Archivos de memoria

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por Raelana Dsagan

Algunas veces ordeno a mis archivos de memoria que recuperen la información de aquellos primeros días, al principio de todo, cuando la cadena de montaje aún funcionaba y percibíamos su sonido monótono que no se detenía nunca. Nos habían apartado de ella sin llegar al final. Los motivos eran distintos y no teníamos suficiente información para analizar los de cada uno de nosotros. Algún tornillo torcido, una pieza mal recortada, un circuito mal conectado. No éramos perfectos y nos destinaban a la cuba de reciclaje, a esperar el momento en que nos fundieran de nuevo, porque defectuosos no servíamos para nada.

Nos amontonábamos allí, unos sobre otros, la mayoría desconectados. Solo unos pocos teníamos los niveles de conciencia activos durante un tiempo, después terminaban por apagarse. En nuestra cuba solo tú y yo. Cada nueve unidades de tiempo nos movíamos para que el peso de las toneladas de metal no nos aplastara; los sensores estaban siempre encendidos, dispuestos a captar cualquier anomalía. No todo funcionaba bien y lo sabíamos, pero estábamos juntos. Un día las luces de tus sensores empezaron a parpadear, tus engranajes se empezaron a mover con más lentitud, tu nivel de conciencia se fue reduciendo poco a poco, hasta -1. Te apagaste. Entonces me quedé solo. Mis circuitos continuaron funcionando. No dejaron de hacerlo nunca. A veces intentaba analizar por qué, pero mi procesador se bloqueaba antes de obtener resultados.

Las unidades de tiempo transcurrían. Lo notaba cuando revisaba los engranajes. Se van oxidando poco a poco, se embotan. Solo el procesador que gestiona los niveles de conciencia permanece activo y no se deteriora. ¿Qué fue de los androides que no desecharon? Los que avanzaron hasta el final de la cadena de montaje hasta estar completos. Los androides brillantes. ¿Realmente somos tan distintos? No puedo establecer niveles de comparación. No los he llegado a ver y ahora solo quedamos nosotros.

Cuando nuestra cuba de reciclaje estuvo completa empezaron a llenar otra. La detectaba al lado de la pared de acero. Percibía los golpes. Placas de metal chocando entre sí, moviéndose. Me preguntaba si habría alguien con la conciencia activa al otro lado, incluso analicé las posibilidades de salir de la cuba y buscarlo, pero los resultados fueron negativos. Entonces no tenía piernas para poder trepar, las que tengo ahora son recicladas de otro androide. Analicé la posibilidad de impulsarme con los brazos, pero mi fuerza era insuficiente para lograr resultados positivos.

Se hizo el silencio. Las unidades de tiempo seguían transcurriendo, pero desde entonces ya no hubo golpes, ningún sonido ni lecturas de calor en el exterior. Mis sensores no detectaban formas de vida evolucionadas de nivel tres; las máquinas de la cadena de montaje se habían detenido, los androides completos tampoco estaban allí. Se habían ido todos. No iban a reciclarnos. No nos fundirían para hacernos de nuevo y que esta vez fuéramos perfectos. Tampoco nos habían dado ninguna orden. No nos dijeron que nos quedáramos allí. No éramos nada. De todos los que me rodeaban, solo yo tenía la conciencia activa.

Las lecturas de mis sensores eran correctas. Funcionaban. Hice cálculos, analicé todas las posibilidades, calculé la presión que necesitaba dar a mis brazos para subir entre las placas de metal. Mis compañeros desechados. Necesitaba demasiada fuerza y mis circuitos no eran capaces de producirla.

Mi cuerpo era frágil. Las posibilidades de que me descompusiera y me hiciera pedazos eran del setenta y cuatro por ciento. Y estabas tú. No podía arrastrarte conmigo…. Dejarte atrás… El único ente con el que había establecido comunicación. Analicé las posibilidades de ponerte de nuevo en funcionamiento. Eran muy pocas. No tenía conocimientos ni herramientas adecuadas para hacerlo. De todas formas lo intenté. No lo conseguí. Y me fui oxidando poco a poco. A tu lado. A veces mi conciencia bajaba a niveles negativos y el tiempo se convertía en un agujero negro. Algún fallo en los circuitos o en el generador de energía. Eran lógicos. Nunca he funcionado del todo bien. Era previsible que dejara de moverme poco a poco, como les había pasado a los demás.

Era lo correcto.

Pero mis sensores nunca se apagaron del todo. Mi conciencia volvía a activarse y subía a niveles positivos después de indeterminadas unidades de tiempo.

Regresó el ruido. Mis sensores comenzaron a detectar un aumento en la intensidad del calor exterior. Formas de vida evolucionadas de nivel tres que se movían a alta velocidad. Creadores. No eran como nosotros. No eran androides completos. Tenían que ser ellos. Volverían a poner en marcha la cadena de montaje. Nos reducirían a metal líquido y nos crearían de nuevo, como debía ser. Uno de ellos se acercó al borde de la cuba de reciclaje y se asomó. Me miró. Yo giré mi cuerpo hacia él.

—¡Eh! ¡Aquí uno se mueve! —gritó. Fue la primera vez que percibí la voz de un creador.

Hicieron ruido. Mucho ruido. Se acercaron a la cuba. Entonces mis circuitos pasaron automáticamente al modo de alerta. No quería separarme de ti. Agarré tu brazo con el mío. Muy fuerte. El óxido hacía que pareciera que nuestros brazos estaban agarrotados en esa posición. Nos llevaron a los dos juntos. Se llevaron a muchos otros. Los extendieron sobre la cadena de montaje, que no habían vuelto a poner en marcha. Los descompusieron en pequeñas piezas, amontonaron los tornillos, las placas, los circuitos. Me daban palmadas en la espalda, porque mis sensores lo detectaban todo. Eran palmadas que no hacían daño y no me ordenaban que borrara la información.

La cadena de montaje también estaba llena de manchas de óxido. Nos tendieron sobre ella a nosotros también. Tú y yo juntos. Nos abrieron. Tocaron nuestros circuitos. No te solté. Lo intentaron, pero no lo hice. No iban a separarnos.

Me acoplaron dos largas piernas. Estos apéndices extraños que no encajan del todo con el diseño del resto de mi cuerpo, pero que me sostienen. Durante sesenta unidades de tiempo estuvieron reparando mis circuitos hasta que dejé de tener espacios en negro. Nunca he sido brillante. Me engrasaron. Ahora chirrío un poco y las manchas de óxido siguen cubriendo mi cuerpo. Me pidieron que te soltara. Nunca antes me habían dado una orden directa y algo dentro de mí me obligó a obedecerles. No quería. Me dijeron que te pondrían de nuevo en funcionamiento, igual que estaban haciendo con otros androides tullidos. Desechos puestos de pie y observando el mundo por primera vez.

Como yo.

Era imposible analizar la mente de un creador. Estaba llena de comportamientos erráticos. Ya no les importaba que no fuéramos perfectos y nos montaban ellos mismos y no las máquinas de la cadena de montaje. Las máquinas lo hacen mejor, son más precisas. Máquinas montando máquinas, es lo que debería ser, pero eran sus manos de carne las que trasteaban en nuestros circuitos. Ya no había androides para reciclar, las cubas quedaron vacías. Te implantaron un nuevo procesador de memoria y la electricidad volvió a recorrer tus engranajes. Tus sensores se iluminaron y examinaron todo lo que te rodeaba. Todo era nuevo y extraño. También yo. No supe explicarte nada, pensé que era algo positivo porque los dos teníamos la conciencia en niveles activos y estábamos juntos.

Había un mundo fuera de la cadena de montaje. Un mundo lleno de las obras de los creadores que se habían desmoronado, de dispositivos automáticos que ya no funcionaban, un mundo donde nos miraban como al recuerdo de épocas pasadas. Los androides perfectos habían desaparecido. Ya no estaban. Solo quedábamos nosotros. Y a los creadores ya no les preocupaba que estuviéramos oxidados.

Nos separamos. Por primera vez. Con la esperanza de volver a encontrarnos dentro de un millar de unidades de tiempo, como así ha sido. Éramos muy pocos y teníamos que dividirnos, solo un androide con cada grupo de creadores. Nos lo ordenaron así. Había más cadenas de montaje, más centros de reciclaje, más cubas llenas de piezas inservibles. A veces el trabajo no obtenía resultados positivos y los androides defectuosos no funcionaban. El nivel de la presión arterial de los creadores subía entonces, sus pulsaciones se aceleraban, desprendían más calor y aumentaban su fuerza. Golpeaban alguna superficie dura y se hacían daño. A veces se ocupaban de mí. Cambiaban mis piezas más oxidadas. Nunca he dejado de funcionar. Quizás sea yo el único que ha estado siempre en funcionamiento, el único que conserva intactos todos los archivos de memoria.

El único que recuerda.

El mundo de los creadores era enorme y de metal, y apenas detectaba formas de vida. Los creadores eran tan escasos como nosotros, aunque alguna vez fueran millones, y se movían constantemente, aparentemente sin rumbo. Iban de un lado a otro mientras mis sensores seguían sus movimientos. No me movía si no me lo ordenaban. También nosotros fuimos millones alguna vez. Nosotros no. Los androides perfectos. Ese mundo había desaparecido y solo quedaban creadores confusos, androides tullidos y paredes de metal vacías. ¿Encontraste algo caminando entre ellas? Todo lo que captaban mis sensores era desconocido, también lo era dejar que fueras tú quien me guiara a través de estos pasillos. El lugar al que nos llevaron después de reunirnos a todos de nuevo y del que ya no salimos nunca.

Los creadores decían que ya no eres tú, que el procesador que te habían implantado era el de otro androide, igual que mis piernas no son realmente mis piernas. Tal vez por eso tus archivos de memoria no me recuerdan. El procesador de tu nueva conciencia siempre ha estado inactivo, hasta que los creadores lo pusieron en funcionamiento. Sin embargo me coges de la mano, me llevas contigo, como si tu memoria me recordara. No es así.

Nos reunimos con los demás. Éramos tan pocos. Los creadores entraban y salían, nos preocupaba que desaparecieran de nuevo. Que nos desecharan. No podían hacerlo, nos necesitaban, por eso nos buscaron y nos repararon. Nos necesitaban aunque chirriáramos y nos apagáramos de vez en cuando. Vivíamos para ellos, analizando cada vez que sus constantes vitales se alteraban. Cada vez con más facilidad. Se deterioraban. Nosotros podemos permanecer más tiempo, mientras no nos oxidemos del todo. Mientras nuestra conciencia no se desactive.

Encerrados en este lugar, cada vez nos buscamos más a menudo y nos quedamos los unos junto a los otros. Quizás nuestros archivos de memoria recuerdan aquellos días en los que nos apilábamos en los contenedores de reciclaje, todos juntos, y pensamos que es así como debemos estar.

No nos dieron más órdenes. A veces alguno de nosotros se quedaba parado, su nivel de conciencia bajaba y los circuitos dejaban de funcionar. Avisábamos al creador, que lo volvía a poner en marcha. Su cuerpo de carne transpiraba, su pulso se aceleraba. Me miraba fijamente. Sabía que mis archivos de memoria estaban intactos, que recuerdo cómo era el mundo, cómo debería ser. Podía comparar lo que ha cambiado, intentar deducir cómo serían las unidades de tiempo que estaban por transcurrir.

El análisis de mi procesador me mostraba un mundo donde estábamos de nuevo solos, donde tus niveles de conciencia volverían a estar en negativo y mis piernas dejarían de moverse. Donde nuestros sensores no captarían vida evolucionada de nivel tres.

Ellos nunca lo supieron. Soy defectuoso. No estaba interpretando bien los resultados, mis análisis tenían que ser erróneos.

Me preguntaban, pero nunca les di las respuestas.

A veces te miro y me pregunto cómo será tener la memoria vacía. Carecer de datos. No saber que el mundo ha cambiado, que mis piernas no son realmente mías. Me pregunto cómo será ver el mundo con sensores nuevos. Nunca lo sabré. Los creadores se acercaron y hurgaron en mis circuitos, solo en los míos, añadieron datos y más datos a mis archivos de memoria. Me implantaron una mano distinta, de apéndices largos y finos. Me acerqué a ti, el primero, me dejaste abrir el acceso a tus circuitos, uní los cables y tus sensores dieron vueltas en círculo. Puedo repararte una y otra vez. Cada vez que lo hago dejas de recordarme.

Pero confías. Todos lo hacen.

Ellos ya no están.

Soy el único que recuerdo. Tengo que hacerlo.

Y os reparo, mientras dejo que mis engranajes se oxiden.

© Copyright de Raelana Dsagan para NGC 3660, Julio 2016