Dos errantes

 

Por Eneele Horst

Irra-Naruuk sabía que había sido suficiente osadía entrar al Sitio Consagrado sin compañía, y sin embargo, seguía acercándose al sector conocido como Círculo de Muerte-Vida, que ni siquiera tenía permitido visitar con sus aayyug-nodrizas; allí podría ir cuando envejeciera y tuviera que prepararse para un nuevo despertar, y aunque el asunto le provocaba escalofríos, también le despertaba una ardiente curiosidad. Esa mañana, al ver a través de la ventana de su habitáculo la procesión que llevaba en parihuelas a aquella adlaga moribunda, había salido con la única intención de echarles un vistazo más de cerca y finalmente no había podido resistirse a ir en pos de ellos. Le habían cautivado la solemnidad de esos aayyug altos y pálidos, como todos los miembros de esa raza y de la adlag, aquella a la que pertenecía Irra-Naruuk; las blancas y brillantes túnicas que vestían, el cántico monótono que entonaban a media voz; la decrepitud de la adlaga que, erguido el torso con la ayuda de mullidos cojines, miraba con ojos soñolientos desde lo alto a los individuos que iban y venían por las soleadas calles de la ciudad. Nadie había notado la presencia de Irra-Naruuk al mezclarse entre los oficiantes del ritual para introducirse en el Sitio Consagrado, pues no tenían motivo para prestar atención a algo más que el desempeño de sus funciones: los habitantes del mundo de Zunnul respetaban las normas por su sentido del honor; no había fuerzas armadas ni de seguridad en ninguna urbe del planeta, ni tampoco, para fortuna de Irra-Naruuk, personal de vigilancia en los edificios públicos.

Aunque era la primera vez que salía sin acompañantes y quizás no supiera cómo hallar el camino de regreso; aunque, de ingeniárselas para volver, no podría escapar de la reprimenda de sus nodrizas, nada de eso le preocupaba demasiado ahora. La emoción henchía su pecho; estaba a punto de presenciar el fenómeno de la casi-muerte y preparación para un nuevo despertar, del que ya tanto había oído hablar durante su corta existencia.

La vieja adlaga no iba en andas ahora; caminaba lentamente, con ayuda de dos servidores. Se acercaban a la cámara donde su cuerpo encorvado y arrugado terminaría de deteriorarse y se encogería hasta convertirse en un montón de restos palpitantes de los que poco a poco volvería a formarse una adlaga nueva. Irra-Naruuk intentó ver qué había más allá de la entrada. Vislumbró una gran estructura ovoide, de superficie dorada, cubierta de complejos grabados, en la que se abría una puerta estrecha; dentro, todo era oscuridad. Observando esa negrura, Irra-Naruuk de pronto sintió temor y supo que su trasgresión había llegado demasiado lejos. Retrocedió, en medio del bosque de túnicas blancas, hasta ubicarse detrás de quienes cerraban la marcha. Desde el umbral de la cámara, con el corazón desbocado, vio cómo la adlaga subía con paso inestable los peldaños que conducían al interior del receptáculo acondicionado, sosteniéndose de los aayyug que la servían, y se estremeció cuando estos cerraron la puerta bajo llave.

—Qué decepción, ¿eh? —Irra-Naruuk dio un respingo al escuchar aquella voz susurrante y desenfadada a sus espaldas; se volvió con cautela—. Pero no lo hubieras visto de todas formas… el proceso de descomposición lleva varios días y los cambios al principio son apenas perceptibles…

Se trataba de un ayyug joven, que todavía llevaba descubierta su calva cabeza, igual que Irra-Naruuk, pero algo mayor que la adlaga, pues vestía las ropas color naranja de los estudiantes superiores. Por un momento, mientras observaba al desconocido, Irra-Naruuk no supo qué decir y terminó mascullando una pregunta irrelevante.

—¿Quién eres?

—Podría decirte mi nombre, pero ¿qué puede significar eso para ti? Pertenezco al pueblo dedicado al Servicio…

—Eso ya lo sé, y yo decidiré si tu nombre significa algo para mí, ¡dímelo!

El ayyug se encogió de hombros.

—Me llamo Ka’Appul, ¿y tú?

—Irra-Naruuk, pero puedes llamarme Irra. ¿Tú también has venido a husmear?

Ka’Appul esbozó una sonrisa.

—Mi visita al Sitio Consagrado es parte de mi aprendizaje sobre las costumbres de nuestros pueblos. Algún día se me encargará la instrucción de algunos de los tuyos… ¿Por qué estabas husmeando?, ¿has empezado a tener recuerdos?

—¿Recuerdos? Oh, no… recién estoy en mi primera conciencia, no he vivido otra vida antes.

—Ya veo —dijo Ka’Appul, asintiendo con la cabeza. Aunque las adlagyl podían revertir su proceso de envejecimiento hasta regresar a la fase inicial de la vida una y otra vez, una condición que las volvía biológicamente inmortales, podían enfermar o sufrir accidentes fatales, como cualquier otro ser vivo del planeta, y por este motivo el programa de reproducción interurbano propiciaba la llegada al mundo de nuevos ejemplares.

—Enseñarle todas las cosas a alguien como tú ha de ser interesante; a quien haya regresado de la casi-muerte solo podré ayudarle a recordar lo que ha aprendido antes, y a decir verdad, lo encuentro un poco aburrido…

—¿Y cuándo completarás tus estudios?

—Cuando Zunnul haya danzado en torno a Dengirzul otras tres veces.

El rostro de Irra-Naruuk se iluminó.

—Ah, ese es el tiempo que me falta para poder recibir instrucción personal. ¿Sabes que podemos elegir a nuestros instructores? Te convocaré a ti, Ka’Appul.

—Me honras, oh respetable adlaga —dijo el ayyug, haciéndole una reverencia con un gesto ampuloso que a Irra-Naruuk le pareció una burla.

—Pero tendrás que empezar a cumplir tu servicio hoy mismo —irguió la cabeza con altivez—, como… como parte de tu aprendizaje, claro.

—¿Ah sí? ¿Y qué es lo que debo hacer?

La joven adlaga se llevó uno de sus largos dedos a la boca.

—Nunca antes había salido sin acompañante… y creo que… que me he perdido. ¿Me ayudas a volver a casa?

Ka’Appul soltó una risita y asintió con la cabeza.

—¡Claro que sí, respetable adlaga!

Irra-Naruuk frunció el entrecejo con la certeza ahora de que ese tratamiento de cortesía no era más que una mofa. Jamás había sentido tanta vergüenza, y sin embargo, le alegraba no tener que despedirse aún de aquel ayyug irreverente.

Las adlagyl que nacían por primera vez crecían en un complejo habitacional construido especialmente para ellas, y dirigido por nodrizas ayyug. Era un grupo de seis edificios blancos, de forma oblonga, irregular, ubicados alrededor de la Casa de Reproducción. Irra-Naruuk divisó el bosquecillo que había detrás del complejo y dejó escapar un suspiro; Dengirzul, la enana amarilla en torno a la cual giraba el planeta Zunnul, manchaba de púrpura el cielo turquesa del atardecer, y con la vista familiar de aquellos árboles-embudo de troncos gruesos y rectos, cuyas ramas violáceas se abrían hacia el firmamento, formando un plato, la joven adlaga se distendió y comenzó a hablar de lo excitante que había sido ir tras la procesión hasta el Sitio Consagrado. Finalmente, se detuvo delante del edificio donde vivía, y dijo, con aire resignado:

—Hemos llegado. Ha sido un placer hablar contigo, Ka’Appul; mis nodrizas apenas me dirigen la palabra, y no me dejan conversar demasiado con el resto de las adlagyl de aquí.

—Eso es para evitar que crees lazos —dijo Ka’Appul con seriedad.

—¿Qué significa eso?

—Ya lo comprenderás. Adiós, Irra-Naruuk…

—Adiós, y gracias. Ah, y no lo olvides, dentro de tres vueltas a Dengirzul iré a buscarte.

Ka’Appul sonrió con indulgencia.

—Serás tú quien lo olvide…

***

A simple vista soo las vestimentas permitían diferenciar a una raza de la otra. Tanto los aayyug como las adlagyl tenían la piel blanca, con una sutil tonalidad cerúlea; el torso pequeño, la cintura estrecha y las caderas anchas; sus extremidades y dedos eran largos y delgados, y tenían la cabeza y el rostro ahusados, los pómulos y la barbilla prominentes, los labios llenos, la nariz fina, y los ojos irisados, pequeños y excesivamente rasgados. Cada individuo de uno u otro pueblo nacía con la capacidad de producir gametos masculinos y femeninos, pudiendo así cambiar de sexo en múltiples ocasiones, para fecundar o concebir, de acuerdo a la necesidad, y no había impedimento alguno para que ambas razas se reprodujeran entre sí; pero temerosas de perder la capacidad de regresar a la vida, desde los tiempos remotos en que habían manifestado esa alteración, las adlagyl habían evitado mezclarse con los mortales aayyug, y aquello había dado lugar a una sociedad dividida en la que poco importaba lo mucho que ambos pueblos tenían en común.

Ninguna adlaga, apenas interesada en sus congéneres, le prestaba suficiente atención a los consagrados al Servicio como para reconocer a un ayyug con quien hubiese intercambiado algunas palabras, aunque eso hubiera ocurrido el día anterior. Sin embargo, cuando Irra-Naruuk entró a la Casa de Formación, atrayendo la atención del grupo de estudiantes y maestros que se hallaba en la recepción, sus ojos se fijaron en uno de ellos y de inmediato sintió un cosquilleo en las entrañas, pues había reconocido a Ka’Appul, a pesar de que mucho tiempo había transcurrido desde su único encuentro, y de que en ese entonces ambos estaban todavía en su fase de crecimiento. El ayyug se separó de sus compañeros y fue hacia Irra-Naruuk; su expresión, mezcla de sorpresa y complicidad, daba a entender que también había reconocido a la adlaga.

—Cuánto has cambiado —murmuró Ka’Appul, sonriente. Irra-Naruuk había superado la estatura promedio y le sacaba media cabeza; vestía una túnica azul, con estrías de plata, y llevaba un amplio tocado de nervaduras que se abrían como un abanico, de metal opaco, salpicado de gemas translúcidas. Miró al ayyug, a su vez, de los pies a la cabeza, con el desenfado propio de su pueblo. Las vestiduras de Ka’Appul eran de color ocre; su tocado, más pequeño y de forma oblonga, distintivo de los instructores, y tenía dibujos abstractos pintados en el rostro y en las manos, una costumbre ayyug que solo tenía un fin estético. Su trato aún era cálido y desenvuelto, pero su mirada afable reflejaba ahora el aplomo de la adultez.

Irra-Naruuk reparó en que los demás no les quitaban los ojos de encima e intercambiaban murmullos.

—¿Qué es lo que les intriga tanto? —dijo con hosquedad.

-Tienes una forma extraña de hacer las cosas, venerable adlaga… No estamos acostumbrados a ver a los tuyos por aquí; debiste enviar a uno de tus servidores.

—Mis servidores insistieron en que debía confiar en su experiencia para escoger instructores, que no conocía tus calificaciones. Creo que les molestó el hecho de que te conociera… Entornaron los ojos cuando les hablé de ti.

—Entonces debes decirles que mis calificaciones han sido siempre las más altas —dijo Ka’Appul con orgullo.

—Bien, eso les cerrará la boca y tendrán que aceptarte… Porque te harás cargo de mi instrucción, ¿verdad? —el rostro de Irra-Naruuk se ensombreció de repente—. ¿O es que ya recibiste otra propuesta?

—He recibido más de una propuesta desde que completé mis estudios hace muy poco. Pero las he rechazado todas. Estaba esperándote.

—¿Aunque creías que iba a olvidarte?

—A decir verdad, tenía la esperanza de que no lo hubieras hecho; yo siempre te he recordado…

Lo que acababa de decir pareció desconcertar a Ka’Appul y frunció el entrecejo con un gesto reflexivo. Irra-Naruuk, en cambio, se movió en el lugar, con inquietud.

—¿Cuándo comenzará el aprendizaje, entonces?

—Ahora mismo, si lo deseas.

—¿Ahora? Sí, ¿por qué no?

Ka’Appul sonrió, y mientras abandonaban el edificio, le preguntó:

—¿Qué sabes sobre los misterios del Gran Desconocido?

Irra-Naruuk le explicó lo poco que sabía. Era la vastedad oscura que les rodeaba, la energía consciente de la cual había surgido la materia. Lo demás, le habían dicho sus nodrizas, lo aprendería cuando llegara el momento.

Se dirigieron al Sitio Consagrado, que la adlaga no visitaba desde el día en que había conocido a Ka’Appul. En aquella ocasión no se había detenido a observar el edificio como lo hizo esta vez… Blanco y de líneas irregulares, como todas las construcciones de la ciudad, compuesto por una infinidad de filamentos y oquedades, era la obra más extraordinaria que el pueblo ayyug había llevado a cabo en aquel rincón del planeta. Atravesaron en respetuoso silencio la primera estancia del santuario, donde miembros de las dos razas salmodiaban, sentados en el suelo, y salieron a un patio luminoso y solitario. Había allí, cubriendo por completo un rugoso muro, un fresco de vivos colores que cautivó a Irra-Naruuk. Recortados contra un fondo azul, cuajado de toscas estrellas amarillas, un grupo de adlagyl con sus tocados, extendía las manos al cielo para recibir los poderes benéficos del Gran Desconocido; a su alrededor, una multitud de aayyug prosternados, les ofrecían diferentes herramientas de trabajo.

—Porque nunca seremos capaces de desentrañar por completo sus designios, de vislumbrar sus senderos infinitos, le llamamos el Gran Desconocido —comenzó a decir Ka’Appul, observando el fresco con aire ausente—. Dio vida en la tierra y en los mares de Dengirzul a todo tipo de criaturas, pero sólo a una especie dotó de sabiduría, y cuando ésta se multiplicó, escogió a quienes habrían de rendirle homenaje. Junto con este deber, les entregó el don de la inmortalidad… y así surgió tu raza, Irra-Naruuk. A los demás, Aquellos Que Mueren, les otorgó, sin embargo, el honor más grande: los consagró al servicio de Aquellas que Regresan…

Ka’Appul se interrumpió al ver que Irra-Naruuk fruncía el entrecejo.

—No es justo… —murmuró la adlaga—. ¿Tú piensas que eso es cierto?

El ayyug sacudió la cabeza con incredulidad.

—No dejas de sorprenderme. Irra, no se supone que la instrucción deba comenzar así…

—Vi una sombra en tu mirada cuando me contabas la historia, y percibí una nota de ironía en el tono de tu voz… No quiero que me enseñes lo que se supone que debo aprender; quiero ver el mundo a través de tus ojos.

Ka’Appul suspiró.

—Perderé mi cargo aun antes de comenzar realmente a ejercerlo…

—Enséñame entonces lo que debes enseñarme, pero también lo que tú crees que debería saber; nadie tiene por qué enterarse…

—Eres una criatura de fuerte determinación; me guste o no, no podré negarme, ¿cierto?

Ka’Appul acompañó a Irra-Naruuk hasta el edificio donde la adlaga vivía, en compañía de sus servidores, desde el comienzo de su edad adulta, y al día siguiente empezaron a recorrer la ciudad, pues hasta aquel momento Irra no había tenido permiso para salir del área ocupada por los suyos. De diseño circular, la urbe se desplegaba en torno al Sitio Consagrado; las primeras edificaciones, de las que no había dos iguales, anfractuosas, inclinadas, alargadas o chatas, con sus escaleras de caracol, sus torres enroscadas, sus incontables ventanas de diferentes tamaños y sus incrustaciones de piedras coloridas, constituían la residencia de las adlagyl. En el mismo sector estaban la Casa de Formación, donde los aayyug se instruían en los diversos oficios y profesiones de la comunidad, y la morada de quienes se dedicaban a instruir a Aquellas Que Regresaban; la Casa de Consejo, donde los más sabios aayyug se reunían para resolver cualquier problema que surgiera en la ciudad; la Casa de Reproducción y las viviendas de quienes transitaban la primera conciencia. Durante una semana caminaron por amplias avenidas desiertas y por callejas atestadas, y viajaron en coches descubiertos, de tracción física, conducidos por silenciosos aayyug. Ka’Appul le habló de cómo su pueblo había cumplido la tarea encomendada por el Gran Desconocido de servir a la raza inmortal, construyendo cada ciudad, estableciendo las normas sociales, estudiando las diversas formas de vida del planeta, intentando desentrañar los secretos del cosmos; le habló de aayyug notables, que habían muerto hacía mucho tiempo; de las danzas y los cánticos de alabanza que le enseñaría para que pudiera participar de las fiestas santas y de los ritos en el Sitio Consagrado.

Los ávidos sentidos de Irra-Naruuk aprehendieron cada detalle de todo cuanto le era desconocido… las sencillas viviendas de los aayyug que no servían directamente al pueblo inmortal, sino que desempeñaban todo otro tipo de oficio, ubicadas en el segundo anillo de la ciudad; sus modestos pero coloridos atavíos; la mezcla de aromas, el vocerío del mercado, y los objetos que ofrecían los vendedores: joyas de metal batido, alfarería decorada con trozos de vidrio coloreado, géneros que destellaban bajo el sol, tocados y perfumes. Las canciones que entonaban los agricultores en el tercer anillo de la ciudad, donde estaban los cultivos de ku-aityl, los organismos coloniales en forma de pilar que conformaban la base alimenticia de las sociedades de aquel planeta; los sonidos guturales que, desde sus cuadras, dejaban escapar los ligysh, las grandes bestias de cuello largo y piel plateada, que se empleaban para recorrer largas distancias fuera de las ciudades. Le causó impresión y fascinación el sitio donde se incineraba a los muertos, pues cuando una adlaga se dormía para no volver a despertar, la cremación se efectuaba en el Sitio Consagrado, y jamás había visto la ceremonia. Examinó cada detalle de las especies disecadas del museo de curiosidades: animalillos del desierto, de escamas violáceas como las arenas de Zunnul, cuerpo delgado y largo, y múltiples ojos; pequeñas criaturas marinas de numerosas cabezas y piel transparente que dejaba a la vista sus órganos internos; oscuros seres de alas membranosas, de las selvas púrpura del hemisferio norte.

Regresaban a la vivienda de Irra-Naruuk, al final del último día de excursiones, conversando animadamente y riendo, cuando una situación inusual les sacó de su abstracción. Se trataba de una multitud de aayyug que iba en pos de un individuo cabizbajo, siseando sin cesar a su paso.

El rostro de Ka’Appul se demudó.

—El Rito de Humillación pública… nunca antes había visto esto.

—¿Qué ha hecho ese sujeto? ¿Por qué están acosándolo así?

El ayyug no tenía respuestas, y siguieron caminando sin hablar. Al cabo de un momento, Irra-Naruuk rompió el silencio.

—Accediste a contarme lo que en verdad piensas y sientes, pero aún no lo has hecho… Quiero que me lleves al sitio donde recuperas la templanza cuando la has perdido, como ha sucedido ahora, por lo que veo…

Ka’Appul parecía abatido. Asintió con la cabeza, y aún sin decir nada, condujo a Irra-Naruuk al hogar de los instructores, ubicado junto la Casa de Formación, y por una escalera angosta y sinuosa, subieron a la terraza del edificio.

—Vengo aquí cada noche a ordenar mis pensamientos… —murmuró Ka’Appul—. ¿No es hermoso?

La vista dejó a la adlaga sin aliento: más allá de la ciudad iluminada con sus lámparas redondas, a la derecha, estaba el mar, confundiéndose con el cielo estrellado, y el gran faro, cuya forma asemejaba una vela derretida, vertiendo su luz sobre las construcciones del puerto, sobre las naves estilizadas de velas blancas que partían rumbo a otras regiones del planeta. A la izquierda se extendía el desierto, con sus formaciones rocosas sumidas en las sombras; las oscuras aberturas redondas que había en ellas llamaron la atención de Irra-Naruuk.

—El pueblo original, antes de dividirse, antes de construir las urbes circulares, moraba en las rocas —le explicó Ka’Appul; luego hizo una pausa—. Cuando te enseñé ese fresco, en el Sitio Consagrado, y te conté la historia de nuestro origen, me preguntaste si lo creía… ¿de verdad quieres saberlo?

Irra-Naruuk asintió.

—Imagino el asombro que habrán sentido nuestros ancestros ante el fenómeno natural del regreso a la vida; aquello reclamaba una explicación mística…. Quienes no morían debían haber sido escogidos para algún propósito elevado, y los que no podían renacer los adoraron y les temieron, y procuraron mitigar su miseria encontrándole también un sentido a su propia existencia efímera; algo que, a la vez, les permitió controlar de alguna forma a quienes consideraban superiores. Tu pueblo, Irra, inferior en número, pero altivo y perezoso, se favoreció con las atenciones, la protección que los míos le brindaron… y así ambos se convirtieron en esclavos, en prisioneros de la historia que se inventaron…. —Ka’Appul se interrumpió—. Me he excedido; te he ofendido… por favor, perdóname…

Irra-Naruuk posó una mano sobre su hombro.

-No me has ofendido; le encuentro sentido a lo que dices…

—Pero no está bien, Irra; desafiar el orden de las cosas… —el ayyug suspiró—. Quizás no estoy capacitado para este trabajo después de todo… Me sentí tentado a compartir mis ideas contigo, pero nunca debí hacerlo…

—Yo te lo pedí; otra adlaga no se habría atrevido y hubieras podido hacer tu trabajo sin interferencias… Escucha, ¿no estamos haciendo acaso lo que se espera de nosotros? ¿Qué importa lo que pensemos; a quién hacemos daño? Me aferraré a aquello que encuentre genuino, aunque sea amargo.

Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Ka’Appul.

—No hay nadie como tú, Irra-Naruuk.

—Ni como tú… —dijo la adlaga, sonriendo también, con ternura.

A partir de esa primera reunión nocturna, al final de cada clase en el Sitio Consagrado u otra parte de la ciudad, Irra-Naruuk y Ka’Appul se despedían solo para reencontrarse de nuevo en aquella azotea cuando oscurecía, y hablaban en esos momentos de todas las cosas que con nadie más podían hablar. Una noche Irra-Naruuk encontró a Ka’Appul sentado en el suelo, rodeándose las rodillas con los brazos; miraba al cielo con fijeza y había angustia en su rostro.

—¿Qué miras? —dijo, sentándose a su lado.

Ka’Appul alzó una mano y señaló un punto en el firmamento donde dos grandes estrellas, en apariencia muy cercanas una a la otra, brillaban aisladas.

—Las llaman los Dos Errantes; se las considera estrellas de mal agüero. Cuenta una vieja leyenda que alguna vez fueron una adlaga y un aayyug… Vivieron después de la separación, se llamaban Tsaru-Nilin y Pah-Emnul, y cometieron el error de permitir que un lazo se formara entre ellos, un lazo inquebrantable, que desafiaba las normas de la sociedad. Al descubrirlo, el Gran Desconocido debió castigarles, pero se apiadó de su miseria y no quiso separarles. Para restablecer el orden, entonces, les convirtió en estrellas y les envió juntos al exilio, en el cielo, donde vagarán solos por siempre… —Ka’Appul soltó un bufido—. El mensaje de la leyenda es claro… el apego es aborrecible, no solamente entre los miembros de un pueblo y el otro, algo desde luego impensable; la cuestión es mucho más profunda: nadie puede perder la objetividad enfocándose en una relación individual; nos alejaría de nuestro propósito, rompería el equilibrio de nuestro sistema…

—¿Y las cosas realmente tienen que ser así?

—No importa cómo tendrían que ser las cosas, Irra; así es como son –Ka’Appul se volvió a la adlaga—. Cuando te conocí te quejaste de lo poco que hablaban contigo tus nodrizas; seguramente no lo lamentaste cuando abandonaste aquella morada y dejaste de verlos.

—No lo lamenté, es cierto, y no lamentaría separarme de quienes me sirven ahora. Pero tú…

—Eso es porque no alentaron tu simpatía. Ellos hicieron lo correcto… Irra-Naruuk, no podemos seguir teniendo estos encuentros.

Los ojos de la adlaga se llenaron de lágrimas.

—Contaba con que seguiríamos viéndonos aquí cuando mi instrucción hubiera terminado…

—Cuando eso suceda nunca más volveremos a vernos.

—¿Por qué? Todo estaba bien hasta hace unas horas, ¿qué sucedió desde que nos separamos esta tarde? Cuéntamelo, por favor.

Ka’Appul suspiró.

—Ese ayyug que sometieron al Rito de Humillación; acabo de enterarme por qué lo hicieron. Así como vosotros tenéis la Casa de Reproducción, donde viven los míos hay un sitio destinado al apareamiento y el alumbramiento de los que han sido escogidos para perpetuar la raza. Los recién nacidos son entregados a un grupo que se encarga de criarles. Pero este ayyug, Umru-Nuhin, no se resignó a perder todo contacto con los tres hijos que había dado a luz. Otro no habría podido reconocer a los suyos, entre tantos pequeños aayyug, pero Umru-Nuhin los reconoció, y siguió de cerca su cuidado hasta que fueron lo bastante grandes para acercárseles y decirles quién era. Comenzaron a reunirse a escondidas de los cuidadores; de no haber sido por la intervención de Umru-Nuhin, los pequeños nunca hubieran sabido que estaban emparentados entre sí, y les agradó saberlo; los cuatro se volvieron muy unidos. Hasta que alguien lo descubrió todo. Y ahora ya no podrán volver a estar juntos…

»Umru-Nuhin estará sometido a la humillación pública toda su vida. Si es que puede soportarlo; nadie lo ha hecho jamás. Y sólo hay dos formas de librarse de la deshonra: el exilio o el Rito del Fin Honorable. Tampoco nadie ha optado nunca por el exilio; el que ha traído vergüenza sobre sí mismo no será admitido en ninguna otra comunidad del planeta.

—¿Cómo es el Rito del Fin Honorable? —preguntó Irra-Naruuk y su voz se estremeció al pronunciar aquellas palabras.

—Hay una cámara en el Sitio Consagrado que aún no te he enseñado. Está vacía a excepción de un pequeño altar que contiene una botella de veneno; su acción es rápida, no causa dolor. Quién ha tomado la decisión de cometer un suicidio altruista para preservar el orden de nuestra sociedad, sólo tiene que ingerir unas pocas gotas… y todo acaba pronto.

Irra-Naruuk rompió en llanto.

—Ahora comprendo por qué dices que debemos separarnos… Pero ¿cómo haré para soportar esta vida insustancial sin ti?

—Es solo tu primera vida, Irra-Naruuk, tarde o temprano tendrás que acostumbrarte a tu soledad; no estaré aquí para siempre…

El ayyug sonrió con resignación y extendió una mano para acariciar el rostro de la adlaga. Fue entonces cuando la voz tronó a sus espaldas:

—¡Qué significa esto, uktan Ka’Appul!

Se trataba del encargado del hogar de los instructores, un viejo maestro un poco encorvado que tenía la piel fláccida y vestía de negro; escrutó a la pareja con ojos acuosos, la boca torcida en un rictus de desaprobación.

—El instructor no tiene la culpa. No le he pedido permiso para venir a visitarle –mintió Irra-Naruuk con determinación.

El ayyug inclinó la cabeza en señal de respeto, esquivando su mirada.

—Respetable adlaga, este asunto es entre el uktan y yo.

La actitud servil del sujeto enfureció a Irra-Naruuk.

—He dicho que la culpa es mía, ¡toda mía!, y no quiero que nadie aquí me dé un trato especial; no soy diferente a vosotros.

El anciano se volvió a Ka’Appul.

—Veo que nos equivocamos contigo… Un estudiante brillante no ha de ser necesariamente un maestro brillante.

—Irra, vete por favor —murmuró Ka’Appul. La adlaga quiso protestar, pero comprendió que solo empeoraría las cosas, y se marchó aprisa, sin decir una palabra más, mordiéndose los labios para contener el llanto.

Se dirigió a su vivienda, atravesando aquellas calles familiares, acogedoras, que en ese momento encontró hostiles; observó a las adlagyl que iban y venían, con andar pausado, en silencio, casi siempre en compañía de algún sirviente circunspecto, y sintió pesar por ellas. Ka’Appul le había dicho que durante las primeras conciencias, por temor a olvidar su existencia, los miembros de esa raza escribían a menudo un libro de memorias; confiaban en que eso les ayudaría a recuperar su identidad cuando volvieran. Con los sucesivos regresos aquello perdía sentido y dejaban de hacerlo. Cada comienzo era lo mismo: aprendían las mismas cosas, dedicaban su tiempo a las mismas actividades. Cantaban y danzaban para el Gran Desconocido dentro del Sitio Consagrado o a las puertas, durante los festivales; cuando se les escogía para ese fin, se reproducían; mientras aún sentían inquietud por descubrir, eventualmente visitaban algún otro rincón de Zunnul. Y eso era todo; una y otra y otra vez. Cada nuevo despertar componía una única, interminable vida monótona. Cambiaban los nombres de los servidores; de cuando en cuando desaparecían para siempre algunas de las suyas y otras venían al mundo. Y ninguna de las dos cosas importaba demasiado. Con el tiempo se volvían más y más reservadas y dependientes de los cuidados de sus siervos; no querían salir más de su ciudad natal, ni siquiera del círculo que habitaban. Aumentaban los casos de adlagyl ancianas que morían en su lecho mientras postergaban la preparación para un nuevo comienzo, y Ka’Appul creía que eso sucedía porque habían perdido las ganas de vivir y su organismo simplemente se entregaba a la vejez, dejaba de regenerarse. Irra-Naruuk no quería tener una sucesión infinita de vidas vacías; aunque alguna vez hubiese creído que debía resignarse a la rutina impuesta, no quería hacer lo que los demás esperaban. No deseaba separarse de Ka’Appul. Quería romper todas las reglas: las de la sociedad, las de la naturaleza. Tardó en conciliar el sueño, ansiando que llegara pronto el nuevo día para ir en busca de Ka’Appul, con la esperanza de que el ánimo del anciano encargado se hubiera apaciguado y las cosas no pasaran a mayores. Pero a la mañana siguiente el viejo maestro le dijo, respetuoso pero resuelto, que Ka’Appul estaba en compañía de un Consejero y no podía recibir visitas, y tuvo marcharse con el pecho oprimido. A media tarde, cuando se disponía a intentarlo de nuevo llegó a su casa un joven ayyug que llevaba el tocado de los instructores.

—¿Y quién es este? —le preguntó Irra-Naruuk, entornando los ojos con recelo, al sirviente que le había abierto la puerta al desconocido.

—Soy Nar-Uyyu —se adelantó el sujeto-. Me han encomendado tu instrucción, respetable adlaga.

—Yo he escogido a Ka’Appul, no quiero a nadie más.

—Lo siento mucho, respetable adlaga —dijo el ayyug secamente-. Ka’Appul se encontraba en una situación comprometida y ha tomado una rápida y noble decisión; ha escogido someterse al Rito del Fin Honorable.

El corazón de Irra-Naruuk dio un vuelco.

—Necesito verlo… —dijo con un hilo de voz.

—Eso no será posible. En este momento se dirige al Sitio Consagrado…

Ante la mirada atónita de sus sirvientes y del ayyug instructor, Irra-Naruuk se precipitó al exterior, y al no hallar carros libres, echó a correr en dirección al edificio sagrado. Vislumbró a Ka’Appul acercándose a las puertas, seguido por una muchedumbre; pudo escuchar a la distancia sus siseos de desprecio. En las proximidades del Sitio Consagrado se abrió camino a empujones entre los desdeñosos aayyug, hasta que descubrieron que se trataba de una adlaga, y se apartaron perplejos y serviles. Llamó a Ka’Appul, que subía por las gradas del templo, pero el ayyug avanzaba como en un trance y no pareció escuchar su voz; Irra-Naruuk irrumpió, entonces, en el edificio, dejando atónitos a quienes recitaban sus ensalmos, y alcanzó a verlo justo cuando desaparecía por una estrecha puerta al final de la estancia. Le alcanzó camino al pequeño altar del que le había hablado, sobre el que reposaba una botella de roca ornamental verde. Volvió a pronunciar su nombre, con voz trémula, apremiante. Y esta vez el ayyug se volvió. Tenía el rostro transido de dolor, la mirada vidriosa.

—No puedes hacer esto… —dijo Irra-Naruuk con furia.

—Me juzgas porque a ti no te deshonrarán… ¿Crees que podré soportarlo? No tiene sentido dilatar mi resolución. Nadie me dirigirá la palabra nunca más; no me escogerán para instruir a ninguno de los tuyos; ni siquiera podré enseñar a los míos en la Casa de Formación… He perdido mi dignidad, mi lugar en la sociedad…

—Pero tú me enseñaste que somos esclavos del orden que hemos construido, ¿qué importancia tiene perder un lugar en ese sistema?

—Como ves, soy demasiado cobarde para llevar mis convicciones a la práctica.

-Ka’Appul, escoge el exilio. Iré contigo, estaremos juntos; viviremos en las cuevas que habitaron nuestros ancestros, cuando eran un único pueblo. Tendremos nuestros propios cultivos; beberemos de los oasis del desierto…

El ayyug pareció desconcertado.

—Que una adlaga se marche junto a un renegado es un suceso sin precedentes; quizás hasta mi pueblo deje de respetarte. Y los míos envejecen antes que las adlagyl; ya estaré muerto cuando tengas que prepararte para un nuevo comienzo… ¿quién te asistirá entonces?

—Quiero vivir solo una vez, en libertad, contigo. Cuando envejezca y tú me faltes, seré como esas adlagyl que se duermen para no volver a despertar, pues ya no tendré ningún motivo para vivir; pero me dormiré feliz de haber escogido cómo pasar mi tiempo en el mundo. Dime, Ka’Appul, ¿no tengo para ti valor suficiente para que hagas a un lado la vergüenza y aceptes mi propuesta?

—Irra-Naruuk, ¡nada en todo Zunnul vale más que tú para mí! Pero jamás pensé que yo te importaba tanto… —sacudió la cabeza, con expresión confundida—. No sé si podré hacerlo…

—Las cosas no tienen que ser diferentes para los que las prefieren como son, pero quienes deseen vivir de otra forma, tienen que poder hacerlo sin avergonzarse de ello. Si vienes conmigo no cambiaremos el mundo, pero inspiraremos a otros… Sé que tú y yo, que Umru-Nuhin y sus hijos, no somos los únicos que ansían ser libres.

Irra-Naruuk extendió una mano, con una sonrisa, y al cabo de unos segundos de vacilación Ka’Appul puso encima la suya.

Caía la tarde cuando, ante la mirada atónita de quienes jamás habían visto un espectáculo semejante, el ayyug y la adlaga se dirigieron a las puertas de la ciudad. Y tomados aún de la mano, finalmente se internaron en la noche, rumbo al exilio que habían escogido; juntos, como los Dos Errantes que ya brillaban en un rincón del cielo.

© Copyright de Eneele Horst para NGC 3660, Julio 2019