hoy alimentos nutritivos. Nadie más me dirá gorda. Todos me cederán el asiento y me pedirán mi número telefónico y…

Guarda silencio. Hasta ahora George no ha dado muestras de tener celos. Sin embargo, deja de abrazar a Roxana. Se retira a la habitación, no sin antes decir:

―Lo sé.

***

 

La madre de Roxana acaba de llegar. Se encuentra atareada con las maletas luego de salir del taxi. Antes de tocar el timbre abren la puerta. Se trata de George; apenas esboza una sonrisa sin emitir una sola palabra. La madre de Roxana frunce el entrecejo. Lo mira de forma despectiva.

―¿No piensas ayudarme? ―pregunta.

George repara en las maletas. Se inclina para tomarlas. Ella da un brusco codazo para alejarlo de su bolso de mano, al mismo tiempo que dice:

―¡No! ¡Esta es mía! ¡Suéltala!

Roxana escucha los gritos de su madre.

―¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

―Él es el problema. Le pedí que no tocara mi bolso, pero insistió. Deberías decirle a tu amigo que no se meta con mis cosas.

Roxana quiere pasar en paz el fin de semana con su madre. Se dirige a George:

―Por favor, George, no tomes las cosas de mamá. No soporta que las toquen sin su permiso.

La madre de Roxana se dirige a la sala mientras George busca refugio en la intimidad de la habitación. Luego de cerciorarse de que George se ha ido, la madre murmura:

―¿Cuánto tiempo dices que estará aquí? ¿Por qué no dice nada? Roxana, te estoy hablando.

―Quiso ayudarte a cargar las maletas, mamá. Ten un poco de consideración hacía él.

―No respondiste lo que te acabo de preguntar. ¿Cuánto tiempo más se quedará en tu casa?

―El tiempo que sea necesario, mamá. Ya te lo dije por teléfono.

La madre de Roxana da un vistazo a la sala y al comedor. La mesa de centro está perfectamente barnizada, sin una sola mota de polvo encima de ella. El piso carece de manchas embarradas. No hay objetos fuera de su sitio. Roxana nunca fue una mujer obsesionada con la limpieza. Su madre se muestra sorprendida.

―¿Contratas a alguien para que te haga el aseo? Pensé que no podías pagarlo.

―No, mamá. No he contratado a nadie.

―¿Lo haces tú? Tengo que reconocer que no se ve mal el apartamento.

―George hace el aseo ―dice.

―¿Él? ¿Barre, friega, aspira y lava? Ah, debí suponerlo: es un vago mantenido. De menos te ayuda en algo.

―Mamá, por favor. Él es un buen hombre. Es… lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

La madre cruza sus brazos, como si las palabras de Roxana fueran ofensivas.

―¿Dónde lo conociste?

Roxana no sabe qué responder.

―Es un poco… complicado.

―Todo te parece complicado, Roxana. No puedes controlar tu vida. Traes a vivir a tu casa a un completo extraño, te haces cargo de él, tienes problemas de deudas. Y para colmo estás cada vez más gorda.

Roxana estalla:

―¿Te calmas? No te invité a mi casa para que me regañaras.

La madre permanece muda. No se atreve a contradecirla. Los gritos llegan hasta la habitación. George se asoma para saber si todo está bien.

 Roxana dice:

―No es nada, cariño. Ya estamos tranquilas. En un ratito estará la cena.

George mira por un momento a la madre de Roxana. Cierra la puerta.

―Es un hombre extraño, hija. Muy extraño.

―Déjate de intrigas, mamá. George es un buen hombre. Punto.

La madre de Roxana no hace más comentarios. Asiente. Se dirige al cuarto de invitados para terminar de desempacar sus maletas.

Durante la cena domina el silencio. El estofado continúa humeando en los platos de Roxana y su madre. Esta última tiene que reconocer que está delicioso, pero teme que sea obra del novio de su hija. Se fija en su aspecto: pelo ondulado castaño, frente alta, ojos cordiales, una delicada boca con una larga línea de labios. Es atractivo, muy atractivo. Lo más increíble es que está atado a Roxana como si se tratara de una mascota. No ha probado ni un solo bocado. Otra rareza más de este hombre, piensa.

―¿Dónde aprendiste a cocinar, Jorgito?

―Mamá, su nombre es George. No «Jorgito».

―No creo que se moleste porque le diga así. ¿Verdad, Jorgito?

Él está a punto de responder, pero Roxana lo interrumpe:

―George. Así se llama él. George.

La madre corta un muslo del estofado.

―¿Y cuál es tu apellido, Jorgito?

Roxana responde:

―Su apellido es… Rabán. George Rabán. ¿No es un bonito apellido? ―Toca la rodilla de George.

Éste dice:

―Lo sé.

―«Lo sé» ―imita la madre―. ¿No te sabes otra tonada, por el amor de Dios?

Roxana interviene:

―No molestes a George, mamá. Es muy tímido, en especial con los extraños.

―¡Pero yo soy tu madre! ¡No soy ninguna extraña!

―No, mamá. Sabes que no lo eres. No me malinterpretes. Sólo deja que George entre en más confianza y ya verás que…

La madre ignora a Roxana. En seguida, deja el cubierto a un costado del plato. Fulmina a George con la mirada.

 

***

 

Es domingo por la noche. La madre de Roxana empaca sus cosas. En seguida llama a un taxi y arrastra las maletas por el pasillo.

Se encuentra a Roxana sentada en la sala. A su lado está George. Ella toma su mano con fuerza, con la intención de ganar confianza.

La madre de Roxana dice:

―Es todo. Me marcho.

―¿Te veré en Navidad? ―pregunta Roxana.

―Aún no sé cuáles serán los planes de tu hermano.

―¿Ricardo? ¿Va a regresar de Alemania? Creí que pasaría las fiestas allá.

―No tiene dinero para pagar la matrícula de la universidad el próximo semestre.

―Lo que debería hacer es buscar trabajo.

―Dice que lo ha intentado. ―La madre mira a George con una mueca despectiva―. No tiene la suerte de otros…

―Mamá, creo que debes hacer algo con Ricardo. Lo digo en serio. Es un irresponsable.

―Me pidió que le pagara la matrícula ―dice la madre de Roxana―. Está desesperado. Le quedan pocos días para desalojar su habitación en Dusseldorf.

Roxana sabe a dónde quiere llegar.

―Tú sabes que no puedo ayudarlo.

―Pero tienes trabajo, Roxana. Nada te cuesta enviarle un poco de dinero. Es el único que puede alcanzar a titularse en la familia.

―Entonces dile que se inscriba a una escuela pública aquí. No tiene por qué estudiar y despilfarrar el dinero allá. Además de pagarle la escuela, ¿tenemos que mantenerlo? No me parece justo, mamá.

―¡Es tu hermano! Y tu deber como hermana es apoyarlo.

―Si fuera buen estudiante y se empeñara en sacar buenas calificaciones en lugar de salir y emborracharse todos los días…

―¿Cómo lo sabes?

―Se lo dice a todo el mundo, mamá. Lo presume como si ese fuera un logro. Pero cuando le recuerdan sus deberes y responsabilidades, se pone a la defensiva. Ya estoy harta de él.

―No me importa lo que pienses, Roxana. Debes enviarle dinero. No falta mucho para que lo echen a la calle.

Roxana está a punto de reclamar, pero es interrumpida por un bocinazo de la calle.

―Ya llegó mi taxi. Adiós.

―Mamá, espera. Aún no queda claro lo de Ricardo…

―Ya quedó claro, querida, pero a ti nada te queda claro. ―Se sube al taxi sin despedirse. Roxana la ve partir calle abajo. Regresa a la casa y azota la puerta, temblando de coraje.

No para de llorar. Escucha algo y levanta la vista. Se encuentra a George en la puerta de la cocina. Él no emite ningún sonido, ni siquiera se permite un parpadeo. Sus intensos ojos clarean en la oscuridad de la cocina.

Roxana echa a llorar con más fuerza al mismo tiempo que él se acerca. Ella lo abraza; humedece la camisa de George con sus lágrimas.

―George… ¡Oh, George! Por favor, no te vayas. ¡Pase lo que pase, por favor, no te vayas!

Él mantiene la vista al frente, muy por encima de la cabeza de Roxana. Luego de unos minutos alcanza a decir:

―Lo sé.

 

***

 

En poco tiempo, Roxana se ve obligada a pagar el viaje de su hermano y un aporte mensual a su madre. Además, no deja de pagar los gastos de la casa, la tanda del trabajo y los impuestos. Tiene que mantener el auto por más tiempo en el taller hasta acabar de pagar las refacciones y el ajuste de frenos. No puede darse el lujo de comprar ropa nueva: sus zapatos están gastados por la suela. Las deudas son cada vez más impagables. Debe ducharse con agua fría debido al corte de gas. Es incapaz de comprar los alimentos para llevar su dieta sana como se había propuesto. Ha aumentado de peso.

Pero lo que más teme es perder a George.

George, por su parte, está cada vez más ausente. No parece estar interesado en Roxana. Cuando ella toma su mano, él la retira con sutileza. Roxana cree que él se irá; tomará sus pocas pertenencias para retornar al lugar donde lo conoció por primera vez.

***

 

En Navidad, luego de la cena ―pagada por Roxana―, su hermano se atreve a pedirle una suma extra. Roxana entreabre los ojos como si se hubiera encontrado dormida todo este tiempo y exclama:

―¿Veinte mil? Pero, Ricardo, ¿de dónde quieres que saque veinte mil pesos?

―Anda, no seas mala. Le debo a un amigo que me hizo un favor y ahora quiere que le pague.

―No. Yo creo que quieres el dinero para salir a emborracharte. ¡Y no pienso hacerlo!

―¡Shh! ¡Vas a despertar a mamá!

Ella lo toma con fuerza del brazo.

―Escúchame, Ricardo: creo que ya es hora de que regreses a vivir con mi mamá, te inscribas en una universidad pública, busques trabajo y te rehabilites.

―Una gorda como tú no me va a decir qué hacer. ¿Me vas a dar el dinero sí o no?

―¡No!

Ricardo la abofetea. Ella da media vuelta por el golpe. Se encuentra de frente con George. Éste no emite ningún comentario, ni siquiera amaga con responder a la agresión. Ricardo pasa a su lado, no sin antes decir:

―Calma a tu vieja, cuñado. Hay veces que se pone como desquiciada.

Roxana está segura de que George lo vio todo, pero no reaccionó para defenderla. Vuelve a sumirse en el llanto. George regresa a la habitación no sin antes decir:

―Lo sé.

 

***

 

Luego de terminar de pagar la última tanda a sus compañeros de trabajo y de tener una pelea dura con su jefe, Roxana regresa a casa a bordo del deplorable transporte público de la ciudad, sin dejar de pensar en los gastos del mes entrante. Abre la puerta y dice:

―George, ya llegué.

No recibe respuesta. En realidad, no ha recibido respuestas de George en las últimas semanas. Ya no parece extrañarle.

Alguien toca el timbre. Roxana parece adivinarlo. Se incorpora del sillón, con los labios titilando, su rostro lleno de angustia. Al abrir la puerta Roxana se lleva una mano a la boca; cae de rodillas en la gastada y polvorienta alfombra. Se encuentra con dos hombres vestidos de uniforme. Llevan consigo un carro de carga y un maletín de plástico semejante a un sarcófago. El más cercano a la puerta sonríe antes de decir:

―Buenas noches. Venimos de la manufacturera.

Depositan el maletín en el suelo.

Con una mirada de súplica Roxana se dirige a ellos:

―¡Por favor! ¡No se lo lleven! ¡No se lo lleven!

―Me temo que usted no entiende la situación, señora ―dice uno de ellos―. No estamos aquí por él.

―Lo sé ―alcanza a decir George.

Roxana permanece quieta. Sus ojos se agrandan. Aprovechan su confusión para alargar un pulgar hacia su cuello y oprimen con fuerza. Roxana se tambalea tratando de recuperar el equilibrio, pero cae inconsciente al suelo.

―Me molesta hacer esto, pero no tenemos más opción ―dice el más bajo―. Esto pasa por no pagar a tiempo, amigo.

―Lo sé ―dice George.

―Aquí está el maletín ―dice el más alto―. Cuando lleguemos a la bodega haremos un barrido a su memoria junto a los otros dos. No recordarán nada. ―Depositan a la mujer humana en el maletín rotulado con el nombre de «Roxana». Enseguida la llevan dentro del camión de carga, junto a los dos maletines que conforman el paquete básico de una familia disfuncional.

George corre hacia el camión y dice:

―Lo sé. Lo sé. ¡Lo sé!

Uno de los proveedores se asoma por la ventanilla y dice:

―Parece que tiene dañado su sistema de audio, amigo. ¿Por qué no lo repara? Yo tuve el mismo problema y me dejaron como nuevo en el taller de mantenimiento. ¡Hasta luego!

El camión acelera y George lo ve partir calle abajo.

© Copyright de Mauricio del Castillo para NGC 3660, Junio 2020