Bromista y sádico

 

Por Lou Carrigan

Le gustaba que le llamasen Smiling, esto es, sonriente y simpático, pero la verdad era que la mayor parte de sus bromas no tenían, realmente, ninguna gracia. Tal vez porque, en el fondo, lo que él quería no era hacer gracia, sino divertirse a costa de los sobresaltos del prójimo.

Por ejemplo, algo que le encantaba era tirarles petardos a los pies de sus vecinas más ancianas. Eran dos viejecitas simpáticas que tenían un apartamento amplio en el tercer piso. Tan amplio que podían tener alquiladas dos de las habitaciones a un matrimonio joven, ambos estudiantes; que habían decidido casarse cuando ella quedó embarazada.

Sí, le encantaba tirarles petardos a los pies de esas dos simpáticas ancianas, y se ponía a reír como un loco cuando veía el tremendo y lógico sobresalto que les ocasionaba.

No era, realmente, un bromista, sino un maldito sádico.

Por ejemplo, también una de sus bromas preferidas era la del cuchillo de teatro, o sea, esos cuchillos que sirven para la escena, y cuya hoja se recoge cuando se asesta la puñalada.

Esta «bromita» se la había gastado nada menos que a la jovencita que vivía con su no menos joven marido en el apartamento de las ancianas Sally y Agatha. Hay que tener mala leche para hacer según qué cosas, pero él las hacía.

La gran y «graciosísima» broma consistió en esperarla un día en la entrada del edificio, provisto del puñal de pega y una máscara de demonio que había comprado en una tienda dedicada a la venta de artículos de bromas, disfraces y fiestas. Ahora imaginémonos a Peggy, la muchacha en cuestión, con sus dieciocho años recién cumplidos y gestante de cuatro meses, entrando confiada en el edificio y recibiendo, de pronto, el sobresalto de un sujeto con cara de demonio y propinándola una puñalada en el pecho.

Muy gracioso.

Sí, quizá muy gracioso para Smiling, pero una pequeña tragedia para Peggy, que se llevó tal susto que estuvo a punto de abortar y tuvo que permanecer tres días en cama, por supuesto bajo cuidados médicos.

¿Qué hizo Smiling entonces?

Bueno, hay que admitir que no se portó demasiado mal en esta ocasión. Se presentó en el apartamento de las dos ancianas con un ramo de flores y dijo que venía a entregar las flores a Peggy y a pedirle disculpas, que jamás podía pensar que una simple broma resultase tan molesta. Danny, el pecoso y pelirrojo marido de Peggy, el joven estudiante apasionado, estuvo escuchando en silencio las explicaciones de Smiling, mientras parecía que en sus verdosos ojos ardían enormes llamas. Finalmente, aceptó las disculpas, se convino que en lo sucesivo Smiling no molestaría más a Peggy, y aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, Smiling era de los que no escarmientan.

No había manera.

Resultó que dentro del ramo de flores había uno de esos trucos con una perita de goma y un tubito del mismo material, y así, cuando Peggy, todavía en la cama, escuchó sus disculpas, y luego, sonriente, quiso oler las flores, Smiling apretó la perita y, claro, el chorro de agua fue a dar en la cara de la muchacha, que respingó y se quedó mirando con los ojos muy abiertos y pálida al bromista.

Junto a la cama, la expresión de Danny era simplemente asesina.

—Vamos —rio Smiling—, ¡no iréis a decir que esta broma es para asustarse! Di la verdad, Peggy, ¿te ha asustado esta broma?

—Solo un poco —admitió Peggy en un susurro—. Pero la verdad, preferiría que no me la hubiera hecho.

—Mujer, ha sido un modo simpático de congraciarse, ¿no te parece? Es mi manera de pedir disculpas.

—No sé cómo me contengo y no te parto la cara —jadeó por fin Danny.

—¿Ah, sí? —le miró risueño Smiling—. Vamos, deja de soñar, mocosito: tú a mí no me rompes la cara ni en sueños. Hago dos como tú… en todos los sentidos.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué significa eso de «en todos los sentidos»?

—Pues, por ejemplo, si tú le has hecho un hijo a Peggy, yo podría haberle hecho dos.

Las dos ancianas quedaron mudas del sobresalto. Peggy se atragantó. Danny palideció, y su mirada verde de pelirrojo de pura cepa quedó fija en los ojos oscuros del gran bromista. Hubo un apretón de mandíbulas, un silencio de rabia, un descenso de la mirada verde… y la risa de Smiling.

—Bueno, ya veo que no sois gente alegre, así que me largo. Ya nos veremos… ¡Adiós, Peggy, que te pongas buena en seguida!

Salió del dormitorio y del apartamento.

Era vulgar, engreído, ofensivo, matón… Al menos, así se lo parecía a Danny, que tragó sombríamente la humillación. ¿Qué podía haber hecho? Desde luego, por muy fuerte que fuese Smiling, se habría tirado a comerle el corazón si aquello lo hubiese dicho en otro sitio. Pero no era cosa de organizar una vulgar pelea delante de Peggy, hallándose esta en cama todavía no demasiado bien.

Una semana más tarde, cuando ya repuesta completamente Peggy, se hallaban ambos en la terraza, vieron caer en esta el chorro de agua procedente, al parecer, de la terraza de encima, es decir, de la terraza del simpático y nunca bien y bastante alabado por su ingenio Smiling.

¿Qué hizo Danny?

Pues lo lógico:

—Oye, ¿quieres hacer el favor de tener un poco de cuidado? ¡Ya regarás las flores en otro momento!

—¡No estoy regando las flores! —se oyó la voz de Smiling; y en seguida su feroz risotada—. ¡Me estoy meando, eso es todo!

Las risas de Smiling debieron de llegar hasta el mismísimo Capitolio de Washington.

Bien está, de acuerdo.

Era una broma cerda, pero tampoco había para morirse por ella, ni podía provocar el aborto de Peggy. Todo lo más, claro, luego hubo de limpiar la terraza de las excrecencias líquidas del gracioso.

Seis días después llegó al apartamento de las simpáticas ancianas Agatha y Sally un telegrama redactado en estos términos:

LLEGARÉ PASADO MAÑANA PARA VISITAROS Y PERMANECER CON VOSOTRAS UNA TEMPORADA. STOP. BESOS MAMÁ.

Deliciosamente familiar y entrañable… si no hubiera sido porque la mamá de las dos ancianas (que precisamente en aquellos días habría cumplido los noventa y ocho años si hubiera estado viva) había fallecido hacía casi veinte años.

Resultado de la broma: un soponcio especialmente para Sally y un hartón de llorar por parte de las dos hermanas.

Hasta que un día al joven, pelirrojo y pecoso Danny se le hincharon las narices (por no decir otra cosa) y, reunido en la terraza con su esposa y las dos ancianas, dijo, con tono tajante:

—Ya no me vais a convencer: como ese hijoputa vuelva a molestar a cualquiera de nosotros se las va a cargar. ¡Maldito sea, estoy harto de él y de su presencia en este edificio!

No se puede decir que Danny fuese muy afortunado. Ni se le ocurrió que en aquel momento Smiling estaba también en su terraza y que le había oído. Ni remotamente pudo imaginar que, tras oírle en su truculenta amenaza, Smiling comenzó a pensar en que lo realmente divertido sería darle ahora un buen susto al propio Danny. ¡Y ver qué hacía, después de hablar tanto!

Así que, naturalmente, encontró pronto una idea y la puso en práctica.

No era nada complicada, no hacía falta tener una imaginación ni un talento de genio: Smiling esperó a que Peggy se quedara en casa un día, siguió a Danny a la universidad, se aseguró de que entraba en esta y, al poco, llamó por teléfono a la dirección de la misma. Dijo que, por favor, localizaran a Daniel (Danny) Mansfield y que le informaran urgentemente de que su esposa había sufrido un accidente de automóvil y que en aquellos momentos se hallaba en el Medical Center de la ciudad entre la vida y la muerte, que acudiera con urgencia.

Resultado: ni siquiera diez minutos más tarde, blanco como la mismísima Muerte, Danny se apeaba de un taxi frente al Medical Center, en el cual entraba a los pocos segundos como una exhalación. Cinco minutos más tarde, salía del centro médico, todavía más blanco que antes, con las pupilas dilatadas, el rostro desencajado

—¡Hombre, Danny! —apareció Smiling ante él—. ¿Qué haces tú por aquí?

Danny se quedó mirando los ojos de Smiling, que tenía que hacer verdaderos malabarismos faciales para ocultar la risa.

Eso fue todo: Danny miró fijamente durante algunos segundos a Smiling a los ojos, y luego, sin contestar, se alejó, regresando a la universidad.

***

Aquella misma noche, cuando hacía apenas un minuto que Smiling había regresado a su apartamento, sonó el timbre de la puerta de este. Con la chaqueta en una mano y la corbata en la otra, Smiling fue a abrir, y se le ocurrió echar un vistazo por la mirilla.

¿Qué vio?

Pues vio a Daniel Mansfield ante la puerta, con cara de pocos amigos y sosteniendo ante su pecho un enorme cuchillo con el que apuntaba hacia la puerta.

«¡Si será idiota…! —rio para sus adentros Smiling—. Lo peor que puede hacer la gente insulsa es imitar a los graciosos. ¡Ahora se le ocurre venir a darme un susto con el cuchillo de teatro…!»

Pero calla.

He aquí que Smiling tuvo una idea para la mejor de sus bromas.

Le iba a dar a Danny una broma y una lección que el muchacho jamás olvidaría. Le iba a abrir tranquilamente, iba a simular un enorme susto al ver el cuchillo y la acción del portador, y luego simularía que había muerto de un colapso debido a la «agresión». ¡Menudo susto que se iba a llevar aquel bobo! Y, desde luego, se le quitarían las ganas de imitarlo a él haciendo bromas inteligentes…

Abrió la puerta, desorbitó los ojos al ver el enorme cuchillo y miró los de Danny Mansfield, que emitían llamaradas de odio.

—¡Oye…! —empezó Smiling su comedia.

Danny avanzó un paso y clavó fuertemente el enorme cuchillo.

Smiling sintió un lacerante y profundísimo dolor, retrocedió un paso, y contempló estupefacto el tremendo chorro de sangre que brotó de la primera de las 32 brutales heridas que le contaría el forense aquella misma noche, y sintió el tremendo y súbito frío del afilado acero que le partió el corazón.

Y todavía vagamente, pensó que Danny no tenía ni puta idea de lo que era una broma.

Lo cual era cierto.

© Copyright de Lou Carrigan para NGC 3660, Junio 2018

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