AGUA AZUL: UNA LUZ DIFERENTE

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Por Luis Astolfi

El cuento que NGC 3660 me ha hecho el regalo de publicar en esta nueva etapa suya lo guardaba desde hace algunos años (como una botella de vino que nos es especial por algún motivo) para una ocasión excepcional, aunque sin saber cuál sería ésta, ni cuándo llegaría. Ocasión que, ahora, Pily B. me ha puesto en bandeja.

Así que, con mi gratitud y con la expectativa de que haga pasar un buen rato al lector, aquí descorcho este relato.

 

Cuando el amor no es locura, no es amor.

Pedro Calderón de la Barca

 

—Sólo puedo decir que siento unas inmensas ganas de llorar, pero no de tristeza, sino de la profunda emoción que me causa que mi hombre, mi marido, sea quién haya plasmado tanta belleza en un lienzo. Tu grandeza como hombre te hace grande como pintor. Sé que estoy ante lo mejor que has creado, y no tengo palabras, jamás podré tenerlas, no soy capaz de entender cómo te puedo inspirar tanta belleza.

—A mí no me inspiras belleza, alma mía, sólo las pinceladas que me permiten describir la tuya.

Ante el recién terminado Desnudo de mujer,

Joaquín Sorolla, 1902

 

Me costó mucho, mucho esfuerzo, siempre oponiéndose resueltamente a ello, pero conseguí convencerla para que posara desnuda ante mis pinceles.

Todo con ella siempre había llevado su tiempo. Convencerla para que aceptara la primera cita, después de llevar años viéndonos en casa a diario. Convencerla para que esa primera cita se convirtiera después en una primera cita a solas. Convencerla de convencerme para casarme con ella fue sencillo. Convencerla para tener hijos no hizo falta. Convencerla para retozar en el lecho sin el objetivo de tenerlos, tampoco.

Porque si la pasión tuviera cuerpo humano, ésta tendría el cuerpo de Clotilde, Clota, mi mujer, ese trozo de mi vida. Fogosidad abrasadora, amor que se convertía en frenesí apenas nos encerrábamos en nuestra alcoba, pasión de amor, pues la pasión sin amor no es nada más que nada, locura sin final a la que yo sobrevivía a duras penas bebiéndome sus deseos, mientras ella tomaba posesión de mí como la inspiración lo hacía cada vez que me situaba frente al lienzo; primero me rogaba y luego me sometía, desencadenada el alma de diablo que llevaba dentro y que siempre esperaba la ocasión de vencer al ángel delicado y respetable que de puertas para afuera tiraba de las riendas de su alma apasionada, reteniéndola, y así durante horas, sin pausa, hasta que, aparentemente agotada y más aparentemente aún satisfecha, se tendía exánime, cerraba los ojos durante unos largos segundos mientras yo permanecía inmóvil a su lado, sin casi respirar para que el ruido no la distrajera y arruinara ese momento mágico en el que, con el sudor aún chorreando por su piel, los abría otra vez, de golpe, con un gesto que más que un gesto era un movimiento, y me miraba, y en su boca se pintaba una sonrisa con forma de ola de mar, y me sonreía con esa sonrisa endiablada que nunca, jamás en la vida, se dibujaba en su boca en público, y entonces alzaba los brazos hacia mí, y tiraba de mí sin tocarme, y aproximaba sus labios sonrientes a mi oído, y me susurraba, como el murmullo de esa ola que era su boca, «Quiero más, amor», y yo me resistía hasta que ya no podía resistirme más y entonces deponía mi voluntad ante lo que a ella convenía, y sin más obedecía sus incontestables órdenes.

Una de las consecuencias de aquellos lances fue el cuadro por todos conocido Desnudo de mujer, que presenté en 1902. Ninguno de los dos, nunca, reconocimos en lugar alguno que esa espalda de curvas sensuales era la suya, que suyas eran aquellas nalgas redondas y carnosas, la más preciada posesión de mi mujer ante mis ojos y nuestro más íntimo secreto. Aún así, estoy seguro, todos sabían que esa mujer tendida boca abajo desnuda entre sedas rosas, tocado su cabello negro con un gran lazo violeta, era mi mujer. Y les bastaba para ello con mirarme a los ojos, chispeantes, entrecerrados como si les diera el sol e inocentemente malvados como los de un chiquillo que acaba de consumar una travesura. Y ese era mi momento de gloria suprema, cuando les llegaba la certeza y después de mirarme a mí la miraban a ella, y ella me miraba a mí y me regalaba, por encima de su sonrisa pícara y ruborizada, un leve temblor de orgullo mal disimulado en el lado izquierdo de su labio superior que nadie salvo yo percibía, adiestrado por el juego que a diario se desarrollaba justo ahí, en su labio superior, sobre la comisura izquierda, ese lugar preciso donde siempre se depositaba una gota de vino cuando ella apartaba la copa de su boca después de disfrutar con los ojos cerrados de un delicioso trago, y que yo adoraba retirar con mi dedo pulgar para bebérmela a continuación.

Un día, tres años después, por gusto mío decidí dar un paso más en ese camino de exaltación artística junto a mi esposa. En realidad no lo decidí, sencillamente tuve que hacerlo. Se lo dije una mañana, justo el día en que celebrábamos el comienzo de la primavera, un día de sol y luz y amor y mar, sentados en la misma arena de La Malvarrosa donde tantos cuadros yo había pintado. Y he dicho bien: no se lo propuse, se lo dije: «Amor mío, te voy a pintar desnuda, sobre unas sábanas azul ultramarino, en esta playa, aquí mismo, al aire libre, a plena luz del día. ¿Lo deseas?» «Lo deseo, mi amor», respondió ella con un rápido movimiento de su cabeza, sin dudar, sus labios temblando serios, enfrentando sus ojos vehementes a los míos durante los dos segundos que duró su frase, volviendo a perderlos después más allá de la espuma blanca que casi acariciaba nuestros pies descalzos.

A partir de ese momento me dediqué a planificar la ordenación del escenario. Desde el principio fui consciente de que no podía desgarrar el cuadro en dos, que no podía repartir su factura en dos ubicaciones diferentes, que no podía pintar el paisaje primero y después a ella en mi estudio sobre la base paisajística ya pintada, o al revés, primero a ella y luego el entorno. Dejando de lado el hecho de que la luz sobre la piel desnuda no hubiera sido real de haberla iluminado artificialmente, haberlo hecho así hubiera sido mentir. Nadie se habría dado cuenta, por supuesto, pero yo siempre lo hubiera sabido. Y ella. Ella no me hubiera permitido esa mentira. No me habría permitido que la impidiera posar desnuda en la arena de esa playa, bajo el sol discreto de primavera, junto a esas olas de mar que nunca osarían acariciarla. No podía, no podía robarle ese acto de amor y goce que sin duda esa experiencia iba a ser para ella.

Y, con franqueza, tampoco es que yo quisiera hacerlo.

Era cierto, pintarla a la luz del sol estaba más allá de las consideraciones técnicas, más allá de la verdad o la mentira o incluso del ávido deseo de mi mujer. Se trataba de mí. Yo. Yo mismo. Lo que yo sentía dentro de mí no se habría apaciguado si hubiera cedido a la sensatez y hubiera pintado el cuadro en dos ubicaciones diferentes. Tenía que hacerlo así. Tenía que verla, y mirarla, y pintarla ahí, desnuda para mí en completa libertad.

En el fondo, el de ambos era exactamente el mismo deseo.

Así que me devané los sesos pensando en el modo de hacerlo todo como Dios manda y nosotros queríamos. De inicio, lo que más dificultaba el asunto era hallar el modo de reservar el espacio privado que ambos necesitábamos, yo para pintar y mi mujer para posar, donde estar seguros de que nadie lo hollaría, ni con su presencia ni con miradas mironas aún en la distancia. Así que convenimos en que lo mejor sería delimitar unos metros cuadrados desde la línea del agua mediante una empalizada de juncos y palma de unos dos metros de altura, una especie de cercado que nos garantizaría la discreción al mismo tiempo que no profanaría la pureza de la luz con sombras indeseadas.

Una vez pensado, todo ello resultó extremadamente sencillo de llevar a la práctica por la afortunada circunstancia de mi antigua amistad con Francisco Maestre, alcalde de Valencia por aquel entonces y un hombre de un claro talento poco fácil de encontrar entre las demás gentes, quien se mostró más que dispuesto a facilitarme todo lo necesario, con la única condición de que, en el hipotético caso en que yo determinara vender la obra una vez terminada, le concediera el derecho de tanteo y retracto para mejorar la mejor oferta que por ella recibiera. Sonreí emocionado ante esa muestra de interés por mi trabajo, nos dimos un fraternal abrazo, y él puso en marcha todas las acciones oportunas para que en el más breve plazo pudiera disponer de ello, en el lugar exacto de la playa que yo había elegido. Incluso, y sin que yo se lo pidiera, tuvo a bien cederme dos guardias municipales de su entera confianza, Vicent y Pascual, para que cada uno a un lado de la empalizada velaran para que ningún ojo curioso se saltara el cerco, ni por tierra ni por mar.

Mientras se realizaban los trabajos en la playa comencé a preparar la  composición teórica del cuadro en una zona próxima, donde los pescadores que la frecuentaban estaban más que habituados a mi presencia por allí, caballete en ristre. Así, cada día de aquellas primeras dos semanas de abril de 1905 me llegaba hasta la playa junto a mi esposa, gozando del indescriptible placer de sentirla a mi lado, siempre riendo y suspirando. Podía sentir su agitación cuando desplegábamos las sábanas lapislázuli sobre la arena y ella las acariciaba con la punta de sus dedos primero, con la palma de su mano abierta después, alisando las telas como hacía en nuestra casa, en nuestra alcoba, con la lencería blanca sobre la que yacíamos en nuestra cama, en un gesto de invitación que yo nunca rechazaba. Y entonces se sentaba sobre ellas de perfil, mostrándome su costado con el rostro perdido en el mar, se abrazaba las piernas pegadas al pecho y apoyaba su amada cabeza sobre sus rodillas, y me miraba con su sonrisa de olas, aún vestida ante los ojos de mi cara pero ya desnuda ante los de mi imaginación. A continuación, daba comienzo el baile de mi modélica modelo, yo con el carboncillo en ristre confeccionando mis primeros apuntes, ella cambiando de posición, a veces obedeciendo mis indicaciones, como un disciplinado músico siguiendo las del director de la orquesta, a veces desobedeciéndolas como un crío díscolo y desafiante, retozando juguetona sobre las sábanas y riéndose de mi enfado, con su risa de niña eterna, por no conseguir atrapar la postura que no se dejaba atrapar.

Porque lo que buscábamos en esas sesiones previas era la postura, ese gesto aún escondido dentro de ella, todavía por descubrir, que iba a ser el alma del nuevo cuadro y que, en esta ocasión, resultó ser un ave asustadiza que revoloteaba en mi cabeza con sus alas extendidas pero sin llegar nunca a posarse en tierra. Yo me exasperaba, rompiendo bocetos uno tras otro, forzando cada vez más a mi mujer, sin piedad, en mortificantes sesiones de tortura que se alargaban durante todo el día. Ella siempre resignada, siempre complaciente, nunca decía nada, pero una tarde en que, al llegar a casa, la vi quitarse el vestido con extremo cuidado, en lugar del ímpetu con el que solía hacerlo, y sorprendí un gesto de dolor intenso en su bello rostro al inclinarse a recogerlo del suelo, me di cuenta de que ese no era el camino para atrapar la delicadeza de la criatura que estaba buscando. La abracé, la besé, le pedí perdón y la llevé en brazos hasta el lecho.

Como siempre, el sentido común de Clotilde vino a traerme la solución evidente al problema que ya me tenía fastidiado: «Desnúdame y píntame, amor mío», me dijo esa noche, ella tendida sobre nuestras sábanas blancas, yo tendido sobre ella. Y entre las delicias de su abrazo, vi la luz. Nunca había comenzado a pintar un cuadro sin haberme formado idea clara de lo que iba a ser, pero en esta ocasión las cosas parecían querer seguir derroteros diferentes. Yo no necesitaba confiar en Clota, simplemente lo hacía.

Simplemente tenía que empezar a pintarla, y todo lo prometido se cumpliría.

Al fin, la mañana del lunes 17 de abril de 1905, todo estuvo listo en la playa. Aquella mañana Clota no me habló, solamente me miró, dulce, provocadora con su sonrisa de olas, mientras yo preparaba caballete, colores, paletas y lienzo. Estaba muy emocionado, iba a pintar a mi mujer desnuda en la playa, totalmente expuesta bajo el tenue sol de primavera, algo que nunca antes había hecho, por cierto, con modelos adultos, y con ello mi temperamento natural de solo, o de triste, se llenaba de alegría. Desnuda en público, aún sin público, y ella lo sabía, y también sabía a lo que se arriesgaba, a pesar de las medidas de protección que habíamos establecido, pero en el fondo, aunque nunca lo hablamos, creo que el temor a que eso sucediera se enmarañaba con la esperanza, excitándola. Mi mujer palpitaba de deseo, y ello me embrujó de manera irresistible. Luego la sentí palpitar silenciosa bajo el vestido en el camino en auto hasta La Malvarrosa. La sentí palpitar cuando entramos juntos en nuestra fortificación, la sentí palpitar unos minutos más tarde mientras, prenda a prenda, se desnudaba muy despacio mirándome a los ojos, y, al fin, la vi temblar de pies a cabeza cuando se despojó de toda cubierta y se detuvo unos segundos ante mí para dejarse acariciar por mi mirada, y me miró como mirando más allá, como pensando, y entonces, con un movimiento delicado, se sentó en el suelo, sobre las telas azules que habíamos desplegado en la arena, junto a la orilla. En ese momento su apacible gesto se quebró, reaccionando al dolor acumulado durante los días de en que anduvimos buscando la postura, y que con el reposo posterior solamente se había aletargado, despertando otra vez al volver a forzar su cuerpo. Dos lágrimas saltaron de sus ojos, pero en silencio, cuando recreó la última escena que habíamos probado, tumbada boca abajo con el torso vuelto hacia mí. La vi estremecerse de dolor y corrí a abrazarla, lamentándome de mi poca consideración, pero ella me urgió, con una sonrisa herida, a que dejara de quejarme y me pusiera al trabajo de una vez.

Pero yo no podía. No podía ignorar su dolor, no podía dejarla así.

Volví atrás y busqué la silla (de madera, plegable y sin respaldo) que a prevención yo siempre traía conmigo cuando pintaba al sol para ofrecer a mis huesos unos minutos de descanso de vez en cuando. La acerqué hasta donde ella me esperaba impaciente, la situé sobre las telas, recogí un paño grande que amontoné sobre la silla, alisándolo después y, tomándole la mano, la hice incorporarse y sentarse en ella, enfrentada al mar y manteniendo ligeramente el lado derecho de su cuerpo frente a mis ojos. Posó blandamente sus pies sobre la tela, cruzando el derecho sobre el izquierdo, y se los frotó con fuerza, uno contra otro, tobillo contra tobillo. Inmediatamente debió de sentir alivio, porque se estiró, curvando la espalda hacia dentro y forzando sus esplendorosas nalgas hacia fuera, más allá de la línea de su columna vertebral, en un escorzo perfecto que casi desencajó mi mandíbula de su articulación. Apoyó su mano derecha en su interminable muslo, a unos centímetros de la cadera, y se masajeó durante unos segundos la nuca con la otra mano, inclinando ligeramente hacia atrás su cabeza, con el húmedo pelo negro recogido y coronando su bello rostro oval como un marco inigualable para su cara, y entonces, giró la cabeza para mirarme, lentamente, con una sonrisa de profundo agradecimiento.

Creo que grité «¡No te muevas!» mientras daba unos pasos hacia atrás para verla de espaldas y mirarla con más perspectiva. Revolví en su bolso hasta dar con su espejo de mano, uno pequeño, ovalado, de marco y mango de nácar. Volví a su lado y lo puse en su mano izquierda, levantándola hasta ubicarla frente a su rostro, a la vez que hacía descender su codo, quedando éste a la altura de sus pechos, apuntando hacia abajo. Instintivamente, se miró en el espejo. Su rostro se quedó muy serio, como escrutando lo que el reflejo devolvía a sus ojos, buscando algo. Algo que encontró unos segundos después. Algo que le gustó. Sonrió un poco, con orgullo. Relajó su cuello largo y apoyó suavemente su mejilla derecha en su terso hombro, y en un movimiento inesperado giró un poco el torso hacia mí, elevando la rotundidad de su seno derecho, y suspiró, y se quedó inmóvil, y se produjo el milagro.

Ahí estaba la postura.

La miré boquiabierto, complacido y sin dejar de caerme la baba. Era mi mujer, lo llevaba siendo casi dos décadas, la había visto mil veces desnuda, la había poseído otras tantas y muchas más me había deleitado mirándola dormir así después. Pero nunca, nunca antes, había visto eso. Al final, no fueron mis esfuerzos por encontrar la postura lo que la había hecho mostrarse, sino la fascinación y el hechizo ejercidos por la perfecta desnudez de mi seductora esposa, como bien anticipó ella que ocurriría. Su alma estaba ahí, inmóvil, atrapada por la magnífica belleza de su cuerpo, y de ahí ya no se iba a mover, jamás.

Agarré el carboncillo y dejé a mi mano volar libre sobre el lienzo.

 

Mi profesión y mi arte siempre fueron la pintura, no las letras, y lo que sentí pintando a mi mujer desnuda al lado del mar sólo podía expresarlo plenamente a través de los colores. Porque decir excitación es insuficiente, decir emoción se queda corto, decir que frente a ella, desnuda, sentía los te quiero acumulándose en mi pecho y que ni siquiera susurrarlos en su oído por la noche era suficiente para desahogar la brutal presión que ejercían dentro de mí, rugiendo como una fiera al salir al exterior cuando los gritaba con mi boca pegada a su boca, todos esos te quiero que eran un solo te quiero y que sólo al mirarla y reproducir su cuerpo en el lienzo encontraban la vía de expresión satisfactoria, el camino que me permitía sentirme en paz conmigo mismo, porque la amaba, y no solamente la amaba, la deseaba, y yendo mucho más allá de lo que un hombre debe desear a una mujer, me gustaba, como gusta una obra de arte, como gusta una buena comida, como gusta una copa de vino. La locura de mi amor por su alma se cruzaba con mi deseo apasionado por su cuerpo, igual que se cruzaban los dedos de nuestras manos cuando hacíamos el amor, aferrándose hasta palidecer como si temiéramos que nos fuéramos a escapar, como si fuera posible el imposible sinsentido de que un día nos perdiésemos el uno al otro. Todos los besos que pudiera dar mi boca eran suyos, y míos todos los de su boca, porque nuestros besos no eran palabras, sino nuestra voz, y sin hablar nos dábamos mil besos que nunca eran iguales, besos de placer con las bocas abiertas en los que nos sumergíamos hasta faltarnos el aliento, besos de dolor que eran mordiscos voraces en los labios, besos de amor y besos de pasión, pero sobre todo, los nuestros eran besos de hambre, besos de hambre y de sed insaciables que sólo estando abrazados se apaciguaban, porque sólo ella me hacía feliz y sólo así, ofreciéndole cada te amo y cada beso que llenaba la nada que era mi mundo cuando no estaba con ella, sabía que estaba donde debía estar, haciendo lo que debía hacer. Yo vivía por alargar el tiempo que permanecíamos allí, sobre la arena, mirándonos en silencio, y a la vez moría por no ver llegar el momento de dejarlo y volver a casa, esa casa donde tanto guardaba mi vida, porque sólo tocando su piel con mis manos igual que la había tocado antes con mis ojos, sólo sintiendo sus manos recorrer mi cuerpo temblorosas, mientras su boca mordía mi boca y su pelo negro caía sobre mi rostro, acariciándolo, cuando me miraba a los ojos subida en mí, sólo así, expresándole mi amor en mil pequeñeces, regalándole cada trazo, cada color, cada mirada de deseo, cada caricia en el aire, con ella, en ella y por ella, sólo así podía ser yo, el yo que era, el yo que quería ser.

Así me sentía yo pintando a mi mujer desnuda al lado del mar, y eso, justo eso, es lo que tenía que pintar en ese cuadro.

Cada día comenzábamos con el sol, y no paraba de pintar hasta mediodía, cuando me acercaba a mi mujer y la abrazaba desnuda durante unos minutos que nos devolvían la vida, y después la cubría desde atrás con una bata de seda y me entregaba a friccionar sus músculos con delicadeza y lentitud hasta que ella me recordaba con una sonrisa que ya era hora de comer. Luego continuábamos con la sesión, hasta que al caer la tarde, cuando los rayos de sol se tornaban anaranjados y ya no servían para iluminar los trazos de su imagen, recogíamos los enseres y ella, después de estirarse como un gato, girar su cuello a un lado y a otro y besarme con el roce de sus labios, se quedaba quieta, de pie, para que la vistiera para ella, tan lentamente como ella se había desnudado para mí por la mañana, dejándola lista, adornada como un regalo, para emprender el camino de vuelta a nuestra casa.

Durante un poco más de dos meses estuve lanzando pinceladas a la brisa del mar, jornada tras jornada, avanzando mi trabajo en rigurosas sesiones de posado y pintura en la que mi dama iba madurando en el lienzo igual que un ser vivo crece en el vientre de su madre, todo ejecutándose según lo previsto, con presteza pero de modo preciso, sin errores, sin interrupciones ni arrepentimientos, camino recto, directo, sin mirar atrás en ningún momento, siempre adelante, toda la vista era el futuro, no existía pasado y el único presente era el de mi mujer posando inmóvil e incansable, estática por fuera y temblando por dentro. Aquellos días en la playa, con mi mujer tan al alcance de mi mano como lejos de su alcance me volvieron loco de amor y de deseo, y me trajeron la conciencia absoluta de que sin ella me moriría de angustia y de ganas y de pena, y allí, pintando, mirando, viviendo, me enamoré más y más de ella y de su encanto, y me sentí el hombre más dichoso de la tierra, el hombre más afortunado, porque era el hombre que amaba con locura a la mujer que con locura le amaba a él, el hombre que dentro de su alma y de su cuerpo sólo llevaba escrito un nombre: el de su mujer.

El 3 de Junio de 1905, justamente el día de Santa Clotilde, a las cuatro de la tarde, miré la pintura, miré a mi mujer y, en ese preciso instante, celebré el final de la primera fase de mi obra, la nueva y fresca imagen de una mujer, de mi mujer desnuda gustándose ante un espejo, sentada en una silla sobre una tela azul, imponente, de una belleza incomparable, indolentemente provocadora.

Satisfecho me preparé para recoger, cuando de pronto mis ojos recabaron en los ojos de la mujer que me miraba desde el lienzo, con su espejo de concha en la mano, gritándome que, a pesar de que en ese momento de extrema felicidad me había parecido que no faltaba nada, estaba equivocado.

Faltaba la vida.

Ese cuerpo en la pintura, como el modelo que lo inspiró, era perfecto en su hechura, igual que ella, pero carecía de vida, como flotando en un estado intermedio parecido a un vahído, en el que permanece todo signo vital salvo la conciencia. Esa dama estaba ausente, como desmayada, como esperando el soplo del hálito vital del que la original estaba llena.

Estaba rendido de cansancio, en mi cabeza amenazaba la tormenta de un dolor y mi mujer tiraba insistentemente de mí para que volviéramos a casa, de modo que cubrí el lienzo y a regañadientes dejé el asunto para una posterior ocasión. Sin embargo, no pude dejar de pensar en ello durante el camino de vuelta, ni durante la cena, en la que permanecí absorto y ensimismado, ni después, al meterme en la cama, donde a pesar del esmero de mi Clota no conseguí olvidarme de ese algo que le faltaba al cuadro para que la imagen en él representada pudiera considerarse perfecta, y así seguí, hecho una lástima, hasta que me quedé dormido.

Me desperté unas horas después con una sensación asfixiante en mi pecho. Encendí una luz y miré a mi mujer. Ella dormía, tendida de lado, con su rostro relajado frente a mí, desnuda y apenas cubierta por las sábanas. Su respiración era tranquila, muy diferente a los jadeos con los que me había regalado poco antes, y eso me hizo sonreír y sentir mucha paz. No hay sensación más confortante en este mundo que abrir los ojos en una cama, tras una noche apasionada, y ver dormir a tu lado a la mujer que conoces y amas. Ella debió de presentirme, o tal vez sólo fue que mis movimientos la despertaron. Abrió los ojos y, sin moverse, me miró y sonrió. La claridad de la lamparilla se reflejó en sus negras pupilas y en sus dientes de plata. Fue un segundo. Yo sentí cómo se erizaban todos los pelos de mi cuerpo y, con un gesto de silencio e invitación a que continuara durmiendo, me levanté presuroso y me dirigí a mi estudio en la planta baja.

Descubrí el lienzo, estiré mi cuello y espalda, sujeté con fuerza la paleta y con gracia el pincel, lo mojé en pintura blanca e, inspirando muy profundamente, con un levísimo movimiento de muñeca, le pinté la vida en los ojos.

Un minuto después regresé a la cama, sonreí a mi mujer, que me esperaba despierta con sus largas piernas enredadas con las sábanas, nos abrazamos y nos quedamos así, dormidos, hasta el amanecer.

Al día siguiente me desperté muy cansado y triste. Era domingo, pero aún así tenía previsto trabajar con gran sentimiento, pues era el primer día en que no iba a necesitar la presencia de mi modelo para continuar con mi trabajo y no quería que ello sembrara en mí el desánimo, si me doblegaba ante la tentación de pararme a descansar. Me sentía muy inquieto, y fuertes palpitaciones golpeaban mi pecho. Durante la noche, zambullido en mitad del duermevela que abraza las fantasías antes de caer en la profundidad del sueño, había sido completamente consciente de ello. Y del mismo modo en que el sufrimiento por la desaparición de un ser amado no despierta devastador hasta pasado un tiempo, no sentí la falta por haber terminado de pintar desnuda a mi mujer en la playa y lo que ello me hacía sentir hasta que abrí los ojos por la mañana y recibí con gran dolor el golpe de la tenue luz que se derramaba sobre la cama. Me dolía muchísimo la cabeza, desde lo ojos hacia la nuca, desde fuera hacia dentro, al ritmo de los latidos de mi corazón. De mala gana me levanté, me preparé e informé a mi mujer, como si no fuera importante, de que esa mañana ya no era necesario que ella posara. Ella sonrió con tristeza, y aunque sé que ya se lo esperaba, no dijo nada. También le comenté lo del dolor de cabeza, algo relativamente frecuente en mí, por lo que se apresuró a traerme las píldoras de antipirina que solía tomar cuando esto me sucedía. Las tragué y pronto sentí la suficiente mejoría en la cabeza como para ponerme en marcha, así que me subí al auto que ya me esperaba en la puerta de casa y me encaminé al trabajo como cada día, aunque ahora ya con la única compañía de la añoranza y del alma amada de quien portaba, pintada en una tela, bajo el brazo.

A Vicent y a Pascual les relevé de sus obligaciones conmigo apenas llegué y me saludaron con su cordial “¡Buen día, Maestro!”. Les dije que mi modelo ya no tendría que volver, pues casi había acabado el cuadro, y que ya no iba a necesitar de su vigilancia, ante lo cual Vicent me dio su más sincera enhorabuena, mientras que Pascual, lánguido y desabrido, torcía el rostro con un inesperado mohín de disgusto que preferí ignorar. Les di las gracias, y según se marcharon, aposenté el caballete sobre la arena y descubrí el lienzo.

Empecé a pintar y todo lo olvidé menos a mi mujer, conservando en todo instante el cuerpo allí y el espíritu en ella, para que así el tiempo me fuera más corto. Durante tres días me dediqué a pintar y retocar a buena marcha todo lo que le faltaba al cuadro: el ambiente, la sal del aire, la línea azul del mar y la arena que se interponía entre las telas azules de primer término y el agua, las olas saltarinas pujando por besar la piel que jamás fue y jamás sería de nadie salvo mía, y la luz, ante todo la luz, la luz volcada del sol hermoso que iba a dotar al cuerpo de mi amada de un refinamiento exquisito nunca visto anteriormente.

El cuarto día no fue muy allá y trabajé poco, salvo la mañana pero con  intermitencias. Lo pasé muy mal y aburrido con la tarde perdida por completo por causa del dolor de cabeza, que había apretado y la antipirina sólo lograba aplacar, pero no calmar del todo.

El quinto casi nada pude pintar, el pertinaz dolor no cedía y de puro cansancio pronto sentí la necesidad de parar y sentarme en mi silla. Para colmo de molestias la luz estuvo cambiando continuamente, y aunque el mar se portó bien, el viento, hasta entonces moderado, empezó a arreciar. Suspiré y cerré los ojos, y así permanecí, adormilado, notando siempre el vacío y deseando tener el cuadro terminado, hasta que las voces de unos pescadores que faenaban en su barca a unas decenas de metros mar adentro llamaron mi atención. Eran voces de anhelo y desolación a un tiempo, acompañadas por el cansado y lento chapoteo de los remos golpeando contra el agua. Medio soñoliento y con esa pesadez que da el no dormirse del todo me levanté trabajosamente y me aproximé a la orilla con pasos cautelosos, y miré el mar. Miré y lo vi, con sus olas yendo y viniendo y yendo. Cerré los ojos y escuché. Pero no lo oí. El mar se movía, tranquilo con su vaivén habitual, rompiendo a mis pies con espuma pequeña y blanca que rozaba mis zapatos, pero no me hablaba. Las olas no hacían ruido, el mar no sonaba, no decía nada, nada de nada.

Los pescadores seguían con su penoso griterío, tirando redes al agua. Arriba, decenas de gaviotas graznaban desesperadas su expectación hambrienta. El viento zumbaba en mis oídos como de costumbre. Todo tenía cierto viso de normalidad, no me había quedado sordo como el Maestro Goya, pero el mar se había quedado mudo. Eso, o era que ya no tenía nada que decirme.

Intranquilo volví corriendo hasta mi sitio. Demasiada calma en el agua, demasiado silencio…  Al llegar atropelladamente casi me di de bruces con el lienzo, lo miré y sentí una gran extrañeza ante lo que estaba viendo. El cuadro era el mismo, con el óleo aún fresco, la mujer pintada era la misma, con su misma pose, los mismos tonos encendidos en su piel, la misma tela azul ultramarino con sus brillos intensos de lazurita. Pero algo en su rostro, que me observaba casi sonriente más allá de su espejo, no era igual. Algo había cambiado. El brillo de sus ojos mirándome de soslayo había sido lo último que había pintado de ella en mi estudio. No podía albergar duda, después de aquella pincelada la vida empezó a respirar en sus ojos, y desde ellos inundó su rostro extendiéndose veloz por todo su organismo, que se hinchó con una primera bocanada de aire que la entregó al fin al mundo. Ciertamente, eso fue lo último que hice, y con ello la dejé viva, y viva estaba un rato antes. Pero ahora ya no. Ojos vidriosos sin asomo de alma. Expresión ausente en su cara, sin vida, luz que se apaga como la vida de quien exhala su último suspiro. Miré y miré detenidamente, me acerqué tanto al lienzo que mi frente quedó manchada del rosa ligero de la piel pintada, me alejé y me volví a acercar, escrutando cada milímetro de la tela, cada rasgo, cada línea, cada grumo de óleo depositado. Nada. La pincelada vital había desaparecido. Su alma volvía a estar en suspenso, como aguardando el momento mágico, al igual que yo cada noche, de tomar posesión de su cuerpo.

Intenté concentrarme, esforzar la memoria, traer de vuelta el recuerdo que tenía de esa línea blanca que no era más que un cabello del pincel en el negro de sus ojos, pero por más que lo pinté, lo borré y lo repinté una y otra vez,  mi esposa, como uno de tantos ahogados en esa misma playa, no volvió a respirar. Desesperada mi paciencia, finalmente abandoné, tiré al suelo paleta y pinceles y, vencido, recogí mis cosas y volví a casa.

En cuanto mi Clota me vio entrar por el porche emparrado y puso sus ojos en mis ojos, conocedora de los altos y bajos que sufre mi espíritu que nunca está ausente de impresiones, se lanzó a mis brazos y me envolvió con el dulce saludo de su dulzura incondicional. Pero yo no estaba bien, y esta vez no obtuve de ella el alivio que me había sido tan natural a lo largo de toda nuestra vida juntos. Ella comprendió, no preguntó nada y me dejó estar, no sin antes hacerme una compasiva caricia en la mejilla. Apoyé el lienzo en el caballete, lo tapé y me senté en mi sillón, de donde no me moví hasta que al cabo de un rato mi ángel estuvo de vuelta, trayendo consigo en una bandeja un vaso de leche caliente y unas rosquilletas. Se lo agradecí con una sonrisa cansada, comí los bollos y apuré la leche, mientras ella me miraba, de pie frente a mí, con una sonrisa maternal. Cuando terminé se aproximó para llevarse la bandeja, pero justo cuando la tuve delante sentí en el ombligo la necesidad de su contacto y, sin decir palabra, abracé su cintura estrecha, descansando mi cara en su vientre. Ella acarició mi pelo, pero sólo hasta que sintió mis manos pintando una borrasca por debajo de su falda. Entonces me tomó las manos, tiró de mí cariñosamente y me llevó a nuestra alcoba, donde por sus esmerados cuidados el dolor se perdió entre las brumas del placer y el sueño.

Por la mañana, mucho más tarde de lo habitual, volví a despertarme con el mismo dolor que en la cabeza sentía los días pasados, pero mucho más fuerte. Al incorporarme el dolor arreció tanto que me hizo gemir. Clota, que se había levantado con el alba, acudió presta al oír mis lamentos, y con la misma ternura con la que acostaba a nuestros hijos me tendió de nuevo en la cama y me ordenó que no me moviera. Dicen que en la enfermedad de un hombre, una madre le cuida para que se ponga bien, mientras que una esposa lo hace para que deje de estar mal, pero mi querida Clota era ambas a un tiempo, me cuidaba como una madre sin dejar de amarme como mi mujer. Volvió al cabo de pocos minutos, portando un vasito de agua junto con las píldoras blancas para el dolor. Por toda respuesta le ofrecí una mueca contraída, y tomé la medicina con tantas prisas que casi me atraganto. Ella sonrió y con cierto reproche mencionó los dolores de un parto, así que yo acepté la reprimenda y, cerrando los ojos, me relajé hasta quedarme otra vez dormido.

Cuando, horas después, me desperté sobresaltado, sentí el impulso irresistible de correr escaleras abajo a comprobar el estado de mi obra, ignorando los ojos preocupados de mi mujer, que a mi lado permanecía pendiente de cada uno de mis movimientos.

Llegué al estudio, descorrí las cortinas para permitir a la luz del día inundar la estancia, me acerqué hasta el caballete que abrazaba a la pintura, retiré el cubrelienzos y, tomando aire, puse mis ojos sobre ella, oprimido por un temor profundo y ancestral que hacía que mis manos temblaran sin control.

Pocos segundos después expiré todo el aire contenido, como si un puño me hubiera golpeado en el estómago. Retrocedí hasta que me dejé caer sobre mi sillón, desde donde miré con aprensión la anomalía que se mostraba ante mí. Mi mujer estaba allí, era su cuerpo sin duda, sus piernas largas y rectas, sus nalgas tersas y prominentes, su cintura estrecha, su pecho firme, sus hombros delicados, sus brazos flexibles y envolventes como sus abrazos, su cuello largo, su rostro ovalado, mi mujer, mi amada mujer.

Era ella, sí, pero lo que vi pintado en ese lienzo me sorprendió tanto que llegué a dudar de mi propia cordura, anuló mi capacidad de hablar y hasta de pensar y, al fin, congeló mi espíritu y mi cuerpo, que se quebraron en mil pedazos. Me sentí desconsolado como el niño que ha perdido su juguete más preciado, desconcertado como el niño cuyos padres se han marchado sin decirle adiós, sin prometerle que volverán pronto, frustrado e inmensamente rabioso, como el amante a quien su amor ha abandonado sin dejarle siquiera suplicar perdones. Me encerré en mi estudio y allí permanecí durante horas, debatiéndome entre los recuerdos de mis días pasados hasta que me dolió el pecho, hasta que mi cuerpo no pudo aguantar tanto dolor y acabó capitulando con el atardecer sangrando el cielo, y lo perdí todo, todo de repente, y dejé de combatir, y me rendí, y me quedé solo.

Abrí la puerta y salí del estudio. Me recibió mi esposa, quien no se había movido de allí en todo el tiempo que duró mi tránsito. No me dijo nada, sólo me abrazó y me acarició durante largos minutos, confortándome, y luego se marchó para volver al poco con un vaso de leche, unos bollos y las píldoras de antipirina. Aún sintiéndome casi libre del dolor se lo agradecí, porque ahora sobre todo me dolía el alma. Me lo tomé todo, obediente y sin rechistar, y me fui a la cama.

No mucho tiempo después sentí que las sábanas se retiraban para acoger el caliente cuerpo de mi mujer que, desnuda, se abrazó a mi espalda y respiró en mi nuca, de donde no se movió hasta que me di la vuelta y la recibí como ella acostumbraba a recibirme a mí. La miré a los ojos y la besé en la boca, y, como siempre hacía, hundí mi rostro en su cuello para llenarme de su aroma, no el de un perfume que jamás utilizaba, sino ese olor tan peculiar que fluía de toda ella, de su piel y de su pelo, único, irrepetible, a mosto de uva recién prensada, dulce y profundo a un tiempo, canela y albaricoque, un olor que me hubiera permitido identificarla entre un millón con los ojos cerrados. Inspiré hasta que no me cupo más aire en los pulmones, abrazado a su cuerpo desnudo como un náufrago, y de repente todo se encajó en mi mente. Porque el olor que percibía, aún siendo de mujer y conocido, no era el de mi mujer. No era el de mi Clota. Dejé escapar despacio el aire retenido, abatido, definitivamente derrotado. Le besé la frente, ella besó con sus lágrimas mis lágrimas, sonreí con pesadumbre, ella me acarició el pelo, me liberé con cuidado de su abrazo, ella me lo permitió, me di la vuelta y me pasé a la otra orilla de la cama, ella sollozó muy queda, y me dormí profundamente.

Por la mañana me desperté sin nada de dolor y descansado a pesar mío, tan sólo con una tristísima sensación de pérdida, extraordinariamente clara. Reviví el tormento de nuestras frecuentes separaciones por las miserias de los céntimos, y aunque a ella la tenía siempre en mi alma, el remordimiento de no llevarla en cada ocasión conmigo era atroz, siempre soñando animoso el momento del reencuentro que después de todo nos había de proporcionar el incomparable gozo de volvernos a ver. Pero esta vez no sentí ilusión alguna.

Me vestí sin premura y pasé por la cocina, donde ella ya me esperaba con el desayuno preparado y la medicina. Suspiré y me senté para tomar sin hambre la leche y el pan tierno con aceite. Cuando acabé permanecí allí sentado, mirando embobado su trasiego de acá para allá, afanándose en las tareas domésticas. Ella tampoco dijo nada, es más, apenas me miró, pero sentí que también su alma lloraba una tristeza muy parecida a la mía.

Tal vez tres o cuatro horas más tarde, cuando un extraño sosiego vino a hacer compañía al desconsuelo, comprendí que era el momento de ir a comprobar lo que, por otro lado, ya no necesitaba comprobar, allá en mi amplio y luminoso estudio de la planta baja, sobre el caballete de madera labrada, cubierto por una tela de algodón que ya resultaba baldía.

Abrí la puerta de la habitación y entonces lo supe, antes de entrar, lo supe.

Me volví al sentir la presencia de mi mujer a mi espalda. Me miraba con los ojos inundados, ojos rojos y ardientes, quemados por las lágrimas. Me ofreció agua con su mano derecha, mientras que en la izquierda, temblorosa, me ofrecía algo que ya no eran píldoras blancas de antipirina, sino una cápsula cilíndrica, mitad roja y mitad negra. Asentí, me la puse en la boca y me la tragué, sorbiéndome yo también las lágrimas. Ella me abrazó con fuerza, y al hacerlo pude ver que su vestido largo y gris ya no era un vestido, sino su camiseta blanca y sus pantalones vaqueros, que sus botines negros y altos ya no eran botines, sino sus cómodas deportivas con cordones rojos. Me despegué de ella, soltado sus manos despacio, y me enfrenté a mi estudio, que ya no era un estudio, sino un pequeño cuarto vacío en un apartamento minúsculo en el extrarradio, del cual nunca había salido un lienzo barato que reposaba sobre un caballete de madera industrial cubierto por una sábana blanca y sucia. Me volví hacia ella otra vez, lloraba y sonreía a un tiempo. Me acarició la mejilla y asintió, y después, como arrastrándose, dio un par de pasos hacia atrás, en silencio. Yo entré en la habitación, y con un único movimiento de mi mano descubrí el cuadro. Lo miré detenidamente, de arriba a abajo, los trazos inocentes y sin espíritu, cada pincelada infantil, cada borrón ingenuo que acentuaba sin piedad el contraste entre el colorido cegador de la locura y el gris insoportable de la realidad, la clara evidencia que me gritaba, con una simplicidad abrumadora, quién era yo de verdad.

Por la ventana entreabierta se coló el petardeo del motor desajustado de una motocicleta. Alguien gritó un improperio que se apagó en la distancia.

«Linda…», musité, y al notar cómo las fuerzas abandonaban mis piernas me senté en el suelo, mareado y temblando, añorando de repente lo que había soñado, lo que había querido vivir y nunca viví, una vida plena y un amor sublime que se acababan de desvanecer ante mis ojos como la niebla con el sol, mirando con mirada velada mi vano intento de crear lo que sólo uno podría haber creado, cien años atrás. Un hombre único, que no era yo, viviendo una vida única con una mujer única, que nunca fueron mías.

Recordé una sonrisa de olas de mar y el calor de un cuerpo desnudo, inmortalizado para siempre en la playa, cerca del agua azul…

«Bienvenido a casa, amor mío», me dijo entre sollozos Marisol, mi mujer, gimoteando detrás de mí. «Amor mío», pensé, «amor suyo».

Amor tuyo. Vuelve, por favor, vuelve, vuelve…

Me di cuenta entonces de que a pesar de mi nueva cordura la esperaría siempre, y también yo me eché a llorar, muerto de pena, abrazado a mis rodillas.

© Copyright de Luis Astolfi para NGC 3660, Julio 2016