Las artimañas de la muerte – Reed.

 

Por J. Javier Arnau

I.

La orquesta del reino de Sulimanedria tocaba un lento vals.

La fiesta era un derroche de lujo y fantasía, un regalo para los sentidos.

Las mujeres —y algunos hombres— exhibían grandes diamantes, estrafalarios sombreros, largos collares de perlas —cosechadas por los delfines amaestrados de sus costas—, caros vestidos tejidos por los simios de sus talleres, y miles de complementos más, a cada cual más innecesario y estrafalario.

Aeronaves de todos los tamaños, desde unipersonales, hasta trolebuses espaciales, pugnaban por aterrizar en el aeropuerto del castillo, como una plaga de langostas lanzándose hacia una cosecha. Pero el humor dentro de la sala era sombrío. Conforme iban llegando los asistentes se les pasaba a salas de las que no podían salir, y eran obligados a bailar.

Era una fiesta organizada por la Muerte, la gran podadora de almas.

En aquel reino, hacía tiempo que se le había declarado la guerra a la Muerte, y ésta había tenido que encontrar nuevos métodos para seguir con su tarea impuesta desde las más altas esferas. Por eso organizó esta megafiesta; por eso había emponzoñado las poncheras con un sutil toque de cicuta. Así, a la hora señalada para la gran sorpresa, la Muerte se presentó en la sala, con un maletín en la mano. Lo abrió, y empezó a pasar lista. Tal como eran nombrados, los asistentes eran acompañados por los sirvientes por unas puertas camufladas al fondo de la sala de baile. Y ese era el fin de la fiesta.

Así la Muerte volvió a sus tareas, el equilibrio se recuperó, y el reino de Sulimanedria purgó sus pecados.

II.

Aquella fecha estaba marcada a fuego y sangre en el calendario de la Muerte, la gran podadora de vidas, la cosechadora de almas, la regente del reino de tinieblas.

Nadie en la Tierra estaba de humor.

Sabían, todas las especies, desde los más simples insectos, hasta los más sofisticados delfines, que, cual plaga, la muerte se abatiría sobre ellos. Las orquestas tocaban tristes adagios, las banderas ondeaban a media asta, incluso las bombillas, con sus vestidos de guirnaldas y globos, parpadeaban a media luz, una luz a veces diamantina, a veces apagada.

Para el resto de planetas de la confederación, el exterminio de ese planeta era como un regalo, como paladear un banquete a base de carnes de brouf salvaje, sazonado con unas pizcas de cicuta, y toques de arsénico. Los sobornos circularon, los maletines cambiaron de mano, y todo se decidió en un instante, para los parámetros de espacio tiempo que manejaban aquellos seres. La potente flota de aeronaves arrasó la Tierra.

La Muerte tachó esa fecha de su calendario, y trasladó a su reino las orquestas fúnebres, diamantes sin tallar, y algunas bagatelas más que le fueron dadas como prebendas por su colaboración en la desaparición de aquel molesto planeta, dominado por simios y delfines.

© Copyright de J. Javier Arnau para NGC 3660, Octubre 2017

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