La bici amarilla

 

Por Fernando Cámara 

Sara sabía que era cuestión de tiempo que ocurriera. Y fue tan rápido como había imaginado, pero infinitamente más doloroso y desagradable.

Sile, sile, sile… —iba clasificando Sergio los nuevos cromos adquiridos en el kiosco de la salida del colegio—. ¡Nole! —gritó entusiasmado ante uno de los pocos que le quedaban para terminar la colección de Bob Esponja. —¡Mira, mami, nole! —y en esa fracción de segundo, entre «mami» y «nole», fue brutalmente arrollado por una bicicleta amarilla, estructura de fibra de carbono, tres platos, seis piñones y ruedas de cross. El ciclista perdió el equilibrio y, al caer al suelo, se lijó la rótula contra los baldosines mientras el armazón de su bici sepultaba al pequeño Sergio.

—¡Salvaje! ¡Que no se puede ir así! —empezó la gente a increpar al ciclista mientras retiraban la bicicleta con cuidado de no dañar al niño. Sara sintió un pinchazo de horror al ver el brazo de Sergio descolocado, en una posición aberrante.

—¡Sergio, hijo! —había sangre y contusiones en su cara. Una sensación irreal, como un mal sueño, veloz y lento a la vez, sordo y estruendoso—. ¡Me lo han matado! —chillaba entre dientes mientras le agitaba para que reaccionara. Cientos de imágenes se le agolpaban: el parto; su carita afilada de niño avispado; los lloros de la primera guardería; la voltereta que dio en el tobogán y que les heló la sangre; la hucha que abría y cerraba cada sábado para contar sus tesoros; la colección de… ¡Sergio no podía morir! Todavía le quedaban tres cromos para completar el álbum de Bob Esponja, pensó Sara, y se puso a recoger los cromos esparcidos por el suelo. ¿Cuál era el que dijo que no tenía? ¡¿Cuál era el «nole»?!, gritaba furiosa por no haberle prestado atención. Algunos padres ayudaron a recoger el resto de cromos y se los dieron a Sara, que continuaba perdida en los recuerdos de Sergio, imágenes y voces que se imponían unas a otras, como si su hijo muriera a través de ella.

Un llanto leve la devolvió a la realidad. Sergio comenzaba a quejarse, cada vez más fuerte, hasta llegar a la histeria.

—¡Mi niño, tranquilo, que no ha pasado nad…! —no pudo terminar la frase al ver su ojo izquierdo ensangrentado, el globo ocular completamente rojo, con una fisura notable. ¡Ciego!, chillaba abrazándose a Sergio. ¡Me lo ha dejado ciego!

El resto de padres intentaba calmar a Sara y contener el abrazo para no aumentar las posibles fracturas. Sara dio un traspié al levantarse y buscó con la mirada al ciclista asesino. El chaval, a pesar de tener la rodilla herida, se montó en la bici y pedaleó todo lo rápido que pudo. Mayka, la corpulenta madre de una compañera de Sergio, corrió tras él y le propinó unos cuantos empujones, pero no consiguió desestabilizarle. Desapareció por la siguiente calle.

El corro de padres y paseantes crecía alrededor de Sergio. Teorías sobre hielo en el ojo, no mover el cuerpo, incorporarlo, dejarle respirar… Empezaron a sacar sus móviles y a discutir sobre si convenía llamar a una ambulancia o a la policía, que era más rápida en estos casos. Demasiadas opiniones mientras los gritos de Sergio crecían, incapaz de abrazarse a su madre con el hombro destrozado.

—Tengo los cromos, Sergio. Los tengo todos. ¡Y más que te voy a comprar! Vamos a comprar diez sobres, ¿vale? Seguro que nos salen todos los que te faltan, ¿a que sí, cariño?

Sergio asentía tiritando, sin dejar de llorar. Sara le soplaba en la cara para aliviar el ardor del ojo herido. Los padres apartaban a sus hijos para que no se impresionaran. Mayka se quitó la sudadera y se la puso a Sergio de almohada. Lo más difícil fue convencer a Sara para que soltara a Sergio y no le quebrara más el cuerpo.

—¡Me lo han destrozado, Mayka! —lloraba abrazada a su amiga—. ¡Ese cabrón me lo ha matado!

—Venga, venga… que hoy te arreglan de todo, ya lo sabes, chata. Y menudo es el Sergio, ¿que no? Venga… tú dale la mano…

Sara le pasaba la mano temblorosa, pero el niño apenas sentía el tacto, incapaz de sobreponerse al dolor. Mayka indicó con el brazo al resto de padres que se apartaran y dejaran las chácharas para otro momento. Ya habían cumplido llamando a ambulancias, bomberos y policía por partida triple.

—¿Cuántos te quedan para completar la colección, Sergio? —preguntó Mayka al ver los cromos que Sara apretaba en la otra mano.

—Tres… —respondió Sergio entre hipidos.

—¡Tengo que llamar a Ramón! —pensó de pronto Sara. Se arrastró hasta su bolso para sacar el móvil.

—Llámale mejor cuando ya estéis en el hospital —aconsejó Mayka.

¿Cómo contárselo a Ramón?, pensaba Sara, ¿cómo describirle las heridas de las piernas, el brazo roto o dislocado y, sobre todo, ese ojito seccionado por algún hierro infecto de la bici?

—No llores más, mi niño, que te van a escocer las lágrimas…

Aunque Sara trató de evitarlo, el picor hizo que Sergio se frotara el ojo y, entonces, brotó un líquido gelatinoso de la herida. Transparente. Sara se fue desvaneciendo hasta caer pegada al cuerpo de su hijo. Los cromos volaban alrededor de ellos.

 

Sara recuperó la consciencia lentamente debido al par de valiums que le habían administrado en el hospital. Entre brumas vio a médicos, enfermeras y a Ramón, paseándose de un lado a otro sin parar de hablar por el móvil. Estaban en el pasillo del hospital. Sara se incorporó en el sofá donde estaba recostada. Ramón la vio reaccionar y colgó el teléfono.

—¿Qué tal? —dijo agachándose a su altura. Por mucha entereza que fingiera, se le notaba descompuesto.

—¿Dónde lo tienen? —dijo Sara intentando levantarse.

—Está en esa habitación, pero está sedado. Es mejor no despertarle.

—¿Qué te han dicho los médicos?

—Nada, que no es rotura lo del brazo, solo tenía el hombro dislocado y ya se lo han… colocado.

—¿Y el…?

—Tendrá que hacer algo de ejercicio y como nuevo.

—¿Y el ojo?

Ramón evitaba mirarla.

—Ramón, ¿y el ojo?

—Tienen que esperar unos días a que se pasen los hematomas y puedan examinar limpiamente la herida…

—Yo… —dijo casi atragantada— he visto que se le salía el… la retina o el cristalino, o lo que fuera eso…

—Lo más seguro es que puedan operarlo.

—Tuerto… —susurró Sara convencida—. Esa será su vida a partir de ahora, media mirada… los motes en clase, las burlas… ¡y a lo mejor ni podrá conducir!

Ramón le trajo un vasito de agua.

—He estado hablando con Miguel. Hay un lío ahora con la legislación de los ciclistas y las aceras. Depende de cada Comunidad. Y si la acera es ancha y no hay carril bici, pueden circular perfectamente por la acera.

Sara daba sorbitos de agua sin apenas atenderle, pero él continuaba, como para ordenar sus ideas:

—En nuestro caso, el problema es que si no tenemos identificado al cabrón ese, no habrá juicio. Claro que siempre podríamos demandar al Ayuntamiento o a la Comunidad, pero son movidas que van tan a largo plazo que no merece la pena… —Ramón se rascó toda la cabeza—. Y los ayuntamientos además están endeudados hasta las cejas…

—Por favor, Ramón… ¡¿Cómo va… cómo va a vivir así?!

—¡Y yo qué coño sé, Sara! ¿Qué más quieres que haga? ¡He llamado a todos… a…! Lo único que hay es una asociación, una web de cuatro mataos que hace años que solicitan que se les impida a los ciclistas ir por las aceras… pero… ¡Yo qué sé! —y se echó a llorar—. ¡No sé qué hacer, joder…! ¡No lo sé…!

Se abrazó a Sara, pero ella se sentía incapaz de emocionarse debido al chute de valiums. Se levantó mareada y se encaminó hacia la habitación de Sergio. Al tocar el pomo de la puerta, se puso a temblar y vomitó.

 

A la mañana siguiente, hacia las nueve y cinco, Sara y Ramón consiguieron reunir en la cafetería más cercana al colegio a ocho padres testigos del atropello, Mayka entre ellos, todos apiñados en una esquina de la barra. Después de informarles de la evolución de Sergio, favorable dentro de la gravedad, Ramón les preguntó por cada detalle que recordaran del ciclista.

—Lo malo de cuando las cosas pasan así de rápido es que apenas te fijas en nada —dijo Jorge, el padre de larga coleta despoblada—. Pero desde luego el chaval no tendría más de veinte años.

—Más o menos… —reconoció la mayoría.

—Delgado, con maillot amarillo. Vamos, indumentaria completa de ciclista profesional.

—Y casco aerodinámico con aperturas de ventilación.

—Es lo malo de los cascos, que te complican la identificación.

—Tenía el pelo muy corto por detrás. Lo llevaría al uno.

—Y se hirió la rodilla al caer. Igual solo fue un rasponazo, pero sangraba.

El camarero iba sirviendo todas las versiones de cafés que habían pedido: solos, con leche, cortados, descafeinados, e incluso uno con hielo, que pidió un padre gordito. La sacarina pasaba de mano en mano, como un rito tribal antes del primer trago.

—Jorge se sabe la marca de la bici. ¿Cuál era, Jorge, la marca?

—Una Mendiz. Una mountain bike. El modelo ya no te lo sé decir porque son muy parecidos.

—Amarilla —añadió Mayka.

—Sí, pero amarillo no cantoso, tirando a limón suave.

—¿Son muy corrientes? —preguntó Ramón tomando nota en su Blackberry.

—No tanto. Son bicis de alto nivel. Y cuestan un pastón. Seguro que las podéis ver en los catálogos de Internet.

Sara asistía a las declaraciones como si no fueran con ella. Removía el café sin parar para evitar las miradas de refilón de los demás padres. Mayka le pasaba la mano por el hombro de vez en cuando y obtenía a cambio una breve sonrisa de compromiso.

—Yo lo que no entiendo del tarado ese, es por qué fue directo a por el niño —dijo el padre regordete.

—Iba todo recto, sí, pero no pretendía cargarse a nadie —dijo Carmen, la mujer de Jorge—. Es verdad que iba a pasar casi rozando a Sara, y entonces Sergio se metió en medio al enseñarle el cromo y ahí es donde le pilló.

—¡Vamos, no jodas, Carmen, ahora va a ser culpa del crío!

—Que no digo eso, lo que pasa es que… bueno, se movió, eso es todo. Mala suerte.

Mayka estaba a punto de saltar al cuello de Carmen, pero la propia Sara la apaciguó.

—¿No hay leyes que les obligan a circular por el carril derecho?

En Barcelona, por ejemplo, los ciclistas pueden circular por las aceras de más de cinco metros de ancho, pero creo que cada comunidad tiene su propia legislación.

—Leyes… ¿Para qué? Si luego no les multan, o ni siquiera las pagan.

—¡Eso, eso!

A cada sorbo de café, crecía la indignación entre los padres, que cruzaban quejas sin parar.

—Mira… Rafa… —dijo Jorge dirigiéndose a Ramón.

—Ramón —le corrigió Ramón.

—Eso, perdona, Ramón —dijo ajustándose la coleta—. Tú sabes que estamos muy apenados por lo de Sergio. De hecho, mi hija es amiga suya, pero precisamente, desde el APA, llevamos años fomentando la bici como medio de transporte limpio y sano, educando a los niños para que la usen… y ni te cuento lo que nos ha costado que nos pongan las barras para aparcarlas…

—Venga, coño, Jorge, que no se trata de prohibirlas, sino de identificar al loco ese para que se le quiten las ganas de volver a salir a la calle.

—Bueno, es que locos de esos cada vez hay más, Eduardo, que tiene que ir una siempre con veinte ojos porque a la mínima…

—¡Pues no va el otro día un chulo y toca el timbre para que me quite de en medio!

—¡Se creen los dueños de la calle!

—¡Y de la carretera, que les permiten ir en pelotón montando unos atascos de la leche!

—Yo, perdonad que insista —dijo Jorge alterado—, pero si vais a hacer una campaña contra las bicicletas, Carmen y yo nos vamos, porque por un zumbado no lo vamos a pagar todos los demás. Además, si siguiéramos ese razonamiento, habría que prohibir los coches ya que hay accidentes mortales casi a diario. No podéis sacar las cosas de quicio.

—Si fuera tu hijo… —respondió Mayka— ¡se te iban a quitar las ganas de bici para toda la vida!

Jorge dejó un billete de cinco euros sobre la barra, tomó a Carmen del brazo y se marcharon. Los demás padres aprovecharon para despellejarles. Y no solo por el asunto del accidente.

Sara ya no soportaba más discusiones ni chiflidos de locomotora de la vieja cafetera, y fue hacia la salida dando las gracias a todos. Ramón se quedó pagando los cafés. Sara cruzó la calle y se detuvo junto al kiosco. Se le revolvió el estómago al ver las oscuras manchas de sangre seca de su hijo. Sintió un horrible escalofrío que le hizo apartarse, y entonces se topó con el rastro de la rodilla del ciclista. Era como un pequeño brochazo en el suelo junto a unas cuantas gotitas ya negras. Sintió una arcada. Mayka la cogió del brazo y se la llevó de allí.

A las once y media, mientras Sara estaba frente al mostrador de una pescadería, con la mirada anclada en el accidente, recibió una llamada de Ramón. Había estado con la policía y no veían muchas opciones de encontrarlo a pesar de saber la marca de la bici. El comisario le dijo que no podían perder el tiempo obteniendo la lista de todos los compradores que hubieran adquirido una bicicleta de esas características y luego ir casa por casa a ver quién tenía herida una rodilla. Incluso aunque así fuera y lo localizaran, sería tan solo una prueba circunstancial, inválida de cara a un juicio. De cualquier forma, Ramón prometió a Sara que hablaría de nuevo con Miguel para que presionaran un poco al comisario. Es lo único que se podía hacer por el momento. Eso, y estar con Sergio en el hospital. Sara se disculpó diciendo que no podía desatender la compra. Ya iría por la tarde. Además, el niño seguía sedado y no notaría su ausencia. Ramón entendió que la situación estaba superando a Sara, pero era lógico. Lo mejor era dejarla un tiempo a su aire. Ya terminaría por reaccionar. Una madre siempre lo hace.

 

En cuanto Sara llegó a casa, fue directa al armario de los cosméticos del baño. Abrió el bote de los bastoncillos de los oídos y cogió cinco. Luego fue a la cocina y sacó un par de bolsas con cierre hermético para congelados.

A la una menos cuarto, quince minutos antes de que salieran los niños, estaba Sara, de nuevo, junto al kiosco del colegio. Esperó hasta que la calle se despejó de transeúntes. Luego, le echó coraje, y se agachó junto a los restos de sangre del ciclista. Sacó uno de los bastoncillos y comenzó a frotarlo contra la oscura mancha. El algodón apenas se marcaba. Lo intentó con más fuerza, hasta que el bastón se partió y tocó la mancha con un dedo. Una sensación de repugnancia le recorrió todo el cuerpo. Cogió otro bastoncillo y lo humedeció con la lengua. Luego lo frotó contra la sangre seca. El color rojo iba reviviendo poco a poco y pringándose en el algodón. El asco y la rabia le hicieron escupir con furia sobre las manchas, que iban disolviéndose al contacto con las lágrimas de impotencia que derramaba sobre ellas. Metió en una de las bolsas de congelados un par de bastoncillos bien tintados y se la guardó en un bolsillo. Tener la sangre de aquel asesino pegada al cuerpo le provocó nauseas y se marchó corriendo, asqueada y llorando, pero victoriosa por tener la prueba definitiva contra aquel hijo de puta.

 

Tuvo que esperar más de media hora hasta que un subcomisario la atendiera. Un tipo joven y amable, que manoseaba la bolsa con los bastoncillos ensangrentados mientras intentaba hacer comprender a Sara que en aquel algodón había ADN de media ciudad, incluido el suyo debido a haberlo impregnado con su saliva. Por desgracia, aunque la muestra fuera efectiva, no serviría de mucho si el ciclista en cuestión no estuviera ya fichado por cualquier otro delito anterior, ya que su ADN no figuraría en los registros. Y dado el tipo de accidente y la descripción del individuo, este no encajaba en el perfil de delincuente con antecedentes. De cualquier forma, agradeció a Sara la iniciativa que, aunque partiera de las fantasías televisivas de CSI, podría haber llegado a dar resultado si las circunstancias hubieran sido otras. Finalmente, recomendó que permaneciera junto a su hijo: tener a una madre cerca es la mejor medicina, dijo estrechándole la mano.

 

Sara dio vueltas alrededor del hospital durante más de una hora antes de atreverse a subir a la planta. Ramón seguía en el pasillo, pegado al teléfono. Al ver a Sara colgó.

—¿Se puede saber por qué no coges el móvil?

Sara, aturdida, lo sacó del bolso. Lo había dejado silenciado desde la noche anterior porque la estaban llamando constantemente del trabajo y no tenía ganas de hablar con nadie de la oficina.

—Pues tendrás que hacerlo, porque entre otras cosas habrá que tramitar tu baja.

—¿La baja…?

—Por Dios, Sara, tenemos que estar con Sergio. ¿O es que pretendes abandonar a tu hijo precisamente ahora?

Sara negaba mientras se apretaba las sienes. Le dolía tanto la cabeza…

—¿Dónde has estado? —preguntó Ramón mientras habilitaba el sonido del móvil de Sara. Ella se encogió de hombros y se atusó el pelo antes de entrar en la habitación de Sergio.

La aguja de un gotero de suero con sedante perforaba la manita de Sergio. Uñas sucias, de tanto recreo haciendo el burro, de cambiar cromos desgastados y caminar haciendo el pino por el patio… Llevaba una gasa prieta, casi escayola, entre el brazo y el cuello. Finalmente, Sara tuvo que enfrentarse a su carita, cuyo ojo izquierdo estaba cubierto por un grueso apósito. Leves moratones, casi invisibles ayer, poblaban hoy su frente. Sara intentó peinarle con los dedos, cabello sucio, duro, agrupado en mechones, pero en cuanto tocó el cuerpo casi inerte de Sergio y le vio entreabrir su único ojo sano, se echó a llorar.

—Voy a encontrar a ese canalla, Sergio. ¡Te juro que lo voy a encontrar y…!

—Sara, por favor… —intentó calmarla Ramón desde la entrada. Sara se levantó, corrió hacia la puerta y empujó a Ramón para escapar de la habitación, de aquel repugnante aroma a desinfectante perfumado para ocultar el olor a enfermedad, heridas y carne corrupta.

 

Sara llegó a casa y se puso a preparar la comida sin cambiarse siquiera de ropa. No podía dar tregua a su cabeza y permitirse pensar. Puso la olla a hervir, un avecrem y una pizca de sal, quitó las puntas de las judías verdes y las troceó. Al pelar las patatas, siempre le costaba quitar esos pequeños hoyuelos. Ojos de las patatas, creía recordar que los llamaba su abuela. Y entonces todo el dolor y la rabia regresaron. Atravesó las patatas con el cuchillo, las troceó a puñaladas y empezó a proferir gritos enloquecidos contra el criminal de la bici. Apagó la olla, se guardó el cuchillo en un bolsillo del pantalón y salió dando un portazo.

Caminaba erguida para que la punta del cuchillo no le pinchara la pierna. Cuando llegó cerca de la entrada del colegio eran las cuatro menos diez. En un ratito saldrían los niños. Sara se sentó en el banco junto al kiosco. Sacó antes el cuchillo, para no herirse, y lo escondió bajo una pierna. No dejaba de mirar a ambos lados de la calle, convencida del viejo dicho de que el asesino siempre regresa al lugar del crimen. Cada vez que cruzaba un ciclista, por muy distinto que fuera, le daba un vuelco el corazón y apretaba el cuchillo con fuerza. Los padres ya estaban reunidos a la entrada del colegio, discutían apiñados, seguramente sobre el accidente de Sergio. Sara no tenía ganas de hablar con ellos, ni de comentarles el lamentable estado de su hijo, fingiendo que todo iba mejor. En cuanto empezaron a salir los primeros niños, Sara se levantó y guardó el cuchillo en el bolsillo. Luego se marchó en la otra dirección, dispuesta a hacer una ronda a la manzana. Mayka, que acababa de recoger a su hija, la vio yéndose a lo lejos, demasiado rápido para alcanzarla.

 

Por la mañana, Ramón obligó a Sara a acudir al centro de salud para certificar su baja. Explicado el motivo y viendo el rostro apagado de Sara, el médico no dudó en confirmar su depresión. Le recetó un tranquilizante estándar e imprimió los papeles de la baja. Debería volver para el parte de confirmación a los tres días o en una semana, aunque confiaba en que para entonces todo se hubiera encauzado.

 

A pesar de la medicación, al día siguiente, a las tres y media, Sara volvía a estar sentada en el mismo banco del kiosco del colegio, vigilante, y con el mismo cuchillo escondido bajo la pierna. Antes o después volverá a la escena del crimen, se repetía apretando el filo del cuchillo hasta que se hizo un leve corte en el dedo gordo. Se lamió la herida y se asustó al ver a Mayka frente a ella, con gesto serio. Se sentó a su lado, junto al cuchillo oculto.

—No volverá a pasar por aquí, Sara.

—…

—Si lo hiciera, además de un capullo homicida sería el más imbécil de la ciudad.

Mayka le pasó la mano por la espalda y se fijó en que se chupaba la herida del dedo.

—Si yo fuera el cabrón ese —continuó Mayka— lo más probable es que no volviera a montar en bicicleta. Seguramente la habrá vendido, o pintado de otro color, o tirado por un barranco… yo qué sé, pero fijo que no se va a pasear más por aquí.

Sara, cada vez más nerviosa, volvía a aferrarse al cuchillo.

—Lo mejor es estar junto a Sergio. Te acompaño al hospital si quieres, y así de paso te limpian esa herida del dedo.

—¡Nooo! —gritó Sara levantándose con el cuchillo amenazante.

Mayka dio un respingo.

—¡Ojo por ojo, Mayka! —y apuñalando al aire gritaba—: ¡Ojo por ojo!

 

Mayka habló con Ramón y decidieron que Sara acudiera urgentemente a un psiquiatra. Sara no se resistió, aunque estuvo ausente durante toda la visita. La doctora era una chica jovencita, con aspecto de recién licenciada. En principio hizo poco más que quitarle el alprazolam que le recetó el médico de la seguridad social y cambiarlo por sertralina, que a la larga le supondría menos dificultades para desengancharse. Ramón, que era quien hablaba por Sara, terminó por venirse abajo. Se sentía incapaz de seguir soportando solo tanta presión: el hospital, su mujer demenciándose, los líos del trabajo… La psiquiatra le recetó la misma ración de sertralina y les citó para dentro de dos semanas.

 

El cirujano que se encargaba de Sergio trajo un par de radiografías para informar gráficamente a Sara y a Ramón de la situación:

—El globo ocular izquierdo está roto —soltó con la mayor naturalidad—. Tal cual es la lesión, no es recuperable. Pero les aseguro que enseguida se habituará a desenvolverse con un solo ojo. Desarrollará otras destrezas que cubrirán esa falta, es algo que ya he hablado con el niño. Es muy maduro y entiende la situación.

Sara estaba a punto de echarse a llorar al pensar que su hijo asumía lo que ella era incapaz de aceptar.

—Por otro lado está el asunto estético. Podemos trabajar sobre la zona afectada, que está en muy mal estado, o decidirnos por un globo nuevo. Las prótesis de ahora apenas se notan, e incluso efectúan ciertos movimientos sincronizados.

Sara se marchó sin decir nada. No tenía claro si agredir al doctor por su brutal franqueza o agradecerle la sinceridad, que solo confirmaba lo que ya imaginaban. Al salir al pasillo se tomó una ración doble de sertralina.

Media hora después se quedó traspuesta en un banco de la calle. Solo unos minutos, hasta que una anciana preocupada por su salud la despertó. Al abrir los ojos, todavía aletargada, se fijó en que, junto al banco, había una bicicleta de montaña amarilla atada con una cadena a un árbol. Tan parecida a la del accidente que se le pasó de golpe el efecto del sedante. Era una BH. No le sonaba que esa fuera la marca que comentó Jorge.

 

Sara pasó la tarde viendo fotos de bicicletas en Internet, hasta que por fin encontró tres bastante parecidas. Mountain bikes amarillas. Una de ellas era de la marca Mendiz. No había duda de que esa era la que dijo Jorge, aunque por los breves flashes que recordaba del accidente, alguna barra cruzada no le llegaba a sonar. Se dirigió a la web de Mendiz para analizar todos los modelos que tenían disponibles. Sin duda la RX10 era la más parecida. Eligió el color amarillo limón y la imagen resultante fue exacta: aquel era el cacharro criminal que tuvieron que retirar del cuerpo destrozado de su hijo. Metió la imagen en Photoshop y buscó fotos de ciclistas. Tipos jóvenes, con casco y maillot amarillo. Seleccionó unos cuantos. Recortó el que mejor le parecía, lo acopló a la imagen de la bici y obtuvo un fiel retrato robot del asesino y su arma, no tanto para mostrar a los incompetentes policías, como para evitar que el recuerdo se le fuera borrando con el paso de los días o por efecto de aquellos inútiles tranquilizantes que estaba decidida a dejar de tomar. Hizo una copia tamaño foto en la impresora y se la guardó en el bolsillo antes de lanzarse de nuevo a la calle.

 

Aunque eran más de las siete, pasó por delante del colegio. Se detuvo solo unos segundos. Mayka tenía razón, nunca volvería a circular por allí. Bajó por una calle aledaña hasta llegar a la Castellana, la avenida más amplia. Allí descubrió el chorreo de ciclistas que poblaban las calles laterales, y también las aceras. Los ojos de Sara, aún debilitados por los sedantes, iban de unas bicis a otras y se detenían en las de color amarillo. No eran muchas, pero resultaban notables, chillonas, aberrantes máquinas de matar. Cualquiera de aquellos ciclistas podría ser el asesino de su hijo, cualquiera que luciera una notable herida en una rodilla. Se detuvo ante un semáforo y vio pasar a su lado a un par de ciclistas conversando. Uno de ellos llevaba casco aerodinámico, una Mendiz amarilla, casi seguro una RX10 y… rodilleras. Sara se abalanzó sobre él y le empujó contra su compañero. Los dos cayeron al suelo, todavía confusos por aquella absurda agresión. Sara descubrió que el chico de la bici amarilla llevaba el pelo abultado y largo. Al darse cuenta del error, salió corriendo mientras escuchaba las quejas crecientes de los ciclistas, preocupados por los chasis de sus bicis.

Se internó por calles pequeñas hasta llegar a un parque infantil, donde se refugió en un banco entre arbustos. Niños tardíos aún se columpiaban, se perseguían y rebozaban en la arena. Sara se fijó en sus ojos, vivos, brillantes, divertidos. Dos ojos por niño, sumaba con ingenuidad, y se le saltaron las lágrimas mientras estrujaba la foto del ciclista que llevaba impresa. Nunca lo encontraría. La ciudad era inabarcable. Y aquel grandísimo hijo de puta no se la jugaría a exponerse, al menos durante unas semanas. Una niña pasó por delante con su vieja bicicleta, larga herencia de hermanos y primos tuneada a base de capas y capas de pintura acrílica. ¡Eso es! Mayka también pensó que tal vez el ciclista hubiera pintado la bici de otro color para que no le reconocieran.

Continuó el paseo de vuelta a casa. Numerosas bicicletas aparcadas mostraban haber sido personalizadas o simplemente remozadas a base de pintura, muy mal aplicada en muchos casos.

Las tiendas habían cerrado, excepto las de los chinos. Entró en una de ellas y se fue directa a la zona de los cubiertos. Los cuchillos eran demasiado pesados, dentados, con poco filo. Pero al lado descubrió una navaja multiusos, perfecta para llevar discretamente en el bolsillo. Sacacorchos, abre-chapas y una hoja de navaja que parecía resistente, aunque no muy afilada. Tres euros con cincuenta.

Hasta llegar a casa fue abriendo y cerrando los diferentes accesorios del utensilio mientras se fijaba en las bicis aparcadas en las aceras. Se decidió por una blanca, muy repintada. Con discreción, desplegó la navaja y rayó un trocito de la barra central de la bici. Saltaron cascarillas de pintura blanca que delataron que antes fue azul. Sara sonrió. Ahora solo era cuestión de encontrar una Mendiz RX10, pero en otro color, y hacer la prueba. Recorrería la ciudad entera si hacía falta, pero la encontraría.

Cuando llegó a casa eran más de las diez y media y Ramón la esperaba furioso. Nada más entrar la zarandeó por los hombros como a una cría.

—¡No está muerto, Sara! ¡Nuestro hijo no está muerto! ¿Lo entiendes?

Sara corrió a encerrarse en el baño. Pero Ramón estaba muy excitado y daba golpes a la puerta para que abriera y reaccionara de una vez a la situación, y entendiera que…

—¡Es un ojo lo que ha perdido, Sara! ¡Pero está vivo! ¡Y justo ahora te necesita más que nunca!

Sara se pinchaba la palma de la mano con el sacacorchos. Al menos con el dolor amortiguaba la bronca.

— ¡¿Me oyes, idiota?! —gritaba Ramón desesperado.

Hacia las seis de la mañana, Sara cogió su chándal y salió sigilosamente de la habitación para no despertar a Ramón. Se fue vistiendo por el pasillo y bajó a la calle, todavía de noche. Palpó la navaja multiusos en su bolsillo y cerró la cremallera. Se miró la herida de la mano, un estigma en carne viva, como el ojo de su hijo, igual que el ciclista algún día. Quizá hoy. Y fue acelerando el paso. Su primer destino fue el colegio de Sergio. Al llegar al banco del kiosco, desplegó un pequeño mapa de la ciudad y marcó un amplio bloque de su barrio para empezar. A esas horas todavía no había casi tráfico y aprovechó para detectar y analizar las bicicletas aparcadas. Apenas encontró alguna Mendiz. Eran bicis caras, como dijo Jorge, y lo más habitual es que las guardaran en garajes o en el propio piso.

Dos horas más tarde, las calles se poblaron de coches, transeúntes y ciclistas. Sara hacía running por las zonas señaladas en el mapa, intentando cubrir al menos la mitad de lo planeado antes del mediodía. Fue comprando botellas de agua, que sudaba y orinaba en sucesivos bares. El plan iba cumpliéndose, aunque solo se cruzó con un par de bicicletas de esa marca: ninguna de ellas modelo RX10. Pero no desesperó. Seguro que tendría más suerte por la tarde.

A mediodía tomó un pequeño sándwich en Rodilla. El nombre del establecimiento le hizo recordar la rótula herida del ciclista asesino. ¿Sería posible que se la hubiera fracturado? Ojalá, pero… si así era, su plan de búsqueda resultaría totalmente estúpido. Aunque por otro lado, todos le vieron coger la bici y salir pedaleando a gran velocidad tras el accidente. Estaba claro que antes o después necesitaría volver a correr para gastar su cuerpo de deportista enloquecido.

Hacia las diez de la noche regresó a casa totalmente agotada. Había cumplido su plan e incluso adelantó parte del barrio colindante. Ninguna RX10, pero tenía todas las esperanzas de que mañana sería su día. Ramón acababa de salir de la ducha para quedarse esa noche en el hospital. Sara se fue quitando el chándal, empapado de sudor. Todo el desgaste del día se convirtió de pronto en vigorosa excitación. Sorprendió a Ramón tirándole sobre la cama. Le abrió el albornoz mientras ella se quitaba el resto de ropa y se montó encima de él. Ramón se dejaba hacer a disgusto, pero no la detuvo, necesitaba sentirse cerca de ella, aunque fuera sufriendo aquella absurda violación. Necesitó concentrarse mucho para mantener la erección. Sin embargo, no tuvo que llegar hasta el final, porque Sara terminó y se salió de él como si desenvainara una espada, y se fue jadeando a la ducha. Ramón le llevó un par de pastillas y se las pasó a través de la cortina del baño. Ella las tragó y luego vomitó en silencio mientras Ramón se vestía para ir al hospital. Cuando se estaba poniendo los calcetines, decidió no marcharse: era más peligroso el estado neurótico de Sara que dejar a su hijo solo una noche más.

 

A las siete de la mañana Sara ya estaba patrullando las calles del nuevo barrio. Dos horas después no había encontrado nada destacable excepto la constatación de que muchas parejas solían montar en bicicletas similares, incluso en el color, demostrando una sincronización absoluta. Cuando llevaba consumidas ya tres botellas de agua, descubrió a un ciclista joven que pasó raudo frente a ella. Se fijó en su pelo corto y, sobre todo, en que llevaba una rodilla vendada. La bici era una mountain bike, eso estaba claro, verde metalizado, pero vista desde atrás no podía adivinarse la marca. Sara le persiguió cruzando semáforos cerrados y esquivando coches y peatones con una agilidad que la sorprendió a ella misma. Mientras se iba aproximando al ciclista, fue desplegando la hoja de la navaja dispuesta a rayar la capa de pintura. Estaba convencida de que bajo ese tono verde asomarían restos del amarillo limón original. El ciclista entró en una glorieta y Sara corrió hasta el centro para ver por dónde continuaba. Lo vio dar la vuelta entera y regresar por la misma calle. Durante un segundo cruzaron sus miradas. Sara estaba segura de que le sonrió. Una leve y repugnante risita burlona que parecía decirle: «ahógate en tu propio odio, madre estúpida». Sara echó a correr detrás de él, gritando y señalándole. Pero no pudo hacer nada para atraparlo porque cambió de piñón y salió disparado calle abajo. Imposible alcanzarlo corriendo.

 

La tienda especializada en bicicletas Mendiz era un concesionario de alto nivel. Sara entró y preguntó directamente por el modelo de montaña RX10. «Una buena elección», aseguró la dependienta, una cincuentona con el cuerpo todavía moldeado por el deporte. Mostró a Sara una RX10 de color gris; mientras comenzaba la retahíla de virtudes de la bici, Sara la interrumpió. No necesitaba pensárselo, quería esa, pero en color amarillo. Amarillo limón, como la del catálogo de Internet.

—¿Han vendido muchas de ese color? —preguntó Sara.

—No lo sé exactamente, yo solo estoy por la mañana y llevo un mes aquí, pero las que yo he vendido eran casi todas metalizadas, como esta, o azules, que son los colores que tenemos disponibles en la tienda.

—¿No tenéis amarillas?

—Sí, pero habría que hacer el pedido al fabricante. Tardan unos quince días.

—No puede ser —dijo Sara con tono severo—. La necesito ya. ¿Se puede comprar directamente al fabricante?

—Solo tratan con distribuidores. De todas formas, creo que la fábrica está en el norte. Desde luego, antes de dos días no creo que la tuviera, contando con que hiciera usted misma el viaje.

Sara apretó los puños y dio una vuelta por la tienda. No tenía mucho tiempo para pensarlo. No merecía la pena empeñarse en que fuera amarilla. Además, siempre podría pintar la bici luego, como hacían otros.

—Me quedo la gris —dijo Sara resuelta.

—¿Modelo básico? ¿Sin…

—Esta misma me vale —dijo probando el manillar.

—Aunque está perfecta, le haré un descuento de cien euros por ser del expositor.

—¿Cuánto cuesta?

—Con el descuento se le queda en 3.100 euros.

Sara dio un respingo que advirtió la dependienta.

—Debe tener en cuenta que Mendiz es una marca para profesionales. Solo fabrica máquinas de alto rendimiento, con materiales de…

—Lo hablaré con mi marido —dijo Sara de camino hacia la puerta.

—Si lo prefiere hay modelos inferiores. No lo notará, sobre todo si está empezando.

Sara se marchó sin despedirse.

 

1.020 euros era el saldo que tenía en su cuenta personal. En cuanto llegó a casa se conectó a Internet y consultó el saldo de la cuenta que tenían a nombre de Sergio. Había 2.630 euros que crecían gracias a las aportaciones de un fondo de inversión que Ramón tenía contratado. Sara transfirió 2.500 euros de la cuenta del niño a la suya, con lo que su saldo final era de 3.520 euros, perfecto por si quería algún complemento más para la bicicleta.

Aquella misma tarde, Sara salió de la tienda pedaleando en su nueva RX10 color gris metalizado, casco aerodinámico y maillot amarillo. Tardó unos minutos en hacerse a las marchas, pero en media hora ya recorría las grandes avenidas a toda velocidad, sorteaba a los coches con peligrosa confianza y se subía a las aceras para unirse a pequeños grupos de ciclistas que paseaban entre los peatones. Se fijaba en las rodillas de todos ellos y su mano palpaba de vez en cuando la navaja que llevaba en el bolsillo del pantalón. Llegó a conversar con un ciclista joven, marca desconocida, pero color gris metalizado, lo que le confirmó que los deportistas se juntaban por afinidades estéticas. Charla trivial sobre recorridos y zonas de carril bici; estaba claro que el chico solo pretendía ligar. Sus dos rodillas estaban en perfecto estado, así que, en cuanto pudo, Sara se deshizo de él.

Por la noche, antes de volver a casa decidió resolver el problema del color. Entró en unos «chinos» y compró un espray de pintura amarilla. No era el tono exacto pero sería más efectivo que el gris estándar de ahora. También compró una cadena y un candado. Al salir de la tienda, buscó una calle discreta. Aparcó la bici en el centro de la acera y comenzó a rociarla de amarillo. Al principio resultaba fácil con las partes centrales del chasis, pero en cuanto se acercaba a los pedales o a las ruedas, la pintura también actuaba y la bici se fue convirtiendo en un extraño objeto de circo. Tuvo además que aplicar un par de capas para que el color resaltara del todo, y hasta el manillar y el sillín quedaron parcialmente tintados, por no hablar de las manos, la ropa y su pelo. Al acabar la operación y contemplar el desaguisado, se dio cuenta de que aquello nunca funcionaría: era una perfecta horterada y hasta la marca había quedado oculta. Le entraron ganas de llorar. No podía permitirse comprar otra. Como mucho podría intentar teñir con espray negro las ruedas y las demás partes oscuras, pero ya habían cerrado todas las tiendas. Tiró el bote de pintura a la basura y encadenó la bici a la farola más cercana.

Estuvo dentro de la bañera más de una hora, dejando que el agua caliente, casi hirviendo, disolviera la pintura de sus manos, del pelo y parte de la frente. Pero entre los efluvios del vapor y el cansancio, se quedó dormida. Cuando Ramón llegó del hospital y la vio allí, inerte, se temió lo peor. Sara se despertó chillando cuando sintió los brazos de su marido tirando de ella. Ramón la ayudó a salir de la bañera y la envolvió en una toalla. Se tomaron las pastillas y durmieron juntos, abrazados toda la noche.

Por la mañana, debido a la medicación o por haber descansado de un tirón, Sara se encontraba en el momento más lúcido de los últimos días. Bajó a la calle e hizo frente a su propia locura al contemplar la ridícula bicicleta tintada de amarillo. Se le vinieron de golpe cientos de recuerdos de su hijo, buenos y malos: canciones susurradas, peleas por los mocos, la operación de fimosis, la graduación de la guardería con el birrete roto, la eterna colección de Bob Esponja… Mi niño… lloraba como despertando de un mal sueño. Anhelaba estar a su lado y abrazarlo, regalarle sus dos ojos si fuera posible… Y de pronto le vio, detenido ante el semáforo. Al asesino con casco aerodinámico, Mendiz amarilla limón y rodilla con raspón cicatrizado. Sara gritó horrorizada cuando el ciclista le guiñó un ojo y le sonrió. Con manos temblorosas sacó la llave y quitó el candado de la cadena. El semáforo se abrió y el ciclista se despidió con un beso. Sara tiró la cadena al suelo y se montó en la bici. Le costó mucho meter una marcha corta que le permitiera acelerar, pero tras unos bandazos se introdujo entre el tráfico. Veía el casco del ciclista a lo lejos, por encima de las capotas de los coches. Al aproximarse a él, Sara apenas era consciente de los vehículos, que le pitaban mientras se enhebraba entre ellos. El semáforo estaba a punto de cerrarse y Sara se subió a la acera para continuar la persecución por la calle donde vio girar al sonriente asesino. Al incorporarse a la circulación, un coche colisionó contra ella, la tiró al suelo y pisó parte de la rueda trasera. El conductor se bajó a socorrerla junto con una chica, pero Sara se levantó veloz, con un codo sangrando y leves rasguños en las rodillas. No atendía ni a las palabras ni a las recomendaciones que le hacían, solo le preocupaba volver a divisar al ciclista. Cogió la bici y, al montarse, advirtió una ligera desviación en el eje trasero que dificultaba el cambio de las marchas. Aun así, salió disparada hacia el final de la calle por la que el ciclista debería de haber girado. Al llegar allí no había rastro de él. A Sara se le hizo un nudo en la garganta. Luego la rabia se transformó en coraje y se puso en marcha de nuevo, dispuesta a recorrer la ciudad entera. Primero las grandes arterias a velocidad de vértigo, sin límites, sin nadie más que ella y él en un duelo a muerte. Algunas apariciones inopinadas del casco del ciclista a lo lejos, motivaban los ansiosos y crecientes pedaleos de ella.

Una hora después, cuando los desencuentros se hicieron constantes, Sara aceleró aún más para cubrir todos los barrios posibles, para intentar estar en toda la ciudad a la vez, en cada calle…

Finalmente quedó exhausta por el esfuerzo y se detuvo con las piernas rígidas, incapaces de sostenerla. No pudo evitar una triste carcajada al descubrir que estaba en la calle del colegio de Sergio, justo donde comenzó la búsqueda… Y donde debía terminar. En cuanto recuperara el aliento y pudiera flexionar las piernas, abandonaría la bici en medio de la calle y cogería un taxi hacia el hospital. Pero durante la última bocanada de aire, inspiración profunda, le vio. Estaba allí, en el kiosco, subido en su bici amarilla limón, con un pie en tierra, hojeando una revista. A Sara le tembló todo el cuerpo, tragó saliva seca y se llevó instintivamente la mano al pantalón. A la navaja. La sacó con manos torpes y se le cayó al suelo. Él seguía enfrascado en la revista. Sara se bajó de la bici, recuperó la navaja e intentó sacar la hoja, pero estaba aterrorizada y solo acertó a sacar la punta del sacacorchos. Con eso valdría. Se montó sigilosamente en la bici y comenzó a pedalear hacia el kiosco. Despacio, sin apenas escucharse la cadena, aprovechando la leve pendiente. Cuando estaba a menos de quince metros de distancia, apretó la navaja, con la punta hacia delante, como en un duelo medieval, y aplicó todas las fuerzas que le quedaban para pedalear a máxima velocidad. Diez metros. Esquivó por milímetros a una pareja. Cinco metros. Rozó con el manillar en el brazo de una chica. Tres metros. Gritos a su alrededor. Un metro. La sonrisa del ciclista, dedicada a ella. Y un guiño. Sara apuntó con el sacacorchos y se abalanzó contra él, en realidad contra la puerta acristalada del kiosco que devolvía el reflejo de ella: una ciclista con bici amarilla y sonrisa de victoria. Rompió la cristalera y rebotó contra el suelo, enterrándose bajo su propia bicicleta, hierrajos amarillos aderezados con trocitos de vidrio. La gente chillaba espantada.

Sara murmuró algo, apenas comprensible. Tenía la mirada puesta en uno de los cristales del escaparate, centrada en su propio reflejo, al que sonreía con sus dientes enrojecidos.

—Te pillé… —susurró con sonrisa enferma, pura desolación. Luego apretó con firmeza la navaja y se clavó la punta del sacacorchos en el ojo izquierdo. Mientras gritaba, pensó que por fin alcanzaría un poco de paz.

© Copyright de Fernando Cámara para NGC 3660, Diciembre 2017

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