QUÉ ES LA CIENCIA FICCIÓN, LO FANTÁSTICO Y LO MARAVILLOSO: UN MAPA DE LOS GÉNEROS NO REALISTAS Cap. 1

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LA REALIDAD, ¿ESA DAMA INCIERTA? CAP. 1

Por Lola Robles

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.

Jorge Luis Borges, El inmortal

 

A estas alturas puede ya decirse que todos somos posmodernos (…) y que, por ello, no nos cuesta demasiado aceptar que la realidad es una categoría incierta, una entidad indescifrable para la que ya no existen visiones, explicaciones unívocas

(…) Más allá de definiciones ontológicas, las «regularidades» que conforman nuestro vivir diario nos han llevado a establecer unas expectativas en relación con lo real y sobre ellas hemos construido una convención tácitamente aceptada por toda la sociedad.

David Roas, Hacia una teoría sobre el miedo y lo fantástico.

 

realidad

  1. f. Existencia real y efectiva de algo.
  2. f. Verdad, lo que ocurre verdaderamente.
  3. f. Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio.

 

verdad

  1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente.
  2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa.
  3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna.
  4. f. Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente.
  5. f. Realidad (existencia real de algo).

 

empírico, ca

  1. adj. Perteneciente o relativo a la experiencia.
  2. adj. Fundado en ella.

 

Antes de empezar, te animo  a rellenar el siguiente cuestionario sobre lo que tú consideras real o no. Hay cuatro posibles respuestas: SÍ, NO, NO LO SÉ (DUDA), NO SÉ LO QUE ES.Es mejor que lo hagas espontáneamente, no importa que no sepas lo que es algo o que dudes de ello, pues no se trata de un examen sobre tus conocimientos, sino de un test sobre tus opiniones. Las respuestas son estadísticas globales, pero te puedes hacer una idea. 

Pincha para acceder al CUESTIONARIO

 

LITERATURA, REALIDAD Y POSMODERNIDAD 

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El fantasma y la Señora Muir (Joseph L. Mankiewicz, 1947) deliciosa comedia en que se nos narra un «romance paranormal» entre el personaje encarnado por Gene Tierney y el fantasma de un marino que interpreta (en este caso no se puede decir «encarnado») Rex Harrison.

Vamos a hablar de los «géneros literarios no realistas», aquellos que, según es frecuente escuchar, están bastante o muy alejados de lo real, a diferencia de los realistas, que presuntamente concuerdan mucho más con la realidad, con el mundo exterior a la obra literaria. Ahora bien, antes de aceptar sin más una afirmación semejante, deberíamos preguntarnos a qué llamamos «realidad», y si es tan objetiva, estable y comprobable como creemos.

Por supuesto, se trata de una cuestión muy compleja, sobre la que han debatido, desde muy diversas disciplinas, pensadores de todos los tiempos y culturas.

La cuestión fundamental para lo que aquí nos interesa es si somos capaces de percibir la realidad,  aprehenderla, comprenderla, de una manera objetiva, o si no estaremos más bien mediatizados y hasta limitados por nuestras características fisiológicas y por las circunstancias que nos rodean, de modo que aquello que llamamos realidad es más bien una construcción mental, lingüística, histórica, social, cultural, ideológica.

Y nos interesa esta cuestión a la hora de estudiar la diferencia entre los géneros realistas y no realistas, y en este segundo grupo, entre los distintos tipos de GNR (maravilloso, ciencia ficción y  fantástico) por dos razones:

—Para indagar, más allá de la evidencia básica de que toda literatura es ficción, invención, imaginación, desde el naturalismo a la fantasía más desenfrenada, hasta qué punto es posible afirmar de manera categórica que los GNR se alejan de modo considerable de lo real, mientras que el realismo literario se halla mucho más próximo.

—Por añadidura, los GNR confrontan, cuestionan o intentan ampliar nuestra noción de realidad, por muy sólida o muy arbitraria que la creamos.

 

Me parece que un buen punto de partida sería mirar hacia el momento desde donde hablamos, y buscar qué postula al respecto, y decidir luego si estamos de acuerdo o no.

Lo sepamos o no, lo creamos o no, lo queramos o no, somos posmodernxs (y utilizo esa «x» porque es muy posmoderna precisamente y ha dejado anticuada a la arroba del lenguaje no sexista). La posmodernidad se considera un movimiento cultural, artístico, literario, filosófico (al final extendido a todo el período histórico), que surge en la segunda mitad del siglo XX, sobre todo a partir de los años setenta. Como todo lo «post», es una noción discutida y controvertida, y va irremediablemente vinculada a aquello a lo que sigue y a lo que se confronta, en este caso la modernidad, y principalmente los ideales de la Ilustración.

La ciencia, el pensamiento, el arte y la literatura del Siglo de las Luces creían en el progreso y en valores y verdades objetivos y universales; en que era posible comprender y dominar el mundo y la naturaleza, y la enseñanza y  cultura servirían para perfeccionar al ser humano, y con todo ello este alcanzaría la felicidad.

He de decir que soy una admiradora de la Ilustración. Bien es cierto que no fructificó en calidad literaria, al estar limitada por sus preceptos ideológicos, morales y  didácticos.  Es fácil entonces denostar el siglo XVIII por su arte encorsetado y su fe en la Razón, quizás un tanto ingenua. Pero fue la Ilustración la que abrió los caminos del desarrollo social, político, económico, científico, tecnológico, del tiempo posterior, el nuestro. Sin el siglo XVIII, no habría además ciencia ficción ni literatura fantástica, como veremos.

Además, las Luces intentaron combatir y lograron en buena parte desterrar la oscuridad, las supersticiones y el pensamiento acientífico dominado por lo religioso de las épocas anteriores. Aunque el Romanticismo cuestionó la Razón, subversión que se encuentra con claridad en la literatura, lo cierto es que el siglo XIX y XX heredan la visión racionalista y positivista del mundo, que conciben un universo ordenado según leyes lógicas y comprensibles por la inteligencia humana.

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(Dirigida por Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999)

El siglo XX, en el que tantos hemos nacido, demostró bien pronto que iba a demoler muchas seguridades y esperanzas, y a segar la fe en el progreso humano (en su más amplio sentido, incluyendo no solo lo material sino lo espiritual, lo individual tanto como lo colectivo), y lo hizo con más brutalidad que la guillotina que tiñó de sangre los logros de la Revolución Francesa. Ya desde la I Guerra Mundial, llamada con justicia la Gran Guerra por ser un conflicto bélico que estremeció el planeta entero y sin el cual no puede entenderse la Segunda Guerra, las intermitentes crisis en el pensamiento, la cultura, la economía, la moral, la religión. Todo ello hizo tambalearse muchas certidumbres, entre ellas la idea de la realidad como algo objetivo, estable y sólido a lo que aferrarse. Y si es difícil creer ya en nuestra capacidad de comprender la realidad, no digamos la verdad, entendida como la adecuación entre lo que se dice y lo que se piensa, se siente o ha ocurrido.

A la posmodernidad se la describe y califica de modo muy amplio, a veces incluso contradictorio, a veces con excesiva simplicidad, por ejemplo cuando se dice que es un movimiento que se opone a la época anterior, cosa que ha ocurrido con casi todos los períodos desde que el mundo es mundo. En general, casi nadie tiene muy claro qué y cómo es exactamente lo posmoderno, y sin embargo esa duda es a la vez muy propia del pensamiento de la época. Yo diría que más difícil que definir la condición en sí es encajar luego en ella obras y autores de manera rigurosa. Pero bien, paso a enumerar características que se postulan:

Se afirma que la sociedad posmoderna es individualista, antirracionalista, desencantada porque ya no cree en utopías, postindustrial, postmarxista, la edad del capitalismo financiero, del consumo, de los medios de comunicación como poderes cruciales, del vertiginoso progreso tecnológico, de la cibernética, de Matrix, Internet y las redes sociales, del pastiche y el simulacro, de la obsolescencia programada, de las  teorías de las  conspiraciones, las creencias religiosas alternativas, los libros de autoayuda.

Frente a la solidez del pensamiento racionalista y materialista, lo posmoderno no es ya una brecha en la realidad anterior, sino que se metaforiza como lo líquido, lo fluido, lo difuso, flexible, maleable, dúctil, evanescente, efímero, light, es la sociedad de lo híbrido, lo queer, de la crítica a la estructura mental e ideológica binaria, y del cuestionamiento de las identidades, casi todas, incluyendo como acabo de decir la de género, tal vez lo único que no se pone en tela de juicio son las identidades nacionales.

La posmodernidad es «descentrada» porque cuestiona los centros, la autoridad científica, intelectual y literaria, la cultura occidental, blanca y patriarcal hegemónica. Se resquebraja primero y se rompe después la separación entre cultura popular, de masas, y alta cultura, de élite o de expertos,  lo que supone por una parte una democratización del conocimiento, el saber y la creación, pero también tiene inconvenientes.

El problema es que en una sociedad donde se duda de las  autoridades que tradicionalmente han detentado  el saber, tal vez se aporten conocimientos alternativos muy válidos por parte de personas que han estado siempre y seguirían estando fuera de las élites, pero se corre asimismo el riesgo de caer en el reduccionismo, la inexactitud, lo pseudocientífico, el retorno al pensamiento mágico. Al final podemos sucumbir a la tentación de poner al mismo nivel la ley de la gravedad y la ley de Murphy.

No sé si todo esto que he dicho es propiamente posmoderno o simplemente de la época en que me, nos ha tocado vivir. Por supuesto, esta crisis económica que ha terminado de demoler nuestra seguridad ha puesto también en movimiento muchas conciencias y rebeldías.

Y regresemos —ahora al tema de la realidad y su relación con la literatura.

¿La realidad y la verdad están ahí afuera? ¿Nos adentramos en el siglo XXI con todas las certezas derrumbadas o se trata más bien de ignorancia de esas verdades, y así nos creemos cuanto hemos leído en libros, revistas, y sobre todo Internet, sin contrastarlo en modo alguno, porque encaja con nuestras paranoias, obsesiones  o necesidades personales? Tanto en las elevadas cumbres de la física cuántica con sus especulaciones sobre el extraño mundo de las partículas subatómicas hasta las experiencias de nuestra vida cotidiana, pasando por las entidades propias de lo fantástico, la ciencia ficción y lo maravilloso,  ¿está tan claro y es tan seguro lo que es real y no?

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¿La verdad está ahí fuera?

Si vamos por ejemplo a nuestras percepciones más directas, las que tenemos en primera persona, a través de los cinco sentidos, lo que vemos, oímos, olemos, gustamos, tocamos o nos llega a través de la piel. Este tipo de percepción puede parecer el más seguro (lo hemos visto con nuestros propios ojos, lo hemos oído). Sin embargo hay unos factores de distorsión que hacen vacilar esa seguridad: hay ruidos e interferencias que nos impiden oír bien, una niebla nos dificulta la visión… Esto son circunstancias momentáneas, pero también las hay permanentes: discapacidades físicas o psíquicas. Cualquier estado alterado de la conciencia, de la capacidad cognitiva, puede distorsionar, a veces muy seriamente, nuestra percepción de la realidad: sueño nocturno, alucinación, intoxicación por drogas o alcohol, delirio, miedo, y por qué no, el enamoramiento. ¿Podemos fiarnos de nuestras percepciones inmediatas al cien por cien? ¿Y si alguien pretende engañarnos, hacernos «luz de gas»?

La cuestión de las percepciones es básica para entender los GNR, sobre todo el fantástico, porque en este tipo de ficción suele haber uno o varios personajes que tienen o sufren unas percepciones que otros no comparten, y que a esos otros, y hasta a los propios sujetos protagonistas, les parecen dudosas, extrañas, incomprensibles, demenciales, imposibles…

El problema es además que nuestras percepciones directas, que ocurren en la brevedad del presente, se convierten pronto en recuerdos, y habrá que admitir que la memoria nunca es tan fiable como desearíamos y el inconsciente traiciona a la hora de acordarse con precisión del pasado, pues oculta y desfigura los hechos. ¿Y hasta dónde podemos entonces confiar en lo que nos cuentan los demás sobre sus propias percepciones?

Mucha información no la conocemos directamente sino a través de intermediarios, ya sean personas u otros medios. Su aceptación está sujeta al grado de confianza que tengamos en los informantes, la autoridad que les otorguemos, nuestro conocimiento del tema así como nuestro grado de credulidad o de capacidad crítica.

En todo caso, ¿cómo estar seguros de que  aquello que no conocemos directamente existe, o eso que no sabemos y nos cuentan es cierto? ¿Cómo diferenciar la verdad del engaño, la manipulación, la inexactitud? El desconocimiento es uno de los mayores factores de distorsión (y también habría que añadir el autoengaño, la ignorancia, la obcecación) a la hora de enfrentarnos a la realidad y la verdad.

¿Nos aproxima más toda la información con que contamos en nuestro momento histórico? ¿No produce ese exceso tanta confusión o distorsión como la escasez? Ante un número masivo de datos, noticias, interpretaciones de hechos, con frecuencia claramente contradictorias y mediatizadas por muchos factores, por ejemplo las creencias de quien emite esa información, ¿cómo encontrar el hilo de Ariadna de la verdad? Resulta curioso que en uno de los momentos históricos en que más acceso a la información tenemos y más datos manejamos, nos asalte continuamente la tentación de la conspiranoia, que supone una desconfianza absoluta en las noticias que nos cuentan, y de la magufería, que continúa las antiguas supersticiones.

 

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Ingrid Bergman y Charles Boyer en Luz que agoniza (George Cukor, 1944) filme donde un perverso esposo trata de hacer pasar por loca a la protagonista haciéndole dudar de sus propias percepciones.

La realidad no es solo un tema metafísico ni científico, sino que se refiere también a cuestiones como las que antes he expuesto: los seres humanos manejamos a diario las nociones de lo real y lo verdadero, aunque no lo hagamos de modo siempre consciente. Quizás a partir de todo lo anterior podemos plantearnos, desde la mirada de este incipiente siglo XXI, que por  mucho que hayamos avanzado, nos encontramos ante la misma duda de siempre, si somos capaces de tener certezas absolutas sobre la realidad.

Y si esta es tan estable, lógica, objetiva y comprobable como nos gustaría creer.

El concepto y la extensión de lo real han ido cambiando además con el tiempo: por una parte se restringen, como en los casos en que han desaparecido muchas creencias referidas a lo sobrenatural que en épocas pasadas se consideraban incuestionables. Y por otro lado se amplían, pues al avanzar la ciencia aumentan las explicaciones fundadas para cuestiones antes vistas como imposibles (¿quién en otro tiempo hubiera creído en la realidad de la clonación, del teléfono móvil o de los drones?).

Quizás nunca hemos conocido ni podremos conocer directamente las cosas en sí, sino mediatizados por nuestras características fisiológicas, limitaciones y circunstancias, como ya apunté. De este modo, el concepto que tenemos de la realidad es eso, un concepto, un pensamiento, y el pensamiento se estructura a través del lenguaje. En esa construcción lingüística que da forma al pensamiento y al mundo hay una categorización que no deja de ser un intento de convertir en unidades discretas un exterior que puede ser un continuum sin fronteras exactas. En ese sentido no existe el color violeta, existe una tonalidad a la que damos ese nombre en castellano y otros idiomas, pero en una cultura y lengua que englobara ese color dentro de la gama de los azules, el violeta simplemente sería considerado inexistente, y se vería como azul, y con eso no quiero decir que ese color no esté ahí fuera, sino que no existe para los hablantes de esa lengua.

Así pues, la realidad no es un corpus tan evidente y bien delimitado como pudiera parecer en principio. Y podemos admitir que hay una versión «oficial» de la realidad, según la cual los elfos no son reales, los humanos sí llegamos a la Luna en 1969, y Cleopatra existió aunque no la hayamos conocido en persona. Hay mucho pues de construcción mental, lingüística, de convención compartida socialmente, aunque esta convención haya dejado de ser tan común en estos tiempos posmodernos y ahora cada uno podamos tener nuestra idea de lo que es real y no, pues ese concepto ha dejado, para mal o para bien, de estar en manos de los expertos.

cubierta_ROAS_20110817Tengamos también en cuenta que, como asimismo explica David Roas, las personas no nos pasamos la vida haciendo pruebas científicas sobre la existencia de las cosas, sino que funcionamos con lo que se ha llamado «certidumbres preconstruidas», regularidades, costumbres mentales en las que confiamos; a partir de ahí codificamos nuestra idea de realidad, de lo posible y lo imposible, lo normal y lo anormal, para alejar lo desconocido, lo incognoscible, cualquier amenaza extraña que perturbe ese recinto donde nos sentimos cómodas y seguras.

A partir de ahora, por tanto, hablaré, más que de realidad, de «realidad comúnmente aceptada», o «nuestra convención de la realidad».

 

Y es esa versión «oficial» de lo real, racional o natural la que cuestionan e intentan transgredir los GNR, cada uno de manera diferente, como veremos. Ese cuestionamiento, esa duda, esa transgresión de la realidad aceptada, son puntos de partida básicos para entender los mecanismos de funcionamiento de estas literaturas de las que vamos a hablar.

BIBLIOGRAFÍA

ROAS, David

—(2006), “Hacia una teoría sobre el miedo y lo fantástico”, Semiosis (México), II, núm. 3 (gener-juny de 2006), pp. 95-116.

—(2011), Tras los límites de lo real: una definición de lo fantástico, Madrid, Páginas de Espuma.

(Estos textos y artículos provienen, con diversas modificaciones, del libro En regiones extrañas: un mapa de la ciencia ficción, lo fantástico y lo maravilloso, disponible a precio dinámico en la plataforma Lektu (https://lektu.com/l/palabaristas/en-regiones-extranas/4984).

Indice capítulos 

© Copyright de Lola Robles para NGC 3660, Septiembre 2016