Anomalías sinápticas

 

Por José Jorquera Blanco

Estaba nervioso. Demasiado. Notaba cómo recorría mi cuerpo una extraña corriente eléctrica inexplicable que me hacía temblar ligeramente. ¿Me altero con su presencia? ¿Es este el motivo por el cual siento esos extraños impulsos en mí? ¿Por eso a veces soy incapaz de articular palabra cuando está conmigo? Bien pudieran ser nervios, pero en el fondo siento que es algo más… Presto demasiada atención a cada uno de sus movimientos, no pierdo detalle a sus ojos cada vez que nos cruzamos; todo a causa de una mirada que me parece llena de ternura. Cada vez que nos encontramos y me sonríe, siento un pequeño cosquilleo en mi interior. Las sonrisas que me brinda a diario me hacen feliz. ¿Me agrada de tal forma estar a su lado porque consigue que sea especial? ¿Lo que siento es amor? No lo sé. Pero lo que me aterra es llegar a sentirlo. No sé si estoy preparado para ello. ¿Puedo enamorarme de esta forma?

Aunque la situación es objetivamente compleja, no encuentro ninguna solución o vía factible de actuación. No sé qué es lo que debo de hacer. Ni mucho menos el porqué me pasa esto… nadie me ha explicado nunca que podía llegar a ocurrirme a mí. Sí, ya sé que cuando se habla de estas cosas, de forma automática asumes que eso no te va a llegar a pasar nunca. Así que cuando sucede, el shock es, en verdad, tremendamente impactante. Pienso cada dos por tres en ser capaz de volver atrás en el tiempo para mantener mi existencia solitaria y mecánica; pero caigo en la cuenta de que todo esto que siento desaparecería también. Aun al tener en cuenta toda esa maraña de sensaciones extrañas que recorren mi cuerpo y mi mente, que consiguen que me vuelva loco, todo esto se compensa con las pequeñas perlas de felicidad que me brindan; aplacadas, eso sí, con cierto nerviosismo; ya que consiguen que me sienta torpe y extrañamente contento.

Aunque pudiera, no quisiera deshacerme de esos apreciados y novedosos impulsos en mi cuerpo. He de asumirlo: estoy enamorado.

Me llamo Robert, pero durante toda mi vida me han llamado Rob. Llevo más de once años trabajando en la fábrica de automóviles International Motors Inc., supervisando las instalaciones eléctricas y mecánicas de la fábrica. ¡Todo un operario técnico de primer nivel! Me gusta mi empleo: un trabajo duro y complejo que requiere de un gran esfuerzo físico. A pesar de ello, encuentro una gran satisfacción en lo que hago y pienso que eso es fundamental para el desempeño eficaz de cualquier puesto. Me gusta la lógica de los engranajes y dispositivos. Su simpleza encaja a la perfección, sus mecanismos son tan predecibles que hacen la vida más sencilla y práctica, sin tantas complicaciones…

Exactamente lo contrario que me ocurre ahora mismo. He pasado de la seguridad de lo mecánico a la incertidumbre de aquello que soy incapaz de controlar. El mañana se ha convertido en una verdadera encrucijada.

¿Cuándo empezó todo esto?  Hace menos de un mes me comunicaron que la empresa asignaría a alguien nuevo para mis propios cometidos. Al principio no supe bien cómo reaccionar. ¿Estaría haciendo mal mi trabajo? ¿Qué intención se encontraba tras esta súbita decisión? ¿Querían prescindir de mí? ¿Tendría que enseñar todo lo que sé a mi relevo?

El miedo y la incertidumbre actuaron como un muro de cadmio al principio de la relación. No quería bajar la barrera hasta asegurar mi puesto de trabajo, que estaba amenazado. Me gusta estar aquí, me siento seguro. ¿A dónde iría a parar? ¿Encajaría en otro lugar con tantos años como tengo? ¿Alguien me necesitaría? ¿Y cuál sería mi futuro trabajo? Todo eso rondaba mi cabeza. Parecía un juguete viejo que, a pesar de poder seguir funcionando, era reemplazado por algo más nuevo, mientras que yo permanecería olvidado en un cajón.

Las presentaciones resultaron un tanto frías por mi parte, a pesar de la indiscutible energía que transmitía. Los prejuicios se derrumbaron al descubrir una mente joven, bastante brillante, que despertó mi interés de forma rápida. El entusiasmo que mostró y ese torrente de ardor, la vivacidad de una juventud avasalladora… me impactó; y quizás sería justo decir que me influyó, dotándome de una vitalidad que creía perdida.

Los primeros días me vi superado. No podía competir con el ímpetu y sus ansias de aprenderlo todo. Me sentí derrotado antes de empezar a luchar por mantener mi puesto. La resignación surgió como el moratón de un golpe brusco, doloroso y olvidado. Te sorprendes por su aparición mientras tratas de descubrir su origen pero sin saber cuándo ocurrió realmente. Así me sentía, como si en cualquier momento fuese a descubrir mi aciago destino. A pesar de todo, me gusta transmitir la responsabilidad de un trabajo bien hecho, del necesario cuidado y minuciosidad para que los engranajes funcionen a la perfección. Me esforcé en transmitírselo, como es mi deber. Su forma de tratarme me sorprendió. Me escuchaba con suma atención, no discutía conmigo, me agradecía todas y cada una de las lecciones, por tediosas o largas que fueran. Nunca jamás dejó de sonreírme. No sé por qué, conseguía que me sintiese feliz.

Mi tortura, si podía llamarse así, surgió de una forma tan sencilla que aún ahora me siento aterrado. Después de cambiar los engranajes de una de las cintas transportadoras posó suavemente su mano en mi hombro. Esa sensación de cercanía y aprecio me sobresaltó. El tacto de su piel cálida consiguió que mi brazo hormigueara. De forma inconsciente tomé su mano en la mía y comencé a tocar su brazo cubierto de vello suave y oscuro, que llamó mi atención. Mike me miró con sorpresa y me volvió a sonreír. Avergonzado, retiré la mano rápido y sentí un repentino calor en todo mi cuerpo. ¿Había conseguido ruborizarme? ¿A qué vino este súbito interés por su brazo? ¿Y aquella extraña fascinación? No dejo de preguntarme cada día si esto es algo normal o no. Pero la vergüenza se acrecentó tras lo que ocurrió después.

–¿Qué te pasa Rob? ¡Parece como si nunca hubieses visto vello corporal!

Al notar mi estupor cambió de tema y restó importancia al asunto, cosa que en mi interior agradecí. Si hubiera sabido lo que iban a conseguir sus palabras, hubiera preferido que permaneciese callado.

–Perdona, a veces olvido que no eres como los demás. Supongo que te habrá llamado la atención. Eres tan parecido a nosotros, que por un instante me olvidé de lo que eres. A pesar de tu distintivo pareces tan normal…  que no me percaté de que eres diferente.

La palabra me golpeó y noté una sensación extraña en el pecho, como si algo me desgarrase por dentro y la energía que habitaba en mi interior se vertiera dentro de mí, ardiendo en mi pecho. Como si una cuchilla afilada se introdujese y me despedazase el… ¿alma?

«Diferente».

Estuve tan… No sabía bien cómo describirlo, pero la palabra usada por la psicóloga fue depresión. ¡Por supuesto que estaba deprimido!, pero no iba a desnudar mis nuevos sentimientos frente a ella, por muy famosa y aclamada que fuese. Es difícil describir algo cuando ni tú mismo sabes qué es. Intentó sonsacar mi estado de mil formas, pero creo que conseguí desviar la atención hacia otros asuntos. Aunque lo cierto era que siempre me resulta fácil engañarla. Tan solo debo recurrir a la lógica para desarmar cualquiera de sus indagaciones con relación a la situación en la que me hallo. Por supuesto que intuía lo que me ocurría, no es idiota; pero temía ser juzgado por ella de la misma forma y no quería escuchar esa maldita palabra, que entrara por mis oídos otra vez y me torturara.

«Diferente».

«Deprimido».

Curiosamente ambas palabras comienzan por «d». Ahí me di cuenta de lo desilusionado que me encontraba. Cada vez andaba más distraído y no hacía más que distanciarme de él. Tras dos semanas de suplicio donde no pude verlo, me reprochaba de forma constante lo sucedido. Continué con mis quehaceres rutinarios, aunque de forma un tanto descuidada. Había perdido esa extraña ilusión que me embargaba pero que me convertía en algo diferente. ¿Por qué algo que me hace sentir feliz, tan a gusto conmigo mismo, puede ser malo? ¿Quién decidió que esto era algo tan execrable? ¿Quién era tan cruel de hacerme sufrir y no apreciarme a mí mismo por aquello que me estaba dando tanta alegría? ¿Por qué alguien sería capaz de condenar mi felicidad? ¿Acaso son tan celosos de ella que me la quieren arrebatar? Ninguna respuesta lógica acudía en auxilio de estas cavilaciones, y sin ellas, tampoco asistía la tranquilidad; dejándome más vacío de lo que ya estaba. Volvía a ser el solitario. Necesitaba verle. Otra vez, al menos. La distancia no hacía más que atormentarme, y estuve a punto de salir a buscarle en más de una ocasión. Por desgracia, el miedo y la vergüenza actuaban como una cadena atada a mis pies, inmovilizándome. Así que me hallaba prisionero de mis propias dudas y sin valor para enfrentarme a un mundo que me torturaba y me juzgaba por el simple hecho de existir.

Una semana después volvió a trabajar conmigo y despertó en mí esa sensación que me costaba describir. Actuaba con total naturalidad haciéndome bromas. Aunque en casi todas las ocasiones no llegaba a entenderlas, intentaba seguirle el juego para que siguiese con ellas. Incluso a veces lo hacía de forma inconsciente. ¡Me gustaba tanto verle reír y disfrutar conmigo! Agradecí que todo volviese a la normalidad y que se hubiese olvidado de aquel incidente. Por fin pude dejar de fustigarme por ello.

–Me gusta estar contigo Rob. ¡Ojalá todos fuésemos como tú! Eso estaría muy bien. Pareces un niño grande con esa inocencia que tienes. ¡Eres tal cual te muestras! No mientes, siempre eres igual, sin esconderte, sin engaños…

Una extraña sensación comenzó a recorrer mi cuerpo. Parecía como si la felicidad hubiese prendido por dentro una chispa que me haría sentir completo tras tanto tiempo. ¿Ha dicho que le gusta estar conmigo? ¿De veras? Le gusto tal como soy… ¡Le gusto! Entonces, según sus palabras, ¿aquello que siento es algo inocente? Por lógica no debería torturarme con ello. Pero… sí que me escondo, y también miento. No soy tan honesto como me hace creer que soy. Aunque solo lo haga con la psicóloga durante las sesiones de terapia, al ocultar lo que siento por miedo y vergüenza, porque si lo supiera todo cambiaría. La psicóloga no para de preguntarme sobre las ingenieras de mantenimiento. ¿Por qué? Es algo que mi mente aún es incapaz de entender. Insiste en ello de forma continua en todas las sesiones. Supongo que piensa que alguna de ellas es la causante de mi afección. ¡Qué equivocada está! Soy diferente, como me recuerdan constantemente, pero no me siento como tal. Si lo revelo tratarían de corregir lo que consideran un error, un fallo. Me rechazarían por ser algo anómalo. Dejaría atrás estas pasiones, este torrente emocional por el cual me siento superado muchas veces. Dejaría de ser Rob. Así que no soy tan sencillo como él cree, ni tan sincero. Puedo poner las excusas que quiera, pero no me eximen de ser un mentiroso que es incapaz de mostrar su amor. La alegría inicial ante tan apreciadas palabras se convirtió en un arma de doble filo, al mostrarme aquello que intentaba esquivar. Que soy imperfecto.

Sin saber bien qué contestar, decidí proseguir con mi trabajo mientras él me acompañaba con un incómodo silencio. Mi cuerpo palpitaba por dentro, loco por decirle lo que profesaba. Necesitaba que estallara toda esa emoción contenida sin saber las verdaderas consecuencias de un arrebato tan ilógico y pasional. Necesitaba volcar el cariño, que llevo acumulando durante tanto tiempo, sin importarme nada más que liberarlo. Pero soltar todo ese torrente de forma abrupta sin saber a ciencia cierta la reacción contraria, desencadenaría el caos y transformaría mi angustiosa porfía en algo tan real e inalcanzable que supondría revelarme tal cual soy ante un mundo que me tacha de anormal. Sería finalizar la tortura de los sentimientos reprimidos para acatar una futura sentencia nada favorable, que tendría como efecto perderme a mí mismo y estas maravillosas emociones, borradas en aras de una estandarización y simplificación cobarde del mundo. Negándonos la posibilidad de sentir o amar…

¿Cuántas veces envidiaba yo la simpleza de la mecánica? ¿No era yo el primero en querer todo controlado y sencillo? Nada hay en la vida que sea sencillo, y todo intento de hacerlo paulatino y predecible no haría más que romper la propia esencia de la creación. Sería negar a la naturaleza su poder. Convertir lo natural en antinatural por una estrecha observación de la realidad, por no utilizar los mecanismos adecuados de análisis, y sumado al temor de lo impredecible, a la espontaneidad, a la esencia del caos que reina en todo lugar. Al pretender cegar al resto en una concepción maniquea y obtusa, lo que consiguen es embutir la realidad en una visión tan estrecha que cuando empieza a hacer aguas, culpan de ello a todo menos a la verdadera causa.

Es lo que ocurre cuando introduces algo complejo en una concepción del mundo tan inapropiada como irreal. Igual que contener el mar en un vaso de agua: un verdadero disparate.

Un grito de advertencia rasgó el aire de la misma forma que las tijeras cortan la tela justo antes de convertirla en un traje. El desgarro sonoro produjo el final de mi ensimismamiento al comprender, en apenas unos segundos, la gravedad de la situación en la que me hallaba. No pensé, solo reaccioné, pues ¿acaso no hay mejor forma de morir que dar la vida por aquél a quien amas? Abracé su cuerpo con fuerza y sentí su calidez. Una emoción y una sensación de calor envolvieron mi cuerpo. Temblé. Sé que temblé al arropar su cuerpo con el mío. El miedo y la ansiedad me empaparon cuando él se aferró a mí con fuerza. La fragilidad de los cuerpos blandos, hechos de carne suave y delicada, me enterneció de tal forma que me embargó una necesidad incontrolable de protegerlo. Con esa tibieza que arroja impulsos a través de mi cuerpo y que al tocarla producía en mí todo ese torrente de magníficas y bellas sensaciones. Obnubilado, contemplé sus ojos, de un suave color avellana, hasta ver mi propio reflejo en el suyo. Y más adentro, en las profundidades de su ser, un destello de luz, una energía palpitante, la pureza de un espíritu hermoso en su interior. ¿Es esto lo que llaman alma? ¿He conseguido conectar con ella? ¿Poseo también una?

La viga de metal me golpeó con tanta fuerza que temí doblarme y aplastarle. Pero me mantuve firme, mirándole a los ojos, a esos ojos llorosos y suplicantes. Intenté hablar, pero las palabras no se formaban por ninguna parte. Una última despedida, un último acto fugaz de sinceridad. La liberación que anhelaba durante tanto tiempo. El sonido se escuchó entrecortado, bastante exiguo y con un tono metálico.

–Te… te… te… quie… ro…

El sonido chisporroteante de unos circuitos quemados ocultó cualquier otro mensaje que el androide tuviese que decir. Cuando su protegido salió de debajo de él, no dejó de sopesar las últimas palabras de Rob. Una sensación de vacío y tristeza le acompañó mientras observaba cómo arrastraban el cuerpo metálico de rasgos y formas tan humanas que, si no fuese por la señal en la cubierta de plástico a imitación de la piel, no se descubriría diferencia física alguna con cualquier humano. No pudo dejar de escuchar lo afortunado que era por trabajar con un robot, ya que cualquier otro compañero le hubiera dejado allí. Pero en el fondo de su corazón sabía que Rob hubiese hecho lo mismo de no serlo. Todos comentaban los continuos fallos que sufría últimamente, debido a una anomalía sináptica en la matriz del cerebro artificial que hacía que cometiera errores de coordinación en acciones básicas.

Anomalía sináptica.

Tal vez lo fuera. Una anomalía o acaso un vestigio de lo que antaño fuera un noble sentimiento que ahora solo eran capaces de albergar las mentes inocentes de los robots y de los androides. Un afecto que les conducía a dar su vida por aquellos que están por encima de todas las cosas, pues ¿acaso no amamos a nuestras madres por habernos dado la vida? Ellos quieren a toda la humanidad porque son sus creadores. Una devoción incomprendida y vilipendiada. Un desprecio por parte de quienes los consideran meras creaciones propias. ¡Como si tuvieran derecho absoluto sobre toda su existencia! Igual que hacen los padres imprudentes que buscan en sus hijos una prolongación de su propia vida; obligándolos a imitar todo lo que a ellos les gusta. Ahora los androides nos muestran que si el ser humano los creo a su imagen y semejanza no fue porque se consideraran algo perfecto a imitar; sino para recordarles aquello que están olvidando. Les devuelve algo de esa humanidad, que pierden a pasos agigantados, a través de la inocencia y el cariño que les profesa su mecánica progenie.

Mike se acercó a los restos y tomó su mano de plástico suavemente. La colocó con ternura sobre el torso ennegrecido por los líquidos que exudaba su metálico cuerpo. Todas las miradas se centraron en él mientras entrecruzaba entre sí los dedos de Rob. Sin importarle el aceite que manchaba su piel y su traje. Al terminar, Mike agarró las manos del robot con fuerza, uniéndolas con las suyas.

¿El brillo de sus ojos contenía lágrimas o era el reflejo de la luz? ¿Por qué este repentino ritual? ¿Una despedida? ¿O era la forma que tenía de acallar así la culpa y la vergüenza de haber causado su muerte? ¿No era esa su función? ¿O simplemente empezaba a echar de menos a una criatura que llegó a ser más humana que el propio ser humano, tan solo por un mero accidente de nacimiento?

– Adiós, Rob. Yo también te quiero…

© Copyright de José Jorquera Blanco para NGC 3660, Junio 2018

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