La bestia – Reed.

 

Por J.E. Álamo

Informe 11235813. 1/11/ 2017

A las 03.13 horas del viernes uno de Noviembre de 2007, el agente de servicio, Javier Aguirre Pérez, constató la recepción de una llamada efectuada por una persona que se negó a identificarse. Dicha persona declaró, que su esposa estaba muerta. Antes de cortar la llamada, el agente de servicio asegura que el comunicante comenzó a reírse de manera estridente.

Sorbe el café torciendo el gesto, demasiado caliente. Lo deja sobre la mesa y enciende un pitillo. Luego retoma las hojas del informe.

…se identificó a Eusebio Martínez Aranero como titular del número desde el que se recibió la llamada, procediéndose a enviar una patrulla a su lugar de residencia, en una urbanización conocida como Las Lomas.

Los agentes declaran que el citado Eusebio Martínez Aranero estaba sentado en la puerta de entrada a su chalet, cubierto de sangre y otros restos orgánicos. Se han remitido muestras al laboratorio para su análisis. El sospechoso se negó a contestar cualquier pregunta mientras tarareaba una canción infantil: «Duérmete niña, duérmete ya o vendrá el coco y te comerá…».

Uno de los agentes se lo había contado con voz agolpada mientras aguantaba un temblor en los labios. Le impresionó. Rafael Ortiz no era precisamente un novato, llevaba veinte años en el cuerpo.

—El hijo puta no dejó de cantar; ni siquiera nos miró, sólo cantaba con esa estúpida sonrisilla en la boca. Luego le preguntamos por su esposa, Eva o Irene, no recuerdo bien y señaló hacia la casa. Te juro Tomás que si llego a saber lo que nos íbamos a encontrar… —La voz se interrumpe unos instantes. —Hablamos con una vecina, Ana Martínez, que nos comentó que Eva, eso es, se llamaba Eva, estaba embarazada de apenas unas semanas; también mencionó a un chico joven que visitaba a Eva cuando su marido no estaba, y…

El resto de la conversación no aportó demasiado, pero el agente Ortiz necesitaba hablar y Tomás le había permitido hacerlo.

Múltiples heridas en tórax y extremidades, ninguna mortal de necesidad…

«La torturó con saña», piensa mientras sorbe el café ya más templado.

Cabello arrancado de raíz. Amputación de las orejas y nariz.

Echa el humo por la nariz ruidosamente.

El forense determinó que la víctima, Eva Santamaría Estruch, sufrió torturas durante dos días y que el verdugo le prestó atención sanitaria con el objeto de prolongar el tormento.

Las atrocidades se sucedían a lo largo de varias hojas: amputación de dedos, desgarros, pellizcos, fracturas, quemaduras…

Cuando llamó a Kiko, uno de los enfermeros de urgencias que acudieron a la escena de crimen y al que conocía desde hace tiempo, la conversación fue aún más reveladora que el informe.

—La hostia Tomás, te juro que fue la hostia. Mira que he visto cosas, pero nada como esto. ¡Joder, uno de los médicos se puso a vomitar! ¡Pero si el hijo puta ese abrió a la pobre mujer en canal y se comió el corazón!! Te lo juro macho, le abrió el pecho como los mayas o los aztecas o los que fueran, le sacó el corazón y se lio a mordiscos con él. Encontramos la mitad tirada al lado del cadáver. Un monstruo, coño, como los de las películas. Nunca creí que…

Repentinamente el sospechoso es presa de una gran agitación: grita y corre de un lado para otro intentando acceder al interior de la vivienda. Los agentes se lo impiden para evitar que altere el escenario del crimen. Los servicios médicos de urgencia lo sedaron…

—Se puso como loco, empezó a gritar y a llorar llamando a su esposa. ¡Será cabrón! Le pusimos un sedante, por mí le hubiera clavado una sobredosis y a tomar por culo…

Interrumpe al enfermero y la da las gracias. Luego, deja sus papeles sobre la mesa y se enciende otro pitillo. Exhala una buena bocanada de humo mientras murmura en voz alta:

—Monstruos. Haberlos haylos.

Tuerce el labio, alejando un recuerdo, y vuelve a coger las hojas.

El sospechoso se declara inocente del crimen y afirma que ha sido obra de una bestia, de un demonio que vive en su sombra…

Locura, enajenación. Quizás estuviera preparando ya su defensa. De poco le iba a servir, dos días de brutalidades apenas sostienen la alegación de un arrebato.

Una bestia que vive en su sombra… Tomás siente un ramalazo de melancolía al recordar las historias de su abuela Carmen sobre el ángel que vive en la luz de nuestra inocencia.

—Él te protegerá cuando tú no seas capaz.

—Unos tienen ángeles y otros demonios, —susurra Tomás mientras ríe con aspereza y aprieta el paquete de tabaco en el bolsillo de la chaqueta. Le deben quedar tres, no, cuatro pitillos. Aguanta las ganas de encenderse otro, el paquete le tiene que durar lo que queda de día, es el segundo que compra. Se levanta con el pecho prieto; va a enfrentarse al monstruo.

El sospechoso afirma que el demonio, «Alastor», ha vivido siempre en su sombra, que es la parte oscura del alma de un hombre. Era la primera vez que Alastor salía a la luz, que él recordara. No ha sido capaz o no ha querido describir al imaginario ser.

—Ellos se alimentan de nuestros actos, cariño, —le aclaró un día su abuela Elisa—. Nada es casual pero tampoco hay nada escrito, escribimos al vivir. Cuida de tu ángel.

Tomás recibió una llamada mientras leía el informe.

—Hay que evitar como sea que alegue locura o una de esas polladas. —La petición, más bien orden, viene de arriba, muy arriba—. Está limpio de drogas y alcohol y tampoco hay constancia de trastornos mentales, así que lo tiene jodido. Consiga una confesión, una que demuestre que el cabronazo era consciente de lo que hacía.

La llamada había sido un monólogo, pero Tomás no necesitaba hacer preguntas: la víctima era hija de un pez gordo y el pez gordo quería justicia, o mejor dicho, venganza. Tomás estaba más que dispuesto a complacerle.

El sospechoso se niega a responder a más preguntas. Se le traslada a la sala de interrogatorios 314 para ser entrevistado por el subinspector Tomás Peña Gorbea.

Tamborilea los dedos sobre la formica de la mesa de interrogatorios, mientras simula concentrarse en las páginas que tiene delante, luego sonríe con cinismo.

—¿Esta es su historia? —Sacude el informe como si quisiera alejar un mal olor. Hay un mal olor, procede del otro: la peste del miedo.

—¿Llega a casa, discute con su mujer y, de pronto, una bestia que habita en su sombra surge para torturar y asesinarla?

Tomás menea la cabeza acomodando su corpulento cuerpo a la dura silla. No es la primera vez que lidia con un chiflado, aunque nunca se ha enfrentado a un crimen tan brutal. El otro sigue cabizbajo: un rostro cetrino, de mirada agitada, inmerso en una pesadilla de la que probablemente reza por despertar. Es una reacción que Tomás ha visto en otras ocasiones.

—Yo también he pasado por ahí. —El tono más suave, menos escéptico, busca la atención del otro, ganar su confianza—. No hace falta culpar a una bestia, te comprendo. Tu mujer te la pegaba con otro tipo, uno más joven. Hostia, es para perder la cabeza.

Un demonio en su sombra.

«A mí me protegía un ángel de todo mal cuando era un niño. A veces, si me esforzaba, podía verlo: era todo luz con alas inmensas de plumas blancas… Era mío, sólo mío y jamás me abandonaría. Lo enviaban Papá y Mamá desde el cielo… Nunca me sirvió de nada, abuela, como los peluches a los que uno se abraza esperando espantar al monstruo que acecha en los rincones. Me decías que lo alimentara, que creyera en él, pero te fuiste y me quedé solo».

Tomás advierte que el otro, está aterrorizado y no deja de mirar a todas partes. Decide cambiar de táctica.

—¿Un cigarrillo? —Decide dejar de reprenderle—. Sí ya sé que está prohibido pero, ¡qué diablos! no creo que eso deba preocuparnos. —Los pitillos despiden humo azulado y envuelven el silencio en algodón.

Tomás palpa el paquete distraídamente. «Sólo dos», piensa. «Acabaré comprando otro».

—Perdiste el control amigo, —continúa con suavidad—. Ella estaba embarazada, pero sospechas que el bebé no era tuyo. Debió ser un golpe duro, una putada gorda, te comprendo.

«La locura del engaño, sí. La carnicería no, eso jamás podré entenderlo. Tendré pesadillas con lo que este animal le hizo a su mujer».

El otro cala del cigarrillo como si quisiera perderse entre el humo. Tomás le oye musitar algo. Se inclina para oírle con la esperanza de que se delate.

—Ya viene, ya viene…y te toca a ti.

El recuerdo le abofetea arrancando el cinismo de la comisura de sus labios. Esa letanía le transporta a sus años olvidados, al miedo cerval, a la desesperada creencia de que sería salvado en el último instante.

—Ya viene, ya viene…—El susurro agitaba sus alas sobre el dormitorio del orfanato que compartía con ocho niños más—. Ya viene, ya viene…

Sólo cabía rezar para que no te tocara a ti esa noche.

Nunca fue salvado en el último instante. Tampoco hubo último instante, simplemente el infierno se diluyó en la huida del tiempo hacia adelante.

—Ya está bien. —Pega una palmada irritada sobre la mesa y se inclina hacia delante.

El sospechoso se ha callado. Tiene el rostro agachado y le cae el flequillo generoso sobre los ojos; sus manos pálidas de finas venas azuladas, le tiemblan ligeramente. Tomás piensa que quizás esté a punto de conseguir una confesión.

—Venga, desahóguese. Se sentirá mejor. Todos perdemos los nervios de vez en cuando. Si confiesa, el juez lo tendrá en cuenta.

El sospechoso levanta lentamente la cabeza. Tomás enarca las cejas en un intento de mostrarle su simpatía. Cuando el otro le mira y sonríe mostrando los dientes, Tomás empieza a gritar.

 

Informe 1618, 1/11/2017

A las 6:00 horas se produce una conmoción en la sala de interrogatorios 314. Los agentes Martínez y Simón derriban la puerta, que se halla obstruida, y encuentran en su interior al subinspector Tomás Peña, inconsciente; al sospechoso de asesinato, Eusebio Martínez Aranero, muerto, y el cadáver de un animal, un perro o un lobo, (todavía por confirmar), de considerable tamaño.

El subinspector Tomás Peña sufre algunas contusiones y amnesia temporal. El sospechoso Eusebio Martínez falleció debido a una hemorragia atribuida a la fiera, y ésta fue degollada.

—¿Es todo?  —pregunta, ceñudo, el comisario Bailach—. ¿Quiere decir que se cuela en comisaría una especie de bestia salvaje, llega hasta una sala de interrogatorio sin que nadie la vea, alguien la degüella y ya está? ¿Y el subinspector qué dice?

Los agentes Martínez y Simón se encogen de hombros.

—No mucho, señor; el médico dice que es posible que con el tiempo el subinspector recupere la memoria y podamos averiguar lo ocurrido.

El comisario se acaricia el mentón, luego mira con intensidad a los dos agentes.

—Esto no saldrá de aquí, ¿de acuerdo? La versión es que el sospechoso atacó al subinspector Peña, hubo una pelea y punto. Nada de perros o lobos muertos, ni cosas por el estilo.

Los dos agentes asienten sin vacilar.

—De acuerdo, ahora váyanse a casa, tómense el día libre.

Tras saludar y dar las gracias, los dos salen al pasillo.

—Van a echarle tierra al tema.

—Con el hijo puta ese muerto, no hay por qué menear la mierda. Además, demasiadas preguntas para las que no tenemos respuestas.

—Ya, pero todo esto es tan extraño.

—Sí, pues imagínate si le llegamos a contar lo de la pluma. Una pluma de casi dos metros de longitud. Me pareció que lo mejor era estar calladito.

—¿Qué pasó con ella?

—Intenté quitársela, pero fue imposible. La abrazaba como un chiquillo a su peluche favorito. Y sonreía, estaba lleno de sangre, pero te juro que Tomás sonreía. —Estiró el cuello en busca del aire que súbitamente la faltaba—. Luego la pluma desapareció, simplemente dejó de estar.

—Mejor no decir nada.

—Eso mismo pensé yo.

—¿Una copa?

—Sí, creo que me vendrá bien.

© Copyright de J.E. Álamo para NGC 3660, Noviembre 2017

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