Adiós Marte

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Por Daniel Antokoletz

Su equipaje ya se encuentra a bordo. Se detiene en el medio de la escalerilla. Se da vuelta y un gemido surge de sus entrañas. Observa el seco paisaje rojizo y sabe que será la última vez que lo verá. Se corre la máscara que cubre su nariz y su boca, e intenta dar una última inspiración de ese enrarecido aire helado. Un acceso de tos lo obliga a ponerse la mascarilla de nuevo. Ve pasar rasante a Deimos y por un instante puede ver cómo se alinea con Phobos y juntos apuntan hacia su destino. Hacia su nuevo hogar.

La tristeza lo embarga, sabe que es el último en abandonar un planeta arrasado por la guerra y la estupidez. Ya no queda ningún ser vivo en el planeta. Casi ni quedan escombros.

Cuando comenzaron las guerras Pónicas, ya se sabía que las armas podían aniquilarlo todo. Los ingenieros armamentistas creaban armas cada vez más letales y poderosas. Pero las armas de antimateria más poderosas eran preferibles a las muertes silenciosas que creaban los biólogos.

Los independientes sabíamos que este día llegaría. Un estúpido daría con el arma más poderosa. Con el arma final. Y ese estúpido era de su equipo: era un independiente. Gosforet, un científico que estaba menos interesado en la guerra que casi nadie, lo descubrió.

Entre los independientes, había tres facciones que trabajaban de manera paralela: estaban los marteformadores, los adaptativos y los fujitivos.

Los marteformadores querían marteformar al tercer planeta o a la gran luna del planeta gaseoso de nuestro sistema solar en un lapso de décadas. Analizaban cómo enfriar ese planeta con océanos abundantes y verde follaje o cómo calentar el satélite del vecino gigante. Todos trabajaban juntos. Los descubrimientos de los distintos equipos se compartían sin reservas entre todos para que cada uno agregue sus conocimientos o exponga sus críticas.

Los adaptativos, buscaban algún tipo de retrovirus que modificando nuestras características corporales, nos permitiera vivir en cualquiera de las dos posibilidades.

Y los fugitivos, decidieron congelarse y huir en un enorme depósito que vagaría por el espacio en busca de un planeta que tenga las mismas condiciones que nuestro amado Marte.

Y llegó el fatídico día. Gorosfet encontró una manera de generar una bacteria que pudiera bajarle la temperatura al tercer planeta. Y los guerreros Durens se enteraron… La última de las  guerras pónicas estaba llegando a su fin. Y los Durens estaban desapareciendo.

Cuando parecía que no sería necesario evacuar el planeta, los Durens se hicieron con la bacteria y la soltaron en nuestros terribles vientos. Esa bacteria aérea se reprodujo con una virulencia tal, que en poco tiempo vimos desaparecer el agua de los ríos, nuestros pequeños lagos salados comenzaron a desaparecer congelados en las profundidades de la arena vapuleada por las cada vez más terribles tormentas. Y el planeta se desertizó.

Los fugitivos hace rato que se dirigen a los confines del sistema solar. Los adaptativos nos inyectaron lo que ellos creen nos permitirá sobrevivir en lugares más cálidos y oxigenados. Ahora todos nos hicimos fugitivos. Nuestro destino es más cercano. Pero ¿cuántas generaciones de sufrimiento nos llevará adaptarnos a esas temperaturas cálidas? ¿Cómo soportaremos esa gravedad tan terrible? Solo el tiempo lo dirá.

Vuelvo a mirar el rojizo paisaje y miro ese punto más cercano al Sol. Con un nudo en la garganta apenas puedo balbucear:

—Adiós Marte. Hola Tierra.

© Copyright de Daniel Antokoletz para NGC 3660, Octubre 2016