Anomalía teológica – Breve – Reed.

Por Pablo Martínez Burkett

Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudieron conseguir y nada pudieron hacer.

Popol Vuh, Capítulo II

 

En un arrabal del universo, el dios Gran Conejo Saltador se aburría de sus muchas eternidades y resolvió dar vida a las ínfimas partículas que conforman lo que es. Entonces, se encogió para que en el espacio vacante se revelara otra parte de su esencia. Y así, las cosas fueron y lo unitario provino del todo, quizás, como nuevo lenguaje divino.

Y el Corazón del Cielo se llenó de alegría por hijos tan esclarecidos, capaces de entender las maravillas de la vida terrenal y la bóveda celeste. Pero luego del encandilamiento primero, la criatura olvidó que también era parte del mismo idioma y renegó contra el Corazón de la Tierra. De alguna manera, el creado-no-engendrado halló agravio en esa habilidad de percibir el zumbido primordial y pronto decidió atentar con alevosía equivalente.

Cuenta el mito que el Formador se fastidió menos por la desmemoria que por el método seleccionado para perpetrar la felonía. El relato omite lo que sucedió cuando el Creador supo que aquello no era olvido ni indolencia sino que el fruto de su corazón acudía a enunciado tan subalterno para comunicar su emancipación.

Consecuentemente, buena parte de la exégesis se extravió hilando silogismo tras silogismo para justificar el anatema (por su efecto pacificador este ha sido el embuste prevalente). Unos pocos alcanzaron sensibilidad bastante para entrever que una migración desde la perplejidad a la iracundia era sólo un atajo narrativo. Incontinencias semejantes son impropias de la divinidad. El Maestro Gigante no sufrió hesitación alguna.

Porque la traición, para la Huella del Relámpago, siempre se pagó con sangre.

© Copyright de Pablo Martínez Burkett para NGC 3660, Enero 2018

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