Calcuta ha de esperar

 

Por Begoña Pérez Ruiz

—Chanda, sabes perfectamente que las leyes del cielo y de los mares son esas…

—¡Vamos, Narak! No puedes andar a estas alturas hablándome de leyes, las conozco tanto como tú. —Chanda había tenido que contenerse para que su primera palabra de réplica no fuera un insulto. Aunque su propia ira no suponía el mayor enemigo al que derrotar.  Su conexión empática le hacía sentir el enfado de Akash a sus espaldas. Había sido una equivocación traerlo con ella ante las autoridades portuarias de la isla de Andamán. Pero él había insistido con demasiada vehemencia como para que Chanda se sintiera con ganas de prohibirle que la acompañara. Era evidente que Akash se consideraba el principal culpable de lo ocurrido, o más bien de no haber evitado que todo se desarrollara tal cómo había sido.

Por supuesto, Chanda no le podía echar la culpa de que aquel maldito platillo volador se chocara contra su aerobuque. No era la primera nave extraterrestre que caía en el océano Índico cerca del golfo de Bengala. Aquellos accidentes seguían siendo extraños, pero ya no podían calificarse de únicos. Incluso lejos del Raj Británico. Se venían produciendo en numerosas partes del mundo. Para Chanda lo extraordinario del accidente es que, entre todos, los aerobuques mercantes que surcaban los cielos y mares de la India, le hubiera tocado al que ella capitaneaba sufrir las consecuencias del choque.

El platillo volante había salido demasiado rápido de la mesósfera como para que su empatía hubiera contactado mentalmente con su tripulante y hubiera podido detectar lo que se les venía encima. Y Akash había vuelto a beber demasiado Bhang Lassi para dar inicio a esa jornada. Chanda le había advertido, más como amiga que como capitana, que no hacía bien abusando tanto de aquel licor y sobre todo nada más empezar el día. Akash era el levitador del aerobuque, toda la tripulación contaba con que él para que interviniera a la hora de esquivar obstáculos inesperados. Pero los reflejos de Akash no fueron lo suficientemente rápidos a la hora de desviar el platillo para que no chocara contra ellos.

Habían tenido mucha suerte con que aquella aeronave no colisionara directamente con uno de los dos grandes globos aerostáticos que hacían elevarse al aerobuque. De lo contrario, el derrumbe de su aerobuque hubiera sido casi instantáneo, más si se hubiera producido una de las funestas pero habituales explosiones de gas. Sin embargo, el platillo atravesó el cielo a una velocidad tal, que a Chanda no se le hizo posible predecir su colisión contra el casco, incluso con sus anteojos prismáticos bien puestos.

Chanda acostumbraba a llevar siempre bien pegados sus anteojos al mismo salacot gris que solía vestir como capitana. Tanto uno como otros habían sido regalos de su padre. Se los había entregado cuando ella le confesó con orgullo su propósito de enrolarse en un aerobuque de la Compañía Británica de las Indias para aprender el oficio de navegante. Su padre también se sintió notablemente orgulloso con la decisión de su hija, ella mantendría vivo el legado laboral de la familia Sahid, todos habían sido capitanes de barcos desde tiempos remotos. De la misma manera que honraba esa tradición alistándose en otro aerobuque distinto al familiar. Traía mala suerte en los negocios y en los mismos viajes que el padre capitán formara a su descendiente y sucesor al mando.

Y Chanda, pese a los muchos años pasados desde la muerte de su padre, volvía a pensar en él a través de su salacot y sus anteojos dorados. También se preguntaba cómo hubiera salido su padre de aquel trancé, cómo hubiera afrontado el accidente. Ella había pedido al telegrafista que se comunicara con el puerto de Andamán al momento, solicitando ayuda, pues comprendía que Akash no podía con toda la carga tras el choque. No estaba pleno de facultades para que sus poderes de levitación consiguieran mantener elevado al aerobuque con el peso extra del platillo incrustado en su casco derecho. Ni siquiera tenía fuerzas para que la caída contra el océano fuera menos gravosa. Si los servicios auxiliares del puerto no hubieran actuado rápidos en su rescate, todo hubiera sido un desastre mayor. Pero claro, ahora se veía obligada a asumir las leyes de aquel puerto y bastante suerte tenía de no verse obligada a lidiar con las autoridades de la costa del Golfo de Aden. Esa zona estaba plagada de gobernadores que se caracterizaban por ser piratas, más que otra cosa.

—Narak, si te pago lo estipulado según las leyes ten por seguro que será la ruina para mi aerobuque. Bien sabes que este año no ha habido una buena cosecha de té blanco y mi viaje a China para su trasporte habitual me terminó deparando más gastos que ingresos. Y aun así no dejé de servir el cargamento, una buena parte a esta isla, porque ante todo me gusta que se me tenga por una profesional que no incumple sus contratos. Ahora mismo, como bien sabes por tus registros, mi aerobuque tiene sus bodegas cargadas de arroz arborio y azúcar roja. Todo un flete que ya tiene propietarios en Calcuta. No puedo dejarlo aquí…

—No se trata de que lo dejes en este puerto, puedes ir hasta Calcuta y cumplir con tu contrato. Pero el pago de tu transporte nos corresponde en un noventa por ciento. No es solo por las leyes, es también lo justo teniendo en cuenta que nuestros levitadores han salvado tu barco, de lo contrario se hubiera estrellado sin remedio contra el mar. —Narak dedicó una mirada de clara reprobación a Akash, se hacía evidente que le culpabilizaba de todo lo ocurrido y disfrutaba con ello.

Chanda notó con su mente el fuego abrasador de la ira de Akash y pudo darse la vuelta para serenarle antes de que este se lanzara contra Narak con claras intenciones violentas.

—Akash, a mí todo esto me desagrada tanto como a ti, pero no voy a permitir que empeores la situación. La violencia no ayuda a nada. Sal y espérame fuera. No debería haberte dejado venir —Chanda imprimió el tono más autoritario que le fue posible a sus últimas palabras. Pudo ver cómo el vapor bullía en el interior de las válvulas del brazo derecho de Akash. Aquello la asustó, bien sabía que aquel brazo biónico era toda un arma en sí. Si Akash golpeaba con su puño a alguien, este bien podría darse por muerto. Pero la desesperación en los ojos de Chanda era tal, que Akash detuvo su furia y salió resoplando de aquella estancia. La capitana no pudo evitar soltar un pequeño suspiro de alivio ante la marcha de su levitador.

—Narak, tú conocías a mi padre, llegaste a cerrar buenos acuerdos de comercio con él. Incluso te favoreció en la revuelta del opio. Si él no hubiera declarado en tu favor, los ingleses te hubieran encerrado en la cárcel durante mucho tiempo o peor, te hubieran deportado a Australia. En ese desierto no creo que necesiten muchos metalpáticos como tú. En lo único que puedes trabajar es ordeñando canguros, si es que un animal así puede dar leche. —El anciano funcionario la miró con cariño antes de contestarla.

—Sí, es cierto que tu padre me ayudó en mi juventud y que gracias a él conservo este puesto en el control del puerto, pero yo no tengo poder para alterar las leyes, también tengo unos jefes superiores ante los que responder…

—Será mi quiebra, la ruina de mi familia. No podré ni siquiera pagar a mi tripulación con el diez por ciento de los beneficios. No puedo entregarte el noventa por ciento de la carga. Si es así, más vale que me mates aquí mismo, arrojándome al mar. —La fuerte empatía de Chanda le informó de que Narak empezaba a padecer un sentimiento de pesadumbre y una necesidad de restituir el favor que antaño recibió del padre de esta. Los recuerdos golpeaban al anciano.

—No es necesario que te muestres tan dramática ante mí… Bien, no puedo levantarte el gravamen que imponen las leyes portuarias. No obstante, tengo suficientes conocimientos contables para poder camuflar tus beneficios finales. Puedo permitir que te quedes con un treinta por ciento de ellos, suficiente para que pagues a tu tripulación y puedas sobrevivir hasta tu próxima empresa. —Chanda sabía que de haber seguido con sus quejas y exagerando al máximo todo, podría conseguir hasta un cuarenta por ciento de los beneficios a su favor. Pero no se sentía con fuerzas aquella mañana. La labor de reflotación de su aerobuque había sido más que trabajosa, pese a la ayuda de los aduaneros. Y aún tenía que enfrentarse a unas largas jornadas de reparación del casco antes de volver a emprender la travesía hacia Calcuta. Además, no podía demorarse demasiado. La temporada de los monzones estaba demasiado cerca y nadie en su sano juicio acometía la ruta a Calcuta desde allí con semejante tiempo.

Así que agradeció a Narak su trato con grandes reverencias y se dispuso a abandonar aquel lugar para regresar con su tripulación.

—Otra cosa más, veo que tienes prisa en marcharte, Chanda, creo que olvidas asumir tu responsabilidad civil. Has de llevártelo contigo. —Chanda creía haber podido librarse de esa imposición. Ya bastante problema tenía con las reparaciones y el retraso que supondrían para, además, añadir una carga extra de algo que no sabía ni lo que era, ni mucho menos deseaba ocuparse de ello. Porque desde luego de lo que estaba convencida es de que aquello no le reportaría utilidad, ni beneficio alguno.

—¿Acaso está vivo?

—Ven conmigo y lo comprobarás.

Chanda no tuvo más remedio que seguir a Narak al interior de la zona de pequeños almacenes portuarios, lugar dedicado a amontonar el material ilegal que se requisaba a todos los aerobuques que no contaban con la licencia correspondiente para su transporte o se negaban a asumir las tasas que aquello soportaba.

Chanda, gracias a su empatía, pudo leer en la extraña mente antes de que la puerta fuera abierta y revelara al curioso ser encerrado en aquel cuartucho. Por muy alienígena que fuera la criatura, Chanda percibió a través de sus ondas mentales el terror que gobernaba a aquel. Le costó no marearse ante la oleada de miedo que despedía el extraterrestre.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Narak al notar su vahído.

—Este lugar es apestoso y emana un calor sofocante. —Chanda se excusó sin confesar a Narak la verdadera causa de su malestar, no era adecuado que la gente conociera sus dones empáticos y menos con un tratante como Narak que podía saberse víctima de ella. Aunque Chanda no solía usar su empatía para manipular a los demás, solo en momentos críticos como el de aquella jornada se valía un poco de ella para no perderlo todo.

Narak se sintió complacido con la respuesta de ella. Aquel no era un lugar nada salobre. Menos para encerrar a un ser vivo.

—Sí, lo siento. Pero el tipo que conducía el platillo que se estrelló contra tu nave bien puede ser un vampiro, ya sabes… tenemos que tomar precauciones.

—No seas ridículo, Narak, sabes bien que no es un vampiro. Los vampiros no se acercan por esta zona, recuerdan bien cómo son cazados por las patrullas sijs de Panyab. Es un extraterrestre.

Narak miró con repulsión el cuerpo del extraño ser antes de contestar nada. Estaba completamente desnudo, aunque no tenía genitales ni nada parecido que pudiera determinar su sexo, si es que acaso lo tenía. Su piel era de un blanco resplandeciente, con el brillo viscoso propio de una serpiente. No tenía pelo alguno en todo él. Carecía igualmente de nariz y orejas, aunque su forma era humanoide. Si bien su estatura era más propia de un niño que de un adulto. Tenía unos ojos muy redondos y anaranjados. Su boca cerrada, pero excesivamente grande, era el rasgo más destacable de su inexpresivo rostro.

—¿Crees que es un marciano como los que sembraron el terror en Londres? Las crónicas dicen que los derrotaron, pero ya sabes que últimamente caen platillos voladores del cielo en medio mundo. Aunque estos no traen gigantes trípodes horrorosos de metal y no parecen los que trataron de invadir Inglaterra. Son bastante torpes, sus naves siempre se estrellan contra algo.

Mientras Narak hablaba, Chanda se preocupó por entablar una pequeña conversación mental con el extraterrestre. Tenía que tranquilizarlo y comunicarle que ella sería su anfitriona en aquel planeta. Debía asumir las leyes portuarias y hacerse cargo de aquel ser con todas sus consecuencias. El extraterrestre aceptó las amables intenciones de Chanda y alejó un poco su miedo, quiso contarle quién era, de dónde venía y sobre todo de qué huía desesperadamente. Pero Chanda le solicitó que no le dijera nada más por ahora. Sabía que aquel tenía una larga e interesante historia y un peligro que desvelar, pero no era ese el momento de hacerlo. Ni el lugar. No podía quedarse parada allí con Narak de testigo.  Volvería a contactar mentalmente con el extraterrestre en la seguridad de su aerobuque.

Cuando al fin salió, el rostro agrio de Akash la interrogó sin mediar palabra alguna.

—Tendremos que entregar el setenta por ciento del beneficio de nuestra carga para Calcuta. Y por supuesto nos toca ocuparnos de él. —Chanda señaló al extraterrestre que la seguía con actitud servil y amedrentada. Gracias a Narak aquel iba ahora vestido con un dhoti blanco y una holgada camisa del mismo color. Ambas prendas demasiado grandes para su pequeño cuerpo. El conjunto estrafalario estaba rematado con un bombín negro muy británico que no hacía juego con el resto de indumentaria hindú. Pero Chanda agradeció que aquel pareciera un adefesio antes de que mostrara su extraño cuerpo desnudo y se ganara las miradas curiosas de todos los transeúntes. Si bien hubiera preferido disponer de una vestimenta más occidental que ofrecer al extraterrestre. Aunque entre su tripulación permitía que los hombres y mujeres vistieran según sus preferencias, ella siempre se inclinaba por las ropas más propias de los europeos. Era difícil verla vestida con otra cosa que no fueran unos holgados pantalones marrones de algodón, una chaqueta de doble botonadura del mismo color, blusa blanca y altas botas de cuero marrón.

—¡Por los pechos de la diosa Kali! ¿Quién es ese? Parece un intocable.

—No seas blasfemo y menos idiota. Por fortuna hace mucho que no existen castas en estos territorios. Él es el piloto de lo que chocó contra nuestro aerobuque y me temo que desde hoy es un miembro más de nuestra tripulación. Y te agradeceré que no añadas una palabra más sobre todo esto. No puedo estar más cansada y cabreada y aún tenemos mucho trabajo si no queremos arruinarnos del todo. —Akash conocía demasiado a su capitana para saber cuándo debía mantenerse conciliador y no seguir una conversación que solo podía levantar más su ira. También la respetaba demasiado como para no atender sus órdenes cuando sabía que ella no quería seguir hablando de algo. Además, se sentía demasiado culpable de todo lo ocurrido, por mucho que tratara de ocultar su tropiezo con un gesto de orgullo y fastidio.

—¿Crees que conseguiremos llegar a Calcuta antes de abril? Aún no me paré a ver bien la grieta en el casco. Cuando nos marchamos esta mañana el grupo de ingenieros del puerto trabajaba todavía en extraer el platillo de nuestro nuevo tripulante. —Chanda agradeció que Akash se preocupara por las fechas que se les echaban encima y no por las malas noticias que ella traía sobre los costes del accidente. No tenía ganas de lidiar con uno de los enfados infantiles de él.

—No nos queda más remedio que cumplir con esos plazos, aunque tengamos que trabajar día y noche para ello. Si no entregamos a tiempo la carga sí que será la ruina absoluta. Además, yo no quiero faltar a mi cita de la festividad de Paila Baishak en el templo de Kalighat. Sabes que es el único momento de todo el año en el que rindo culto a la diosa de mi familia, no puedo fallar, sería convocar la mala suerte sobre nuestras cabezas. Y ya andamos sobrados de ella…

—Yo… Chanda, te prometo que no volveré a beber.

—Akash, no me hagas promesas que no puedes cumplir. Me conformo con que estés sobrio cuando se te necesite, si vuelves a fallarme en tu cometido te despediré. No me importa todo lo que hemos vivido juntos. Mi aerobuque necesita un buen levitador, ambos sabemos que tú eres el mejor de la India, procura cumplir con tu trabajo. Hoy hemos perdido el setenta por ciento de los beneficios de la carga, pero podría haber sido peor, podríamos haber terminado todos muertos, hundidos en el mar tras estrellarnos. Tuvimos suerte de estar aún en los límites de control del puerto, si no hubiéramos podido contactar con sus equipos de rescate… —Chanda no continuó describiendo la catástrofe que podía haberles golpeado. Hacerlo solo complicaría las cosas. No quería tampoco golpear más en la herida que aún estaba abierta en Akash, esa que le hacía abusar de la bebida más de la cuenta. Akash sabía bien el horror que era naufragar en el mar. Tiempo atrás, un gran barco civil en el que viajaba había sido torpedeado por piratas filipinos sin que él como levitador tuviera tiempo de salvar nada. No había sido su culpa. Los piratas golpearon rápidos en el abrigo de la noche cuando nadie les esperaba. El mismo Akash estuvo a punto de morir en el naufragio. Fue una suerte que le rescataran aún con vida flotando entre los restos del ataque. Cuando despertó en un hospital se percató de que había perdido su brazo y le habían implantado una réplica de acero y válvulas, tecnología punta de vapor al servicio del progreso médico. Por desgracia también había perdido en el hundimiento a su esposa y a su hija. No existía avance científico para arreglar eso. Chanda conocía bien a Akash antes de la tragedia, sus familias eran buenas amigas. Fue ella la que se empeñó en que superará la depresión por su inmensa pérdida. No le dejó hundirse en su culpa y le contrató como levitador entre su recién estrenada tripulación.

Cuando llegaron al aerobuque lo primero que hicieron fue comprobar la verdadera gravedad de los desperfectos ocasionados por el choque con el platillo. Los ingenieros portuarios ya se habían llevado los restos de la nave extraterrestre tras retirarla del casco del aerobuque. Chanda no se sintió feliz con este hecho. Puesto que se tenía que hacer cargo del extraterrestre, podían haber permitido igualmente que ella fuera la propietaria de lo que quedaba del platillo alienígena. A buen seguro podía haber conseguido un dinero extra con esa chatarra de otro planeta. Además, ella misma sentía curiosidad por estudiar qué tipo de nave voladora era aquella que no se valía de vapor ni de nada aparentemente parecido para atravesar los cielos a gran velocidad.

Chanda evalúo con ayuda de su maestre reparador la fea grieta que sufría el casco. Aunque había sido una suerte que no afectara a la maquinaria principal de tuberías que condensaban el vapor hacia los globos y todo el buque, era una hendidura considerable y las reparaciones les llevarían varias jornadas. Pero si contaban con el tiempo favorable que estaban teniendo esos días, podrían acometer las reparaciones de manera rápida y efectiva. Chanda pidió a Akash que se hiciera cargo del primer turno de reparaciones mientras ella se ocupaba de encontrar un camarote tranquilo donde ubicar al nuevo tripulante extraterrestre.

—Sería mejor que lo dejaras aquí con nosotros, mi capitana. Es su deber ayudar con las reparaciones. Fue ese maldito el que estrelló su cacharro contra nuestro aerobuque—. Aquellas palabras habían salido de la boca de Anala, una joven tripulante de un carácter altivo.

—Yo decidiré la manera en la que él paga su choque. Y tú procura mantener tu bocaza cerrada y sigue demostrando que te contrate porque eres una buena trabajadora. De lo contrario te tiraré yo misma por la borda, ahora mismo no ando sobrada de buenos modales y no quiero aguantar ninguna recomendación no solicitada.

Chanda no estaba tan preocupada en encontrar un buen camarote donde el extraterrestre se sintiera a gusto como para volver a entablar conversación mental con él. Sabía, porque él mismo se la había dejado vislumbrar, que aquel venía huyendo de un gran peligro. Además, por el estado de tensión que este ocultaba torpemente, era obvio que el trance no había pasado y que suponía la fuente del terror de aquel, más que el hecho de sentirse perdido y preso en un mundo ajeno. Chanda necesitaba saber la verdadera naturaleza del peligro que perseguía al extraterrestre, porque le preocupaba que fuera una amenaza para los suyos y ella misma. Cabía la posibilidad de que los marcianos volvieran a intentar atacar la Tierra, o incluso algo peor. A Chanda no le gustaba pensar demasiado en todo lo misterioso y extraño que moraba más allá de las estrellas, aunque era consciente de que los humanos no podían ser los únicos habitantes de aquel universo. Pensó en su tío abuelo y en cómo él creía con esperanza en que existían habitantes más allá de los de aquel planeta azul. Claro que su tío abuelo sentía una aversión especial por la raza humana en su conjunto. Chanda quería imaginar que no todo estaba perdido para los humanos.

En cuanto Chanda encontró un camarote tranquilo para el extraterrestre, permitió que este se sentara cómodamente en la cama. Quería que se sintiera relajado y sereno antes de volver a mantener con él una conversación mental. Además, la segunda conversación sería más intensa y prolongada, así que ambos tenían que encontrarse rodeados de un entorno sosegado. Pese a la extraña naturaleza del extraterrestre, tan alejada de la humana, Chanda pudo contactar con él enseguida y serenar los temores que acosaban a este para conseguir un nivel de relajación propicio. Pronto aquel dejó de estar siquiera nervioso ante el peculiar lugar en el que se hallaba, alejado de su mundo, y comenzó a narrar su historia mentalmente.

Mi nombre es Ak’Olgi Nakerm —Chanda se felicitó de que la voz mental de aquel sonara más tranquila que la última vez. Sabía que se había ganado su confianza, al menos en el grado suficiente para que este apartara el terror que aún convivía dentro de él y pudiera contarle su historia—. Mi planeta se haya muy alejado de este tuyo, lo llamamos Serendia Mari. Por lo que he podido vislumbrar a través de tu mente en realidad no somos un pueblo muy diferente a vosotros. Vuestra tecnología es notablemente más distinta, menos avanzada, aunque no opuesta en sus metas. Pese a vuestra elevada inteligencia sois codiciosos y poco pacifistas. No te lo tomes como insulto, en eso mi gente es igual. Quizá por ello nos hemos ganado nuestra propia exterminación. Pero desde luego no podemos sentirnos felices ante nuestro fin. Nuestro instinto de supervivencia provoca que huyamos a la desesperada, sin orden o plan alguno, sin mirar atrás ni tener en cuenta a nadie más que a nosotros mismos. Muchos estamos escapando de manera individual y con la demencia como única compañera de viaje. Cada cual solo puede pensar en ponerse a salvo a sí mismo. Huimos de nuestro fin…

—¿Qué hay de tu familia? Por muy desesperado que esté uno y por grande que sea el miedo a la muerte no me parece moral solo pensar en ti mismo.

—Nosotros no tenemos el concepto de familia o unidad del que tú me hablas. Cuando me traías hasta aquí con ese otro humano llamado Akash sentí que tu unión con él procedía de una extraña conexión que desconozco. Buceé en tu mente y hallé el término amistad, pero no me sirvió para comprender nada. Desconozco los nexos de los que hablas. Mi pueblo es un común de individuos, a veces nos reunimos para sentirnos más fuertes, para acometer un algo ambicioso, pero solemos ser individuales la mayor parte del tiempo. Cuando nos mezclamos tendemos a ser más agresivos y perturbados, nos matamos entre nosotros mismos, como vosotros. Pero deberíamos habernos unido ante nuestro fin, fuimos estúpidos, deberíamos haber actuado juntos frente a los yamiths…

—¿Los yamiths?

—Señores del espacio-tiempo, gobernantes de todos los universos conocidos y por conocer. Ellos tienen el poder sobre todo y ellos se alzan como los jueces y verdugos de toda existencia. Gobiernan el espacio-tiempo aplicando la filosofía de sus cinco casas. La Casa Hai, de la eliminación, es la más poderosa. Si el Tribunal de Casas, alto organismo de los yamiths, determina, tras el examen de un mundo, que ha de aplicarse el principio Hai, nada puede pararlo.

—¿El principio Hai?

—Cada casa yamith tiene un precepto que la rige. El Hai reza: Una evolución ajena ha de ser destruida. Mi pueblo, tras que los exploradores yamiths analizaran su civilización, cultura e historia, fue señalado como evolución ajena, no merecíamos gastar energía en el espacio-tiempo. Las brigadas de los yamiths Hai llegaron para acabar con todos y cada uno de nosotros. Nuestra individualidad les ha procurado problemas, muchos huimos de esa fatal suerte. Aunque no creo que esté a salvo de ellos en este tu mundo… —Chanda notó un punzante dolor de cabeza. La comunicación mental con aquel extraterrestre había sido muy intensa y toda su historia, pese a lo insólito de ella, solo podía ser estudiada como una terrible verdad. Pero se le antojaba tan ajena a ella misma que su mente chillaba del esfuerzo.

—No te preocupes, aquí estás a salvo… —Antes de pudiera terminar de emitir sus palabras de apoyo, Chanda notó que algo no iba bien en aquella habitación. Había una mente más en la dimensión en la que operaba su comunicación con aquel extraterrestre prófugo. Era una mente terriblemente poderosa y tan ancestral que Chanda sintió que todo su cuerpo se le hacía ajeno. Se mareó y cayó al suelo de rodillas, mientras sus manos apretaban sus sienes que le explotaban de dolor. Cuando consiguió reponerse lo suficiente para ponerse en pie, contempló ante ella al propietario de la tercera mente que acababa de emerger. Era un enorme ser con brazos tentaculares, cuerpo cónico y un largo cuello que culminaba en un gran ojo escrutador. Chanda sintió un inmenso terror y ganas de vomitar y aun así se enfrentó a aquel con sus palabras, en tanto que añoraba no contar con su escopeta recortada para defenderse mejor. Si bien algo en su interior le decía que a aquel ser de otro mundo nada le haría, ni ningún arma de fuego o de otro tipo que ella pudiera manejar.

—¿Qué tipo de asura eres? ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí?

—Pequeña humana, no soy ninguno de tus demonios, ni nada parecido, soy mucho más de lo que tu mente puede concebir, soy un yamith de la casa Hai. Mi nombre es Hai’ Tarip. Los yamiths somos señores del espacio-tiempo, podemos viajar por él y sus dimensiones de la misma forma sencilla en la que tu respiras. Ahora, apártate de mi camino y deja que destruya a ese habitante de Serendia Mari, nada tengo contra ti, ni contra ningún habitante de este planeta por el momento. —Chanda no se sorprendió al comprobar que aquel extraño ser podía entenderla y hablarle en su propio idioma sin necesidad de conexión mental. El yamith era una entidad demasiado poderosa en todo su conjunto.

—¡No! ¡No puedes hacerlo! Él ahora es un habitante de este mundo, es un miembro de mi tripulación y yo lo protejo como su capitana. —El único ojo del yamith contempló a Chanda con una intensidad aterradora, ella sintió que aquel no solo la miraba, sino que exploraba dentro de su mente, leyendo toda su existencia.

—Tu tío abuelo era sin duda un hombre interesante. Recuerdo el informe que hizo sobre este mundo un miembro de la Casa Chi y el interés que mostró en la vida y la filosofía que manejaba tu antepasado. Tú también le admiras, aunque su nombre sea maldito para muchos de los tuyos. Por eso le pusiste a esta propiedad tuya el nombre de Nautilus, ¿no es así?

—El capitán Nemo era un hombre difícil e incomprendido, para muchos fue un monstruo y para gran parte de mi familia una deshonra. Yo no comparto esa idea. Creo que era un hombre que amaba este mundo más que muchos, despreciaba la maldad y la ambición que anida en el corazón de los hombres. Pero sus actos fueron demasiado dementes, su fanatismo lo acabó por devorar. Por favor, deja que él se quede aquí, como parte de mi tripulación, le enseñaré cosas que sean de provecho para el equilibrio de tu amado espacio-tiempo. —El ojo del yamith volvió a escrutar con profundidad a Chanda. Ella permitió el examen tratando de mostrarse firme y sosegada. A su espalda podía sentir el miedo desolador del extraterrestre objetivo del yamith. Temblaba acurrucado en la cama mientras emitía unos sollozos que Chanda identificó como llanto. Hai’ Tarip tardó un buen rato en volver a tomar la palabra, tanto que Chanda estuvo a punto de desfallecer. Si salía bien parada de aquello, ese año la ofrenda a la diosa Kali debía ser mucho mayor de lo que tenía pensado, por más que sus ahorros eran nulos. Antes de responder, el yamith emitió un sonido terrorífico que llenó la atmósfera del camarote. Chanda rezó porque aquel escalofriante sonido fuera algo positivo, como una risa sana que ponía fin a la tensión del momento. Si acaso era eso, Chanda nunca lo supo, pero sí recordó por siempre la sentencia del poderoso Hai’ Tarip.

—¿Sabes? A los yamiths nos encantan los experimentos, ver cómo evolucionan las cosas. No somos tan terribles como piensas. Tendemos a dejar que todo siga un rumbo, que todo goce de ciertas oportunidades. Como te he dicho, este mundo tuyo fue hace un tiempo explorado por nuestra raza. El informe de aquel momento no fue determinante, en parte gracias a figuras como tu pariente, el capitán Nemo. Vuestra naturaleza humana atesora muchas dicotomías que os hacen odiosos y admirables a la vez. Creo que si por mi Casa fuera ya hubierais sido reducidos a cenizas… Pero el Tribunal de Casas os concedió tiempo y aún podéis gozar gastando la energía del espacio-tiempo. Me hago viejo y eso en los yamiths supone que también me vuelvo más curioso, algo no del todo bueno para los míos, pero sí para ti en este preciso momento. Está bien, voy a permitir que ese despojo de Serendia Mari se quede contigo. Pero te lo advierto, volveré dentro de un tiempo para ver cómo ha evolucionado todo. Tal vez regrese solo a acabar con él, quizá lo haga para dar fin a todo tu mundo…

—Quizá vuelvas a sorprenderte de lo mucho que hemos evolucionado en favor del espacio-tiempo —replicó Chanda con altivez y tratando de dar fuerza a su determinación, por poco segura que estuviera de ella.

—A los señores del espacio-tiempo no nos gustan las sorpresas, pero veneramos las evoluciones lógicas.

Tras pronunciar aquellas palabras, Hai’ Tarip creó un portal dimensional alzando un curioso objeto que llevaba en su tentáculo derecho y que a Chanda no le dio tiempo a describir. Acto seguido desapareció como engullido por el agujero sin que Chanda pudiera ver bien cómo lo hacía y sin poder despedirse de él o darle las gracias.

—Bien, creo que será mejor que le de las gracias a la diosa Kali y al espíritu de mi tío abuelo.

Se giró hacia el tembloroso extraterrestre que ocupaba la cama a sus espaldas.

—Tengo mucho que enseñarte. Desde ahora, Ak’Olgi, considérate habitante de este mundo. Deberás ayudarnos con las reparaciones del Nautilus, es importante que lleguemos a tiempo a Calcuta para la celebración del año nuevo en el templo de Kalighat. Creo que empezaré enseñándote a rezar ante nuestra diosa Kali. Ella nos ha salvado y me temo que deberá velar mucho por nosotros en el futuro.

 

Ak’Olgi no añadió nada, agradecido y más tranquilo abrió su mente a la oración.

© Copyright de Begoña Pérez Ruiz para NGC 3660, Mayo 2018

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