500 toneladas. El viaje más largo

 

Por José Cascales Vázquez

Partida

La estancia en la Estación Espacial Internacional ha sido breve pero intensa. Cuarenta y ocho horas de preparación y repaso de todos los protocolos de actuación, así como ensayos de lanzamientos de los arpones y sujeciones.

Estoy preparado para afrontar la misión.

Ulyana, Danilo, Eva y Huang me han ayudado. Ellos son los habitantes de la Estación que más tiempo han permanecido en el espacio, mil doscientos treinta y ocho días, una gran gesta como la que yo espero realizar.

Los preparativos para mi marcha empezaron esta mañana. La secuencia de desacople de mi nave, la Meteor One, ya se ha iniciado. Me quedan menos de treinta minutos para partir hacia Jack, el asteroide capturado en el cinturón principal de asteroides y trasladado a la órbita lunar.

He pedido a mis compañeros soledad para buscar el máximo de concentración. Ellos han comprendido mi petición y me han dejado en la cámara de descompresión preparado para embarcar.

En realidad, no es concentración lo que busco.

Esta mañana, al despertar, he notado unas nauseas que no tenía desde las primeras veces que salí al espacio y de eso, ya hace unos cuantos años.

Intento no pensar en ello.

Cierro los ojos y quedo prisionero de la oscuridad. Una fría brisa recorre mi nuca y extraños sonidos llenan mis oídos.

—¿Sonidos y vientos en el vacío? —Mi corazón se acelera.

—¿Qué me pasa? —Mis palabras retumban en mi cabeza y mis ojos se abren. Intento acompasar mi respiración.

—Tal vez me he quedado dormido y he tenido una pesadilla. Sí, será eso.

Me acoplo el resto del equipo. En dos minutos estaré en el espacio.

Luces verdes y parpadeantes aparecen en las pantallas del casco. Es la hora de partir.

—Adiós chicos, gracias por todo.

—Suerte John. Te esperamos de vuelta en setenta y dos horas. —La comandante Ulyana me habla en nombre de todos.

—Centro de Control, ¿me recibes?

—Alto y claro John… Iniciamos la cuenta atrás.

 

La secuencia de desacople se efectúa con éxito.

Reviso luces, básicamente eso, luces de colores, ninguna ha de cambiar de verde o amarillo a rojo. La única luz roja permitida es la que indica proximidad con la Estación y pronto pasará a verde.

—¡Ya!

Activo los motores de propulsión y me dirijo hacia Jack.

La misión se está desarrollando según lo previsto. Las comprobaciones de todas las funciones son correctas.

Casi todo va bien.

 

¿Problemas?

—¿Nos oyes, John?

—Perfectamente, control.

—A tu paso por el punto de Lagrange L1, … hemos perdido comunicación con la Meteor durante diez segundos.

—… Ni siquiera lo había notado, control. —Intento restar importancia a la situación.

—Al reconectar hemos recibido la monitorización de tus constantes… ¿te encuentras bien, John?

—… Perfectamente, control.

John, unas ligeras arritmias, aumento de temperatura corporal y un desajuste en tu tensión arterial… nos obligan a suspender la misión.

—Debe haber un error, volved a comprobar lecturas, control… Me encuentro perfectamente para seguir con la misión. —Miento.

—Ok, John, danos unos segundos…

 

Rememoro los momentos anteriores.

Una corriente de aire imposible y algo parecido a unos sollozos lejanos fueron el preludio del espasmo acompañado de un breve vahído.

 

La comunicación con el Centro de Control me devuelve a la realidad.

John, las lecturas son normales… no entendemos las lecturas posteriores a la reconexión.

—… Ok, control.

—Seguimos con la misión, John… confiamos en haber subsanado el error… de los equipos de monitorización.

 

¡Problemas temporales!

Jack se visualiza con total nitidez. Los restos de la captura y transporte del asteroide a la órbita lunar casi han desaparecido. La gran bolsa inflable ha dejado al descubierto los siete metros de diámetro y las quinientas toneladas de agua, compuestos de carbono, silicatos y metales. Todo ello permitirá mantener autónomamente la base espacial tripulada en órbita lunar permanente, gracias al oxígeno y al combustible obtenido del asteroide.

—Unas pesadillas no van a abortar la misión. La Nasa ha gastado mucho dinero y un fracaso castigaría el prestigio y, sobre todo, penalizaría el exiguo presupuesto del que disponemos.

—Control, total visualización de Jack.

—Ok, John… inicia la secuencia de aproximación.

—Iniciada.

John, la secuencia de aproximación durará quince minutos… revisa el funcionamiento de los arpones y las sujeciones.

 

Mi trabajo sigue siendo simple.

El asteroide no es una masa rígida y compacta; no es posible usar sujeciones o arpones en cualquier lugar. Para fijar a los robots extractores hay que visualizar y comprobar los lugares más estables, alejarlos de las zonas con más agua y compuestos de carbono y llevarlos a las zonas de máxima concentración de metales, sobre todo de hierro, con el fin de acoplar una pequeña estación de extracción y preprocesado de metal, que se encuentra orbitando a Jack.

 

—Control… las comprobaciones son correctas y la simulación de disparo y fijación… también.

John… la última palabra no la hemos entendido.

—Todo correcto, control.

—Ok, John. Tenemos algunas interferencias… vamos a realizar unas comprobaciones.

—…

—¿John?

—A la escucha, Control.

—Las comunicaciones comenzarán a fallar por… unas ligeras perturbaciones debidas a la actividad solar de las últimas horas. Duración aproximada diez minutos… El proceso está automatizado y no debes preocuparte por nada… solo de visualizar las zonas señaladas… Interrumpimos las comunicaciones durante esos diez minutos.

 

Un escalofrío recorre mi espina dorsal y me pone en alerta.

Este fallo de comunicaciones no estaba previsto y me quedo solo junto al silencio. Percibo que mi respiración aumenta en sonido y frecuencia. El aire que se introduce en mis pulmones parece pasar por mi cerebro con un ritmo mucho más sonoro que lo que en realidad debe ser. El sonido aumenta y aumenta.

Repaso la monitorización de mi cuerpo en las pantallas. El ritmo cardiaco ha aumentado a 87 pulsaciones por minuto y la temperatura corporal se ha incrementado hasta alcanzar los 37,4º. Las alertas de la pantalla amenazan con pasar del amarillo al rojo sangre.

—¡He de resistir! El entrenamiento servirá. —Cierro los ojos. Inicio técnicas de relajación y respiración hasta que consigo regularizar el ritmo cardiaco. Pasado un minuto los abro. La normalidad regresa: 58 pulsaciones por minuto y 36,9º.

—¿Qué cojones me pasa? —Si hablo, todo quedará registrado en la grabación de cabina y eso abortará la misión definitivamente.

—¡Otra vez! —Comienzo a hiperventilar. Desde mis axilas y frente mana abundante sudor. Siento presión en el cráneo y tras los ojos. Me gustaría quitarme el casco, pero no es posible. Activo la refrigeración interna y no consigo abandonar la sensación de agobio. Mi respiración vuelve a ser muy sonora. Repito las técnicas de relajación aprendidas, cierro los ojos, inspiro profundamente y espiro despacio. Repito el proceso hasta tres veces más.

—No funciona. —Intento abrir los ojos, pero no puedo, vuelvo a enviar la orden a mi cerebro y sigo ciego. Mi corazón se acelera. Me cuesta respirar.

He de tragarme la bilis amarilla del pánico. Agudizo el oído. Unos susurros imposibles, similares a llantos de bebes, me llegan lejanos.

Noto una fuerte aceleración que me hunde en la silla y una presión en el pecho que me altera todavía más. Estoy inmovilizado.

A través de los párpados cerrados, percibo luces acompañadas de sombras grotescas.

Escucho sonidos descompasados y un trueno, un gran trueno, pero, —¡en el espacio no hay ruido! —Me estoy volviendo loco.

No siento ni pies, ni brazos. Suplico, ordeno a mis ojos que se abran. No obedecen.

Las explosiones se aproximan, las luces son más intensas, las sombras están más presentes y los llantos, desesperadamente cercanos.

Mi corazón empuja por dentro de mi pecho queriendo huir del abismo sin fin que me absorbe. Las náuseas están a punto de desbordarse. —¡Me voy a ahogar en mis vómitos!

Mi corazón va a estallar. Mi cerebro funciona intermitentemente. Mis ojos se hinchan y el cuello se resquebraja. Me preparo para morir.

Silencio. Mis ojos se abren.

—Control, ¿me recibes?… Control, ¿me recibes? —Más silencio.

El reloj de cabina se ha estropeado, dice que la última comunicación con Control fue hace mil doscientos años.

© Copyright de José Cascales Vázquez para NGC 3660, Diciembre 2017

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