20/07/1969

iconoslecturasDisfrútalo en tu e-Book: Click y accede a cualquiera de estos formatos.

Por José Luis Díaz Marcos

En su dormitorio, espacio conyugal durante décadas, Carol Armstrong temió desfallecer ante las puertas de un armario ya solo suyo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde…? ¿Semanas, meses…? No estaba segura. A pesar del generoso y unánime apoyo recibido, todas sus certezas habían quedado difuminadas, luces en la lluvia, bajo un oscuro derrame de dolorosa soledad.

Neil Armstrong, primer hombre en pisar la Luna para el mundo y el amor de su vida para ella, había marchado de nuevo hacia las estrellas. Esta vez, para siempre. Su corazón, su enorme corazón, se había detenido incapaz de seguir el ritmo frenético e incansable de la vida. Qué desgracia. Para ambos.

Asumida su nueva condición, Carol, viuda del insigne astronauta, acarició la misma madera que su difunta mitad había tocado tantas veces y, por un instante, «¡Neil…!», creyó notar la amorosa piel de sus dedos. Ahogó un gemido.

No estaba preparada. Nunca lo estaría. Pero debía hacerlo. Asió ambos pomos con firmeza, inspiró profundamente, «Ayúdame…», y tiró, resignada, abriendo al presente el túnel del pasado. Y, tal como sabía, allí estaba él sin estarlo, ausencia de cuerpo presente en cada traje, en cada objeto, en cada fue y ya no es. «Neil…».

Por dónde empezar y qué hacer con sus pertenencias, con aquellos recuerdos que, demasiado banales o dolorosos para ella, decidiera no conservar. Respecto a lo segundo, «Acabarán repartidas por museos de todo el estado, patriotas orgullosos de difundir la leyenda de su héroe cósmico, de mi estrella», valoró. Respecto a lo primero…

«Mejor ir poco a poco», convino. Así, paseó la vista, indecisa, hasta descender a los zapatos, a las cajas, a… Estiró el brazo y tanteó el rincón derecho del armario. Sí, allí estaba el familiar volumen. Desde hacía, «Parece mentira…», casi cuarenta y cinco años, desde que su esposo, comandante del Apolo 11, pasase a la historia en compañía de los pilotos Buzz Aldrin y Michael Collins.

Se trataba de una bolsa de tela blanca semejante a un gran neceser. Por lo que ella sabía, aquélla era conocida como bolsillo McDivitt, en honor a James McDivitt, guía del Apolo 9, y estaba destinada a contener clavijas e instrumentos utilizados durante las misiones.

Y nunca la había abierto. Nunca. La despreocupada respuesta de Neil, «Cosas de trabajo», a la conveniente pregunta bastó, en aquella otra existencia ya perdida de 1969, para desanimarla. Hasta hoy. De algún modo, era esa incógnita la que ahora, harta de esperar, parecía salir a su paso.

Separó el cierre «de monedero» revelando el contenido. A simple vista, un variopinto conjunto de objetos se amontonaba sin orden ni concierto. Dispuesta a identificarlos, los vació en el suelo, sobre la alfombra.

Una cámara de cine, dos correas, una red, una bolsita negra de plástico, piezas diversas… Así hasta un total de veintiún elementos, contó Carol antes de sacar una fotografía.

Escuchado el ya mítico relato de boca del propio Neal y vista su grabación televisiva hasta la saciedad a lo largo del tiempo, la asaltó la duda sopesando la cámara de cine, el más aparente de los objetos contenidos en el bolsillo McDivitt: «¿Fue la que grabó la pisada de Neal sobre el polvo lunar?». Seguramente. Imposible saberlo con certeza.

«¿Y la bolsita?», reparó. «Pesa poco y su contenido es rígido…». La abrió también. Contenía, según pudo ver, una larga tira de película enrollada sobre sí misma. La puso al trasluz y contempló, uno a uno, los respectivos fotogramas.

 

…hueco rectangular en el firmamento, muy cerca de la Tierra, muestra una posterior pared de hormigón; escalera de mano y botes de pintura junto al Eagle alunizado; peones en mangas de camisa trasladan tablones entre cráteres; Armstrong, Aldrin y Collins, sin sus respectivos cascos, bromean con la supuesta ingravidez espacial…

 

Desplazado por un instante el desconsuelo de la pérdida, Carol quedó conmocionada por el descubrimiento. «No es posible. Quiere, quiso, gastarme una broma. Conociéndome, supuso que, antes o después, acabaría cediendo y… Sin embargo, si lo piensas…». Un montaje así no encajaba con la profesionalidad de Neil, con su compromiso público, con su entrega absoluta a la causa espacial y a su propio país. «¡Hay cosas que maldita la gracia!», había soltado en alguna ocasión, molesto con insinuaciones semejantes. «Nunca habría corrido el riesgo, estoy convencida, de que una mofa parecida llegara a los norteamericanos, al mundo. Ni siquiera conmigo».

«A menos…». Tuvo que sentarse en la cama, indispuesta de repente. «A menos que creyese tener la seguridad absoluta, protegido por alguien, o por algo, de que nunca vería la luz. ¿Protegido, quizá…, por un gobierno?». Si era así, en el turbador caso de que fuese así, el alunizaje del Eagle, módulo del Apolo 11, en el Mar de la Tranquilidad del satélite terrestre, con su marido y otros dos hombres a bordo, habría sido… una invención, un escandaloso paripé. Tan falso como el contenido del mensaje grabado en una placa conmemorativa adjunta a una de las patas del mismo Eagle[1].

¡El pequeño paso para el hombre, gran salto para la humanidad, dado por el pionero Neil Armstrong, su Neil, momento histórico seguido en directo por seiscientos millones de personas en todo el planeta, habría sido, increíble…, una película de ciencia ficción!

¿Y por qué? ¿Para qué? «¿Para inclinar a nuestro favor la balanza de la guerra psicológica contra el archienemigo soviético? ¿Para dar una vuelta de tuerca, otra más, a la guerra fría?» ¿Por alguna otra razón que ella no alcanzaba a vislumbrar?

Por lo que fuera. Poco importaban ya los motivos. Terminada la metafórica emisión, el «The End» ya había salido. Hacía cuarenta y cinco años. «Y, por lo que a mí respecta, no seré yo quien critique a estas alturas el desarrollo de la historia ni la interpretación de los actores. Sobre todo, la del protagonista, mi adorado protagonista».

«¡Hace frío…!», se dijo de pronto frotándose los brazos. «Encenderé la caldera. Tengo entendido que el celuloide arde bien».

 

[1] «Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna en julio de 1969 d.C. Vinimos en paz, en nombre de toda la humanidad. – Presidente de Estados Unidos de América – Richard Nixon».

© Copyright de José Luis Díaz Marcos para NGC 3660, Abril 2017

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s