Contacto

 

Por Blanca Mart

 

No debía haber salido esta noche. Nada le estaba saliendo bien. Recogió su hermosa cabellera y la escondió bajo el casco. Suspiró. Ni aun así conseguiría pasar desapercibida. Cuando regresaba a su cubículo, sobrevolando Ciudad Arkia, Darien se había comunicado con ella. Habían quedado en verse en las afueras, cerca de la antigua iglesia derruida. Él ya estaría allí. Le imaginaba sentado sobre el pequeño promontorio de basura cibernética, rodeado de cables plastificados y rotos, contemplando melancólico el Sol rojo del atardecer, las sombras amenazadoras de la ciudad.

Desde ese momento todo le había salido mal. En su cubículo no había luz —cosa muy normal últimamente—, lo que le había impedido arreglarse como quería —sabía que estaba muy hermosa usando tonos naranjas y dorados—, y, lo peor: su nave biplaza se había estropeado cuando aún faltaban trece calles para salir de la ciudad. Nunca llegaría.

Cerró cuidadosamente la nave y avanzó pegándose a las paredes de las callejuelas. Los colores de las pintadas brillaban bajo la luz de los neones. Muchas veces había salido por la noche… sólo que siempre llevaba su láser.

«No puedo creer que me pase esto —pensaba furiosa—. No puedo creer que cuando me enamoro me convierta en una perfecta retrasada mental. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea, olvidarme el láser…! Ya sólo faltan las pisadas siguiéndome…».

No hubo pisadas. Cruzó las trece calles limpiamente y fue casi en las afueras —en un absurdo callejón—, cuando apareció el ilkiano.

Era alto, enorme, la boca felina con hermosos colmillos. La mirada sonriente. Llevaba armas en el cinto, pero eso era un capricho; normalmente mataban con las garras.  Sonrió.

—Hola, terrestre. Vaya que eres hermosa…

—No se acerque o dispararé.

—Si eso que tocas desesperadamente en tu cinto fuera un láser, yo estaría muerto, así que, tranquila… vamos a ir de paseo…

«Tenía razón, no llevaba el láser, y para colmo, su transmisor estaba bloqueado. Estaba enviando una señal desesperada a Darién, pero no podía saber si él la recibía».

El ilkiano se acercaba. Detrás de ella sólo había una pared. Sabía dónde la quería llevar. Esos especímenes asquerosos despedazaban a los terrestres que podían capturar. Eso sí, lo hacían en laboratorios: científica, higiénica y lentamente.

«Bien —pensó la terrestre—, hasta aquí llegué».

Lentamente intentó tocar una cápsula que llevaba detrás de la oreja. Buscó con ansiedad. ¡No estaba!

«No puede ser —casi gritó. La ira la envolvía—. También he olvidado la cápsula de suicidio… ¡Juro que no me volveré a enamorar!».

El asesino sonreía, acercándose despacio.

La mujer le miró de frente.

«Me temo que podré cumplir mi juramento».

Y fue entonces cuando un rayo láser cortó la cabeza del ilkiano.

—¡Darien!

—¡Por los dioses, Aliana! No te puedo dejar sola un momento. Aún no me he alejado unos pasos y ya estás coqueteando con otro.

La mujer le abrazó entusiasmada.

—Darien, ah, Darien, nunca me habías parecido tan hermoso.

—Vámonos —susurró el hombre—. Ahí está mi nave.

Se abrazaron dentro de la nave, sobre la colina. El Sol rojo, ya oculto. Las luces de neón brillando en la ciudad, entre los cubículos de plástico y las ruinas abandonadas.

Se miraron y arrancaron sus ropas para acercarse aún más. Arrancaron luego su piel sintética y sus músculos prefabricados, sus venas de diferentes colores y todas sus prótesis diseñadas según la última moda terrestre.

Y ya, desnudos, el acero de sus cuerpos brilló bajo la luna dormida. Conectaron sus cables y suspiraron.

Y luego, hicieron contacto.

© Copyright de Blanca Mart para NGC 3660, Junio 2020