Días de berzas y azares

 

Por Juan Antonio Fernández Madrigal

Ante las berzas, el corazón del soldado presto a caer roto frente al abismo. Ante la semilla que no explota, el corazón del soldado dispuesto a absorber la onda expansiva sin perder la compostura. Ante las berzas, el soldado descompuesto.

La Reina espera en su Torre de piedra, sola, sola ahora, y muestra la frialdad cardíaca que la caracteriza mientras el soldado se acerca a preguntarle por qué. El soldado que una vez ya se acercó y fue despachado con burdas misivas, incomprensible, vuelve, quiere él por poco tiempo, a probar la fuerza de su armadura contra el plato de berzas repleto.

El Rey hace su movimiento.

La Reina espera y no dice nada, pues es siempre el Soldado el que dice nada y todo y eso no cambiará.

Pero el soldado ha cambiado y la Reina quizá sí o quizá no o quizá no importe, aunque seguramente da igual. El soldado se acerca a la Torre, pero al menos cabe pensar que sus motivos son tan secretos que sería mejor no descifrarlos.

El Rey se acerca.

Cuando el corazón cayó roto, mucho cayó roto, no solo el corazón. Ahora el camino se ha alargado detrás del soldado, repleto de encrucijadas, ataques, evasivas, estrategias sorteadas, y el soldado ya no piensa en la Torre, sino en otra torre de un material más blanco, y entonces, os preguntaréis, ¿cuál es el porqué del soldado?

El porqué del soldado es muy simple: tiene que ver con la escasez de olvido y con la permanencia de las berzas y con la remanencia de ciertas dudas.

El porqué del soldado es muy extraño: tiene que ver con el miedo a él y con la chispa adecuada y con la necesidad, pero también el deseo.

El porqué del soldado es como todos los porqués: solo es.

La Reina espera en su Torre mientras el soldado se acerca, pero es extraño, porque el sendero que sigue el soldado quizás se vuelva a bifurcar justo antes de llegar y se aleje. O quizás no. El soldado no quiere ser juzgado por aplicar el azar.

El sendero del soldado se llama Renuncia, pero también Frío y Sensatez.

Una vez el sendero del soldado se internó en la Torre para preguntar por qué. La Reina le acompañó hasta la puerta después de guardar mucho silencio y le hizo esperar. La orden que dio desde la penumbra fue oída y el Caballero atravesó el corazón del soldado con su sable oxidado cuya superficie era ella.

Una vez el soldado no se había puesto la armadura y su corazón fue rajado limpiamente.

Una vez el soldado asió con sus propias manos la espada e intentó hacerse uno con ella y lo consiguió y se transformó en junco.

Una vez el soldado comenzó a aprender a ser junco y a doblarse.

Una vez el soldado solo era un soldado.

Ahora el soldado es Rey.

El Rey es el que ahora espera.

© Copyright de Juan Antonio Fernández Madrigal para NGC 3660, Septiembre 2018

Anuncios